Libros Recomendados

altPor José Luis Ontiveros*

Reprendí la vereda, bajo los augurios de una bendición, que se me  había dado clara y espontánea, como en el Islam se otorga al peregrino y al viandante, la baraka. Iba con un ánimo nuevo,  no sabía, si en la morada, hubiera sido objeto de una conjura arcangélica, yo que sólo había sufrido en estos últimos tiempos el poder de laS furias y la ira del infierno.

El nombre del fiordo se me revelaba en los pasajes rúnicos de mi memoria frágil, tendría que marchar más al sur de la montaña mágica, a lo que se conoce como Puyuhuapi y cuyo nombre debe ser resguardado, como proveniente de las varias tradiciones que lo nutren y que lo hacen flor e isla, el símbolo de quien fuera Robinsón, aquel de ira incontrolable, de violencia intemperante, de vicios desbordados, de tristezas agobiantes, de intolerancias muy marcadas.

Ese Robinsón que marcaba su memoria desvalida en relatos, en mujeres ingratas, en súcubos e íncubos, en oraciones en el Pocito a la Virgen Hiperbórea de Guadalupe, en rosarios sometido su ser  a los hinojos de las letanías en el Ajusco, a su muerte ritual en su desmoronamiento, a su  rabia concentrada, a su soberbia elevada sobre su aniquilamiento.

Ya no valía pensar más en ése, o en aquél o en quién fuera.

Ese hombre, -quizá yo-, iba desmontando su compleja argucia de excepcionalidad dañada. Más aún no podía dejar de librarse de sí mismo, de pensar y maldecir y sollozar. Sin embargo, el camino, en que me internaba cada vez era más estrecho, y sobre los árboles, se levantaban las rocas filosas de ese fiordo que se extiende por casi 100 kms. hasta la inalcanzable isla Magdalena–todo un reto para un hombre cansado, lábil, desdeñado por los Hados-, en la región de Aysen de la Patagonia chilena, en el punto no renunciable por su radicalidad de ese septentrión-sureño del mundo.

Donde nadie puede desertar de sí mismo, y menos quien se empeña en dejar de ser: lo superfluo, lo añadido, lo ornamental.

Ya el refrigerio de la mañana no contaba. Agotado me tiré en el musgo antiquísimo `para mí de un árbol añoso.

Todo era vestigial, con la mochila en que hice descanso, a la manera de la almohada -de esas innumerables voces árabes que hemos heredado-, y sobre mí levantisco yo de tantas penurias, descanse la cabeza y el sueño acudió como la arena que llena los ojos de somnolencia.

Esa tarde me fue develado que llevo un anillo de poder. Un anillo que no era el del Emperador Maximiliano que me fuera hurtado en una de esas  acostumbradas temblequeantes orgíacas -de ese yo muerto por el dragón blanco-, con la Bandera Trigarante, en zafiros, diamantes y  esmeraldas. Alguien lo había depositado en uno de los compartimentos de la mochila. En esa siesta reparadora, vi que un poder con el fulgor de la tarde naranja que descendía sobre el viajero, había confiado un anillo de argento. Me desperté y efectivamente se encontraba un anillo de plata con la runa Sigel, aquel que la invoca en el poema del viejo escandinavo, repite: “El Sol es la luz del mundo; Yo me inclino ante el designio divino” y quien la invoca en sánscrito, su raíz primigenia, dice: “El que lo porte morirá en sí mismo”. Me levanté y vi ante mí la sombra del camino.

No sentí la pesadez del fiordo, que puede extenderse sobre más de mil generaciones, me vino al magín ese decir de Don Miguel Serrano, que cruzó por todas estas rutas, en su llamado del Último Avatara, en las líneas que lo preceden Ni por mar ni por tierra: “Nadie es en sí grande, lo son las creencias, las montañas y el misterio”. Y eché andar sobre la noche.

La morada del ángel

Al pasar del rojinegro a ese rosado que besa las armaduras de los árboles centenarios, y ya con los huesos un tanto molidos de ese caminar en finis terra, se perfiló un refugio montañés.

Casi no hablé con el anfitrión que se disponía a ir a cortar leña,  me saludó como si me hubiera visto ayer con un ¡hola! Y abrió la puerta de madera en donde estaba el fuego del hogar, yo andaba medio aterido y con las mandíbulas trabadas, no habría podido encontrar otro camarada de excelencia como ese chileno que guarda la Patagonia toda en su caballerosidad y en esa vieja costumbre islámica del ser hospitalario. Pensé en todas las máscaras que solemos usar en la ciudad podrida, en los tonos de voz falsos y sibilinos, en una cortesía obligada e impuesta, y en ese yo, -que sí era yo-, que gruñía o cantaba en mis baños diarios de agua fría a la manera de lo que establece el Orden Totenkopf, para domar la indolencia y aprestar la disciplina. Si bien ya no era `posible educar en ese hábito a las jóvenes generaciones que se consienten y que están pensando en que colonia van a usar que sea de marca.

Al salir el montañero me acerqué más al fuego, no pude evitar rememorar los campamentos, que aún hice, en uno de los matrimonios que he tenido, cuando llevaba una 38 especial que sirvió para evitar un asalto, cuando ya México había dejado esa pax que lo distinguió, mas me contuve y me concentré en lo que Julius Evola llama la doctrina del despertar pues nada vale mirar las ruinas de nuestro pasado y menos los escombros más recientes del rencor azuzado por esa manera de odiar que caracteriza a las mujeres.

