Por José Luis Ontiveros*

Cuando preparo mi peregrinación a los lugares sagrados, donde se concentra el poder mágico del mundo, en las rutas mistéricas que cumplen con las ya tradicionales como el viaje solar y apocalíptico a la Virgen de Guadalupe, la Tonanzin, cuyos sus secretos están ocultos en la tira de Aztlán, pienso que antes que hay que tener cierta forma dada mi última afición güisquera ya muy apartada del mundo.

Mas debo pasar por  Buenos Aires y sus vientos ahora cálidos que soflaman su río, en donde se hacen presentes montículos de botellas de náufragos, quizá una de Robinsón, vidrios cortados sobre la piel rasgada del agua, tristezas acumuladas en sus fondos, pensamientos de viajes que se quedaron  en ese malecón de los días que mueren con la añoranza de la muerte digna que está negada al hombre sedentario, ordinario y vulgar, pues al parecer la muerte se lleva bien con los aventureros.

Ahí va este peregrino, con su mochila y sus botas, sus bigotes cosacos, entregando en el Caminito, en la Boca, la mirada piadosa que dice Borges guarda toda poesía que es liturgia y éxtasis. En los Conventillos que se perpetúan, sin la hincha brava del Boca, salen al paso las espléndidas morochas, jóvenes de mirada negrísima de ónix, para clavar profanos a sus piernas torneadas y mirarlos como si esos seres extraños y trashumantes tuvieran alma, cada vez que se agota el tango, en ese “caballo que afloja al final”.

Malevo y suspicaz el que esto escribe imagina desdichas pues su andar se ha quebrado desde que partió, mas rejunta sus `piedras de vida, en una rueda de fuego, de esas que están prohibidas llevar por bandolera y se reagrupa como los frentes dispersos de un ejército que sólo lleva en sí un soldado y un capitán, que es él mismo.

Recuerda sus tiempos de montañero, y más allá, los que cuenta Ibargüengotia de haber sido boy scout, aun los campamentos muy duros del karatedo shito-ryu de la Universidad Nacion. Todo ello se ha ido como su resistencia mas no ese centro indeclinable que es el poder de la voluntad y más de una voluntad comprometida con lo invisible.

De ahí marcho a Bariloche, donde el viejo gaucho exhibe sus facones, de muy diversos tipo que son más seductores que el beso apasionados de una mujer ya que tienen el frío cortante de la muerte, el beso definitivo de la carne ya llevada al grado último de su perfección antes de perderse en la hedionda descomposición de todo lo que ampara esta pobre vida mundanal.

Empeñado en recuperarse, en estar en condiciones para su peregrinación que ha llamado Nueva visita a Santiago, otra visita de sufrimiento que los tours que hoy se organizan en Santiago de Compostela, con descansos programados, explora el gran lago que rodea a Bariloche como un mar. Va entones a una andadura  por isla Victoria en ese barco holandés de mil novecientos y tantos, el Modesta Victoria, en esa agua trémula y poderosa de azul turquesa. Monta en cabalgata por la frontera con Chile. Va al rafting, ese viaje por los rápidos del río manso que desemboca de Argentina a Chile y llega al Pacífico, en esas hondonadas flotantes en que los riscos, las piedras, los remolinos, el choque de corrientes lo hacen pensar en la vida, esa vida que sólo tiene existencia en el atrevimiento.

Ya cansado piensa en la Meca del Sur infinito y de su grandeza. Sorbe en el vino esas penas que vienen con el desamor. Trata de hacerse nuevamente del poder que tiene guardado en el baúl de hierro, en los viajes que cruzaron distancias para llegar al lugar en donde “los hombres alzan su mirada sobre los hielos”.

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

HONOR Y RESPETO

PARA LOS QUE NOS DEJARON POR EL COVID-19

El Tiempo por Meteoblue