Israel Viana

Potsdam, 19 de julio de 1945. Los líderes de las tres principales potencias del mundo se encontraban negociando las condiciones de la paz en Europa tras su victoria en la Segunda Guerra Mundial. Entre todos los puntos a tratar había uno que preocupaba especialmente a Stalin: «Es necesario examinar la cuestión del régimen de España. Nosotros los rusos consideramos que el presente régimen de Franco fue impuesto por Alemania e Italia y entraña un grave peligro para las naciones unidas amantes de la libertad», comentó.

Al líder de la URSS le preocupaba la dictadura franquista y quería empujar al primer ministro británico, Winston Churchill, y al presidente de Estados Unidos, Harry Truman, a acabar con ella: «Opinamos que será bueno crear las condiciones para que el pueblo español pueda establecer el régimen que elija», añadía. Stalin veía a Franco como una amenaza para la paz mundial y creía que había que actuar cuanto antes.

Tras la derrota de la Alemania nazi y la Italia fascista, la hostilidad de los aliados se dirigió contra Franco, al que no perdonaban el apoyó que había recibido de Hitler y Mussolini en la Guerra Civil. En esa misma reunión, Truman aseguró «no tener ninguna simpatía hacia el régimen de Franco» y que se «alegraría mucho de reconocer otro gobierno en España». Sin embargo, tanto este como el presidente de Estados Unidos se posicionaron en contra de una intervención directa, tal y como insinuó Stalin al principio. Ambos líderes tenían miedo de provocar una nueva guerra civil de la que pudiera resultar un Gobierno comunista.

«Una alianza contra Rusia»

En ese momento de la reunión, Churchill desveló un detalle que los otros dos mandatarios habían pasado por alto. Un detalles que el británico empleó para persuadir a sus interlocutores de que no estaba llevando a cabo ningún tipo de acercamiento con España: «El Gobierno inglés está también fuertemente disgustado con Franco y su Gobierno [...]. El hecho de que hayan sacado a los prisioneros que llevan años en prisión y les hayan disparado por lo que había ocurrido mucho tiempo antes indica que España no es una democracia de acuerdo a las ideas británicas. Cuando Franco me envió una carta proponiéndome hacer una alianza de Occidente contra Rusia, le envié una respuesta fría. Eso demuestra que los sentimientos de Gran Bretaña son contrarios a su régimen».

Stalin respondía a Churchill de manera desconfiada: «Yo no he recibido ninguna copia de la respuesta británica a Franco». Pero, ¿de qué carta hablaba el primer ministro británico? Se refería a la que el dictador español le había enviado el 18 de octubre de 1944. Una misiva personal y confidencial que sería entregada más tarde por el duque de Alba al Foreign Office, en la que este expresaba su deseo de «clarificar» las relaciones hispano-británicas de una manera «sincera, franca y directa». Y en la que mostraba su preocupación por «la grave situación europea» y por la «atmósfera de desconfianza y hostilidad hacia España existente en Gran Bretaña».

Contra la «hegemonía» de Rusia

A juicio de Franco, la gravedad de la situación se basaba en la creciente «hegemonía» de la Rusia comunista en el este de Europa, que se completaba también con el crecimiento de la influencia del «insidioso poder del bolchevismo» en el oeste. Sobre todo, en Italia y Francia. Y no estaba equivocado, puesto que a Stalin ya se le había ocurrido por esas fechas la idea de formar un «cordón sanitario» con estados políticamente afines y subordinados a las decisiones de Moscú. En junio de 1944, sus tropas habían empezado a extenderse por Europa Oriental tras el éxito de la «Operación Bagration».

Esta operación y los acuerdos de Postdam y Yalta al final de la guerra supusieron una gran expansión territorial de los soviéticos. Stalin consiguió anexionarse –militar o políticamente– a países como Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Bulgaria, Ucrania, Checoslovaquia, Finlandia, Hungría, Rumanía, partes de Alemania (Prusia Oriental), Manchuria y hasta el norte de Corea. Y después comenzó a intervenir en otras partes del mundo, pasando de ser una nación atrasada y a la defensiva con respecto a Occidente, a convertirse en una potencia conquistadora que debía organizar nuevos territorios sobre los que nunca habían tenido un dominio de tal magnitud.

