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Luis E. Togores

Hacía solo 25 días que la sublevación militar había fracasado y muy pronto las cárceles de Jaén estuvieron repletas de detenidos, lo que obligó a convertir la catedral en prisión. En ella se hacinaban más de 800 detenidos, acusados de simpatizar con la rebelión militar, a los que se iban a sumar los detenidos por las tropas del general Miaja en Adamuz.

La noche del 30 de julio medio centenar de presos fueron linchados en la cárcel de Úbeda por una violenta multitud que había asaltado la prisión. Este suceso llevó al gobernador civil de Jaén Rius Zunón, consciente de su incapacidad de frenar a una turba de milicianos sedientos de sangre, a hablar con Pedro Villar Gómez, director general de Prisiones, para trasladar a los detenidos de Jaén por ferrocarril a la prisión de Alcalá de Henares. Para el traslado se organizaron dos trenes que debían partir hacia Madrid los días 11 y 12 de agosto de 1936. Entre los trasladados no había militares y civiles directamente vinculados al golpe de estado, sino personas señaladas por los regidores de los municipios de Jaén por su adscripción ideológica derechista y por ser católicos más los detenidos en Úbeda.

El 11 salió el primer tren con 322 presos escoltados por medio centenar de guardias civiles y milicianos. Embarcaron en la estación de Espeluy llegando a Madrid al día siguiente. Durante el viaje el tren fue recibido en cada parada por masas de exaltados frentepopulistas, siendo algunos de los detenidos atacados y amenazados por las turbas congregadas en los andenes, aunque el tren logró llegar a la estación del Mediodía de Madrid con todos sus presos vivos. Al salir de la estación camino de Alcalá de Henares el tren fue detenido por los ferroviarios anarquistas de la estación de Atocha. En esta estación se había fundado una checa de la CNT integrada por ferroviarios aragoneses liderados por Eulogio Villalba Corrales. En octubre de 1936 esta checa se mudaría al nº 9 de Príncipe de Vergara.

Once de los presos, principalmente terratenientes y figuras prominentes de la derecha jienense, fueron sacados del convoy por los milicianos a las órdenes de Villalba Corrales para ser llevados a una tapia cercana y asesinados. Los restantes 311 presos lograron llegar a la prisión de Alcalá de Henares. Entre estas 11 víctimas se encontraban: José Cos Serrano, presidente de la Federación Provincial de Labradores de Jaén y antiguo diputado del Partido Agrario; León Álvarez Lara, diputado por el Partido Agrario; Carmelo Torres Romero, jefe local de Falange en Jaén; dos sacerdotes y dos monjas.

La noticia del primer convoy de presos en tren llegó desde Jaén a Madrid enviada por diputados socialistas. Tras el fracaso parcial del primer asalto al primer tren se produjo la preparación concienzuda de la segunda y más mortífera matanza.

El segundo tren partió de Jaén el 12 de agosto con 245 presos escoltados por 50 guardias civiles a las órdenes del alférez Manuel Hormigo Montero. Esta vez el tren evitó su paso por Atocha para no caer los presos en manos de Villalba Corrales y sus milicianos.

En el tramo de vía de la estación de Santa Catalina-Vallecas un grupo de milicianos anarquistas paró el convoy y desenganchó la locomotora. El jefe de estación y el alférez Hormigo, que mandaba la escolta del convoy, hablaron por teléfono con el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, informándole que los anarquistas habían parado el tren y les apuntaban con tres ametralladoras a la altura de El Pozo del Tío Raimundo. Manuel Muñoz ordenó a los guardias civiles que abandonasen a los presos a su suerte. Luego se justificaría diciendo que «la poca autoridad que aún conservaba el gobierno se vendría abajo si las exiguas fuerzas de orden público acababan siendo arrolladas en un enfrentamiento con el pueblo armado». Una vez se retiraron los guardias civiles los milicianos comenzaron a ejecutar con total impunidad a gran parte de los presos que transportaba el tren. Lo que ocurrió, según declaró el superviviente Andrés Portillo Ruiz bajo juramento en la Causa General, fue lo siguiente:

