Álvaro Van Den Brule

La mejor victoria es una victoria sin guerra, convencer al enemigo de que no tiene opciones es esencial.

-Sung Tzu.

Fue un invierno solitario a la par que frenético, nada especial había ocurrido más allá de que la tropa se empleó a fondo en consolidar un fuerte con una alta empalizada y un foso profundo alrededor del perímetro a una distancia de unos diez metros de la primera línea de defensa exterior. Este foso permitía frenar a los posibles atacantes en el supuesto de una agresión y atinarles a placer con más precisión mientras sorteaban la inmensa y profunda zanja. La idea de la construcción estaba fundada en que aquello debía de ser duradero ante los previsibles ataques de los indígenas. Estaban en tierra de nadie en medio de un inmenso claro en aquella frondosa jungla y la fortificación se había edificado en lo alto de un collado incorporando un manantial muy bienvenido.

Los vientos embravecidos de la época agitaban las copas de los árboles zarandeando los nidos con violencia; además, también, se había dado tiempo atrás un eclipse muy negro con un aura roja cuya lectura entre los nativos anunciaba muy malos augurios. Así estaban las cosas. Entre Veracruz y Technotitlan, Hernán Cortés quiso crear un conjunto de sólidas defensas escalonadas, aunque escasas de guarnición. Eran efectivas sí, pero siempre y cuando permanecieras dentro de ellas y sirvieran de postas para descansar durante el trayecto entre el mar y la enorme capital lacustre de los mexicas.

Todo lo que fuera alejarse a cierta distancia, implicaba un enorme riesgo de ser fagocitado por aquella inmensa masa verde desde la que cientos de pares de ojos escrutaban la vida cotidiana de aquella pequeña comunidad mixta de civiles y militares venidos de allende los mares. Asimismo, aparte de los animales domésticos y caballerías, se alojaban en el interior del fuerte algo más de tres centenares de los fieros y aguerridos aliados tlascaltecas que actuaban siempre como exploradores y en combate, eran temibles. Además, se la tenían jurada a los mal llamados aztecas, término acuñado hacia finales del siglo XIX.

La vida acontecía dentro de una bucólica rutina y los españoles sabían que ahí afuera estaban vigilantes unos indígenas subordinados al Gran Moctezuma que no los perdían de vista y que agazapados, esperaban su momento. Cortés, a sabiendas de que las guarniciones en estos lugares no estaban cómodas, las solía cambiar con cierta frecuencia.

Fatídicos augurios

En aquellas latitudes, en medio del desamparo en el que se encontraban unos pocos centenares de hombres en medio de la nada, se dio en los albores del siglo XVI uno de los episodios más sangrientos y macabros de la aventura americana de las tropas de Cortés. Aquellos augurios que los chamanes locales de Texcoco habían revelado, acabaron siendo fatídicamente ciertos.

Si bien es cierto que los hombres que había enviado el gobernador de Cuba –Diego Velázquez – en 1520 al mando de Pánfilo de Narváez para combatir a Hernán Cortes se habían pasado en su totalidad a las filas de extremeño, aun siendo un refuerzo poderoso y considerable; la extensión y la imponente vastedad del imperio Mexica era un reto descomunal para aquellos decididos soldados.

Pues bien, tras ser arrollada la historia por ingentes masas de hormigón, calles, avenidas asfaltadas y, en definitiva, por lo que hemos dado en llamar “la civilización”; hoy existe una pequeña ciudad en el occidente de Tlaxcala, llamada Tecoaque. Antiguamente en la época de los hechos que narramos, esta ciudad actual se llamaba Zultepec.

Son las fuentes históricas acaecidas en siglo XVI, tales como las Cartas de Relación enviadas al emperador Carlos V por Hernán Cortés, y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, las que nos describen los luctuosos acontecimientos ocurridos en este enclave, hoy sujeto a profundas investigaciones por equipos mixtos e interdisciplinares de arqueólogos mejicanos, alemanes y españoles.

El meollo de esta historia comienza un buen día en el que una parte de esa guarnición perdida siguiendo instrucciones, se adentra en la jungla en dirección a Technotitlan, la capital mexica para reunirse con Cortés y crear un asentamiento como piedra angular de una nueva ciudad por determinar. Era el año de 1520 cuando una nutrida caravana proveniente de Vera Cruz y tras hacer aguada y descansar unos días en el fuerte antes mencionado, circulaba con grandes precauciones por tierras de los Acolhua en la región próxima a Texcoco. Los Alcolhua eran tributarios de los mexicas y hacían de estado tapón entre estos y los indomables aliados de los españoles, los Tlascaltecas.

Hacia junio del mismo año de 1520, tras la terrible tragedia que supuso la “noche triste”, cerca de la mitad del ejército de Hernán Cortés, tras siete días de huida frenética perseguidos por una ingente masa de mexicas, llegaron exhaustos al poblado tlaxcalteca de Hueyotlipan. Fue aquí, recién llegado, cuando le dan las tristes noticias de la captura de la caravana y las consecuencias derivadas de la misma.

Lo ocurrido en aquel trágico acontecimiento se dio de la siguiente manera.