De ahí la carta de Franco, en la que también intentaba hacer un frente común con uno de los países vencedores, para defender los intereses de Europa frente a la URSS. Era una forma también de apaciguar la posición cada vez más crítica de los aliados con respecto a él, ya que le consideraban el último superviviente del fascismo al que acaban de vencer. Y lamentaba la conversión de Estados Unidos en la «potencia más poderosa del mundo» en el Atlántico y el Pacífico. Teniendo en cuenta esta situación y que Alemania estaría destruida en breve, «a Inglaterra solo le queda otro pueblo en el continente al que volver sus ojos: España».

La carta de Franco

La carta llegó al número 10 de Downing Street en octubre de 1944 a través del embajador de España en Londres, el duque de Alba, a quién Franco le advertía: «Mi querido embajador y amigo: el objeto de la presente misiva es expresarle de manera directa, clara y sincera mi pensamiento y el de la nación española de todo cuanto afecta a nuestras relaciones con Gran Bretaña, con el objetivo de que se lo haga conocer a nuestro buen amigo el primer ministro británico». Faltaban nueve meses para que se produjera la mencionada reunión entre Churchill, Truman y Stalin en la Conferencia de Postdam.

La carta decía:

«La grave situación de Europa, y el papel que en un futuro están llamados a tener Inglaterra y España para el concierto del occidente europeo, aconsejan que aclaremos nuestras relaciones. Debemos liberarlas de esa serie de reclamaciones y pequeños incidentes que desde hace más de dos años vienen enervándolas.

Las nobles palabras que en fecha reciente ha tenido ese primer ministro para nuestra nación, con repercusiones tan favorables en nuestra opinión pública, son garantía de que estas inquietudes han de encontrar un eco favorable entre las suyas. Yo encuentro perfectamente natural que hayan existido hasta ahora grandes diferencias entre el pensamiento de la nación inglesa y el que podía tener la española, más libre, más natural, de compromisos y pasiones. Pero conforme la guerra avanza, se dibuja más la identidad de los intereses y de las preocupaciones para el futuro, que vemos acusarse en los discursos, manifestaciones y comentarios a los viajes del primer ministro. Y como no podemos creer en la buena fe de la Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, tenemos que considerar que la destrucción o debilitamiento de sus vecinos acrecentará enormente su ambición y su poder, haciendo más necesaria que nunca la inteligencia y la comprensión de los países del occidente de Europa.

Lo que ocurre en la Italia liberada y la grave situación de la nación francesa, en la que las órdenes del Gobierno no son obedecidas y los grupos de los maquis proclaman con descaro sus fines de proclamar la República soviética francesa, para lo que dicen contar con el apoyo de la URSS, es harto elocuente en estos difíciles momentos. Por otra parte, la historia nos demuestra en lo que han acabado siempre los tópicos de las paces eternas y de las amistades desinteresadas. Por eso las bellas palabras no pueden tener para nosotros otro valor que el de un buen deseo, el de un ideal a que nunca se llegó ni logrará llegarse.

Destruida Alemania y consolidada por Rusia su posición preponderante en Europa y Asia, así como consolidada la de Norteamérica en el Atlántico y el Pacífico como nación más poderosa del Universo, los intereses europeos padecerían la más grave y peligrosa de las crisis ante una Europa quebrantada. Comprendo muy bien qué razones militares inmediatas no permitirán a los ingleses responsables comentar este aspecto de la contienda universal, pero la realidad existe y la amenaza queda pendiente. Después de la terrible prueba pasada por las naciones europeas, sólo tres pueblos, entre los de población y recursos importantes, se han destacado como más fuertes y viriles: Inglaterra, Alemania y España. Y destruida Alemania, sólo queda a Inglaterra otro pueblo en el continente al que volver sus ojos: España. Las derrotas francesas e italiana y su proceso de descomposición interna no permitirán, probablemente, edificar nada sólido sobre estos pueblos en muchos años. Hacerlo acarrearía las mismas trágicas sorpresas que sufrieron Inglaterra y Alemania en la actual contienda.

La deducción es clara: ¿es conveniente para Inglaterra y para España su amistad recíproca? No dudo en afirmarlo. Y será tanto más imperativa cuanto mayor sea la destrucción que llegue a hacerse en la nación germana.