 

Obispo Basulto asesinado en el segundo tren

“Entonces como ya estábamos en poder de los rojos, estos pusieron el tren en marcha con dirección a Alcalá de Henares, pasado en ésta línea el apeadero de Santa Catalina, hay un sitio que se llama ‘POZO DEL TIO RAIMUNDO’ donde paró el tren y bajando a los detenidos por la cabeza del tren de 10 en 10 no sin antes quitarles todo cuanto a ellos se les figuraba de valor...”

Continua la Causa General:

“Venían de Jaén unos trescientos detenidos, prensados en el tren. Cerca ya de Madrid, en Villaverde, se apoderaron de ellos los milicianos del pueblo, a pesar de los cuarenta guardias civiles encargados de su custodia, y comienzan allí mismo el fusilamiento más feroz e inhumano en grupos de veinticinco, sin indagar sus personas ni delitos. Hay tristes escenas de padres, que presencian la muerte de sus hijos y viceversa. El Obispo de Jaén, Excmo. E Ilustrísimo Sr. Don Manuel Basulto, cae de rodillas exclamando:

- Perdona, Señor, mis pecados y perdona también a mis asesinos:

Esto es una infamia, exclama su hermana Teresa, yo soy una pobre mujer.

-No te apures, se le contesta, a ti te matará una mujer.

Y acto seguido, se adelanta una desgreñada miliciana llamada Josefa Coso “La Pecosa”, que la sacrifica allí mismo a sangre fría. Cuando faltaban unos cuarenta, se adelanta del grupo Leocadio, joven de 19 años, y, encarándose con el jefe de milicias, le dice que él responde con su vida de todos los del grupo remanente (...) El feroz mandamás suspende las ejecuciones amenazándole:

-¡Ay de ti, si me engañas! Llevad a éstos a Vallecas y que demuestren su inocencia”.

Leocadio Moreno logró escapar de aquellos fusilamientos junto con 40 compañeros gracias a mostrar un carnet de estudiante y alegando pertenecer a los socialistas universitarios. Diez días después Leocadio volvió a burlar a la muerte durante su estancia en la cárcel Modelo haciéndose pasar por un preso común, para terminar combatiendo en el bando republicano durante toda la guerra.

Pero la historia completa según la documentación existente es la siguiente:

“El tren, que fue desviado de su trayectoria a Madrid y llevado a una vía o ramal de circunvalación hasta las inmediaciones del lugar ya mencionado del Pozo del Tío Raimundo. Rápidamente empezaron los criminales a hacer bajar del tren tandas de presos, que eran colocados junto a un terraplén y frente a tres ametralladoras, siendo asesinados el Excelentísimo e Ilmo. Sr. Obispo y el Vicario General Don Félix Pérez Portela. La hermana del Sr. Obispo, que era la única persona del sexo femenino de la expedición, llamada doña Teresa Basulto Jiménez, fue asesinada individualmente por una miliciana que se brindó a realizarlo, llamada Josefa Coso “La Pecosa”, que disparó su pistola sobre la mencionada señora, ocasionándola la muerte; continuando la matanza a mansalva del resto de los detenidos, siendo presenciado este espectáculo por unas dos mil personas, que hacían ostensible su alegría con enorme vocerío. Estos asesinatos, que comenzaron en las primeras horas de la mañana del 12 de agosto de 1936, fueron seguidos del despojo de los cadáveres de las víctimas, efectuado por la multitud y por las milicias, que se apoderaron de cuantos objetos tuvieran algo de valor, cometiendo actos de profanación y escarnio y llevando parte del producto de la rapiña al local del Comité de Sangre de Vallecas, cuyos dirigentes fueron, con otros, los máximos responsables del crimen relatado.(Copia literal del Libro: La Causa General. Páginas 177-178)”.

