Kévin Boucaud-Victoire

Entrevista de Kévin Boucaud-Victoire a Daniel Zamora

En "El último hombre y el fin de la revolución: Foucault después de mayo del 68" (Lux, 2019) (1), coescrito con Mitchell Dean, Daniel Zamora repasa el análisis del neoliberalismo de Michel Foucault, particularmente en sus cursos en el Colegio de France en 1977 y 1979, publicados como "El nacimiento de la biopolítica". ¿Era el sociólogo un neoliberal de izquierda? Parece que las cosas son un poco más complejas.

Le Comptoir: Los herederos autoproclamados de Foucault son muy diversos, desde libertarios de izquierda hasta ejecutivos de Medef, incluidos los socialdemócratas y los restos de la “segunda izquierda”. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo ubicar a Foucault?

Daniel Zamora: Creo que en primer lugar esto es el reflejo poco ortodoxo de varios intelectuales de encontrar respaldo en este filósofo para sus propias agendas políticas. Es una práctica común colocarse bajo la autoridad de una gran figura en la vida intelectual para legitimar tus puntos. Sin embargo, ha alcanzado un grado particularmente delirante en el caso de Foucault. La contextualización más básica de su obra es difícil en Francia. Debemos preguntarnos qué explicación tiene eso hoy, el trabajo más estimulante sobre la historia intelectual francesa de este período es a menudo el trabajo de investigadores anglosajones como Michael Behrent o Michael Scott Christofferson. También debemos preguntarnos cuáles son las razones por las que recordar su asociación con los “nuevos filósofos” o la “segunda izquierda” es algo tan difícil de escuchar.

Es irónico que un autoproclamado “historiador del presente” sea ahora leído e interpretado en total abstracción del presente que fue el suyo. Aquellos a quienes les gusta reclamarlo hoy prefieren moldear un personaje de acuerdo con sus propias expectativas.

Más fundamentalmente, creo que esta inmensa diversidad también se deriva en parte de la forma en que el propio Foucault presentó su trabajo. Nunca buscó construir un sistema de pensamiento o una gran teoría de lo social, definiéndose a sí mismo de manera más general como un “experimentador”. Los textos o conceptos que pudieron haber contado en su vida sólo le interesaron como formas de cuestionar su presente. Pudo así autodenominarse "estructuralista", codearse con el maoísmo de la izquierda proletaria o, más tarde, movilizar las ideas del neoliberalismo en su lucha contra todo lo que atribuye al individuo una determinada concepción de sí mismo. De ahí proviene su famosa metáfora de comparar sus libros con "cajas de herramientas" que uno podría reunir a voluntad. Sin embargo, esta perspectiva tiene sus límites.

Un concepto nunca es completamente independiente del contexto y los objetivos que le dieron origen. Siguen siendo parcialmente prisioneros de su arquitectura. Cabe preguntarse, pues, por la pertinencia de los incesantes encantamientos destinados, por ejemplo, a reconciliar en una gran síntesis a Marx y Foucault (2), mientras que durante el final de su vida este último pretendía precisamente "deshacerse" del marxismo. Lo mismo ocurre con quienes lo convierten en un pensador hostil al neoliberalismo.

¿Qué aporta el análisis del neoliberalismo de Foucault?

DZ: Su análisis es notable porque constituye uno de los primeros intentos de un estudio cuidadoso del neoliberalismo como un conjunto en su pensamiento. Tanto por lo que lo une como por las grandes diferencias que allí conviven. A menudo olvidamos que entre Friedman y Hayek hay abismos intelectuales. Sin embargo, no fue hasta la década de 1990 que se vio el surgimiento de trabajos más profundos sobre la historia intelectual y el análisis del neoliberalismo. Por tanto, Foucault nos ofrece una de las primeras interpretaciones estimulantes de estos conceptos y perspectivas principales.

Este se distingue en particular del liberalismo clásico en que no es un "laissez-faire" sino, por el contrario, una política activa de construcción del mercado. No existiría el dominio del Estado por un lado y el libre juego del mercado por el otro. Foucault señala, con bastante razón, que, entre los neoliberales austriacos, el fracaso del liberalismo económico decimonónico los llevó a concebir su doctrina como una construcción activa y consciente de un mercado que, por tanto, no es natural. "No va a haber juego del mercado que deba dejarse libre", explica en sus lecciones, "ya que precisamente el mercado, o más bien la competencia pura, que es la esencia misma del mercado, no puede sólo aparecer si es producida y si es producida se debe a una gubernamentalidad activa".

