Gregorio Morán

No logro entenderlo. Estamos en una guerra con un ejército derrotado y en franca retirada. El número de muertos se cuenta por decenas cada día, los heridos suman más de un millar cotidianamente.

Los soldados están faltos de ánimos, con la moral por los suelos y hartos de que les estén engañado cada vez que se hace público un parte de guerra. Pero los generales se han tomado vacaciones, o las han terminado en lugares tranquilos para compartirlos con su familia. Y nadie dice nada, como si fuera lo más normal del mundo que los jefes descansen mientras la tropa se escuerna.

Esta sí que es una casta conformada y a gusto de una servidumbre acostumbrada a quedarse con las propinas. Lo normal sería que el Estado Mayor de este funcionariado egregio, lo más alto del escalafón que imparte las órdenes, estuviera reunido en sesión permanente y tomara decisiones en cada jornada en función de la marcha del frente. Pero no es así y a nadie parece sorprenderle. El Jefe de los Jefes pasa sus vacaciones en las Canarias, en una finca que si mi memoria no falla le fue regalada al antiguo emérito por uno de esos omnímodos jeques de Estado, algo así como cuando al presidente Felipe González se le ocurrió irse a pescar en el Azor, el barco de Franco, sólo que él rectificó ante la ocurrencia muy mal vista por la opinión. Pero a éste le buscan los paparazzi para que exhiba su porte serrano de muchacho resultón que nunca pegó un palo al agua que no fuera con la lengua. Y luego a Doñana, que en seguida llega septiembre y habrá que hacer unas horas.

¿Estamos ciegos o nos han castrado? Todo ciudadano tiene derecho a tomarse unas vacaciones, si puede o si quiere, pero ellos, esa casta, no son ciudadanos normales porque tienen el mando de un ejército que además está en guerra y con evidentes signos de derrota en todos los frentes. ¿Eso es pesimismo o catastrofismo o ganas de incordiar? Nada de eso, se trata solamente de ver las cosas como son y no adoptar el silencio obediente de los corderos. Los muertos tienen nombre y familia, otra cosa es que ni siquiera les concedamos ese póstumo consuelo. Los están dejando morir en el oscuro anonimato; en última instancia una referencia a la autonomía o la ciudad donde habitaban. Nos matan para no asustarnos, cruel paradoja.

No quieren ni que contemos a nuestros muertos; al fin y al cabo, no son de su familia, que como se sabe es lo más sagrado que tiene el poseído del poder. Todo lo hacen por su familia, por sus hijos, y por ende para la humanidad formada por y para los suyos. Ahí es nada. El comportamiento reaccionario de este gobierno progresista cuestiona todas las frases encendidas de cuando no eran nada, apenas un proyecto. Les importa una higa lo que le suceda a la gente y sobre todo las consecuencias de su indolencia a lo Rajoy, al que reprochaban con justeza lo mismo que ellos cumplen en grado superlativo. Dejar hacer y que el tiempo lo vaya sumiendo todo en el mar de la intrascendencia. En primer lugar, como ciudadano, yo exigiría que cada muerto tenga derecho a su nombre, su edad y su lugar de nacimiento. Sería un buen recordatorio de la responsabilidad social que ejercen los generales que han sido elegidos para que nos defiendan. Pedir que además incluyeran una foto exigiría dificultades entre los picapleitos que alegarían intromisión en el honor de los fallecidos. Como si hubiera mayor deshonra humana que dejarlos morir abandonados como desdeñados animales domésticos. Ahora, meses después y gracias a la OMS sabemos que más de 1.900 ancianos murieron solos en las residencias durante el primer mes de pandemia; una forma drástica pero muy eficaz de reducir las pensiones. Ejercen de brutales parásitos del sistema que no quieren asustarnos para poder engañarnos con mayor impunidad.

Me gustaría leer un listado de los lugares en que nuestros generales mojaron sus barriguitas durante estas semanas de vacaciones. ¿No tenían muertos cerca? ¿Les han limpiado el territorio de contagiados como hacía el príncipe Potemkin con Catalina la Grande? Y con todo su descaro apuntan con el dedo las trapacerías del antiguo rey emérito, ellos, que con tanta impunidad como desvergüenza llevan meses haciendo trenes a La Meca que nadie sabe a quién servirán salvo a sus intereses. Esto es una sentina, un basurero de acusaciones de quien se las puede permitir porque siempre tiene un batallón de bien pagados sin más contaminación que su decencia.

Somos el país de la Comunidad Europea con mayor número de contagios y más fallecidos, pero el chamarilero de turno se encarga cada día de jugar con curvas que bajan y rectas que suben y que se cruzan y que se aplanan, como se hace con los niños cuando uno no tiene talento para contar una historia verosímil. Nos embaucan e incluso asumen la desfachatez de permitir que esos “negacionistas” que yo siempre creí en las puertas de los psiquiátricos o pidiendo la vez para desasnarse, se manifiesten en Madrid, plaza de Colón, para burlarse de nosotros, de los muertos, de los enfermos, de los pobres, carne de cañón de esta casta enseñoreada. Nadie los frena porque a todos ellos les viene bien una canalla que hace las veces de extrema derecha y que se quedan en la sucia espuma que van dejando las mareas de una autoridad que se toma vacaciones cuando las resistencias se deshacen. Es el triunfo de Trump y de estos tiempos de acusadores anónimos a quienes las gentes del gremio denominan “redes sociales”. Nunca nombre tan pomposo se utilizó para enmascarar tanta vileza institucionalizada. Para mí y gente varia de mi generación un redactor de anónimos era por principio un canalla, un cobarde, pero ahora tiene membrete tecnológico.

¿Se acuerdan de aquel señuelo para incautos del Ingreso Mínimo Vital? No ha llegado a cobrarlo ni el 1 por ciento de los necesitados. Faltan protocolos, dicen los muy puestos. Hace apenas un año o dos nos llamaba la atención que un descerebrado, ignorante de todo salvo de su ingente patrimonio, fuera presidente de los EEUU. Ahora, con lo que estamos viendo y sufriendo en murmullo ovejuno hay que empezar a pensar cómo organizar la resistencia frente a la idiotez y la perversidad antes de que nos barran. Lo que hemos vivido nos sirve de muy poco.

Fuente: Vozpopuli

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