Thierry Meyssan

Tratándose de relaciones internacionales, muchas cosas parecen ser tan evidentes que ‎no hay necesidad de recordarlas. Pero siempre es mejor decirlas. En la primera parte de ‎este trabajo, el autor aborda ese sentimiento de superioridad que todos albergamos y ‎nuestros prejuicios inconscientes sobre la “maldad” de nuestros interlocutores. En la ‎segunda parte abordará el caso específico del Medio Oriente. ‎

Numerosos intercambios por correo electrónico me han demostrado que muchas cosas que yo ‎puedo dar por sentadas no son vistas de la misma manera por algunos lectores. Por eso quiero ‎retomar aquí varias ideas que algunos de ustedes pudieron considerar banales, pero que quizás ‎sorprenderán a otros. ‎

Todos somos humanos, aunque seamos diferentes

Es posible viajar a algún país lejano y limitarse visitar sus hoteles y sus playas. Y está bien que ‎queramos broncearnos pero, en el plano humano, es una oportunidad perdida. Cualquier país que ‎visitemos estará poblado de personas iguales a nosotros, cuyo aspecto puede ser o no diferente ‎al nuestro, pero con quienes pudiéramos establecer algún tipo de contacto. Si lo hiciésemos ‎seguramente llegaríamos a establecer lazos de amistad con algunas de esas personas. ‎

Generalmente, todo viajero trata de disponer de medios más importantes que los de la gente de ‎los países que visita. Y es algo lógico porque el viajero quiere estar en situación de poder enfrentar ‎cualquier problema que se presente durante su viaje. Sin embargo, desde esa situación ‎confortable, ¿se lanzará el viajero hacia lo desconocido y tratará de relacionarse realmente con ‎las personas del país? Y, si llegara a hacerlo, ¿le hablarían esas personas libremente, confiarían ‎sus logros, sus sueños y angustias a un rico viajero? ‎

Lo mismo sucede en las relaciones internacionales. Siempre es muy difícil llegar a saber lo que ‎realmente sucede en el exterior y entenderlo. ‎

En las relaciones internacionales participan actores diferentes que están alejados de nosotros. ‎Son hombres y mujeres cuyos traumas y han ambiciones no conocemos y que tenemos que ‎compartir antes de llegar a comprenderlos. Lo que es importante para esos actores puede ‎no serlo a nuestros ojos. Pero es muy probable que ellos tengan razones para concederle ‎importancia, razones que nosotros tendremos que descubrir si aspiramos a avanzar junto a ellos. ‎

Cada uno de nosotros tiende a creer que sus propios valores son cualitativamente superiores a ‎los valores de los demás… hasta que entiende por qué “el otro” piensa diferente. Los griegos ‎veían a los extranjeros como “bárbaros” y todos los pueblos, independientemente de su nivel de ‎educación, tienden a creer lo mismo. Ni siquiera es una forma de racismo sino simple ignorancia. ‎

Lo anterior no quiere decir que todas las culturas y civilizaciones sean iguales entre sí y que uno ‎quiera o pueda vivir en cualquier lugar. Hay lugares donde la gente tiene la mirada turbia y otros ‎donde las miradas son luminosas. ‎

El desarrollo de los medios de transporte nos ha dado la posibilidad de poder viajar a cualquier ‎parte en muy poco tiempo. En cuestión de horas podemos proyectarnos hacia un mundo ‎totalmente diferente y vernos sumergidos en él, pero seguimos pensando y actuando como ‎lo hacíamos en casa. En el mejor de los casos, quizás hayamos leído algo sobre esos ‎‎“extranjeros” antes de irnos a su mundo, pero antes de tenerlos frente a nosotros no podremos ‎saber si lo que leímos es cierto o si el autor no percibió las cosas realmente importantes. ‎

