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Por Sergio Fernández Riquelme

Tras casi un siglo de opresión, Rusia comenzó el siglo XXI reivindicándose como potencia independiente en el mundo global. La larga prisión soviética y la breve pero intensa transición al capitalismo más salvaje dejaron al otrora Imperio ruso (por extensión, por historia, por decisión) al borde de abismo. Pero el totalitarismo de los Soviets y el totalitarismo de los Mercados dejaron paso a la llamada "modernización conservadora" encabezada por Vladimir Putin; proyecto identitario de largo alcance objeto de análisis crítico desde un decadente Occidente moldeado, a imagen y semejanza, por Washington DC.

El neocolonialismo norteamericano parecía triunfar para siempre. Proyectado nivel mundial tras la II Guerra mundial como "liberación", tras la caída de la Unión soviética y con el derrumbe del "muro de Berlín", en 1989, se erigía como único y eterno poder internacional, como "el final de la Historia" (Fukuyama dixit). Nueva York era el icono urbano al que parecerse y Hollywood el medio más eficaz para derruir las identidades nacionales diversas, las tradiciones culturales seculares. Todos debían plegarse a la uniformidad del American way of life por las buenas (consumiendo y viviendo como un useño de Ohio)... o por las malas. Vietnam, Corea, Centroamérica, Irán, Afganistán, Irak, Libia o Siria fueron, y serían, los escenarios más trágicos de la imposición por la fuerza. Y tras el fin del enemigo comunista, Moscú y los restos del Pacto de Varsovia eran la penúltima pieza para completar la dominación del Nuevo orden mundial.

Pero Rusia no se plegó; el ejemplo sangriento de Yugoslavia era muy real. En las cuencas hulleras del Donbass, en las llanuras de la mítica Novorossia,  en las riberas de Crimea, en Ucrania comenzó a decirse el devenir próximo del "oso ruso". La Revolución del Maidán en 2013, aplaudida por políticos y medios occidentales, quebró la histórica hermandad del viejo Rus de Kiev, llevando las fronteras de la ONU hasta los limes de la misma Rusia. Y Vladimir Putin se convirtió en el autócrata enemigo, antítesis de un Occidente progresista y liberal que en 2008 mostró trágicamente la decadencia de su identidad y de su dominio (reviviendo la profecía de Spengler o anunciando la conclusión de Toynbee). Por ello los rusos volvían a ser los bárbaros del Oriente que se resistían a ser colonizados; mientras, millones de desheredados pasaban hambre en el primer mundo, perdiendo sus derechos sociales ante una crisis sin precedentes y sin responsables. Hic sunt leones aparecía de nuevo, como en la vieja Roma, en los mapas geopolíticos sobre las tierras orientales incógnitas.

Frente a las que consideraba naciones vasallas de la Unión europea (envejecidas y poco competitivas), Rusia se reivindicaba como lo que siempre pretendió ser: un Imperio eurasiático dotado de una civilización propia (Duguin), a modo de espíritu (Projanov), como la olvidada Hispanidad española glosada por Ramiro de Maeztu. Patria de rusos y cientos de nacionalidades, hogar de la Ortodoxia y religiones en paz, y alma inmemorial entre la tradición y la modernidad. Pese a limitaciones propias del pasado (la catástrofe demográfica previa) y del presente (dependencia económica excesiva de los recursos hidrocarburos) el gobierno de Putin reconstruyó desde el año 2001 esta idea imperial en la teoría (con Ilyin y Berdayev como referentes) y en la práctica: recuperación de la población (consiguiendo más de 146 millones de habitantes en 2015), aumento territorial (recuperando Crimea y Sebastopol), crecimiento económico (un 5% de media en una década), desarrollo tecnológico (en especial armamentístico e industrial), protección de su espacio vital (de Transnistria a Osetia del sur), reivindicación identitaria, unión euroasiática (Armenia, Bielorrusia, Kazajistán y Kirguizistán).

Frente a la proclamada decadencia moral del mundo occidental, el mundo ruso (russky mir) se alzaba como la civilización portadora de los auténticos valores tradicionales. La defensa de la identidad rusa y de sus pueblos (Medvedev), de la autonomía económica (Shuvalov), de la autoridad política (Surkov), del poderío militar (Soighú), de la familia tradicional (Mizulina), de la moralidad pública (Milonov), de la independencia nacional (Rogozin), de la cultura patriótica (Medinsky). Estos eran los rasgos de ese "imperio" soberano, de ese ejemplo para los pueblos de Europa y de América que buscaban recuperar su identidad ante la homogenización globalizada, ante modelos liberales individualistas que perpetúaban la dominación político-cultural norteamericana. Países de su entorno como India, Turquía o Singapur parecen seguir su ejemplo, y en Europa partidos políticos de Alemania, Francia, Hungría o Italia acercan sus posiciones.

La nueva Rusia del siglo XXI constituye, pues, un medio para comprobar si hay una alternativa identitaria en la globalización consumista que aúne lo mejor que hemos heredado y lo bueno que podemos innovar. Identidad que puede permitir alcanzar un desarrollo humano sostenible e integral, respetuoso de la Idiosincrasia de cada pueblo y fiel a la Ley natural; mediante una verdadera Justicia social (haciendo de los ciudadanos compatriotas capaces de compartir con sus prójimos), un auténtico Bienestar social (ligando por fin los derechos con las responsabilidades) y un Orden social estable (capaz de unir a todos en una empresa común).

La irrupción del Estado islámico (ISIS o DAES), como consecuencia de las continuas empresas neocolonizadoras en el mundo islámico, replantea los efectos del modelo neocolonial. Tres yihadistas nacidos y educados en la Francia republicana, a la que tiñeron de sangre en las calles de París, ponen en entredicho el sistema multicultural sin integración. La creciente desigualdad económica y la progresiva explotación laboral de los trabajadores interpela sobre el  futuro del Estado del bienestar. El débil crecimiento europeo basado en el abusivo endeudamiento interroga sobre el porvenir del sistema neoliberal. La corrupción masiva de los partidos políticos aluden a la vigencia de la democracia liberal. La perdida de la soberanía nacional ante las corporaciones mercantiles cuestiona la misma existencia de los Estados nacionales.

Occidente debe volver a preguntarse sobre su identidad, sobre lo que fuimos y lo queremos ser; para reconstruir comunidades estables y recuperar valores claros, tanto en contextos de bonanza donde nada importa como en épocas de crisis donde todo parece derrumbarse. Y Rusia, en numerosas ocasiones hundida trágicamente y revivida de manera orgullosa, más allá de la propaganda mediática abrumadora en contra, y si su independencia sobrevive a la ofensiva diplomática y al bloqueo económico, aparece como un modelo de desarrollo sostenible a valorar, ante el ocaso previsible del individualismo expansionista y consumista norteamericano, disgregador de comunidades y alentador de fundamentalismos.

Nuestro futuro y el de nuestros hijos depende de ello.

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