Miquel Giménez

Y no será agradable. La vuelta a la vida real, que tan lejos queda del casoplón de Galapagar o de las interminables vacaciones de Sánchez, será durísima. Lo que tenemos es un país completamente arruinado, con la mayoría de autónomos en quiebra, con miles y miles de empresas cerradas y un Estado en bancarrota que mira hambriento hacia Europa a ver qué sobras caen de la mesa de los poderosos.

No hay dinero. El Gobierno anda como pollo sin cabeza desde el inicio de la pandemia por su propia incapacidad para gestionar la nación y no es de esperar que su proceder cambie. Sería inconcebible porque su carácter es soberbio, chulesco, y su incapacidad para afrontar la realidad les obliga a mentir más y más. No es caso de señalar todos los bulos que nos han endilgado, porque sería el cuento de nunca acabar, pero son muchos, muchísimos. En Moncloa reside un grupo de aventureros que se odian a muerte entre sí, dispuestos a lo que sea con tal de no salir del mundo enmoquetado al que se han acostumbrado con suma rapidez, véase a modo de ejemplo el publirreportaje de Irene Montero en su mansión principesca, vestida como si fuese a anunciar bombones de lujo o baldosines de calidad.

Lo preocupante no es que quienes desprecian al pueblo vivan como sátrapas mientras sus compatriotas caen como moscas en lo sanitario y en lo económico. Lo que causa alarma es que la gente viva como si no pasase nada. Que político no come político es cosa sabida, pero que un electricista, un camionero, un arquitecto o un charcutero no sean conscientes de que esto va a ir a peor es inquietante. Cuando Sánchez se alegró con la oposición del PP a seguir aprobando otro estado de alarma, sabía muy bien por qué. A partir de entonces, las responsabilidades se las endilgaría a las comunidades autónomas y, si la cosa iba bien, el mérito sería de él; si iba mal, la culpa sería de los gobiernos autonómicos y, como no, de la derecha que no le había dado apoyo para prolongar más tiempo esa dictadura de la estupidez y la muerte que nos ha presidido en los últimos meses.

Ahora que septiembre está a la puerta, tendremos ocasión de comprobar cómo el estado de las autonomías es un fracaso y que no hay nadie que quiera poner orden en esos reinos de taifas. Veremos a una ministra de economía, que parecía ser lo mejorcito del Gobierno, correr arriba y abajo agitada sin implementar las mínimas condiciones para que el agonizante estado pueda, siquiera, recobrar el pulso. Veremos a Sánchez ajustar cuentas con su Iglesias, a ambos cargar contra el Rey, a Torra lanzar otro pulso al Estado y a la mayoría de medios lamerle las suelas al Gobierno. Y, en medio de esta impúdica celebración, veremos cómo se hunde una nación, acaso para siempre.

Es el pago de la factura que debemos por culpa de la estupidez de una parte del electorado, que se creyó lo que le dijeron un puñado de desaprensivos, prometiéndoles un futuro dorado. Nueva política. La gente se lo tragó porque este es, no nos engañemos, un lugar en el que nadie lee ni se cultiva y donde, además, el librepensador siempre es visto como sospechoso. Los que desconocen qué escribió Larra, como discurrió en realidad la II República o que supuso para Europa la batalla de Bailén tendrán ahora la ocasión de contemplar su mundo de siempre pulverizado por una crisis sanitaria y social sin parangón. Crisis que, lo decimos con envidia, Francia, Alemania o Dinamarca, han sabido capear sin por ello hundir su economía ni condenar a la pobreza a sus habitantes. Hasta ahora el Gobierno ha podido disimular el apocalipsis, pero la farsa ha terminado. Llega el momento en el que debemos despertar de ese sueño infantil, peligroso, en el que se ha vivido. Viene el paro atroz, la ruina en familias que nunca creyeron que iban a tener que acudir a un comedor social, desahucios, incremento de la delincuencia, conflictos sociales y miseria. Mucha miseria. Se acabó la sociedad del bienestar, la sociedad del ocio, la sociedad de los tres tercios, las nuevas clases medias urbanas y su puñetera madre. Solo quedarán los ricos y el resto.

Cuidado con los sueños, sirenas del alma como definía Flaubert, en especial con los que prometen aquellos que se envuelven en banderas rojas para ocultar la sangre que, indefectiblemente, acaban produciendo sus actos. Su despertar acostumbra a ser amargo, muy amargo.

Fuente: Vozpopuli

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