Carlos X. Blanco

Decadencia. Declive. Caída. Las tres palabras remiten al mundo orgánico. Los individuos, nada más alcanzada la plenitud, inician su descenso por la pendiente hasta alcanzar la decrepitud. Las razas, una vez olvidados sus prístinos logros, acaban diluyéndose, mezclándose y relajándose. Los pueblos, una vez amputada su memoria, ruedan por la ladera de la montaña y, cuanto más alta fue la cumbre alcanzada, más brusca y penosa resulta entonces la caída.

Pero la decadencia en el sentido más estricto, por más que se haya tomado la idea del mundo orgánico vegetal y animal, es la decadencia de las civilizaciones. La propia palabra decadencia (Untergang) tal y como Oswald Spengler la definió en su magna obra La Decadencia de Occidente, en donde ofrece su morfología de la historia, es consustancial al término civilización. Una civilización es una cultura vieja, caída, sumida en la molicie, herida por su propio curso natural, al margen de que las causas próximas más relevantes sean ora exteriores ora vicios contraídos desde dentro. Más bien el reloj interno de la civilización caduca, el agotamiento de posibilidades, es lo que dibuja la rampa del declive.

No cabe duda de que Occidente es una civilización y, por tanto, si seguimos la terminología spengleriana, Occidente es sinónimo de decadencia. Los ataques exteriores (los bárbaros) sólo sirven para aguzar nuestras mentes y alertarlas de la propia decadencia interior, y en esta última reside siempre el auténtico peligro. Los mahometanos radicales con sus matanzas e imposiciones culturales, los ataques financieros y especulativos y la ingeniería social, las pandemias teledirigidas o el acceso al gobierno de nuevos poderes oclocráticos… todas estas cosas pueden ser causas próximas, pero éstas causas, aun siendo reales e importantes en sí mismas, son como la espuma oceánica de un mar agitado en el fondo, y como pequeños remolinos superficiales dentro de un curso terrible de los acontecimientos, curso que viene marcado por el sino (Schicksal) de las culturas.

El sino de las culturas es la extinción, como el sino del individuo es la muerte. A Occidente le llega su hora, y el desplome podrá ser sangriento o podrá ser mudo e indigno. Nadie lo sabe. Lo que importa es saber qué fue en otros días nuestra gran patria y qué no debió ser nunca Occidente para así poder pensar hoy, metapolíticamente. Pensar sobre un recambio, reflexionar acerca de cómo puede sustituir a ese Occidente enfermo otro modelo, una nueva cultura.

Occidente fue el producto liberal-burgués de una Cristiandad traicionada. Fue un artificio, una prolongación (en gran parte anglosajona, puritana, unilateral de la Europa mercantil).

La Civilización Cristiana nació de las ruinas de una Roma que, como idea, nunca morirá, una Roma que, como Estado civilizador, se veía ya postrado y descompuesto allá por el siglo VI d. C. La Civilización Cristiana conservó la idea de orden, de unión de planos entre lo terreno y lo ultra terreno, de reconstrucción del derecho y de centralidad del orbe espiritual humano en torno a Dios y en torno a la persona. La Civilización Cristiana es la civilización de la persona. En ninguna otra civilización, aun reconociendo las bellezas y logros de las otras, en ninguna otra de las maneras diversas de hacer la Historia, la persona (y por igual la persona del hombre y de la mujer) fue reconocida, ensalzada, tallada a imagen de la Persona Divina, con total dignidad y al margen de cualquier endiosamiento.

Pero la aparición de la sociedad burguesa y la ideología liberal supusieron el inicio de un socavamiento. Se socavaron los pilares de esa enorme construcción que fue la Civilización Cristiana, matriz de Europa. La comunidad orgánica formada a partir de la descomposición del Estado Romano, tras lentos procesos de edificación de un orden, y tras la mixtura de diversas clases de etnicidad (germana, celta, latina, eslava…) con la sociedad clásica, había llegado a un gran Renacimiento en torno a los siglos XII y XIII: Catedrales y Universidades, Gótico y Escolástica, fueron emblemas de esa nueva sociedad católica (universal) que, ya en medio de las crisis terribles del XVI, empezó a declinar.

