Mónica Arrizabalaga

A manos del escritor Francisco Rodríguez Batllori llegó en 1960 una carta inédita sobre el asesinato del presidente Antonio Cánovas del Castillo, cuyo contenido publicó en las páginas de ABC. La conservaba «con solícita y filial devoción» una persona, cuya identidad no reveló Rodríguez Batllori, aunque sí agradeció la amable deferencia de dejar que él la leyera y ABC pudiera fotografiarla. «Se trata de una carta escrupulosa y seria -describió el escritor-, de tupida y sobrecogedora lectura, cuyos párrafos sencillos, empañados a veces por la emoción, van dibujando el perfil dramático del suceso de Santa Águeda con la exactitud informativa que sólo pudieron proporcionar las escasas personas que se encontraban junto a la víctima».

 

Fragmento de la carta en la que se detallan las circunstancias del magnicidio

El « hombre de la Restauración», como le recordó ABC, y «arquitecto» de aquel sistema de gobierno basado en la alternancia política de conservadores y liberales, se retiró en el verano de 1897 a descansar unos días al balneario de Santa Águeda, en Guipúzcoa. Necesitaba pensar con calma, lejos del trasiego y las complicaciones de la Corte. El último periodo político había sido «laborioso y difícil, agravado por serios problemas en ultramar y por una crisis de Gobierno que terminó con la ratificación de poderes al presidente del Consejo (de ministros, Antonio Cánovas del Castillo)», según describió Rodríguez Batllori.

La insurrección en Cuba iba camino de convertirse en una guerra contra los Estados Unidos que Cánovas intentaba evitar y los atentados anarquistas de Barcelona y la represión policial que dio lugar al proceso de Montjuic, con acusaciones de torturas y condenas a muerte, le habían colocado en la picota nacional e internacional. El presidente del Consejo había hecho público su propósito de reorganizar el Gobierno, convocar las Cortes y plantear al país con toda crudeza el enorme error que significaba arrastrar a España a una guerra internacional, según recordaba Rodríguez Batllori.

«En el mes de octubre seré el menos popular de los españoles y mis enemigos promoverán las manifestaciones de costumbre para arrojarme del Poder», se le había oído decir.

Cánovas salió de Madrid el 22 de julio de 1897 y tras pasar unos días en San Sebastián, donde cumplimentaba diariamente a Doña María Cristina, despachaba con los ministros y hacía declaraciones a a Prensa extranjera, se retiró unos días junto con su esposa Joaquina Osma al balneario de Santa Águeda. «Santa Águeda me da la vida», solía decir a su secretario particular, Atanasio Morlesin, y al grupo de amigos que formaban su tertulia veraniega. Entre ellos figuraba el diputado por Jerez de la Frontera don Antonio Camacho del Rivero, autor de la carta que publicó ABC.

Este político conservador contaba en su escrito cómo el anarquista italiano Miguel Angiolillo llegó a Santa Águeda haciéndose pasar por tenedor de libros y corresponsal de «Il Popolo». La Gerencia del balneario pensó que era uno de los muchos extranjeros que enviaban despachos a sus periódicos desde la residencia veraniega del presidente del Consejo. El joven era simpático y de modales distinguidos. «En la mesa, donde todo se nota, nadie tuvo que censurar sus formas», escribió Camacho del Rivero. Según su relato, Angiolillo esquivaba toda conversación y solo un día se le oyó decir con acento casi español al servirse un plato de macarrones: «Este es el plato clásico de mi país, como aquí lo es el cocido». Estas palabras sorprendieron al autor de la carta, que estaba sentado en la mesa a la izquierda del italiano, pues todos habían atribuido su retraimiento a que desconocía el idioma.

Camacho del Rivero anotó con minucioso detalle las ocasiones en las que el asesino estuvo «codo con codo» con Cánovas, que hacía vida familiar en el hotel. Ambos coincidieron durante las veladas nocturnas en el amplio salón de tertulia, se cruzaron en el diario paseo vespertino bajo la discreta vigilancia de algunas parejas de la Benemérita y asistieron a la misma misa del domingo en la ermita cercana «donde había un ciento de personas y entre ellas el asesino, que se colocó detrás de Cánovas y Joaquina, como a unas cuatro varas...».

El diputado jerezano, que había conversado después durante media hora con Cánovas, vio que Joaquina «se puso a pasear a todo lo largo de la galería, acompañada de Emilio Nieto, el diputado liberal» mientras «los demás bañistas discurrían indistintamente de un lado para otro».

Cánovas se sentó en un banco a leer el periódico. «En aquel momento, ya con muy poca gente en la galería, el asesino corrió a su cuarto al ver solo al presidente, cogió un revólver... y apoyándose o agarrándose con la mano izquierda al quicio de la puerta que da paso del establecimiento a la galería y extendiendo el brazo derecho, le hizo un disparo (que en mi sentir y según los médicos que primero lo examinaron, fue el de la cabeza); después otro y otros dos más, no mediando entre cada disparo, con seguridad, ni un segundo. Don Antonio, por impulso nervioso, saltó del asiento y vino a caer a unas seis varas de donde estaba. El asesino disparó libremente tres tiros; el cuarto lo disparó ya cogido por la espalda... Corrí y vi caer en tierra para siempre al infortunado y querido jefe y amigo», relató el diputado conservador.

El escritor Rodríguez Batllori resumió a continuación las horas que siguieron a este dramático suceso. Emilio Castelar marchó inmediatamente a Santa Águeda y formó parte de la comitiva que acompañó al cadáver hasta la estación de Zumárraga. «Jamás he sentido una impresión tan profunda como al contemplar este cuerpo sin vida», dijo.

Ya en Madrid, en la residencia particular del matrimonio Cánovas en la calle Serrano, conocida como «La Huerta», la apenada Joaquina Osma retrasó el momento inevitable de dar sepultura a su esposo hasta que el alcalde de la villa, Joaquín Sánchez de Toca, casi tuvo que imponer suavemente su autoridad para convencerla de que afrontara el doloroso trance.

Mientras el cortejo fúnebre atravesaba las calles de Madrid, camino de la Sacramental de San Isidro, un Consejo de Guerra constituido en Vergara sentenciaba a Angiolillo a la pena capital. En el patíbulo levantado en el patio de la cárcel, justo antes de su ejecución el 19 de agosto, solo once días después del asesinato, el joven anarquista «pronunció en voz alta la consigna: "¡Germinal!", fórmula rituaria de su fanática doctrina», concluyó Rodríguez Batllori.

Fuente: ABC

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