Según el testimonio de Ángel Aparicio Alonso, que en la Modelo convivió con algunos de los supervivientes de los trenes de Jaén, afirma que le “contaron el caso del sacerdote al que torearon y mataron con un estoque, como si de un toro se tratara”.

El 12 de agosto fueron asesinados 193 entre los que se encontraban el obispo de Jaén Manuel Basulto Jiménez, su hermana, el marido de esta y el vicario general de la diócesis jienense Félix Pérez Portela. Todas las víctimas fueron enterradas en dos zanjas abiertas junto a las tapias del cementerio de Vallecas. En la década de 1940 fueron sus restos trasladados a la cripta de la Iglesia del Sagrario de la catedral de Jaén.  En la catedral de Jaén se encuentran varias lápidas de mármol con casi todos los nombres de los asesinados en el Pozo del Tío Raimundo. Sus asesinos no fueron perseguidos ni condenados por estos crímenes por la autoridades republicanas. Cuando el gobernador civil de Jaén se enteró de lo ocurrido, desolado ante los asesinatos perpetrados, presentó su dimisión.

Los 40 supervivientes de la masacre del Pozo del Tío Raimundo terminaron ingresados en la Cárcel Modelo de Madrid. Muchos de ellos serían asesinados unas semanas después en Paracuellos del Jarama.

Esta matanza provocó que buena parte de la sociedad internacional empezase a considerar que la Republica Española había dejado de ser un Estado de Derecho con legitimidad para reclamar la solidaridad de las democracias occidentales.

El jueves 11 de marzo de 2004 Madrid sufrió el más trágico atentado terrorista de su historia con 191 muertos y más de 1.500 heridos, en varios trenes cerca de las estaciones de El Pozo del Tío Raimundo, Santa Eugenia y Atocha. El 13 de abril de 2019 tuvo lugar un homenaje en el Cementerio del Este a las víctimas del franquismo en Madrid, organizado por el colectivo Memoria y Libertad,  en el que se recordó al anarquista juzgado y fusilado en 1939 Villalba Corrales.

 

Listado de presos de los trenes de Jaén

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Valentín Gamazo, el fiscal de la república que fue asesinado bajo mirada socialista

Lorenzo Fdez.-Navarro De Los Paños Álvarez De Miranda

El 5 de agosto de 1936 fueron asesinados, por milicianos socialistas, cuatro miembros de una misma familia: Marcelino Valentín Gamazo y sus tres hijos, José Antonio de 21 años, Francisco Javier, de 20 y Luis Gonzaga de 17 años.

Marcelino Valentín Gamazo había nacido en Arechavaleta (Guipúzcoa) el 14 de agosto de 1879. Así pues, al ser asesinado, le faltaban nueve días para cumplir 57 años. Abogado de profesión, fue secretario de los colegios de abogados de Madrid en tres ocasiones. Decano de los Abogados del Estado, llegó a ser Fiscal General de la República, cargo para el que había sido nombrado por Niceto Alcalá Zamora el 16 de noviembre de 1935 a propuesta del Ministerio de Justicia, tanto por su prestigio como jurista, como por el hecho de merecer toda la confianza del Gobierno de la República. Pues no debemos olvidar que Don Niceto Alcalá Zamora había sido el primer presidente del Gobierno Provisional y finalmente llegó también a ser presidente de la Segunda República Española.

Marcelino Valentín Gamazo estaba casado con Narcisa Fernández Navarro de los Paños, con la que tuvo nueve hijos. Su esposa poseía fincas en Rubielos Altos, en la provincia de Cuenca, aunque la familia vivía en Madrid donde él ejercía su profesión. Su actuación profesional más notable, en el ejercicio del cometido que le correspondía como Fiscal General de la República, fue en la causa emprendida por el Tribunal Supremo contra el socialista Francisco Largo Caballero (el llamado Lenín Español) como principal responsable -instigador y organizador- del golpe de estado contra la “república burguesa” que la historiografía denomina “La Revolución de Octubre de 1934”.