Pero tampoco es absolutamente necesario viajar a un país para entender a sus habitantes. Ellos ‎también pueden viajar. En ese caso, tenemos que tener cuidado en no equivocarnos de ‎interlocutor porque los hijos que dicen haber tenido que huir de sus padres y los critican ‎fuertemente, a menudo tienen más de mentirosos que de héroes. Y no son obligatoriamente ‎malas personas sino que se esfuerzan por decirnos lo que ellos creen que nosotros queremos oír ‎y hasta puede suceder que, cuando ya los conocemos mejor, acaben modificando su versión ‎inicial. En todo caso, siempre tenemos que ser extremadamente cuidadosos con lo que dicen los ‎‎“exiliados” políticos –no podemos creer que el iraquí Ahmed Chalabi en Londres será igual que el ‎francés Charles De Gaulle que se exilió en la capital británica. De Gaulle disponía de un ‎verdadero respaldo popular mientras que Ahmed Chalabi llegó a Londres huyendo de Irak… ‎perseguido como estafador, y mentía en todo. Charles De Gaulle liberó Francia de la ocupación ‎nazi pero Chalabi abrió las puertas de su país a la invasión extranjera. ‎

Además, la gente cambia con la edad. Los pueblos también, pero más lentamente. ‎Las características de un pueblo se forman a lo largo de siglos y hay que estudiar su historia ‎profundamente para llegar a entenderlo, incluso aunque ese pueblo ignore su propio pasado, ‎como los pueblos musulmanes que ven erróneamente las épocas anteriores a la aparición de su ‎religión como “tiempos oscuros”. Tenemos que saber que es imposible entender a un pueblo ‎sin conocer su historia, no sus últimos 10 años, sino a lo largo de milenios. Hay que ser muy ‎arrogante para creerse capaz de entender una guerra yendo al teatro de operaciones ‎sin haber estudiado profundamente la historia y las motivaciones de los protagonistas. ‎

Lo que permite conocer a la gente es también eficaz para dominarla. Es por eso que los ‎británicos formaron sus espías más célebres y sus diplomáticos en el British Museum.‎

Los «malos»

Lo que no entendemos a menudo nos da miedo. ‎

Cuando una élite o una sola persona ejerce algún tipo de autoridad, dominio o incluso opresión ‎sobre un grupo humano, sus pares, sólo puede hacerlo con alguna forma de asentimiento ‎de estos. Eso puede verse en las sectas. Si se quiere ayudar a los oprimidos, la solución no es ‎adoptar sanciones que los afectarán a ellos mismos o tratar de eliminar a su jefe sino más bien ‎refrescar la visión que tienen de las cosas, ayudarlos a tomar conciencia de que pueden vivir de ‎otra manera. ‎

Los grupos sectarios representan sólo un peligro relativo para el resto del mundo ya que ‎se niegan a comunicar con ese mundo. Son peligrosos sobre todo para sus propios miembros ‎porque pueden llevarlos a autodestruirse. ‎

No hay dictadura que pueda imponerse a la voluntad de la mayoría, es simplemente imposible. Ese ‎es precisamente el origen del sistema democrático: la aprobación de los dirigentes por parte de ‎una mayoría previene toda forma de dictadura. En toda mi vida, el único régimen que oprimía a ‎la mayoría de su población fue la Unión Soviética de Mijaíl Gorbachov. Pero este dirigente ‎no tenía nada que ver con esa dominación y acabó disolviéndola él mismo. ‎

Ese es el principio que Estados Unidos ha venido aplicando para organizar las «revoluciones de ‎colores»: ningún régimen puede sobrevivir si la gente se niega a obedecerlo, se derrumba ‎instantáneamente. Así que basta con manipular a las multitudes durante un corto espacio de tiempo para provocar un «cambio de régimen». Por supuesto, es imposible predecir qué pasará ‎después, cuando la gente despierte y vea que ha sido manipulada. Esas supuestas revoluciones duran ‎sólo algunos días, no tienen nada que ver con un verdadero cambio social, algo que exige años, o ‎al menos una generación. ‎

Pero siempre es muy fácil describir un país lejano como una dictadura abominable para justificar ‎una supuesta necesidad de acudir en ayuda de la población “oprimida”. ‎