Los Habsburgo, y la Monarquía Hispánica más concretamente, representaron el katehon. El katehon es la fuerza destinada a oponerse al declive, la fuerza de resistencia que pretende conservar el orden. De manera semejante a como Santo Tomás de Aquino es conocido como el filósofo del orden, y el anhelo de la catolicidad es la conservación del orden, entendiendo que la unidad universal de orden es un bien, un reflejo de la máxima unidad y unicidad que es Dios, en el plano político (metapolítico y geopolítico) el katehon de la Monarquía Hispánica fue el esfuerzo denodado por salvar una civilización.

La conjura de potencias supuestamente cristianas, así como el Islam y demás enemigos del catolicismo, agentes de la disgregación, hicieron que esa resistencia, esa fuerza civilizatoria que lucha contra el caos decayera a lo largo del siglo XVIII, de la mano de la borbonización, el afrancesamiento (y su contrafigura complementaria y necesaria, la africanización y “aflamencamiento” de España).

Lo que la derrota del katehon hispano supuso para Europa fue la pérdida de su ser, pues Europa decae en masa indiferente sin el cuerpo de valores superiores y espirituales que un día fue el Cristianismo, especialmente católico. España es hoy el sumidero más profundo y oscuro de esa Europa que se deja islamizar o que entroniza a minorías y a degenerados, aun a costa de masacrar a mayorías honradas, productivas y cumplidoras con la ley. El declive de Europa no es un calco exacto del declive del mundo clásico o del declive del renacimiento gótico-escolástico iniciado en el siglo XIV. El declive de Europa es parejo a un terremoto cósmico, pues con él pueden desaparecer los valores de la persona, la dignidad del hombre (su semejanza con Dios), el respeto y la libertad de la mujer, la protección del niño, el derecho a la propiedad, la posesión de unos derechos naturales inalienables, el sentido orgánico de la participación del vecino, del productor y el propietario en el Estado… Poderosas civilizaciones que resurgen, como Rusia o China, podrán recoger el testigo y ahondar en esas conquistas, o no, podrán relegarlas al olvido a pesar de sus muy fuertes y dignísimas raíces espirituales (sean las del Cristianismo Ortodoxo, sean las del confucionismo). Nada sabemos del futuro, y carecemos de dones proféticos. Pero en este rincón occidental del planeta, donde todavía hay, repartidos entre la masa sin parte de la masa, núcleos hispanos de acero en cada pueblo y en cada barrio, donde la sangre de Viriato, don Pelayo, el Cid, Agustina de Aragón o María Pita todavía corre por las venas, podemos levantar ese gran muro, concitar a ese Ángel de la Guarda, que todavía custodia nuestro legado, un legado anchísimo pues se extiende a las dos Américas , a África y a las Filipinas; allí también hay muchos litros de sangre para levantar defensas y resistir a la demolición civilizatoria.

Ya hay en común una lengua, la española, pero digo más, hay dos lenguas universales con fácil intercomprensión, la española y la portuguesa. Ellas, junto con todas las otras del común tronco hispano que nació en Covadonga, pueden crear el medium de una verdadera comunión de espíritus ardientes. Si el mismo ardor empleado en combatirnos unos a otros, lo aplicáramos a la defensa de nuestra Civilización (Hispana), a punto hoy de ser descuartizada, entonces la acción maligna que derivó del liberalismo anglofrancés, del iluminismo y la masonería, quedaría arrumbada en un vertedero. Mientras los locos, los resentidos y los caníbales derrumban hoy estatuas de Colón, millones de nosotros, con muy diversos acentos y colores de piel, alzaremos templos devotos, haremos Culto y Cultura. Pues lo nuestro nació en Belén de Judea, como en Roma, como en Santiago; nació en Toledo como en Covadonga, tuvo trono universal en Oviedo como en El Escorial, rigió los cinco continentes como puede regir el orden natural de nuevo. Pero, ante el avance del desierto y el tam-tam de los salvajes, los bárbaros y la chusma, hemos de ser dignos de esta obra, y comenzar por una reconstrucción interior, en el seno de cada alma personal y en el recinto unido y salutífero de cada familia.