 

Abogados del Estado asesinados durante la Guerra Civil

En dicha causa, Valentín Gamazo había pedido para Largo Caballero -cumpliendo el cometido que le correspondía como Fiscal General de la República- una pena de 30 años de reclusión, que era la que le correspondía al ser acusado de rebelión militar. Pues la “Revolución de Octubre” había sido un alzamiento en armas contra la República que causó más de mil muertos, siendo necesario el empleo del Ejército para sofocarla. Absuelto Largo Caballero merced a las presiones ejercidas sobre el Tribunal Supremo, y muy especialmente ante el temor a la reacción de las milicias armadas del PSOE, si resultaba condenado. Por ello Valentín Gamazo presentó su dimisión, al haber quedado probado en el juicio la participación y responsabilidad de Largo Caballero como instigador y organizador de la Revolución de Octubre contra la República.

En el mes de julio, dando por hecho como toda persona bien informada que el enfrentamiento era inevitable, bien por una sublevación militar o por una insurrección revolucionaria, pensó que estaría más seguro en Rubielos Altos en la casa y finca de su esposa Narcisa Fernández Navarro de los Paños a donde se trasladó con toda su familia.

El 5 de agosto de 1936, cuando se encontraban en el interior de la vivienda los tres hijos mayores del matrimonio, José Antonio, Francisco Javier y Luís Gonzaga Valentín Fernández, jugando al frontón, se presentó un grupo de diez o doce milicianos en una camioneta requisada. Tras penetrar en el patio de la vivienda, manifestaron que habían venido para llevarlos a Albacete a declarar. En principio los hermanos se resistían a hacerlo, pero el padre, Marcelino Valentín Gamazo, como correspondía a un notable jurista que había sido nada menos que fiscal general de la República, les ordenó que obedecieran. Pues al no tener ningún cargo contra ellos, tras tomarles declaración quedarían en libertad.

Pero en cuanto se alejaron del pueblo los ataron, y tras vejarlos y torturarlos durante todo el día, los asesinaron al día siguiente en un olivar situado en el margen derecho de la carretera que va de Tébar al Picazo. Y fueron tan canallas que los asesinaron de menor a mayor. Primero al pequeño Luis Gonzaga, de 17 años. Luego a Francisco Javier de 20. Después al mayor, José Antonio de 21 años… y finalmente al padre, al que obligaron a presenciar la muerte de sus tres hijos.

Dejaron los cuatro cadáveres pudriéndose al terrible sol de agosto. Y como podía esperarse de aquellas alimañas, ni tan siquiera ejercieron la séptima de las obras corporales de la misericordia enterrando sus cuerpos en la cuneta. Luego pararon en el pueblo de El Picazo a tomar unos refrescos, mientras se jactaban de su “hazaña”. A alguno de los hijos debió costarle morir con los disparos de las escopetas, pues entre risotadas comentaron en el bar.... ¡estaban duros los perdigones! [1].

Cuando se supo en el pueblo de Rubielos Altos que habían aparecido los cuatro cuerpos tirados en un olivar, se fue a buscarlos. Trayéndolos atravesados sobre caballerías y envueltos en mantas. Pues ya había comenzado la descomposición de los cadáveres. Se deja a la imaginación del lector recrear la escena dantesca de la madre, y el resto de los hermanos y hermanas pequeñas, (cinco en total, pues uno de los hijos, Alfonso, ya había muerto en la infancia) ante la llegada de los cuerpos de su padre y de sus tres hermanos mayores.

Fueron descargados de las caballerías en el mismo lugar de donde habían partido. Y testigos presenciales de aquel momento dramático, relataron que la madre, Narcisa Fernández Navarro de los Paños, fue quitando las mantas que cubrían los cuatro cadáveres, de su marido y sus tres hijos. Al tiempo que los nombraba uno a uno. No derramó ni una lágrima…. pero por la palma de las manos le corría la sangre producida al clavarse las uñas.

