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Julio Martín Alarcón

El 23 de junio de 1936, tres semanas antes del Golpe de estado de los militares rebeldes, el general Francisco Franco alertaba al jefe del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, del ruido de sables. Franco no sólo no quería sumarse, sino que consideró: “un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar”. Está en el último párrafo del escrito de quién se erigiría después como jefe del estado tras la victoria en la Guerra Civil. No nos adelantemos.

“Respetado ministro:

Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida, sino le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tienen la falta de interior satisfacción y en el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los Cuerpos de oficiales y suboficiales...”

Así eran las primeras lineas de la misiva que se puede consultar en ‘Las cartas de Franco’ de Jesus Palacios (La Esfera). Por si hace falta aclarar lo que el historiador Paul Preston calificó de “laberíntica carta”, desde el mismo comienzo Franco prevenía al presidente del gobierno, Casares Quiroga, del malestar en el seno del ejército frente a una serie de medidas adoptadas por el gobierno del Frente Popular.

Ruido de sables

Entre ellas: “las recientes disposiciones que reintegran al Ejército (sic) a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, y la más moderna de destinos de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial…” tal y como continuaba la carta, en riguroso orden. No era una cuestión menor por el cargo y el prestigio del general que lo escribía. La maldita fecha del 18 de julio está siempre señalada en la memoria nacional, pero fueron las semanas anteriores las que definieron el fallido golpe que acabó en la Guerra Civil.

Cuando el general, apartado a la Comandancia de las Islas Canarias por Manuel Azaña, que no se fiaba de él, decidió compartir sus preocupaciones con el presidente del gobierno, el día 23, aún no se habían producido los asesinatos del teniente José del Castillo y del diputado monárquico de Renovación Española, José Calvo Sotelo. El momento preciso es muy importante: todo cambiaría a partir de esos dos instantes.

Es una vieja disputa: ¿El golpe se debió al asesinato del parlamentario tal y como aseguraría la historiografía franquista o era anterior puesto que existía una trama ya definida como de hecho desvela en parte el propio general? La realidad es que ambas son correctas, por mucho que duela aceptar que la concatenación de malas decisiones de unos y otros facilitaron que estallase una guerra. Cientos de miles de españoles murieron en cunetas, tapias y frentes de batalla, de hambre y de miseria. Se sumarían otros tantos represaliados en más paredones y las penas de cárcel y las purgas de la represión franquista. Nunca será suficiente explicar cómo se llegó a ese desastre.

La cuestión residía en que tres semanas antes de que fuera el propio Franco quién se adelantara al golpe en Melilla, el 17 de julio de 1936, con aquella operación del Dragon Rapide: el nombre propio de la guerra no parecía inclinarse por una solución militar. Así eran las cosas. Había enviado otras cartas a sus compañeros de armas como a Luis Orgaz, en la que aseguraba que "sería difícil y muy sangriento". Gil Robles aseguró que Franco había rehúsado encabezar el golpe al expresar que "ni toda el agua del Manzanares borraría la mancha de semejante movimiento".

Un golpe 'débil' e 'inevitable'

Como bien explica Paul Preston, sin embargo, era "laberíntica" porque Franco, que conocía los planes de los verdaderos golpistas, Emilo Mola y Manuel Goded, las cabezas de la rebelión, no acababa de decidirse, ni de explicar con claridad al presidente del gobierno la naturaleza del verdadero complot. De ahí el célebre apodo de sus compañeros de armas y finalmente de conspiracion: "Miss Islas Canarias", la diva que se hacía de rogar para tomar una posición definida. Muchos de ellos serían los mismos generales que acabarían entregándole las llaves del bando nacional con el mando único y la jefatura del Estado rebelde menos de tres meses después de iniciarse la guerra.

Obviamente, el propio gobierno era consciente de la situación en el ejército. El escrito del general abundaba en un clima de crispación que según el hispanista Stanley G. Payne habían asumido como inevitable: "En la primavera de 1936, los comunistas, que pronto serían el partido de izquierda que más ganancias obtendría de la Guerra Civil, eran también los que más deseaban evitar la guerra. Desde su punto de vista, la situación creada en España era el mejor de los mundos posibles. Había que evitar la revuelta militar mediante una fuerte purga de los oficiales del Ejército. El Gobierno de izquierda republicana tampoco quería una guerra civil, pero en julio había llegado a la conclusión de que un golpe militar, que probablemente sería muy débil, era prácticamente inevitable", -'El camino hacia 18 de julio' Stanley G. Payne (La Esfera)-.

