Por Jad el Khannoussi*

Oriente Medio atraviesa en la actualidad por una de sus mayores crisis políticas y sociales, al menos desde los acuerdos de Sais y Picot (1916), donde esta región tan castigada fue objeto de una de las grandes conjuraciones de la historia política moderna, perpetrada por Inglaterra y Francia, en plena colaboración árabe con los aliados de la Primera Guerra Mundial. Precisamente, fue a partir de ese momento cuando empezó la masacre del pueblo palestino, y lo peor y aún más grave: la oscura debacle política y cultural en que se encuentra sumergida dicha zona hasta el día de hoy.

La desmembración del Estado iraquí tiene sus raíces en la toma del poder por parte del Ejército Radical Salvaje (el Ejercito islámico de Irak y el levante, en árabe Daech) de varias regiones del país, y en la petición expresa de al-Barazani (Presidente de la región kurda de Irak) a su Parlamento de la celebración de un referéndum para la autodeterminación, es decir, si quieren formar parte de Irak o no. El proceso de balcanización de Libia parece que va a seguir la misma pauta que el país del Tigris y el Eufrates, la división en tres partes, las crisis políticas sin fin en que están sumergidos el Líbano, Yemen, Sudán y otras zonas de región, sin olvidar el dilema sirio. Muchas cuestiones sin resolver provocan que la situación en Oriente Medio sea altamente inflamable, ante las poderosas intenciones colonialistas de Occidente y sus constantes intervenciones en los asuntos árabes. Todo va muy unido. El derrocamiento de cualquier proceso democrático, y la incapacidad manifiesta de los gobernantes para hallar respuestas viables a la crisis e intentar salir del trauma político, unos Gobiernos que en su amplia mayoría son responsables de esta triste realidad, pues nunca se esforzaron en construir un Estado nación y consolidar la cultura de la democracia. Más bien sucedió al contrario, optaron desde el primer momento de la independencia por profundizar aún más en arcaicas estructuras sociales y políticas que trazaron los colonos, y lo que es peor, convirtieron sus Estados en un mosaico de pueblos o fincas de sus parientes familiares. Llegados a tal punto de nuestro análisis, deberíamos preguntarnos: ¿hacia dónde camina Oriente Medio?

Las esperanzas y el júbilo que siguieron al estallido de las revueltas árabes, que no sólo lograron derrocar regímenes autoritarios (en su amplia mayoría, rondaban las cuatro décadas), sino que además pusieron fin al sistema político trazado en aquella zona y abrieron las puertas hacia una nueva era. Una era que aspira a satisfacer las ambiciones de las nuevas generaciones, tan ansiosas y hambrientas de libertades e igualdades sociales. Generaciones que no conocen el pasado de sus dirigentes, es decir, que no distinguen a ningún héroe entre sus mandatarios (tal como se esfuerzan por difundir éstos siempre), ni tampoco reconocen sus símbolos, más bien al contrario, los acusan de ser causantes de todas las masacres. No obstante, el devenir de los posteriores sucesos ha provocado que dichas aspiraciones fueran orilladas por parte de las potencias regionales e internacionales, que contemplaban aquellos procesos democráticos como una seria amenaza para sus intereses en esa área de suma importancia geoestratégica. El mejor ejemplo lo tenemos en el golpe militar de Egipto, bandera de cualquier cambio acaecido en la zona, donde las potencias internacionales se involucraron desde el primer momento de la elección de Morsi (no olvidemos que los militares controlan el 50% de la economía de ese país), en su empeño por derrocar las semillas de un proceso evolutivo que aspiraba a devolver la dignidad al ser árabe.

El modelo de actuación de las potencias puede resultar, hacia cierto punto, lógico y normal. Especialmente por parte de los EE UU, con su primacía de la mentalidad pragmática que bebe de las fuentes de filósofos como John Dewy, sin olvidar su continua guerra emprendida contra los Estados de la zona, quienes oponen resistencia al ansioso plan norteamericano del Gran Oriente Medio o el Nuevo Oriente Medio. Un plan que aspira a dividirlos aún más en un mosaico de pequeños Estados, y después trasladar la batalla a las murallas de China y Rusia para mantener su hegemonía global (la política de la doble contención). Este ambicioso programa hunde sus raíces en las hipótesis de Benard Lewis (1973), aunque sus orígenes los podemos también rastrear en los escritos sionistas de Hertzel, Jabonski, Ben Gurion y tantos otros, cuyo nivel de exigencia era semejante: la división del mundo árabe en un mosaico de pequeños Estados, es decir, dividir lo ya dividido, y donde Israel ejerza un control absoluto y total, tal como exigió el propio Birjinsky (dividir la zona en 41 países). El plan fue adjuntado a la política exterior trazada desde Washington respecto a Oriente, y adoptado luego por todos los dirigentes, hasta hoy, aunque eso sí, tras ser aprobado por el Senado norteamericano en una sesión secreta celebrada en diciembre de 1982.

El plan a ejecutar se propone lo siguiente:

1) Dividir a Egipto en cuatro Estados: Nuba (capital en Aswan), un Estado islámico (capital en El Cairo), otro copto (capital en Alejandría), y la parte del Sinaí para trasladar a la población palestina expulsada de Gaza. El general al-Sissi es un simple instrumento que está siendo utilizado (a semejanza de Maliki en Irak) para destruir Egipto.