Circulaban por un estrecho sendero alternativo en la densa jungla una cincuentena de soldados españoles, algunos de ellos con sus monturas y un buen número de ellos con los famosos mastines leoneses. Iban acompañados por los incondicionales Tlaxcaltecas cubriendo la retaguardia algunos de ellos y los otros, de avanzadilla en condición de exploradores. En medio, iban las mujeres y niños y una pequeña, pero lastrante impedimenta con los enseres básicos para lo doméstico.

Fueron los rastreadores y exploradores Tlaxcaltecas los que dieron la alarma al descubrir en medio de la foresta a una pequeña tropilla de Alcolhuas mimetizados con grandes hojas y pinturas ocres. Al ser descubiertos, comenzaron a proferir gritos y estos gritos entraron en un escandaloso crescendo al que se unieron miles de voces en una cacofonía estremecedora. Al ser la vereda tan angosta, solo dio tiempo a entrar en el cuerpo a cuerpo sin más. Los perros hicieron su trabajo a pleno rendimiento y a los ballesteros y arcabuceros solo les daría tiempo de cebar una sola vez las armas. Se calcula que un número aproximado a los 3.000 Alcolhuas cayeron de improviso sobre aquel pequeño contingente español.

No hubo tiempo para reacción alguna pues acostumbrados a la “Guerra Florida”, a los aliados de los mexicas les interesaba más la captura de los prisioneros para sacrificarlos que su muerte. Por ello, aquella tremenda desproporción entre unos y otros dio como resultado la captura de la casi totalidad de la expedición que se vio sin capacidad de respuesta ante el ataque sorpresa de aquella horda. Tras dos durísimas horas de combate en una proporción de uno contra diez, fueron capturados a pesar de la feroz resistencia, la casi totalidad de los integrantes de aquella fatídica expedición. En la emboscada, Cortés había dejado muchos útiles personales, oro fundido sin moldear, catorce mil pesos adicionales del mismo metal y diferentes valores que su ayudante de campo llevaba consigo perdiéndose la integra cantidad que fue recuperada por los aliados de los mexicas.

Durante los meses posteriores y siguiendo un riguroso orden, el dedo indicador de los crueles sacerdotes que habían venido desde Technotitlan para gestionar la barbarie posterior, fueron seleccionando sin discriminación alguna la sentencia de aquellos desgraciados. Ni un solo niño, mujer u hombre de los capturados sobreviviría a los macabros ritos que se les aplicaron durante su cautiverio.

Algunas fuentes históricas, reflejan en descripciones realizadas por los frailes, Durán, Benavente y el reconocido antropólogo de campo (obviamente no académico) Padre Sahagún; como en la festividad de Panquetzaliztli (mes decimoquinto en el calendario náhuatl), se pudo determinar que durante esta importante celebración fueron sacrificados la mayoría de los miembros de la caravana desaparecida. El resto, fue un cuentagotas del que se puede deducir el horror por el que pasaron los cautivos escuchando los alaridos de los que estaban siendo sacrificados.

Obviamente, lo primero era la evisceración del corazón para su exposición ante aquel público entregado. Luego, una parrillada en toda regla bien regada de pulque (bebida fermentada a partir del agave) y de la imprescindible marihuana roja, permitía que aquella macabra carnicería se convirtiera en un trance colectivo. Los cadáveres de los interfectos se “cocinaban” al punto y toda la tribu con los sacerdotes al frente, se ponían hasta las trancas. Más tarde, a los cráneos de los interfectos, se les practicaba unas perforaciones circulares en sendas regiones parietotemporales, para finalmente acabar decorando un tzompantli o altar vertical en que se colocaban alineadas las calaveras de los extintos. Como colofón a estos rituales, se acometía una adecuada manipulación post mortem de los cadáveres de tal manera que se practicaba una extracción de los huesos más largos para la obtención de un corolario que con los restos del fenecido se usaban como trofeo a modo de peto hilvanado, objeto muy apreciado como atrezzo de combate.

Enterado Cortés de la barbarie a la que habían sido sometidos aquellos finados, envió a su gran amigo, el capitán Gonzalo de Sandoval que inició una cacería con cerca de 220 hombres, quince de ellos a caballo. El resto, iban armados hasta los dientes. Muchos llevaban ballestas de pino rojo de Valsaín al margen de la espada y la daga; todos ellos portaban un centenar de dardos cada uno además de los perros de presa. Iban a por todas. Los indígenas fueron cogidos absolutamente desprevenidos pues los caballos habían sido silenciados en sus herraduras con paño o cuero vuelto y los perros embozados. La carnicería fue antológica y no hubo piedad alguna para con aquellas gentes tan dispuestas a una barbarie escalofriante. En cuanto a la población restante, se dejó vivas a las mujeres y a los niños con la idea de que pudieran contar lo sucedido. El resto de supervivientes fue esclavizado para las durísimas labores de minería, y el lugar en cuestión, fue incendiado y abandonado para los restos.

Lo acontecido en Zultepec nos recuerda a la guerra en su más cruel acepción.

Fuente: El Confidencial

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