DON PELAYO, ESE MAFIOSO

Resulta muy difícil encontrar una acumulación tan grande de insultos y menosprecios en un solo párrafo de letra impresa. Pero Henry Kamen, supuesto historiador, lo hace en sus declaraciones a la prensa. Debe tenerse en cuenta que insultar y menospreciar a una persona individual es grave, pero insultar a todo un pueblo es hacerlo de golpe con millones de personas. Dice Kamen:

«Es imposible demostrar documentalmente la existencia de don Pelayo, quien según reza la leyenda, infligió una derrota a los musulmanes en el año 722. Para empezar en esa época no había reyes», asegura este hispanista nacido en la actual Myanmar, educado en el Reino Unido y ahora afincado en Barcelona. La historia de Pelayo tiene más trazas de leyenda que de gesta. Unos cronistas lo presentan como asturiano, otros como visigodo, los hay que lo ubican en Cantabria. El tenido como «primer rey de Hispania» es un montaje falaz, según Kamen, quien no niega que existiera una escaramuza militar de cristianos contra musulmanes que frenara el avance de los segundos. «El rey Pelayo y los suyos se parecen a un grupo de mafiosos que luchaban contra los árabes en Asturias», aduce. Eso sí, en Covadonga ha florecido un próspero negocio turístico promovido por los gobiernos del Principado. [https://www.elcomercio.es/culturas/libros/libro-kamen-mitos-espana-pelay...

La capciosidad y la malicia de este señor, además, no tienen límite. “En esa época no había reyes”. Claro: un reino ocupado por una potencia extranjera, un rey godo legítimo, Rodrigo, muerto en la batalla defendiendo su suelo y el Estado de Hispania descompuesto desde 711… El fin de una dinastía, “en aquella época”, tiene que suponer el inicio de otra. Don Pelayo fue rey porque la saga de los legítimos monarcas toledanos se había extinguido por un acto violento. Don Pelayo no se tituló como rey aunque siempre fue tratado como princeps, el principal de los astures, y fue –funcionalmente, si no de manera nominal- el primer rey de España. Fue él quien posibilitó el inicio de la dinastía de los Reyes Caudillos (cántabros y astures). Fue Pelayo alzado como rey sobre su escudo, al modo germánico, propio de la “democracia guerrera” que era Asturias, y de él se cuenta documentalmente que era noble, de origen regio y spatario de don Rodrigo. Es capcioso decir que no había reyes en tu patria si a tus reyes legítimos los matan unos intrusos, y a tu pueblo lo sojuzgan, hechos ante los que tiene que darse un ínterin de unos años (711-718) para poder llegar reconstruir “la Iglesia y el Ejército de los Godos”, reconstrucción que llevó a cabo el Reino de Asturias.

Es capcioso también el empleo de la palabra “escaramuza” pues, si bien no son creíbles las cifras de las Crónicas, dado el encajonado pasaje de aquel valle de Covadonga, la importancia simbólica que tal hecho de armas ha tenido para la posteridad, sin embargo, no tiene muchos equivalentes en la Historia de la Cristiandad, con independencia de que haya sido pequeña o grande tal batalla. Debió haber menos efectivos que en Poitiers, Las Navas o Lepanto, donde la Cristiandad se jugó su existencia, pero su simbolismo y cariz trascendental no fueron menores. Pocas naciones como España se precian de que, tras haber sido sometidas al yugo sarraceno hayan sido capaces de verse libradas de él.

La nación asturiana y su proyecto extendido, España, puede decir con orgullo tal cosa, documentada además en las Crónicas. Nos hemos librado del yugo de los moros gracias a los hechos desencadenados en Covadonga, inicio simbólico de la Reconquista.