Aunque todos los hombres son razonables, también pueden dejarse arrastrar por la locura cuando ‎dejan de lado la Razón en nombre de alguna ideología o de una religión. Es algo que no tiene ‎nada que ver con el proyecto específico de la ideología ni con la fe de la religión. Los nazis ‎pretendían construir un mundo mejor que el mundo del Tratado de Versalles, pero no tenían ‎conciencia de sus propios crímenes. Así que los nazis desaparecieron y el mundo sólo retuvo ‎de ellos cosas como los vehículos Volkswagen y la conquista del espacio –iniciada por ‎Estados Unidos gracias a la colaboración del científico nazi Wernher von Braun. Los islamistas (y ‎no me refiero a los fieles de la religión musulmana sino a los militantes del movimiento político) ‎creen ser servidores de la voluntad divina pero no tienen conciencia de sus crímenes y acabarán ‎por desaparecer sin llegar a lograr algo. La ceguera es un elemento común en nazis e islamistas y ‎ambos grupos fueron fácilmente manipulados: los nazis fueron utilizados contra los soviéticos y ‎los islamistas han sido utilizados por los británicos contra los movimientos ‎independentistas. ‎

Todas las religiones están expuestas al peligro de ser manipuladas, sin importar la naturaleza de ‎su mensaje. En la India, el yogui Adityanath –vinculado al actual primer ministro Narendra Modi– ‎exhortó la multitud a destruir la mezquita de Ayodhya, en 1992, y 10 años después sus ‎seguidores masacraron a los musulmanes del Estado indio de Gujarat, acusándolos de haber ‎querido vengarse. En Myanmar, el monje budista Ashin Wirathu –quien no tiene ningún vínculo ‎con el ejército birmano y mucho menos con la líder Aung San Suu Kyi– predica que hay que matar ‎a los musulmanes.‎

La violencia humana no tiene límites cuando dejamos de lado la Razón. Quienes ponen ‎en práctica esa violencia hacen de ello una especie de arte, se dotan de un estilo y conciben ‎el crimen de forma espectacular. La crueldad en grupo no es un placer sádico solitario sino un ‎ritual colectivo cuya finalidad es lograr que el espanto paralice a todos y los obligue a aceptar la ‎sumisión.

El Emirato Islámico –también llamado Estado Islámico, ISIS o Daesh– creaba toda una ‎escenografía del crimen y lo filmaba, sin vacilar en recurrir al uso de efectos especiales para ‎acentuar el espanto.

Es poco probable que los nazis hayan tenido inicialmente la intención de matar prisioneros ‎por millones. Más bien pretendían explotarlos como fuerza de trabajo, sin preocuparse por sus ‎vidas, y por eso perpetraron sus crímenes en secreto, haciendo desaparecer a sus víctimas en ‎la noche y la niebla [1].

Por el contrario, durante la guerra civil rusa contra los ejércitos blancos, los bolcheviques ‎decidieron acabar con las clases sociales favorables al zarismo. Pero aquella decisión no tenía ‎nada que ver con su ideología sino con la naturaleza de la guerra civil, así que se limitaban al ‎fusilamiento. ‎

(II)‎

Habiendo abordado ya el tema de la igualdad entre los seres humanos y las diferencias ‎entre las culturas, y luego de habernos recordado nuestra tendencia a desconfiar de ‎aquellos a quienes no conocemos, el autor aborda ahora 4 elementos fundamentales a ‎tener en cuenta en el Medio Oriente: el origen colonial de los Estados; el hecho que ‎sus pueblos se han visto obligados a esconder a sus verdaderos líderes; el sentido del ‎tiempo; y el uso político de la religión. ‎

Una región histórica, víctima de una división artificial

Al contrario de todo lo que se da por sentado o por conocido, nadie sabe exactamente qué son el ‎Levante, el Oriente Próximo o el Medio Oriente. La significación de esas denominaciones ha ‎cambiado en función de diferentes épocas y situaciones políticas. ‎

Sin embargo, los países que hoy conocemos como Egipto, Israel, el Estado de Palestina, Jordania, ‎Líbano, Siria, Irak, Turquía, Irán, Arabia Saudita, Yemen y otras monarquías del Golfo tienen varios ‎milenios de historia común.