Incidentes de Alcalá de Henares

En su carta, Franco continuaba quejándose de los sucesos de Alcalá de Henares: "Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de ofuscación, que interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolor y sentimiento en la colectividad militar" y proseguía presentando al Ejército como víctima de una campaña:

"Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la patria quienes disfracen la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto. De la falta de ecuanimidad y justicia de los poderes públicos en la administración del Ejército en el año 1917, surgieron las Juntas Militares de Defensa. Hoy pudiera decirse virtualmente, en un plano anímico, que las Juntas Militares están hechas".

No deja de ser chirriante. En realidad, sí existían esos complots, como el del 18 de julio al que él mismo se sumaría. Sorprende aún más, sin embargo, la pasividad del gobierno de Casares Quiroga, ante las advertencias y quejas de Franco que señalaba sobre la implicación del gobierno en el ejército además los sucesos de Alcalá de Henares. El gobierno, formado por Izquierda Republicana y Unión Republicana, y en el que no estaban ni socialistas, ni comunistas, ni anarquistas, se ahogaba ante la posibilidad de una insurrección tanto obrera como militar y a pesar de la preocupación del general, no se pensó nunca en disolver al ejército, según Stanley G. Payne, precisamente por si tenía que echar mano de él en caso de una repetición de la Revolución del 34, cuya represión fue liderada precisamente por Francisco Franco además de Manuel Goded.

La carta del que en ese momento era el jefe de la Comandancia de las Islas Canarias, arroja más que múltiples incógnitas, múltiples complejidades que desafían no sólo a la historiografía de España sino a la propia mística franquista. La realidad es que Franco estaba preocupado por la deriva que podía tomar el golpe, posiblemente pensando en el fracaso de la 'Sanjurjada' de 1932 y no participó en el complot durante meses, aunque supiera de su existencia. Los asesinatos del teniente Castillo y especialmente el de Calvo Sotelo, aquella dinámica de acción-reacción de violencia, no provocaron el golpe, ya que éste venía gestándose con anterioridad, pero sí lo moldearon definitivamente: Franco tomó la decisión de sumarse a los rebeldes después del asesinato de José Calvo Sotelo. Antes, el día 10 de julio se había negado a seguir con el plan y Mola le tuvo que sustituir por Sanjurjo para la rebelión del ejército de Marruecos, -'Franco', Paul Preston (Debate)-

La solución Franco

No hay demasiadas razones para pensar que realmente Franco no quisiera evitar la sublevación: si el general actuaba de forma fría y cínica cuando escribió al presidente, se había tomado muchas molestias escribiendo además a sus compañeros militares. Nadie sabe lo que hubiera ocurrido el 18 de julio sin él, lo que sí se sabe es que su liderazgo fue decisivo para la sublevación del ejército de África y especialmente para la ayuda de la Alemania Nazi y la Italia Fascista después. La carta al presidente Casares Quiroga, como incluíamos al comienzo, terminaba así:

Considero un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar, que V. E, puede fácilmente comprobar si personalmente se informa de aquellos generales y jefes de Cuerpo que exentos de pasiones políticas vivan en contacto y se preocupen de los problemas íntimos y del sentir de sus subordinados. Muy atentamente le saluda su affmo y subordinado.

Franco alertaba al gobierno del clima de insurrección del ejército por haber sido este mancillado, según su interpretación. Stanley G. Payne ve injustificado que implicara el "doble juego de Franco", aunque reconoce que el presidente, Santiago Casraes Quiroga comunicó el contenio de la carta a Azaña y ambos "interpretaron como una actitud tranquilizadora del comandante general de las Islas Canarias (...) contribuyendo a reforzar la confianza del Gobierno respecto al fracaso de una eventual sublevación en el caso de que llegara a producirse", -'El camino hacia el 18 de julio', Stnley G. Payne-.

Su biógrafo Preston va mucho más lejos e interpreta que aunque el contenido era verdadero en esencia, en las últimas frases implíciamente se proponía como uno de esos generales "exentos de pasiones políticas". Así, el 23 de junio de 1936, el general no habría apostado por una sublevación militar, pero sí apuntaba a un golpe de timón que le diera las riendas del gobierno de forma pacífica: el verdadero objetivo. Lo cierto es que al final, el silencio de Casares Quiroga, que no le contestó y el posterior asesinato de Calvo Sotelo en un contexto de degradación política y parlamentaria imparable, lo cambiarían todo. Franco se sumó a la sublevación y acabaría en la jefatura del Estado tras un baño de sangre, como él mismo había vaticinado.

Fuente: El Confidencial

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