Adriano Erriguel

Como un torrente largamente contenido la Realidad vuelve por sus fueros; la pandemia del coronavirus barre la pandemia mental de la corrección política.

¿Cómo designar un acontecimiento que supone la clausura de un mundo? El calificativo de “histórico” se nos antoja banal; tal vez sería más adecuado el de “escatológico”, si entendemos la escatología como la doctrina de las postrimerías. En ese sentido, la pandemia del COVID 19 podría considerarse un acontecimiento escatológico, una catarsis colectiva en la que, si recurrimos al lenguaje de las Escrituras, el velo del templo se rasgó de arriba abajo. El velo de la globalización feliz, de la sociedad abierta, del individuo sin ataduras y de la utopía “no borders”.

La plaga se presenta como una inmersión trágica en el flujo de la vida, como una gigantesca bofetada de realidad. Y lo es, en primer término, para la porción más desarrollada del planeta, para ese mundo que había desterrado la sombra de la muerte, que había hecho de la eterna juventud un culto y que había comenzado incluso a acariciar la idea de la inmortalidad. Todo ese mundo se ve ahora obligado a aceptar algo que sus ancestros siempre habían sabido: que la realidad era esto, el frágil equilibrio de un milagro llamado vida siempre en los bordes del abismo. Llegó la hora de las reflexiones duras para una época blanda. ¿Dónde queda la inanidad del Homo Festivus con su bulimia de “derechos”, sus caprichos e indignaciones, sus unicornios virtuales y sus dogmas pequeño-burgueses?

Pero todo fin del mundo implica el comienzo de uno nuevo. No en vano, la temática escatológica abarca también la cuestión del presente y la del futuro. La plaga ha venido a reventar nuestros marcos mentales. ¿Qué es lo que hemos dejado atrás? ¿Podemos atisbar algún perfil del nuevo mundo?

La magnitud de esta crisis – la mayor que hayan sufrido nuestras sociedades desde la segunda guerra mundial – nos retrotrae varias décadas en el tiempo.

La irrupción de las sombras

A finales de 1945 las ciudades de Alemania componían un paisaje lunar, un piélago de ruinas surcadas por patéticos espectros. Los alemanes suelen referirse a esa época como la “hora cero” (die Stunde Null), el momento en el que, tras el hundimiento del mundo, todo debía comenzar de nuevo. El cineasta Roberto Rossellini captó ese momento en una magistral película que, como toda auténtica obra maestra, contiene varias capas de lectura.

El protagonista de Alemania, hora cero es un chico de 12 años que, por su aspecto físico – impecablemente ario al gusto del régimen vencido – respondía al ideal que la nación derrotada exaltaba para sí misma. La historia narrada por Rossellini concluye con el suicidio del protagonista, arrastrado por diversas vicisitudes y por un irrefrenable sentimiento de culpa. Con ello, lo que el cineasta italiano tal vez nos estaba diciendo es que, en aquella hora fatídica, el nuevo mundo sólo podría construirse a través de una autoanulación consciente (el suicidio) de cierta idea de civilización. A través de la desaparición de aquellas sociedades “cerradas” que habían protagonizado la tragedia. Tal vez nos estaba diciendo que la culpa sólo podría expiarse con la proscripción de cualquier ideal comunitario, con una salida de la historia. Una visión profiláctica que sería radicalizada por sucesivas generaciones de europeos.

Desde esa perspectiva, esta obra maestra del neorrealismo italiano ofrecía el esbozo simbólico del mundo que, a partir de entonces, iba a construirse. Un mundo lejos de las convicciones fuertes y las identidades arraigadas que habían desembocado en dos guerras mundiales. La voluntad y asertividad de los ancestros, ahora asimiladas a una mentalidad autoritaria, serían sustituidas por valores blandos y pensamientos débiles, por identidades fluidas y pertenencias negociables, por principios universales y actitudes permisivas. Ése es el mundo plano y homogéneo de las “sociedades abiertas”, el único mundo que la mayoría hemos conocido. Éste el mundo al que la plaga del siglo XXI – una nueva “hora cero” para Europa – viene a sacudir los cimientos.