Sentada esta necesidad, pasemos a revisar nuestras actuales relaciones con Inglaterra. Esto nos llevará a no hacernos grandes ilusiones y a reconocer que no son halagüeñas, ya que, a pesar de las nobles manifestaciones del señor Churchill y la buena voluntad de nuestro Gobierno, no acaba de despejarse esa atmósfera de hostilidad y desafecto que se acusan en el ambiente inglés y que vienen causando en los distintos sectores españoles reacciones naturales de defensa. Ni la prensa gubernamental ni las radios británicas han cesado de hostilizar periódicamente a España, a su régimen, cuando no a su Caudillo, unas veces con tonos agrios y malhumorados, otras con frases o conceptos insidiosos.

Esta hostilidad tiene todavía más importancia cuando se realiza en las representaciones oficiales o cuando tratan de justificarla en diferencias ideológicas, sobre todo si viene de una nación tan acostumbrada como la inglesa a entenderse en todos las épocas con los diversos pueblos del globo, cualesquiera que hayan sido sus sistemas de gobierno o sus ideologías. Razones que, por su intromisión en lo interno, sublevan a todo buen español, produciendo en el país efectos lamentables.

No debiera Inglaterra olvidar que las relaciones actuales son una consecuencia inmediata de las del pasado, y en las del futuro han de tener una gran influencia las que ahora mantengamos. Estimo que no debemos ocultar para esta relación actual las actividades de los servicios secretos y de propaganda británicos han venido causando, que han tenido en estos últimos cinco años un efecto lamentable con los organismos más vivos y sensibles de la nación. Véase, el Ejército, los servicios de Orden Público y la Falange Española, con sus tres millones de militantes. Podemos, desde luego, asegurar que no se ha descubierto maquinación ni pequeña disidencia en estos años que no haya tenido alguna relación con los agentes británicos.

La acción que inevitablemente el Estado había de oponer a las actividades clandestinas de los extranjeros, y en la parte importantísima que en su descubrimiento y persecución han tenido aquellos organismos, han hecho polarizar sobre ellos el desafecto, cuando no la antipatía, de los agentes extraños. Eso ha producido la correspondiente indignación entre los medios propios. Conviene estén ahí apercibidos de que ninguna clase de actividad política o diplomática del exterior que se refiera a España ha pasado inadvertida para nuestra nación. Incluso aquello que pudiera parecerles más íntimo y secreto hemos tenido providencialmente conocimiento, pero el Estado español, con una clara visión del futuro y de sus necesidades históricas, ha evitado en todo lo posible su publicidad y el consiguiente escándalo.

Otra circunstancia a exponerles es la de los medios españoles de los que hasta hoy se ha alimentado la información británica que, sin contar la que los rojos y políticos despechados le hayan podido hacer llegar, la que aquí hemos presenciado se ha alimentado, a nuestro juicio, de los medios más frívolos e inoperantes de la nación. Por ello mucho me temo que los juicios o noticias que Inglaterra tenga sobre nuestro país pequen de erróneos o desfigurados.

Por todo ello he juzgado indispensable, ante las necesidades futuras para nuestros países, el que procuremos aclarar nuestras relaciones en este momento histórico, intentando librarlas de aquel ambiente tendencioso y hostil que es incompatible con una amistad sincera en el mañana. La guerra ha cambiado completamente el concepto de la estrategia y la fortaleza de los pueblos. Todo ha aumentado de dimensión y, si estos pueblos no quieren verse desagradablemente sorprendidos, han de arrojar por la borda viejos prejuicios y estrechar su solidaridad continental. Y como sería quimérico que se pretendiese que España pudiese obrar en estos momentos contra sus convicciones, y se aprovechase de una situación de desgracia de otros pueblos, faltando a los principios del honor y de la hidalguía que han presidido y ennoblecido su historia y que condensa aquella frase tan española de “que la nobleza obliga”, convendría que trabajásemos para estrechar las relaciones y hacer posible una acción futura en común.

Conviene destacar que España es un país estratégico, sano, viril y caballeroso. Un país que ha demostrado sus reservas espirituales y sus tesoros de valor y de energía. Uno que tiene una voluntad de ser, que no abriga ambiciones bastardas, que ama la paz y que conoce cómo debe guardarla. Un país que cree que su interés y el de Inglaterra están en entenderse, que conoce el valor de la amistad inglesa y que sabe el que tiene la suya. Uno que considera posible este entendimiento y futura amistad, pero que sabe que esta no podría ser eficaz ni duradera con su simple y frío enunciado, si no cambian completamente los conceptos de nuestras relaciones; si falta la sinceridad, la buena fe o el propósito firme de entenderse, o si por un viejo y celoso afán de predominio se guardasen reservas al engrandecimiento del amigo. Y, también, si no se salvasen las diferencias que nos separan con los sacrificios que fuesen necesarios.