Pero su división política es reciente ya que data de la Primera Guerra ‎Mundial y se debe a los acuerdos secretos negociados, en 1916, entre Mark Sykes ‎‎(representante del Imperio Británico), Francois Georges-Picot (representante del Imperio Francés) ‎y Serguei Sazonov (representante del Imperio Ruso). El proyecto de tratado negociado entre estos ‎tres diplomáticos había fijado la repartición del mundo entre las tres grandes potencias de aquella ‎época con vista a la postguerra. Debido al derrocamiento del zar ruso y al hecho que ‎la guerra no se desarrolló conforma a lo previsto, aquel proyecto de tratado se aplicó sólo al ‎Medio Oriente y a través de los británicos y los franceses, bajo la denominación de «Acuerdos ‎Sykes-Picot» y su contenido fue revelado posteriormente por los bolcheviques, quienes ‎se opusieron a lo pactado por los zaristas, principalmente cuestionando el Tratado de Sevres ‎‎(1920) y ayudando a su aliado turco, Mustafá Kemal Ataturk.‎

Como resultado de todo lo anterior, los habitantes de esta parte del mundo constituyen una sola ‎población que se compone a su vez de una multitud de pueblos diferentes entre sí, con ‎presencia en casi toda la región y muy mezclados entre sí. Cada conflicto actual es la ‎continuación de batallas del pasado y es imposible entender los acontecimientos actuales si ‎no conocemos los episodios anteriores. ‎

Por ejemplo, los libaneses y los sirios de la costa mediterránea son descendientes de los fenicios, ‎que dominaron el comercio en el Mediterráneo de la Antigüedad y acabaron siendo superados por ‎los pobladores de Tiro (en el actual Líbano), quienes crearon la mayor potencia de su época, ‎Cartago (en el actual Túnez). Cartago fue arrasada por Roma (en la Italia actual) y el general Aníbal ‎Barca se refugió en Tiro (Líbano) y en Bitinia (Turquía). Aunque no se tenga conciencia de ello, ‎el conflicto entre la gigantesca coalición (autoproclamada) de los llamados «Amigos de Siria» y ‎la actual República Árabe Siria es la continuación de la destrucción de Cartago por Roma y el ‎conflicto de los mismos supuestos «Amigos de Siria» y el jefe de la resistencia libanesa Hassan ‎Nasrallah es la continuación de la persecución de Aníbal por parte de los romanos después de la ‎caída de Cartago. De hecho, es absurdo limitarse a una lectura de los acontecimientos entre los ‎Estados actuales sin conocer los diferendos entre los Estados del pasado o ignorándolos ‎deliberadamente. ‎

Otro hecho interesante es que, al crear el ejército yihadista conocido como Emirato Islámico o ‎Daesh, Estados Unidos amplificó la revuelta contra el orden colonial franco-británico, o sea ‎contra los Acuerdos Sykes-Picot. El llamado «Estado Islámico en Irak y el Levante» afirma ‎querer ni más ni menos que descolonizar la región. Antes de tratar de distinguir entre la verdad y ‎la propaganda hay que aceptar entender cómo perciben los acontecimientos las poblaciones que ‎los viven. ‎

Guerra perpetua

Desde el “inicio” de la Historia, esta parte del mundo ha sido teatro de guerras e invasiones, ha ‎dado nacimiento a civilizaciones sublimes y ha sido también escenario de numerosísimas masacres ‎de las que han sido víctimas casi todos los pueblos de la región en diferentes momentos ‎históricos. En tal contexto, sobrevivir es la preocupación número uno de cada grupo humano. Es ‎por eso que los únicos acuerdos de paz que pueden resultar duraderos son aquellos que tienen ‎en cuentan sus consecuencias para los demás grupos humanos. ‎

Por ejemplo, en 72 años ha resultado imposible llegar a un acuerdo entre los colonos europeos ‎que pueblan el actual Israel y los palestinos precisamente porque no se tienen en cuenta ‎las consecuencias de tales acuerdos para los demás actores regionales. El único intento de ‎alcanzar la paz que llegó a reunir a todos los protagonistas fue la conferencia de Madrid, ‎convocada en 1991 por Estados Unidos (George Bush padre) y la URSS (Mijaíl Gorbatchov). Aquel ‎encuentro pudo haber arrojado resultados concretos, pero la delegación de Israel seguía aferrada ‎al proyecto colonial británico. ‎