La plaga es una irrupción de lo desconocido, de lo aleatorio, de las sombras. Un recordatorio de que la Historia es esencialmente trágica, y de que lo trágico – como señala el filósofo francés Clément Rosset –  tiene su esencia en lo sorprendente.[1] La Historia es un Joker cruel que, frente al cauce apacible de la fe progresista, prefiere el sendero tortuoso de lo imprevisto. Paradoja suprema de la “sociedad abierta”: ésta ha sido el primer sistema en poner a todo el planeta en cuarentena. ¿Cabe mayor burla del Destino? Ha tenido que ser lo imprevisto – y no las crisis económicas recurrentes, ni los discursos políticos, ni las refutaciones intelectuales – lo que venga a dejar en ridículo, de forma implacable y sin posibilidad de enmienda, el pensamiento mágico de la “sociedad abierta”, esa pseudo-filosofía diletante que, desde el final de la segunda guerra mundial, ha sido la pitanza espiritual de occidente.

¿Sociedad abierta? El virus se ha revelado como su estrella invitada, como su beneficiario absoluto. El virus es el alumno aventajado de Karl Popper, de Friedrich Hayek y de Milton Friedman.

El virus es nómada, cosmopolita y ciudadano del mundo; el virus es flexible, adaptativo y de identidad fluida; el virus es la metáfora del sujeto tabula rasa, del individuo plástico, moldeable y sin raíces que constituye el modelo antropológico de la globalización. No en vano, hace ya años Jean Baudrillard anunciaba que entrábamos en una época “viral” en la que el virus sería el referente emblemático de la civilización, tal y como ilustran Internet, las redes sociales, las autopistas de información, las nuevas epidemias o la proliferación del terrorismo – formas todas ellas de implosión viral de un sistema aquejado de saturación y ausencia de intersticios –.[2] La pandemia se revela como el retorno de la alteridad absoluta en un mundo que negaba toda alteridad y no consentía tener un exterior a sí mismo. Un mundo que hacía de la apertura infinita y de la ausencia de límites el objetivo irrenunciable de la aventura humana. La pandemia es la némesis de la globalización, y marca el umbral decisivo en el que, rebasado ya su zénit, ésta emprende la senda del repliegue.

El retorno de un tabú: la frontera

Malos tiempos para los “ciudadanos del mundo”. Cuando la danza de la muerte comenzó sus compases, pocas escenas tan simbólicas como la de los bohemios cosmopolitas, los nómadas multiculturales y los cumbayás sin fronteras clamando por ser repatriados. Una colectiva salida del armario en la que los anywheres se revelaron como somewheres.

Brilló la guadaña y los muros protectores del Estado volvieron a estar de moda, demostrando una vez más que, cuando irrumpen las sombras, todos suspiran por tener una patria.

No fue fácil, sin embargo, ajustar las neuronas a la hora del peligro. Años y años alimentando el dogma de la humanidad sin fronteras, del mestizaje universal y de la apertura al “Otro” no se borran fácilmente. Por eso, cuando el “Otro” se reveló como un vector de la plaga, Eurolandia decretó, en previsible reacción pavloviana, que “el cierre de fronteras no es la solución” y que quien pretendiese lo contrario es, ¡como no!, “racista”. El argumentario promigración se recicló de urgencia para acallar las alarmas; y la izquierda cultural centró sus desvelos no sobre la prevención del virus, sino sobre la prevención de la “xenofobia” y la “estigmatización” de los individuos procedentes de países de riesgo. Sin duda pensaban que, ante el virtuoso despliegue de fe antirracista, el virus tendría la gentileza de autodisolverse, de emigrar a Saturno o de tomar un tren de vuelta a China. El antirracismo oficial, como religión de baratillo que es, se esforzó una vez más en corregir la realidad a base de letanías: más apertura, más inclusión, más empatía, más de más, la diversidad es nuestra fuerza y nuestra alegría. Y llegó el coronavirus y mandó apagar. ¿Cuántos muertos habrá costado la obcecación ideológica de Occidente?

La plaga ha traído consigo un revival de palabras antipáticas, de términos extraídos de un oscuro pasado: confinamiento, cuarentena, aislamiento, distancia social, cierre de fronteras. Es un lenguaje discriminatorio, no inclusivo, ciertamente not friendly.