Y, por último, creo que debe usted aclarar ante la acción de los malos españoles que desde fuera de España especulan con la posibilidad de cambios interiores. Puede que, sirviendo a su pasión, hicieran este acercamiento más barato para Inglaterra, que si por quimérico no debemos siquiera discutir su posibilidad, sí hemos de afirmar de una manera rotunda que cualquier cambio hipotético que en este sentido se produjera, solo serviría al interés de Rusia. En lo exterior, todos los españoles conscientes pensamos de igual manera, y la historia demuestra que no es tan difícil ganarse la amistad y el corazón de España.

Después de haberle expuesto de manera clara y fiel mi pensamiento, sólo me resta el confiar a su patriotismo e inteligente actividad el hacerlo llegar al hombre sobre quien pesan de manera más grande las responsabilidades del futuro europeo.

Francisco Franco.

8 de octubre de 1944».

La respuesta de Churchill

No tuvieron éxito los intentos del Caudillo por establecer una alianza con Gran Bretaña para defender los intereses de Europa frente a la URSS y Estados Unidos. En la reunión de Potsdam, Churchill informó a Stalin y Truman de que su respuesta al dictador español había sido «fría». Sin embargo, la misiva llevó al Gobierno inglés a examinar en profundidad el futuro de su política hacia España.

El primer ministro británico contestó a esta carta con otra muy extensa en la que parecía reconocer y resaltar la neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial, sabiendo que de haber entrado este país en conflicto del lado de Alemania, el resultado de esta habría sido diferente. «No olvido que la actitud española no se opuso a nosotros en dos momentos críticos de la guerra. A saber: el momento del derrumbamiento de Francia en 1940 y cuando se produjo la invasión anglo-americana del norte de África, en 1942», subrayaba.

Sin embargo, luego añadía: «En la carta de V.E. al duque de Alba hay varias referencias a Rusia que no puedo dejar pasar sin comentarlas, teniendo en cuenta las relaciones de amistad y de alianza entre mi país y Rusia. Le induciría a usted a un serio error si no desvaneciera en su ánimo la idea equivocada de que el Gobierno británico está dispuesto a considerar ninguna agrupación de potencias en Europa occidental, o en cualquier otro punto, basada en hostilidad hacia nuestros aliados rusos o en la supuesta necesidad de defensa contra ellos. La política del Gobierno británica se funda firmemente en el Tratado anglo-soviético de 1942 y considera la permanencia de la colaboración anglo-rusa dentro del armazón de la futura organización mundial, como esencial. Y no solamente a sus intereses, sino también a la futura paz y prosperidad de Europa en su conjunto»

El veto a España

Después de aquella respuesta llegó el comunicado oficial de la Conferencia de Potsdam, en la que Churchill, Truman y Stalin decidieron vetar a España en la recién creada organización de las Naciones Unidas. Fue publicado el 2 de agosto de 1945 y decía: «Nuestros tres Gobiernos creen que es su deber señalar que no darán, en lo que les concierne, su apoyo a una solicitud de admisión que sea presentada por el actual Gobierno español, el cual, habiendo sido establecido con el apoyo de las potencias del Eje, no posee, en razón de sus orígenes, de su naturaleza, de sus antecedentes y de su estrecha asociación con los Estados agresores, los títulos necesarios para justificar su entrada».

El 5 de agosto, el Gobierno español contestó a ese comunicado con una nota de protesta enviada por el ministro de Asuntos Exteriores franquista, Alberto Martín-Artajo: «Ante la insólita alusión a España que se contiene en el comunicado de la Conferencia de los Tres en Potsdam, el Estado español rechaza, por arbitrarios e injustos, aquellos conceptos que le afectan y los considera consecuencia del falso clima creado por las campañas calumniadoras de los rojos expatriados y sus afines en el extranjero».

En el tiempo que Churchill fue primer ministro, en dos mandatos diferentes, Gran Bretaña no restableció sus relaciones con España. Tampoco Estados Unidos, que las rompió poco después. El presidente Truman, de hecho, no perdió su oportunidad de declarar públicamente en varias ocasiones que «nunca había sentido mucha simpatía hacia España». Sin embargo, al mismo tiempo negociaba en secreto con Franco la implantación de bases militares en la Península y le concedía al régimen ayudas económicas millonarias.

Fuente: ABC

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