Tenía que darme descanso, y sin querer me quedé dormido sobre la mochila. El montañero chileno regresó, me dijo que se llamaba Pablo, y pensé en la revelación, en su caída del caballo en Damasco, en sus epístolas y sus bellas y poéticas descripciones de los poderes de las tinieblas, que hoy le hubieran valido ser encarcelado por delitos de opinión.

Me sentí un tanto debilitado, había  dejado que la nostalgia con sus filtros enervantes me lacerara el corazón. Y dice Evola: “El despertar primero es un alejarse de nosotros mismos, de la desdicha por amor, de la desgracia por destino” y miré los ojos centellantes de Pablo que comentó –pronto estarás en el sentir de estas tierras, deja en ti obrar,  lo que pasó ya no existe-, Volví a dormir y al despertar al mediodía, le pregunté sobre el  fiordo, y me contestó, -esa es la nieve de primavera, el amor que esclavizamos, que no dejamos ser, él está en nosotros-, Pablo me recordó a la poesía islámica: “El amor del Único atraviesa el sol y la noche, y los rostros y lo que olvidamos”. Advirtió que me quedara pues podía nevar y había arreciado la lluvia. Abrí la mochila para leer el poema del camarada Petras Petrus: “Abrazo/ brazo en alto/ y en Alto el corazón/ con la razón de los que viajan/ en su viaje tras el Sol”.

Comprendí que estaba dejando la piel vieja del hombre viciado, del que se ultraja a sí mismo, del que se ha abandonado al frenesí de su pérdida. El refugio había sido un punto de mi primera llegada a mí mismo, quizá Pablo era un ángel y esa morada un nimbo de luz. El reposo llegó con un manto de desapego. A la mañana siguiente ya no encontré a Pablo, pero sí una lumbre y unas salchichas. El mundo se abría para mí libre como en las marchas en Reggio Calabria hacía tantos años. Y seguí la caminata  de quien siente en sí la ruta solar del Grial.

Donde nacen los luceros

Al detenerme en esa extensísima cadena de montañas del fiordo de Puyuhuapi, regresé de pronto como ocurre con sueños venturosos, y sin que me lo propusiera, al principio de este Nuevo Camino de Santiago.

¿En dónde había surgido el venero mismo hoy trazado en muros de Hielo, con una determinación que no nace de la pobreza humana, de esa revelación que proviene quizá de las pirámides de la Atlántida-Antártica,  de la fuente misma en lo que se escribe tocado por las Musas,   en qué lugar había empezado?

El Encuentro de la América Románica había sido augural y propiciatorio.

Ese hallarse con jóvenes que han leído libros prohibidos, con autores insignes,  con jefes de hombres, con lindas muchachas que su época les parece desmaravillada y que hubieran querido vivir tan sólo la careza di puñal, el riesgo de la Italia de plomo, de las lides del postfranquismo, y aun de esas fallidas quimeras  en que creímos sus mayores para esta tierra nuestra, ya anunciaba lo que iba a llegar como la violencia, el vino, las mujeres y aun la oración.

El escritor Sergio Fritz Roa, que ya se alza y que será digno de Huidobro y de Serrano, en esta tarde en que he construido el cobertizo sobre lo que pareciera una fila de acantilados formados como húsares en el cielo verdicastaña de este mundo abierto, en donde sólo está contenido el yo, el creerse que uno puede contra la montaña sin pedir al río, a los montes y las presencias invisibles, de los duendes, de los genios, de los elfos y a los habitantes primigenios e invisibles de estas rocas que humildemente nos den paso, que absuelvan esa soberbia que traemos de la ciudad podrida, había ya escrito Fritz:

“y que Venus te muestre la ruta súrica del alma”.

Luego tuve un almuerzo con Sabela P. Quintela, la viuda de Don Miguel Serrano en ese restaurante tan próximo al departamento que fue la última morada de esa pareja, hechas de dos por el mito del andrógino. complementada en una alma. En el “Scuadrito” un restaurante de ese rumbo bohemio en que se levanta una colina que nunca visité. Doña Sabela mira el mundo, al que no pertenece, con sus ojos que derraman bondad, y en momentos del rayo, determinación. Esa dulzura que viste el tremedal de la vida de prendas finas, de azules tersos sobre esta lluvia que quisiera perderme en su nostalgia a los pies del Puyuhuapi. De ahí caminé al centro de Santiago de Chile a un departamento que había quedado para mí y que honré y en que estuvo presente mi esposa Julieta y mi hijo José Antonio, quienes ya habían regresado a México, a ese país en que supuestamente nací.

La pesada agua de los cielos, que puede volverse nieve arreciaba, ya adormilado, con mis recuerdos guardados en ese silencio de las tardes patagónicas dominadas por el viento impetuoso, tuve otras presencias: la del asado organizado por Juan Manuel Garayalde en una huerta ecológica que me recordó el San Vicente donde me casé con Julieta por el rito ortodoxo, en otro viaje ¿o en este mismo?, en donde están los restos del conductor Perón. Ese asado donde estuvo presente Monseñor Valerian, uno de los anarquistas más inteligentes que he conocido y un alma entregada a Dios, un Hombre que fue Jueves colgado del cielo para escándalo de los mortales. Y el recuerdo de mi excursión de Bariloche a los rápidos del río Manso, que marcha dominante donde yo tirito, ese  levantarse sobre el miedo ¡Viviendo peligrosamente! Con un frío tan intenso que cala los trajes de neofreno y viendo la  majestuosidad de la cordillera del Bastión, y de pronto, los dioses clementes soplaron el sueño reparador.

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

El Tiempo por Meteoblue