Los Estados nacionales, que iban camino de convertirse en no-lugares de paso, se transformaron en baluartes y fortalezas. Las familias, que iban camino de “deconstruirse”, se convirtieron en castillos inexpugnables. Un mundo de vallas, de muros, de aduanas y de controles se erigió por doquier. Un mundo de uniformes, de servidores del orden y de vigilantes. Un mundo de Patrias, de Hogares y de Familias. La distopia perfecta para Homo Festivus, el summun de los horrores para los androides multiculturales que, como escribía hace años Régis Debray, se recrean en “un planeta liso y desembarazado de lo diferente, un planeta sin enfrentamientos, retornado a su inocencia originaria, a la paz de su primera mañana, parecida a la túnica sin mácula de Cristo, donde un lifting planetario habría borrado todas las cicatrices y de donde el Mal habría desaparecido como por ensalmo”.[3] Pero la realidad es la que es: al igual que un monte necesita cortafuegos, el planeta necesita Estados, naciones y fronteras, los únicos cortafuegos posibles frente a la pandemia global.

En forma de apocalipsis viral, la pandemia nos trae un eclipse del mundialismo. Pero sus sacerdotisos, inmunes a la realidad, persistirán con sus letanías. Business as usual en Progrelandia. Lo veremos.

Implosión de la sociedad abierta

Dentro de la mitología mundialista el mito sinfronterista es inseparable del de la “sociedad abierta”. La historia de este concepto es bien conocida.

Fue Karl Popper quien, en su best-seller de 1945 La sociedad abierta y sus enemigos, utilizó esta expresión para presentar al liberalismo como culminación absoluta de la aventura humana. Este libro de Popper, más citado que leído, goza todavía de predicamento entre periodistas, financieros y políticos en ejercicio, en cuanto suministra – en forma de interpretación diletante de la filosofía occidental – la justificación de todas las fugas hacia adelante de la civilización construída a partir de 1945. Frente a quienes piensan que el corpus popperiano se reduce a una diatriba contra el totalitarismo y el “comunismo” (así lo piensan los “liberal-conservadores” ingenuos), conviene advertir que todas las ingenierías sociales posmodernistas se encuentran allí prefiguradas, en la medida en que Popper termina reduciendo la filosofía política a una forma de “tecnología social fragmentada”. Lejos de ser un resultado espontáneo del mercado libre y las libertades individuales, la “sociedad abierta” es un proyecto de ingeniería social que ha sido impulsado sistemáticamente por los poderes públicos durante las últimas décadas. A los efectos, lo que Popper nos suministra es la versión filosóficamente pretenciosa del neoliberalismo; y ese es un marco hegemónico que la crisis del COVID 19 viene a poner en cuestión. Conviene saber por qué.

La pandemia pone en juego valores que sitúan a la comunidad por encima del individuo, esos mismos valores a los que Popper, desde su posición negativa e individualista, descalificaba como “metafísicos” y “autoritarios”. La política es el ejercicio del principio de autoridad, y la urgencia sanitaria no puede subordinarse a las demoras del debate científico, ni al principio de “falsación” que Popper reivindicaba abusivamente al extender a la política la lógica del laboratorio. Las primeras consecuencias – indiscutidas – de la pandemia son la revalorización de lo público y un colosal despliegue de los atributos de la soberanía, es decir, de la capacidad para decidir sobre el estado de excepción. Asistimos a una restauración de la vertical del poder, y esto es algo que desbarata el axioma popperiano según el cual “el debate político no es esencialmente distinto del científico, y la lógica de resolución de problemas políticos no es diferente de la lógica de resolución de problemas científicos”.[4] Nos encontramos ante una crisis política y sanitaria que los científicos, por si sólos, fueron incapaces de prevenir, y ante la cual los políticos, por sí sólos, poco podrían hacer sin el auxilio de la ciencia. Pero en este escenario es preciso decidir contra reloj, entre informaciones límitadas y opciones contradictorias. Algo en lo que ni el científico ni el tecnócrata podrán nunca remplazar al hombre político. Por eso, éste es “el hombre trágico” por excelencia – nos recuerda el politólogo canadiense Mathieu Bock-Côté –.[5] La dimensión política será determinante, si lo que queremos es preservar un modelo de sociedad y cierto grado de cohesión social. Asistiremos por tanto a una recuperación de la idea de interés general, hasta ahora diluída en la idea de la “sociedad civil” y la multiplicación de minorías.