Otro punto interesante de análisis, esta vez refiriéndose principalmente al neoliberalismo estadounidense, es el hecho de que él ve esta nueva gubernamentalidad neoliberal como "ambiental". No apuntaría a producir subjetividades sino a estimular a los individuos a actuar de determinadas formas actuando principalmente sobre su entorno económico. El neoliberalismo como "tecnología ambiental", dice en sus lecciones, anuncia un "retroceso masivo del sistema normativo-disciplinario". Foucault señala que, para alguien como Gary Becker, el crimen debe tratarse actuando sobre incentivos económicos y no dando forma a subjetividades criminales. Desde una perspectiva neoliberal, el criminal es simplemente una persona cuyo cálculo de costo / beneficio se inclina hacia el crimen.

El objetivo de la acción económica es, por tanto, modificar estas variables para reducir “óptimamente” el “interés” por la delincuencia. Por tanto, Foucault entiende el neoliberalismo no como una retirada del Estado, sino como una retirada de sus técnicas de subyugación. No buscaría asignarnos una identidad determinada, sino simplemente actuar sobre nuestro entorno.

Para el pensador insignia de las técnicas modernas de estandarización, ¡esto no es poca cosa! Este análisis explica la profunda conexión entre el despliegue del neoliberalismo como forma de gubernamentalidad en Francia a mediados de la década de 1970 y la promoción de Foucault de la invención de nuevas subjetividades. Lejos de oponerse, los dos van, a sus ojos, de la mano. Más abierto al pluralismo, el neoliberalismo parece ofrecer un marco menos restrictivo para la proliferación de experimentos minoritarios.

Todo esto, sin embargo, es menos una crítica del neoliberalismo que una forma de hacer inteligible su racionalidad. Como tal, no es trivial que Gary Becker, uno de los padres del neoliberalismo estadounidense, se encontrara en perfecto acuerdo con el análisis de Foucault de sus propios textos. Criticar al neoliberalismo no consiste en transcribir la imagen que da de sí mismo sino, al contrario, en desacreditar la mitología que se ha construido.

El análisis de Foucault del neoliberalismo parece ignorar rigurosamente el experimento de Pinochet, que comenzó en 1973, y el hecho de que esta "gubernamentalidad" puede acomodarse el autoritarismo. Parece extrañamente ahistórico.

DZ: De hecho, esta es una elección deliberada de Foucault. Aunque Thatcher y Reagan todavía no estaban en el poder en ese momento, sin embargo, ya se podían percibir los rasgos conservadores que tomaría esta conquista política. Así, Foucault conocía bien la política de Ronald Reagan, entonces gobernador de California, donde permaneció regularmente desde mediados de la década de 1970. Y la asociación de Milton Friedman con la campaña del republicano hiperconservador Barry Goldwater durante las elecciones presidenciales de 1964 probablemente no se le había escapado.

Creo, sin embargo, que su análisis todavía se sitúa históricamente, pero más bien en el contexto francés. Para comprenderlo, primero hay que situarlo en el contexto de la creciente oposición de los intelectuales al programa de unión de la izquierda y el socialismo de posguerra. Y, luego, como partícipe de las reflexiones de la “segunda izquierda” en Francia, organizada en torno a figuras como Michel Rocard en el PS o Pierre Rosanvallon en la CFDT. Es en esta configuración en la que parte de la izquierda se pregunta sobre su futuro, Foucault, en consecuencia, no ve el neoliberalismo como un contraste, sino que busca hacer de él, citando a Serge Audier, un "uso inteligente" para desplegar una alternativa al socialismo.

Luego se interesó por el neoliberalismo como “gubernamentalidad”, como una forma de pensar la política, más que como una agenda económica. Este uso del neoliberalismo también está motivado, en Francia, por el contexto muy específico de las políticas lideradas por Valéry Giscard’Estaing. Foucault ve el desarrollo del neoliberalismo en Francia con el gobierno de Giscard como un punto de ruptura con la clásica división "izquierda-derecha". En efecto, señala, como bien observó Serge Audier, las excelentes relaciones que Giscard mantiene con los socialistas del SPD alemán de Helmut Schmidt. Cabe recordar que antes de un giro más conservador en 1976, su presidencia estuvo marcada por la despenalización del aborto, la visita de presos a las cárceles, el fin de la censura, así como la rebaja de la edad legal para votar. Por lo tanto, el neoliberalismo ya no se ve en el marco estricto de la oposición izquierda-derecha, sino como una gubernamentalidad lista para rediseñar la forma en que pensamos sobre la política misma.