En medio de su historia de conflictos, los pueblos del Medio Oriente aprendieron a protegerse ‎ocultando a sus verdaderos jefes. ‎

Por ejemplo, en 2012, cuando los servicios secretos de Francia sacaron de Siria al ‎‎«primer ministro» Riad Hijab, en París creyeron haber logrado el concurso de un “pez gordo” ‎para acabar con la República. Sin embargo, en el sentido estrictamente constitucional, Riad Hijab ‎no era propiamente un «primer ministro» sino sólo el «presidente del consejo de ministros» ‎de Siria, algo así como el jefe de gabinete o “jefe de equipo” de la Casa Blanca estadounidense, ‎no más que un alto funcionario encargado de organizar las reuniones del gobierno… o sea ‎no era un político. La deserción de ese personaje no tuvo ninguna consecuencia. Aún hoy, los ‎dirigentes occidentales siguen preguntándose quiénes son las personalidades realmente ‎importantes alrededor del presidente sirio Bachar al-Assad. ‎

Esa forma de organización de la dirección del Estado, indispensable para la supervivencia del país, ‎es ciertamente incompatible con un régimen democrático pero las grandes opciones no deben ‎discutirse en público. Es por eso que los Estados del Medio Oriente se presentan como Republicas o monarquías absolutistas. El presidente o el emir encarnan la Nación. En el caso de ‎las Repúblicas, el presidente es personalmente responsable ante el sufragio universal. ‎Los grandes carteles con la efigie del presidente sirio Bachar al-Assad no tiene absolutamente ‎nada que ver con el culto a la personalidad que puede observarse en ciertos regímenes ‎autoritarios, sólo ilustran la importancia del cargo que ocupa. ‎

Todo lo que dura es lento

Los occidentales están acostumbrados a anunciar lo que quieren hacer. Por el contrario, ‎los orientales enuncian sus objetivos pero disimulan la manera como esperan alcanzarlos. ‎

Acondicionados por los canales de televisión que transmiten noticias durante todo el día, ‎los occidentales creen que toda acción tiene un efecto inmediato. Piensan que es posible ‎declarar guerras de un día para otro y “resolver” así las situaciones que les desagradan. ‎Los orientales saben, por el contrario, que las guerras se planifican con al menos una década de ‎antelación y que los únicos cambios duraderos son cambios de mentalidad… que exigen una o ‎varias generaciones. ‎

Teniendo en cuenta lo anterior, es evidente que las llamadas «primaveras árabes» de 2011 ‎no son explosiones espontaneas de cólera para derrocar dictaduras. Fueron la aplicación de un ‎plan cuidadosamente elaborado por la diplomacia británica en 2004, y que fue revelado en aquel ‎momento por alguien cuyas advertencias no fueron escuchadas. Fue un plan concebido siguiendo ‎el esquema de la «Gran Revuelta Árabe» de 1916-1918. En aquella época, los árabes estaban ‎convencidos de que se trataba de una iniciativa del cherif de La Meca, Hussein ben Alí, contra la ‎ocupación otomana. En realidad era una maquinación británica, que Lawrence de Arabia ‎se encargó de concretar, para apoderarse de los pozos petroleros de la península arábiga y poner ‎en el poder a la secta de los wahabitas. Los árabes nunca lograron la libertad que creyeron ‎poder alcanzar con aquella revuelta, que sólo reemplazó el yugo otomano por el yugo británico. ‎Exactamente de la misma manera, las «primaveras árabes» no tenían como objetivo ninguna ‎forma de liberación sino sólo el derrocamiento de gobiernos que serían sustituidos por la ‎Hermandad Musulmana –la cofradía política secreta organizada según el modelo de la Gran Logia ‎Unidad de Inglaterra–, cofradía que asumiría el poder en toda la region. ‎

La religión es simultáneamente lo peor y lo mejor

La religión no es solamente un intento de vincular al hombre con lo trascendente. Es también una ‎forma de identidad. Las religiones producen hombres ejemplares y estructuran sociedades. ‎

En el Medio Oriente, cada grupo humano se identifica con una religión. Es una región donde ‎existe una increíble cantidad de sectas y donde la creación de una religión es a menudo una ‎decisión política. ‎

