Por Juan Chicharro Ortega*

Pertenezco a una generación en la que, evidentemente, por edad, los hombres tuvieron en su día que realizar el servicio militar obligatorio, “la mili”, para entendernos. Lo que era una actividad natural es hoy algo ciertamente impensable para los jóvenes de hoy a quienes ni se les pasa por la cabeza que pudiera existir algo así; sin embargo, es algo relativamente cercano en el tiempo, pues tan sólo han pasado once años desde que desapareció, dando lugar al ejército profesional.

Vaya por delante que no voy a hacer una defensa de la conscripción obligatoria; desde muy joven siempre fui opuesto a este sistema de reclutamiento, lo que no es óbice para que reconozca virtudes o bondades del mismo. Y si estuve – y estoy en contra – es porque llegado el caso de cualquier intervención, la sociedad moderna, no sólo la española, no está preparada como antaño a sufrir bajas. Y contra la marea no se puede luchar.

Tengo por fortuna un grupo de amistades forjadas en la infancia, y mantenidas hasta el día de hoy, que se encuentran lejos del mundo militar. Lo curioso es que raro es el momento en que con motivo de reuniones no se acaba hablando de la época de su servicio militar; hasta el punto en que en alguna ocasión alguien expresó el interrogante a propósito de lo que hablarían en el futuro sus hijos. En efecto, el servicio militar obligatorio constituye un nexo de unión entre todos ellos que ocasiona conversaciones interminables con opiniones bien diferenciadas según el devenir de cada uno en su experiencia militar. Y aquí expreso algo que es cierto : aquéllos que realizaron un servicio militar duro por hacerlo en unidades donde la dureza del adiestramiento era norma común recuerdan su servicio con orgullo, si bien no es menos cierto que los que lo hicieron en otras donde las actividades eran – o así lo pensaban ellos – menos exigentes opinan de forma bien distinta.

Es evidente que cortar la vida de un joven, durante casi dos años, en los momentos en los que se iniciaba su vida profesional era una buena faena. Imposible decir otra cosa.

Ahora bien, yo que he vivido casi toda mi vida militar con el servicio militar obligatorio he de decir que desde la perspectiva del sentimiento nacional no puedo olvidar que en el ejército se mezclaban hombres de todas las clases sociales y de todas las regiones de España. Algo muy positivo y que en los jóvenes de hoy se echa de menos. Andaluces, vascos, catalanes o gallegos se veían abocados a conocerse, lo que no sucede hoy. Y también era positivo para los cuadros de mando puesto que al convivir con gente procedente de toda condición eran conscientes, mucho más que ahora, de las circunstancias y penurias de nuestra sociedad. Como no acordarse de las clases que impartíamos todos los días para enseñar a leer y escribir a tanto analfabeto que nos llegaba. Como no acordarse de cómo buscar subterfugios para conceder permisos a tantos aquéllos que lo necesitaban por imperativos de falta de mano de obra en su casa … etc.

Y ¡ojo! no me olvido de las caras de las familias el día de la jura de Bandera. Ese día, se diga lo que se diga, eran un día señalado en todas las familias españolas.

También es cierto – lo reconozco – que sin llegar a la barbaridad de sistemas antiguos como “las cuotas” que ocasionaban, por ejemplo, que en nuestras guerras coloniales fueran los más desfavorecidos los que luchaban, también en los tiempos modernos eran muchos los “enchufados” que realizado su periodo de instrucción desaparecían de las listas.

Bien, eran otros tiempos y otras circunstancias. A pesar del poco tiempo transcurrido hablo de otra época que me parece ya lejanísima; y desde luego resulta impensable el que se pueda reproducir.

Y dejo para el final dos aspectos que me gustaría matizar.

El primero de ellos es el relativo a comentarios habidos respecto al numeroso contingente de no nacionales hoy en las filas de nuestro ejército. Para asombro de más de uno he de manifestar mi orgullo por aquéllos que he tenido a mis órdenes. Nunca me olvidaré de aquel infante de marina colombiano, herido de bala en Bosnia, cuando al visitarle en el hospital Gómez Ulla le encontré convaleciente en su habitación plena de banderas españolas. Un ejemplo para todos. Y como él son muchos los que sirven en nuestras filas orgullosos de su nueva patria. Es la verdad.

Y el otro aspecto al que me quiero referir es para desmentir lo incierto de que el ejército profesional es más eficaz que uno de conscriptos por las necesidades que el manejo de medios sofisticados exige.

Seamos serios. Cuanto más moderno es un material más fácil es su manejo. Hoy el uso de armamento y equipo es mucho más sencillo que antaño y la prueba para entenderlo la podemos comprobar en el hábito que los jóvenes tienen para el uso de todo lo relacionado con las nuevas tecnologías. Y no puedo dejar de mencionar algo que es muy importante y es que cuando existía el servicio militar obligatorio abundaban en filas soldados con oficio ya adquirido, lo que no sucede hoy. Sobraban conductores, electricistas, electrónicos, fontaneros, mecánicos, marineros, ingenieros, administrativos, médicos, enfermeros… etc. Hoy el soldado cuando se incorpora al ejército profesional no sabe nada y hay que enseñarle todo o proceder a la externalización que es lo que se hace las más de las veces. La instrucción táctica la adquirían mediante el adiestramiento en no mucho tiempo. Lo mismo que ahora.

En definitiva, alegar que el ejército profesional es mejor que el que existía no es cierto; sin embargo, insisto en la imposibilidad de su retorno toda vez que era un sistema que exigía de la sociedad un sacrificio que no está hoy dispuesta a soportar y probablemente con razón. A pesar, incluso, de que el sistema actual es muchísimo más caro.

Tal vez si se hubiera obrado con menos apresuramiento y con formas más adaptadas a los tiempos la cosa sería distinta pero explicar esto conlleva bastante más de lo permitido en estas escasas líneas.

* General de División de Infantería de Marina

Fuente:  www.republica.com

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