Foucault percibe a los gaullistas y comunistas como pertenecientes al campo "social-estatista" para usar la terminología de la segunda izquierda, mientras que los Giscardianos y Rocardianos parecen trazar un campo menos centrado en el Estado al oponerle las virtudes de la sociedad civil y del emprendimiento. Es este aspecto el que Geoffroy de Lagasnerie y Christian Laval parecen ignorar por completo en sus obras. Foucault no busca reinventar la izquierda o cuestionar el neoliberalismo en el vacío sino, en el contexto político que era el suyo, en la discusión con la segunda izquierda en particular.

En este sentido, ¿no es el análisis de Foucault puramente teórico?

En efecto. Por mucho que Lagasnerie tenga razón al ver en estos cursos no una denuncia sino precisamente una experimentación intelectual, esta experimentación pretendía cuestionar su presente y no el nuestro. En un contexto donde piensa que las cuestiones de desigualdad o explotación están resueltas globalmente y donde la idea de revolución está desactualizada, lo que está en juego es la autonomía de los individuos. Si el poder ya no debe ser “Tomado”, es necesario crear, dentro de él, espacios donde los individuos puedan reinventarse y experimentar otras formas de existencia. La crítica se centra entonces en todos estos dispositivos de subyugación como el Seguro Social, la escuela, la justicia, etc. Debe permitirnos ser, para usar su famosa frase en referencia a la Ilustración, "no ser tan gobernados".

Como el poder es omnipresente, el pensamiento de Foucault no aspira a “liberar” al individuo de él, sino que apunta a incrementar su autonomía. En este sentido, si el cambio debe lograrse es ante todo a través de la proliferación de experimentos minoritarios, esta gubernamentalidad "ambiental" neoliberal puede, a sus ojos, ampliar los espacios de autonomía dentro del poder, liberados de la normatividad "social estatista”.

Además, esta idea no se limita a Foucault. En este mismo contexto, recordaremos la perspectiva de André Gorz sobre el neoliberalismo. En Le Nouvel Observateur, escribió bajo el seudónimo de Michel Bosquet que “si el giscardismo logra desvincular el poder central y liberar nuevos espacios donde se puede ejercer la iniciativa colectiva, ¿por qué no aprovecharlo?" Si Giscard es neoliberal, agrega, "no se sigue que la liberalización de la sociedad sea necesariamente un proyecto de derecha". Continúa subrayando que "en todas partes de Europa hay hoy entre neoliberales y neosocialistas intercambios parciales y ósmosis" [i]. Para Gorz como para Foucault, el neoliberalismo no es una solución, pero les abre perspectivas para invertir en este espacio liberado del Estado por otro tipo de experiencias. Por supuesto, su diagnóstico no se hizo realidad y todos estos sectores del Estado "liberados" por las políticas neoliberales no condujeron a una política de emancipación. La desinversión del Estado no ha llevado a la proliferación de espacios autónomos, y el discurso sobre la autonomía ha transformado paradójicamente al Estado social en una máquina "activa" disciplinaria más que emancipadora. Pero esa es otra historia...

Foucault no cree en la revolución, sino en la micro-resistencia cotidiana y en la necesidad de "inventar [tu] vida". Además, piensa que la "relación de uno mismo con uno mismo" es el "primer y último" punto de "resistencia al poder político".

Durante mucho tiempo, Foucault no ofreció realmente una perspectiva sobre la transformación social. Pintó retratos deslumbrantes de los dispositivos de normalización, del poder, de la disciplina de los cuerpos, etc. Pero la resistencia estuvo generalmente ausente. Su sujeto era bastante pasivo, incapaz de responder al poder. Creo que sólo durante su última década, a través de su atención a las técnicas del yo, comenzará a otorgar mayor autonomía al sujeto. Entonces, el poder toma forma lentamente como una mezcla entre técnicas de restricción y técnicas del yo a través de las cuales el sujeto se constituye a sí mismo. El poder y la resistencia son ahora dos caras de la misma moneda. La relación con uno mismo se convierte entonces en un espacio potencial de libertad y autonomía que los individuos pueden movilizar contra el poder.