2) Para Sudán, dividirlo en cuatro Estados: un Estado árabe (capital en Jartum), otro cristiano en el Sur -que se ha llevado a cabo tras referéndum (2011)-,  la región Darfur, y otro en el Este del país.

3) Dividir a los Estados del Norte de África: Libia en tres (tal como estuvo dividida federalmente en la época otomana), y otorgar facilidades para construir el Estado bereber.

4) Dividir a la Península Arábiga: un Estado chiíe que abarcaría parte de Arabia (el Instituto norteamericano Hudson, donde todos sus estudios se centran en la división de Arabia Saudí), Bahrein, Kuwait, otro Estado sunní en Najad y el Hijaz, y construir un Estado religioso (a semejanza del Vaticano) entre las dos ciudades santas: La Meca y La Medina.

5) La división de Irak en tres Estados: uno chiíe al sur en torno a Basora, otro sunní alrededor de Bagdad, y otro kurdo en torno al Mosul (Kurdistán) retrayendo partes a Irán, Siria y Turquía. El Senado norteamericano aprobó el 19 de septiembre de 2005, como condición para su retirada de Irak, la división del país en tres partes y exigió al-Barazani que celebrase un referéndum. Cualquiera que lea la nueva Constitución de Irak, conocida por el nombre de Constitución de Brymer, tomará conciencia de que llevar a la práctica este proyecto –la división- no es más que una simple cuestión de tiempo

6) La división de Siria en tres Estados: uno sunní en torno a Alepo, otro alauita chií a lo largo de todo el litoral, y otro el de los Druz (secta cristiana) en las cercanías de los Altos del Golán semejante al de Irak y Líbano

Para aquellos que no analizan la historia, la Segunda Guerra del Golfo (1991), y sobre todo el bloqueo aéreo de la región del Kurdistán, no fueron más que el comienzo de este proceso colonial. Proceso que empezó a hacerse efectivo con la división de Sudán, incluso mucho antes, con la teoría del Caos Constructivo (Kissinger) que los americanos llevaban ejecutando desde los años ochenta del siglo pasado. Primero, fueron sus intentos por debilitar a los ejércitos nacionales árabes, especialmente, el de Irak, Siria, Argelia o Egipto. Más adelante, tras los atentados del 11 de Septiembre, bajo el lema de la guerra contra el terror con la intervención directa en la zona, al principio con la invasión de Afganistán y después con la de Irak. Sin embargo, su fracaso militar en estas dos aventuras llevó a los norteamericanos a cambiar de estrategia y buscar aliados, incluso con Irán, país que tiene ambiciones expansionistas en la zona, esta vez a través de revivir las rivalidades históricas entre los pueblos y vestirlas con ropajes religiosos y sectarios (conflicto etnico-teológico entre Sunnitas y chiítas) para desestabilizar aún más a los países (Guerra de la cuarta generación) por su núcleo interior, como ya sucedió en Irak entre 2006 y 2007, o antes con Somalia. Aparte, los Estados Unidos adoptan una estrategia de dirección por detrás, es decir, basándose en sus aliados estratégicos, como Francia en el Sahel Africano, Polonia en Ucrania, Arabia  Saudí, Emiratos Árabes o Egipto en la actual crisis, y el intento de desestabilizar Libia, o  alimentar conflictos de baja intensidad, para que ninguna parte supere y se imponga al resto (un ejemplo, Siria), es decir, provocar un auténtico caos, pero controlado, el cual persigue como objetivo principal que Washington mantenga su hegemonía sobre la región, cercenar cualquier proyecto de unidad árabe, eliminar cualquier foco de resistencia en la zona, liquidar las estructuras sociales y culturales de la región (motivo que ya hemos visto cómo fertiliza a los mercenarios radicales) y allanar el camino para la expansión del Estado hebreo en la región, con el fin de crear un gran Estado de Israel que se extienda desde el Nilo hasta el Eufrates.

En fin, la situación política allí resulta harto complicada y aquella zona se encuentra al borde de una nueva división. Por eso requiere altas dosis de sabiduría por parte de los intelectuales y responsables implicados en el tema, para poder hacer frente, de una manera justa y eficaz a los complicados retos y peligrosos desafíos que plantea esta belicosa región. Una división de la zona sería una solución perjudicial para todas las partes (desestabilizar desde dentro a través de las minorías), especialmente para aquellos paises, cuya estructuras sociales resultan idénticas a este Oriente Mágico, sin olvidar que la región significa la piedra angular de la economía mundial por sus enormes reservas de energías naturales. Esta zona no puede involucrarse en una situación de permanente inestabilidad y falta de oportunidades, pues conduciría a muchos jóvenes hacia el integrismo, situación límite que podría ser aprovechada por movimientos radicales que hallarían un terreno y un clima propicio para adoctrinarles  con su destructiva filosofía.

Antes de concluir nos gustaría formular la siguiente pregunta: ¿hasta cuándo se mantendrá la política alejada de valores morales y humanos? La población de aquella zona odia ciertos nombres como Bush, Blair, Sharon... incluso odia los cánticos occidentales sobre los Derechos Humanos, porque son loas que hasta ahora sólo les han causado miseria y destrucción. La consecuencia más preocupante sería un odio generalizado hacia todo lo occidental, incluido sus seres; esperemos que nunca ocurra, porque las consecuencias serían nefastas para todos.

* Analista. Experto en Geopolítica

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