Dos años después de finalizada la guerra, el conductor de la camioneta requisada se encontró por casualidad con uno de los milicianos que estaba trabajando en una obra en Madrid cuando este le pidió fuego. Al dárselo, su cara le resultó vagamente conocida aunque sin poder precisar dónde podía haberla visto antes. Pasados algunos días pudo recordar aquella fisonomía. Era uno de los milicianos que le habían requisado el camión obligándole a trasladarlos a Rubielos Altos de donde se habían llevado a aquel hombre y a sus tres hijos, a los que posteriormente habían matado. Denunciado el hecho a la policía, el sujeto fue detenido y se le formó causa por el múltiple asesinato. Tras el correspondiente juicio, fue condenado a muerte y pagó su crimen ante el pelotón de fusilamiento. Hoy es una más de las “víctimas de la represión franquista” que ha sido elevado a los altares laicos como “mártir de la democracia” por la infame ley de la memoria histórica.

El resto de la partida de facinerosos logró eludir su responsabilidad criminal, tal vez escapando al extranjero. Y hoy también son acogidos con amorosos brazos en el artículo 2, Reconocimiento general, de la ley 52/2007 donde tras establecer en el punto uno el carácter radicalmente injusto de todas las condenas dice en el punto tres: así mismo se reconoce y declara la injusticia que supuso el exilio de muchos españoles durante la Guerra Civil y la Dictadura.

Epílogo

Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República, la abuela de Jesús María Fernández Medrano -sobrino de Valentín Gamazo y primo hermano de los tres hermanos asesinados que fue el único que salvó la vida aquel aciago 5 de agosto porque se negó a subir al camión- lloraba desconsoladamente. Ante ello, Marcelino Valentín Gamazo, el preclaro jurista, que tres años después llegaría a ostentar nada el cargo de Fiscal General de la República, le decía: ¡¡¡Por Dios Señora!!! ¡¡¡No se preocupe!!!.... parece mentira que usted, que tiene mundo, que ha vivido en la República Argentina, tenga esa prevención a un régimen político tan válido como la monarquía. A lo que Mercedes Moreno Vílchez le respondía:

-Sí Marcelino, sí me preocupo, que en España la república es quemar iglesias, matar curas y monjas y asesinar a personas de orden.

Y Marcelino Valentín Gamazo le respondía: ¡¡¡Por Dios señora, pero que cosas tiene usted!!! Acompañando la exclamación con un expresivo gesto de indulgencia ante los temores de aquella señora ya entrada en años. Se dice que ante la inminencia de la muerte, los recuerdos de toda una vida acuden en tropel a la mente, con inusitada viveza de la memoria. ¿Recordó Marcelino Valentín Gamazo, antes de ser asesinado, aquella conversación que había mantenido tan solo seis años antes?

Si todavía tenía alguna esperanza, sin duda se disipó cuando la camioneta se detuvo en aquel solitario y apartado paraje, y cuando aquellos abyectos asesinos los bajaron del camión atados, cual reses que van al matadero. Muy posiblemente entre mofas -baste recordar los posteriores y jocosos comentarios en el Picazo- obligándoles a internarse unos metros en el olivar, mientras preparaban las escopetas cargadas con postas.

Según el relato del conductor del camión que estaba presente, y luego fue el principal testigo de cargo en el juicio habido contra el único que pagó con su vida el crimen, el padre pidió que le disparasen primero a él. Bien fuera para no presenciar la muerte de sus hijos, o tal vez con la esperanza de que con su muerte tuvieran suficiente y respetaran la vida de sus hijos. Esta petición, en lugar de moverlos a compasión, fue precisamente la que les dio la idea para la crueldad suprema. Procediendo a darles muerte en orden inverso a sus edades. Empezando por el más pequeño y finalizando con el padre, al que obligaron así a presenciar la muerte de sus tres hijos.