Por ejemplo, los primeros discípulos de Cristo eran judíos en Jerusalén, pero los primeros cristianos ‎‎–o sea los primeros discípulos de Cristo que dejaron de considerarse judíos– estaban ‎en Damasco (en la actual Siria) congregados alrededor de San Pablo (Pablo de Tarso). ‎Idénticamente, los primeros discípulos de Mahoma estaban en Arabia, incluso eran considerados ‎cristianos que habían adoptado un rito beduino particular. Pero los primeros discípulos de ‎Mahoma que se diferenciaron de los cristianos y se proclamaron musulmanes estaban ‎en Damasco (actual Siria), alrededor de los califas omeyas. Posteriormente, los musulmanes ‎se divieron en chiitas y sunnitas según la manera en que siguieron el ejemplo de Mahoma y su ‎enseñanza. Pero Irán se hizo chiita sólo porque un emperador safávida decidió que los persas ‎tenían que diferenciarse de los turcos (sunnitas). Por supuesto, hoy en día cada religión o ‎denominación religiosa ignora ese aspecto de su historia. ‎

Ciertos Estados actuales, como Líbano e Irak, se basan en la repartición de los cargos en cuotas ‎que se atribuyen a cada denominación religiosa. En Líbano, con el peor de los sistemas, esas ‎cuotas se aplican no sólo a las más altas funciones del Estado sino incluso a los funcionarios ‎públicos de todos los niveles, desde la cúpula hasta los funcionarios de más bajo nivel. Y los jefes ‎religiosos son más importantes que los jefes políticos. Eso tiene como consecuencia que cada ‎comunidad religiosa se pone bajo la protección de una potencia extranjera: los chiitas bajo la ‎protección de Irán, los sunnitas bajo la de Arabia Saudita –y quizás proximamento bajo la ‎protección de Turquía–, y los cristianos buscan la protección de las potencias occidentales. ‎De hecho, cada comunidad religiosa libanesa trata de protegerse de las demás como puede. ‎

Otros Estados de la región, como Siria, están basados en la idea de que sólo la unión de todas las ‎comunidades permite la defensa de la Nación, sin importar quién sea el agresor e ‎independientemente de los vínculos que ese agresor pueda tener con alguna de las comunidades. ‎La religión es una cuestión de orden privado. Cada cual es responsable de la seguridad de todos. ‎

La población del Medio Oriente está dividida entre laicos y religiosos. Pero las palabras tienen ‎aquí un sentido particular. No se trata de creer o no en dios sino de poner la religión en el ‎ámbito de la vida pública o mantenerla en el marco de la vida privada. Generalmente, ver la ‎religión como algo privado resulta más fácil para los cristianos que para judíos y musulmanes ‎ya que Jesús no fue un jefe político mientras que Moisés y Mahoma si lo fueron. ‎

Al mezclar la percepción de dios con la identidad de grupo, las religiones pueden provocar ‎reacciones irracionales y extremadamente violentas, como tanto ha podido verse en el caso del ‎islam político. ‎

El «Emirato Islámico», también llamado «Estado Islámico» o Daesh, no es un espejismo de un ‎grupo de locos sino que se inscribe dentro de una concepción política de la religión. ‎Sus miembros son mayoritariamente gente normal, deseosa de hacer el bien. Es un error ‎demonizarlos o considerarlos adoctrinados por una secta. Más bien habría que preguntarse ‎qué los lleva a la ceguera ante la realidad y los hace insensibles al extremo de llegar ‎al crimen. ‎

Conclusión

Antes de plantear algún tipo de juicio sobre este o aquel actor regional, hay que conocer ‎su historia y sus traumas para poder entender sus reacciones ante un acontecimiento. Antes de ‎juzgar la calidad de un plan de paz, es conveniento preguntarse no tanto si beneficia a todos los ‎que lo firman sino qué perjuicio puede implicar para otros actores regionales. ‎

[1] En francés nuit et brouillard, alusión al documental de ese nombre ‎‎(titulado en español Noche y niebla) del cineasta francés Alain Resnais, realizado en 1955, con ‎imágenes y fotos incautadas a los nazis. Nota del Traductor.

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

El Tiempo por Meteoblue