Se trata, en suma, a un retorno de lo Político, de todo eso que no puede subsumirse en la gobernanza tecnocrática y en la utopía de la “sociedad abierta”.[6]

Retorno de la comunidad

El comunismo cayó cuando la gente se cansó de esperar el paraíso. ¿Llegó el turno del globalismo?

Conviene repasar las promesas de la “globalización feliz”: circulación, conectividad, oportunidades, diversidad, innovación, riqueza. Pero para los trabajadores occidentales el resultado dista mucho de estar a la altura: desigualdad, deslocalizaciones, desindustrialización, abandono del campo, crisis migratorias, fin de las clases medias, ruptura del vínculo social, delincuencia transnacional, homogeneización turística del mundo… y pandemia. Al coronarse como “ciudadano del mundo” el virus nos desvela el secreto de la sociedad abierta: ésta no protege a nada ni a nadie, excepto a quien tiene medios para protegerse a sí mismo. Multimillonarios, especuladores internacionales, tecnocracias elitistas, oligarquías del tercer mundo, redes de tráfico de personas, mafias, hackers … y ahora el virus.

El globalismo cuenta con los medios para mantener la ilusión, al menos por un tiempo. El circo de la diversidad y sus payasos posmodernistas – con la izquierda liberasta dirigiendo la troupe –  se encargarán de ello. El victimismo de minorías, el neofeminismo histérico y las identidades sexuales fluídas seguirán estando al orden del día, show must go on. Pero su estado de gracia ya habrá pasado; en un horizonte de cadáveres apilados, payasadas las justas. Hay una realidad a retener: la plaga se ha cebado sobre los países más trabajados por el nihilismo de la sociedad abierta, sobre las sociedades que más han evacuado su identidad de pueblo, de raza o de categorías masculina y femenina. Sobre las sociedades más globalizadas, en suma. El coronavirus ofrece – señala el politólogo Hasel Paris Álvarez – una soberbia lección de geopolítica, en cuanto “señala al Homo Globalis occidental como al hombre enfermo del mundo”. Al constituirse en el epicentro mundial de la pandemia “la sociedad abierta de Europa significa sociedad en cuarentena para el resto del mundo”. Por eso, en toda justicia, el estigma mundial del coronavirus “debería recaer sobre los partidarios del libre mercado global. Es un virus capaz de delatar a los Estados débiles (incapaces de prevenir) y a las sociedades individualistas (incapaces de reacionar)”.[7] De forma significativa la expansión de la pandemia se superpone al mapa de los principales flujos turísticos, confirmando así la intuición de Philippe Muray sobre el turista como Quinto jinete del apocalipsis.

No hay como asomarse a un precipicio para aclarar las ideas. Resulta curioso ver como los dirigentes occidentales han recuperado, de forma apresurada, los marcos mentales que durante décadas habían intentado proscribir. El lenguaje se llena de símiles bélicos, de exaltación de los héroes y de moral de victoria; un vocabulario macho, heteropatriarcal y cipotudo destinado a conjurar el sufrimiento y sostener el esfuerzo colectivo (que en boca de nuestros políticos ese vocabulario – por oportunista e impostado – degenere en cursilería, es un asunto diferente que merecería desarrollo aparte). Por doquier se exalta lo que une, no lo que separa, y ahora resulta que lo que más une son las identidades arraigadas – los símbolos, los himnos y los cánticos colectivos, lo local, lo propio y lo carnal – y no los algodonosos “valores” eurolándicos, ni las minorías minoritarias con sus lamentos interseccionales. La palabra “comunidad” asoma por las boquitas de nuestros dirigentes, porque ahora resulta que somos una “comunidad”, y no un aglomerado de consumidores reunidos por el mercado en un ente administrativo llamado “Estado”. Los servicios esenciales ignoran paridades de género y visibilizan la existencia de un espontáneo reparto de funciones: abundancia de mujeres en el “sector de los cuidados” (servicios médicos y sanitarios, atención a vulnerables), abundancia de hombres en las tareas de mayor carga física (fuerzas de orden, transportistas, bomberos, repartidores, reponedores). Por si fuera poco, los estudios científicos se apoyan en las diferencias genéticas para valorar el impacto de la pandemia, y apuntan a que los índices de mortalidad también están asociados a diferencias raciales. Pero, ¿no nos habían dicho que las razas no existen?[8]