En este contexto, la resistencia en Foucault ya no asume realmente el rostro de los movimientos sociales o la lucha de clases. Se deriva, dijo de un foro organizado por Pierre Rosanvallon en 1977, "de una preocupación moral individual" [ii]. Ya no se trata de "tomar" el poder o de transformar el mundo en el sentido clásico, sino, escribe, "cambiar nuestra subjetividad, nuestra relación con nosotros mismos" [iii]. Por tanto, la cuestión del modelo de sociedad se sustituye por cómo deberíamos vivir en sociedad. Foucault propone un “arte”, una “estilización” de estilos de vida más que una estrategia política. Cambiarse a uno mismo puede estar entonces en el origen de lo que Deleuze llamará las "revoluciones moleculares" que modifican la sociedad desde abajo. En otras palabras, es la ética la que ahora ocupa el lugar de la política.

Huelga decir que este punto de inflexión tendrá desarrollos más que ambivalentes durante las décadas posteriores a su muerte en junio de 1984. Al ubicar la resistencia principalmente en relación con uno mismo, Foucault ha reducido sustancialmente el alcance de la crítica social. Paradójicamente, pondrá fuera de alcance las estructuras económicas y políticas que precisamente configuran el marco en el que se vive esta “relación con uno mismo”. Las preguntas en torno a la explotación, la desigual división del trabajo (ahora asumiendo una escala global) o las desigualdades económicas desaparecen y parecen totalmente inaccesibles a través de estas “micro-resistencias”.

De hecho, se ha demostrado que la idea de que las revoluciones "moleculares" descentralizadas podrían conducir de alguna manera a grandes efectos agregados es totalmente irreal cuando se aplica a las relaciones económicas. Si quisiéramos ser polémicos, podríamos incluso preguntarnos sobre la relación que tiene esta visión con el neoliberalismo. "No se olviden de inventar su vida", concluyó Foucault a principios de la década de 1980. ¿No sorprende esta perspectiva que resuene con el mandato de Gary Becker de convertirnos en "empresarios de nosotros mismos"?

Básicamente, estás de acuerdo con las críticas al "estilo de vida anarquista" denunciadas por Murray Bookchin (3).

Bookchin tiene toda la razón al ver lo que él llama las "insurgencias personales" de Foucault como una especie de guerra de guerrillas permanente que siempre parece condenada al fracaso. O al menos, lo que parece excluir cualquier reflexión sobre cómo inventar otras formas institucionales de organizar nuestra existencia.

La principal limitación de esta perspectiva es, me parece, que presupone que el capitalismo y el poder descansan en una amplia gama de micropoderes que operan en las relaciones sexuales, escuelas, estructuras familiares, conocimiento, ciencia, etc. Desde esta perspectiva, el Estado, por ejemplo, parece ser sólo el marco más general de un conjunto de relaciones que operan a escalas menores. Entonces surge la estrategia de subvertir el Estado y el capitalismo no atacándolo de frente, sino actuando en este micro nivel, es decir en la "vida cotidiana".

Entonces sería posible transformar desde el interior, mediante la estilización de la existencia, mediante la creación de espacios de experimentación, todo el edificio social. La idea era que, fundamentalmente, el capitalismo está intrínsecamente vinculado a alguna forma de organización social y cultural que, para reproducir, por ejemplo, sería necesaria la organización patriarcal de la familia. Sin embargo, la historia ha demostrado más bien que, si bien puede movilizar tales estructuras, también puede adaptarse, incluso promover, otros estilos de vida o estructuras familiares. Y los convierte en mercados excelentes para conquistar.

Básicamente, el “todo es político” de mayo del 68 (4) por supuesto permitió cuestionar una amplia gama de relaciones de poder que antes eran invisibles. Sin embargo, también ha acompañado paradójicamente un declive de la acción colectiva y ahora aparece más como un símbolo de la derrota histórica que como una nueva forma de revolución. Cuando las principales variables macroeconómicas nos parecen inaccesibles, recurrir a la relación con uno mismo o la transformación del lenguaje es en cierto modo una virtud de necesidad.

Este tipo de conceptualización ha dado lugar a todo tipo de pseudoconcursos como el “TAZ” (Zona automática temporal) de Hakim Bey, donde un acontecimiento en una prestigiosa galería de arte puede constituir un espacio autónomo “temporal”. Pensemos también en todas las variantes, todavía muy populares, de los métodos alternativos de consumo o de los “colibríes” que supuestamente nos salvan del desastre por su ética individual.