Malicioso, muy malicioso es llamar “mafiosos” a don Pelayo y a los astures y godos que se negaron a pagar impuestos y doblar la cerviz ante los moros. ¿Por qué mafiosos ellos, y no los invasores que cobraban impuesto a un pueblo sometido? ¿No es la mafia una organización extorsionadora, que vive de recaudar impuestos a quienes tiene bajo el yugo de las armas y el miedo? Eso exactamente hicieron los musulmanes al quedarse con nuestro suelo no sin terror y sangre. Pero, ante  esta tergiversación indigna de alguien que se hace llamar “hispanista”, cabe decir más: ¿Sale gratis insultar a nuestros héroes más queridos? ¿Qué hay de “mafia” en luchar por recuperar la libertad? Mayor mafia me parece usar los medios de comunicación y la propaganda editorial para borrar la memoria de un pueblo. Todavía hoy los aldeanos del entorno de Covadonga y también de la Liébana (donde tuvo lugar una Segunda Covadonga, y en donde los restos del ejército moro fueron masacrados poco después) recuerdan testimonios de aparición de huesos y demás restos de aquella matanza, tantos siglos después.

Hoy está de moda derribar estatuas de Colón, de Cortés o de Pizarro. ¿Harán lo propio con las de Pelayo? Estos presuntos historiadores señalan con el dedo a nuestros héroes empleando términos tales como “mafioso”, y luego en seguida, otros, salvajes y vándalos, aparecerán para que la “desmitificación” se convierta en destrucción. Lo estamos viendo ya en América.

En las mismas declaraciones al diario gijonés El Comercio, el “hispanista” sigue “desmitificando” a Pelayo y su papel en el inicio de la Reconquista haciendo referencia al “floreciente negocio” que el Principado ha montado en torno a este personaje y a sus hechos. Juntamente haciendo eso, este extranjero desliza insinuaciones sobre la falta de identidad de los españoles, la escasez de símbolos comunes y prosigue charlando acerca de la mayor conciencia de identidad regional que nacional que nosotros los españoles poseemos. Precisamente saca a colación el ejemplo de los exiliados republicanos tras el fin de la Guerra Civil, que, según muchos testimonios que nuestro desmitificador quiere ignorar, es un testimonio que desmiente a Kamen: en ellos se aguzó la conciencia de españolidad, si no la tenían antes muy acusada, al verse lejos de su patria. Pero además es que Kamen se mete en un berenjenal tremendo al hacer referencia ignorante al origen del Reino Asturiano. Veámoslo.

El “hispanista” anglo-birmano también quiere pasar por encima de un hecho que, precisamente en Asturias, resulta de lo más palmario: la fortísima conciencia regional que el Principado siempre manifestó a nivel popular (incluso por encima y en contra de sus élites) viene unida de manera indisoluble al orgullo de ser esta nación “madre” de la Nación Española. La asturianía –que no el nacionalismo- viene desde hace siglos vinculada en esa región a la conciencia identitaria de Covadonga, a la idea de que en torno a dicha Cueva nace España, una Hispania totalmente renovada que ya no es patrimonio exclusivo de los godos, ni de etnia alguna, sino de todos los pueblos del solar ibérico que lo regaron con su sangre para ser cristianos y libres. Que venga un extranjero indocumentado a quitarnos nuestros “mitos” y símbolos y que se publicite a bombo y platillo su sartal de necedades sólo responde a la muy profunda labor de zapa no ya de la propia unidad estatal de España, sino de la propia Hispanidad como concepto y como empresa civilizadora del mundo.

Habría que ver qué intereses, no precisamente turísticos pero sí mafiosos, tenebrosamente mafiosos hay detrás de esa arremetida. Se empieza derribando estatuas de Colón y se acaba extendiendo la antropofagia. Se empieza llamando “mafioso” a don Pelayo, o negando su ostensible existencia histórica, y acabamos todos con turbante. Las cosas se ven venir desde muy lejos.

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