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Pedro Gargantilla*

Desde hace milenios el Homo sapiens ha tenido dos preocupaciones fundamentales: proveerse de alimentos y sobrevivir frente a las enfermedades en general y, de forma especial, ante las infecciones.

Para hacer frente al primer reto nos hicimos sedentarios allá por el Neolítico y desarrollamos las primeras técnicas productivas de cultivos agrícolas. Para combatir las infecciones tardamos mucho más tiempo y una de las primeras armas terapéuticas que tuvimos a nuestro alcance fueron las vacunas.

De Jenner a Hilleman

No hay una receta única para “cocinar” una vacuna, unas contienen virus muertos, otras virus atenuados, algunas sustancias tóxicas que generan los patógenos, otras un determinado fragmento de una proteína potencialmente dañina… A pesar de esta variabilidad todas aspiran a conseguir el mismo objetivo: crear anticuerpos dirigidos frente al agente infeccioso de la vacuna.

El vocablo “vacunología” es relativamente moderno, fue acuñado por Jonas Salk, el creador de la primera vacuna inactivada contra la poliomielitis, en dos artículos publicados a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, del siglo pasado.

A pesar de todo, esta disciplina es más antigua, tiene sus orígenes en el siglo dieciocho y en su historia forman parte una nómina de brillantes científicos entre los cuales se encuentran Edward Jenner, Louis Pasteur, Albert Sabin, Jonas Salk y… un “olvidado” Maurice R Hilleman.

La sombra de la duda

El microbiólogo estadounidense Maurice R Hilleman (1919-2005) fue uno de los mayores investigadores en este campo de la ciencia a pesar de ser un absoluto desconocido, no sólo para el gran público sino también para la mayoría de los científicos.

Para empezar su tesis doctoral -la terminó a la edad de veinticinco años- fue increíblemente innovadora. En ella Hilleman demostró que la Chlamydia no era un virus, como se creía hasta ese momento, sino una bacteria y que, por lo tanto, podía tratarse con antibióticos.

Hilleman inventó y desarrolló la vacuna contra las paperas, el sarampión, la varicela, la hepatitis B, la neumonía, la rubeola… y así hasta un total de cuarenta vacunas diferentes. A él le debemos ocho de las catorce vacunas que forman parte de nuestro calendario vacunal.

A pesar de todo este mérito, fruto de un trabajo infatigable que se prolongó durante décadas, no se le ha reconocido como debiera. No sólo no recibió el Premio Nobel sino que fue víctima de una terrible controversia que se generó a partir de un artículo publicado en 1998 en la prestigiosa revista “The Lancet”. Su autor, Andrew Wakefield, afirmaba que la vacuna triple vírica ocasionaba autismo. Es fácil imaginar el recelo que se generó entre millones de familias.

A pesar de que los editores, tiempo después, negaron de forma categórica la versión de Wakefield, que había modificado alegremente sus datos para que encajaran en sus afirmaciones, el daño en el imaginario popular ya estaba hecho. Como dice el dicho popular, desprestigia que algo queda.

 

La hija de un año de Hilleman, Kirsten (en el centro, con su hermana Jeryl Lynn) se convirtió en la primera en recibir la vacuna contra las paperas

La vacuna más rápida de la Historia

De todas las vacunas que desarrolló Hilleman la que esconde una metahistoria más enternecedora es la de la parotiditis, la vacuna de las paperas. Fue en marzo del año 1963 cuando una de sus hijas, Jeryl Lynn, que por aquel entonces tenía cinco años, sufrió parotiditis. A pesar de la angustia que generó la infección, Hilleman no dudó en obtener unas muestras de la garganta de la pequeña, con la ayuda de un hisopo, y extenderla en una placa de Petri.

En el laboratorio atenuó, preparó y estudió el virus, lo cual se acabaría traduciendo en el desarrollo de una vacuna, cuatro años después. La cepa fue bautizada con el nombre de la hija de Hilleman, siendo su hermanita Kristen una de las primeras en ser inoculadas.

Actualmente se sigue usando a nivel mundial y forma parte de la llamada triple vírica.

En estos momentos, y a pesar del tiempo transcurrido, la vacuna de las paperas ostenta el record de ser la vacuna más rápida de la Historia… esperemos que sea por poco tiempo.

* médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

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