¿Estás de acuerdo con Jean-Claude Michéa (5) cuando dice que Foucault es el complemento cultural de Hayek, Friedman y Gary Becker?

Yo diría que, más que un "complemento" de Hayek y Friedman, el problema de Foucault es que implícitamente hizo suya su propia representación del mercado. El de un espacio menos normativo, menos coercitivo y más tolerante para las experiencias minoritarias que el del Estado social, sujeto a la ley de la mayoría. A Friedman le gustaba repetir que "las urnas producen conformidad sin unanimidad" y "el mercado es unánime sin conformidad". En su opinión, el mercado era por definición un mecanismo más democrático que la deliberación política en el sentido de que protegería la pluralidad de preferencias individuales.

Implícitamente, creo que Foucault participó en la difusión de esta falsa dicotomía. Con eso, no quiero decir que debamos relegar al olvido las luchas contra ciertas formas de normalización o coerción, ese arte, decía Foucault, "de no ser tan gobernado". De hecho, el Estado del bienestar de la posguerra pretendía reproducir un determinado modelo de familia y hacer justicia a determinados “perfiles” criminales. Pero, por definición, cualquier política, ya sea estatal o neoliberal, es normativa. Y es bueno desafiar estos dispositivos. Pero eso no significa que podamos deshacernos de la normatividad. Si decidimos otorgar a todos una asignación universal (6) en lugar de consultas médicas gratuitas, sustituimos una cierta normatividad (que define ciertos sujetos a través de ciertos “derechos sociales”) por otra (que hace la "elección" individual en el mercado es la prioridad). Sin embargo, Foucault, en este contexto del “antitotalitarismo” francés, generalmente asoció estos dispositivos de normalización con el Estado y, a través de esto, implícitamente hizo del mercado un lugar donde la normatividad podría subvertirse más fácilmente.

Por mucho que encontremos en Foucault importantes desarrollos sobre la forma en que, por medio de instituciones como la seguridad social o la justicia, podríamos ser asignados a una determinada concepción de nosotros mismos, él ignora por completo la normatividad y la coacción del mercado. A sus ojos, es esencialmente la política concebida a través del modelo soberano, en particular a través del gobierno de la mayoría, que es un espacio de coerción y normatividad. Las señales impersonales y descentralizadas del mercado se convierten entonces en una alternativa atractiva a la deliberación política en el sentido de que parecen proteger las opciones de las minorías, precisamente debido a su acción supuestamente “ambiental”. Lo que debemos percibir hoy es que la normatividad no es un problema en sí misma. Cualquier configuración económica e institucional es normativa, lo importante es saber qué tipo de instituciones queremos. En un libro reciente, el filósofo Martin Hägglund (7) escribió correctamente que ser libre no es estar libre de restricciones normativas, sino ser libre para negociar, transformar y desafiar. Es poder construir instituciones democráticas en las que podamos definir colectivamente las normas que pueden gobernar la sociedad. El mercado no ofrece una alternativa a la normatividad, sino solo la reducción de su control para quienes tienen suficiente capital para beneficiarse de las “opciones” que ofrece esta última.

Notas:

[i] André Gorz, « Occupons le terrain », Le Nouvel observateur, n°116, août 1976, p. 23 cité dans : Serge Audier, Penser le “néolibéralisme” : Le moment néolibéral, Foucault et la crise du socialisme, Le bord de l’eau, Paris, 2015, p. 212.
[ii] Michel Foucault, « Une mobilisation culturelle », 1977, dans : Dits et Écrits, texte n°207.
[iii] Michel Foucault, « Foucault étudie la raison d’État », 1980, dans : Dits et Écrits, texte n°280.

Notas del Traductor:

1. https://www.luxediteur.com/catalogue/le-dernier-homme-et-la-fin-de-la-revolution/

2. https://www.editionsladecouverte.fr/catalogue/index-Marx___Foucault-9782707188014.html

3. https://comptoir.org/2019/04/16/lecologie-sociale-de-murray-bookchin/

4. https://comptoir.org/tag/mai-68/

5. https://comptoir.org/tag/jean-claude-michea/

6. https://comptoir.org/2016/04/25/le-revenu-de-base-un-faux-ami-du-progres-social/

7. https://en.wikipedia.org/wiki/Martin_H%C3%A4gglund

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