Mónica Arrizabalaga

El timbre repetido del teléfono levantó de la cama a Ramón Pedros aquel domingo de 1977. Un periodista inglés, amigo suyo, le daba al corresponsal de ABC en Moscú apenas un cuarto de hora para estar preparado en la puerta del hotel. «¿Qué pasa?», le preguntó con curiosidad, pero apenas logró sacarle a Chris Catlin un sucinto «Te lo digo de camino». A Pedros no le extrañó la reticencia de su colega. Esa clase de llamadas y la colaboración profesional cuando la prudencia aconsejaba ir acompañado a algún encuentro se había convertido en algo habitual en la capital rusa. El corresponsal de la agencia Reuters había contactado con Luis Mercader.

«El apellido, en frío, aunque no sabía si dudar por la familiaridad del catalán, me sugirió inmediatamente algo gordo y pertinaz que se puso a revolotear sórdidamente entre el parabrisas del coche y mi cabeza, aún no del todo emancipada de las sábanas», recordaría Pedros, hasta que Catlin, a bocajarro, «pronunció el nombre que aplastó el moscardón de la duda de un manotazo: "Trotsky"».

Los dos periodistas estaban a punto de conocer al hermano menor de Ramón Mercader, el comunista catalán que mató a golpes de piolet al que fuera en tiempos segundo de Lenin y después máxima figura de la oposición a Stalin. «León Trotsky ha sido objeto de un atentado que ha causado gran sensación. […] Según las últimas noticias no confirmadas, los médicos consideran imposible que se salve», informó ABC poco antes de confirmar que el líder bolchevique había muerto en Coyoacán (México) el 21 de agosto de 1940, a consecuencia de las heridas sufridas en el atentado.

Mercader fue detenido, aunque por aquel entonces se desconocía su verdadera identidad. El brazo ejecutor del magnicidio había adoptado diversos nombres falsos, como Franc Jacson o Jacques Mornard, con el que fue juzgado. Hasta años después no se descubrió la auténtica personalidad de este comunista catalán al que influyó decisivamente su madre, con excelentes relaciones con los dirigentes de la internacional comunista y de la temible NKVD, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos.

Pese a que hubo varios intentos rusos para sacarle de la cárcel, Ramón Mercader cumplió su condena en México y a su salida de prisión en 1960, viajó a la URSS, donde fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética.

 

Agosto de 1940. En este grupo aparecen, a la izquierda, Silvia Ageloff (con su hermano), testigo y cómplice del crimen, durante la sesión de careo con Mercader, que aparece con la cabeza vendada, por las heridas que le causaron los guardaespaldas de Trotsky

En abril de 1977, se creía que vivía en Moscú y a Pedros se le aceleró la respiración al pensar que podría conocer de primera mano los entresijos de uno de los atentados más célebres del siglo XX. «¿Y entonces, vamos a hablar con el asesino de Trotsky?», quiso concretar. «No, con el hermano, supongo», le contestó Catlin.

Un hombre afable, más bien bajo, de 53 años, con zapatillas y la punta de los pantalones embuchada en los calcetines de lana, se asomó con indecisión tras una puerta y la dejó entornada. Luis Mercader hablaba en un ruso perfecto, no como su hermano Ramón que no lo hablaba bien, «pero domina perfectamente el inglés». De entrada les aseguró que vivía en Moscú, «aquí, en otro apartamento, en otro bloque», y que era absolutamente inaccesible a la Prensa.

Aunque había pasado un tiempo en Checoslovaquia, «porque él pudo viajar libremente», habría trabajado como traductor en la capital soviética y, con su mujer, Rogelia, mexicana, con la que se casó después de 1940 y sus hijos, llevaría una vida normal de jubilado.

Luis se mostró reacio a hablar de la familia de su hermano, que por entonces tenía 62 años, ni de la pensión soviética que recibía. «Se ha escrito mucho de nosotros. No queda ya nada para inventar», les dijo.

«Pero nosotros no queremos inventar nada. Queremos atenernos a los hechos. Y su hermano existe, ¿no? Y dice usted que vive aquí, ¿no? Y esta entrevista es real, ¿no? Pues por mí...», replicó Pedros y Catlin insinuó: «Se ha escrito mucho porque se sabe muy poco».

Carta de la familia

«Un montón de cosas se sabe, demasiado se sabe, y mucho se ha inventado», apuntilló durante este diálogo que se estaba desarrollando en ruso. Luis Mercader no ocultó cierto movimiento de sorpresa cuando el corresponsal de ABC hizo un comentario en castellano y luego siguió en catalán, consciente de que «el idioma, ante la voluntaria vaguedad de sus respuestas, podía convertirse en testigo mejor o peor de credibilidad».

«La primera vez, con la sorpresa, no reaccionó y contestó en ruso a mis observaciones anecdóticas. A partir de la segunda ya iría intercalando frases en castellano, en la marcha de la entrevista, con lejano, pero perceptible acento catalán». En sus estantes, Pedros observó bastantes libros en español y tras la puerta de la entrada, pegado a la pared, había un cartel taurino que anunciaba una corrida en la Monumental.

«Es la nostalgia de España», le dijo al ver que miraba el cartel. Según les dijo, le hubiera gustado recibir noticias de sus familiares en Barcelona -«¿creen que con lo que ustedes escriban podría recibir carta de mi familia?»- porque «esto nos ha hecho mucho daño, se han inventado mucho, los Mercader, dicen». El hermano del asesino de Trotsky apenas tenía 15 años cuando acabó la guerra y decía que no le interesaba la política.

Tras un momento de silencio, les confesó de forma honesta: «Comprendan ustedes que me veo obligado a dar cuenta a la Policía de su visita. Es un trámite, en mis circunstancias, normal».

Le hubiera gustado recibirles mejor, pero se excusaba: «No puedo, no puedo, en mis circunstancias no puedo». Luis Mercader había hecho su vida en la URSS, su mujer y su hija eran soviéticas, y no se quejaba de su vida. «Lo único que le atosigaba era el formidable "cuento de hadas" que se había inventado una y otra vez sobre la tiniebla que envolvió el asesinato de Trotsky», escribió Pedros. Aunque tampoco aclaró a los periodistas muchos interrogantes.

-¿Es verdad que a su madre (Caridad, fallecida en 1975) le concedió Stalin la orden de Lenin?

-... (No hay respuesta)

-¿Y su hermano, no habla con la Prensa?

-No. Nunca ha concedido una entrevista desde que está en Moscú.

-Dicen que necesita que lo cuide un médico de cuando en cuando.

-Está muy bien, bien, está igual que las fotos que se han sacado cuando estaba en la cárcel de México, pero, claro, con el pelo gris.

Ramón Mercader murió de un cáncer óseo en La Habana un año después y sus restos fueron trasladados desde Cuba a Moscú. Su muerte, como su vida, tampoco escapó de las especulaciones. «La hipótesis de que ha podido morir en un último ajuste de cuentas crece en medios criminológicos en un intento final de terminar la historia con estrambote. Al menos eso propician las versiones contradictorias que se han difundido de su muerte», publicó Blanco y Negro.

Fuente: ABC

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