Una consideración final

Todo parece indicar que entre los milicianos socialistas pertenecientes al pueblo de La Jara que cometieron el cuádruple asesinato, figuraba alguno llegado expresamente desde Madrid. La larga mano del “Lenin Español” había tomado sus providencias para hacerle pagar, al que fuera Fiscal General de la República, la osadía de acusarlo en la causa que se había seguido contra él. Acusación ejercida en defensa de la República. Un caso más de la verdadera memoria histórica, que el PSOE y la izquierda pretenden ocultar.

[1] En esta zona de la provincia de Cuenca se llama “perdigones” a los pollos de la perdiz.

Lorenzo Fernández-Navarro de los Paños Álvarez de Miranda

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El asesinato de la niña Carmen en Salamanca

Gustavo Morales

El día 11 de abril de 1935 Carmen Pérez Almeida, una niña de doce años, caía asesinada por las balas del odio disparadas por pistoleros de la Federación Anarquista Ibérica cuando, en compañía de su hermano Juan, de profesión electricista y 27 años de edad, y de su novia María, iban a recoger a su hermana Guadalupe a la Academia Fray Luis de León de Salamanca, donde Guadalupe era limpiadora, para llevar a la pequeña Carmen a una función de teatro infantil. Eran hijos de Luis Pérez Martín, un anciano maestro de la localidad castellana muy conocido por su amplia labor pedagógica.

Juan Pérez Almeida estaba afiliado a Falange. Cuando enfilaban el parque de la Alamedilla, un grupo de milicianos, que había seguido a los hermanos Pérez Almeida desde su casa, se parapetó en un muro y comenzaron a vaciar los cargadores de sus pistolas sobre el grupo de jóvenes. La niña Carmen es asesinada vilmente de un disparo en la cabeza, las balas del odio alcanzan también a su hermano Juan, quien cae abatido con un tiro en el pecho y otro en el hombro, viendo el cadáver de su hermana pequeña con la cabeza reventada por un disparo de 9 milímetros. La agonía del falangista fue larga, murió por las heridas sufridas en el atentado el cinco de mayo. La hermana mediana, Guadalupe, y la novia de Juan lograron salir con vida del ataque terrorista.

Tras la agresión los pistoleros anarquistas fueron perseguidos por un policía de paisano, que al final, pudo detener a uno de ellos, identificado como Luis Luciano Labrador. También posteriormente se identificó a otro anarquista llamado Luis López” el cábila” como sospechoso de participar en el atentado.

A Juan, dado su gravísimo estado, se le trasladó al Hospital Provincial, donde al día siguiente y en presencia del juez reconoció como uno de los autores del atentado al anarquista detenido: Luis Luciano Labrador Fregeneda.

Cuando la prensa republicana se hizo eco de la noticia, quiso minimizar el brutal asesinato señalando que el objetivo era Juan, “de filiación fascista”, al ser miembro de Falange Española.

En el “Presente” que les dedicó el periódico “Arriba”, se decía: “Cayó Juan Almeida, por España, muerto a traición con la hermanita que tanto quería, (…) en uno de los atentados más viles que la Falange ha sufrido. Guardad todos en el fondo de vuestras almas este nombre y este dolor y pensad que allá arriba, con Juan Almeida y con los veinte nuestros, hay una niña que han matado a una familia de gentes de bien, pero que nos la han matado también a nosotros”. Carmen, que por edad nunca pudo estar afiliada a la Sección Femenina, fue considerada por las azules como la primera de sus caídas. Antes del 18 de julio de 1936, casi noventa falangistas fueron asesinados por terroristas de izquierdas.

En el año 2015, el ayuntamiento decidió quitar la placa que recordaba el asesinato del obrero falangista y su hermana Carmen.

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