Como un torrente largamente contenido la Realidad vuelve por sus fueros; la pandemia del coronavirus barre la pandemia mental de la corrección política.

¿La caída de Babel?

El mundo ha vivido durante tres décadas bajo la ilusión del globalismo. Las Naciones Unidas, las instituciones supranacionales y la llamada “sociedad civil” internacional (ONGs) han disfrutado de un plus de legitimidad frente a unos Estados-nación que, de forma ritual, eran acusados de incapacidad para abordar los desafíos globales. Pocas ideas han sido tan ridiculizadas como la de la soberanía nacional, ya sea porque ésta “no existe” (dogma neoliberal de que la soberanía reside en el individuo) ya sea porque se trata de un anacronismo que, según nos dicen, tiene los días contados. Pero más allá de definiciones académicas, la soberanía tiene un contenido muy prosaico. En la práctica consiste – señala el filósofo británico John Gray – en la capacidad para ejecutar de forma comprehensiva, coordinada y flexible planes de emergencia como los que los países han desplegado frente a la pandemia.[9] Es decir, para todo eso en lo que las Naciones Unidas, las organizaciones supranacionales y la sociedad civil apesebrada se han mostrado incompetentes. En la era del coronavirus los Estados-nación están de vuelta, y han llegado para quedarse.

¿Significa esto que los globalistas van a plegar velas y a desaparecer sin más? Todo lo contrario.

Los tiempos posmodernos son los de la lucha por el “relato”. Tomando impulso de la pandemia, los globalistas se aferrarán al suyo. “Los problemas globales requieren soluciones globales” – nos dice su argumento más socorrido –, y “son precisamente las actitudes egoístas de los Estados las que impiden una respuesta mundial efectiva”. Escucharemos invocaciones tecnócratas a una “gobernanza mundial” y cogitaciones lírico-kantianas sobre una “Constitución para el planeta”.[10] Todo lo cual, en el registro eurobeato, se traduce en el mantra “más Europa”. Pero hace falta una fé del carbonero para creerse todo eso. Los partos de catedrático tipo “el gobierno mundial” están tan alejados de la realidad como sus autores.  En primer lugar, porque (se pongan como se pongan) las divisiones geopolíticas existirán siempre, y un gobierno mundial sería un premio cotizado para los Estados más poderosos. En segundo lugar, porque – como sintetiza eficazmente Hasel Paris Álvarez– “el globalismo siempre irá más despacio que la iniciativa de cada nación. Por mera física, el gobierno mundial será más lento cuanto más grande quiera ser, más ignorante cuantos más datos quiera apilar, más ilegítimo cuanta más autoridad quiera tener, más incapaz cuanto más poder quiera amasar. Con el coronavirus es posible calcular matemáticamente la inferioridad del globalismo con respecto a la soberanía nacional”.[11] ¿Alguna prueba?

La performance de las instituciones globalistas ante la pandemia ha sido más que elocuente. Empezando por la reacción de la Organización Mundial de la Salud – lenta, ambigua y con una transparencia más que cuestionada –, y siguiendo con la de la Unión Europea, quien en su primera reacción ante la crisis ofreció la mejor caricatura de sí misma. Su gran preocupación: salvaguardar el espacio Schegen y el sacrosanto principio de las fronteras abiertas, mientras su mastodóntica burocracia era incapaz de prevenir lo que se venía encima. Los eximios eurócratas eran todavía capaces de pontificar, el 27 de febrero de 2020, que cerrar las fronteras sería “contraproductivo e ineficiente” para prevenir la expansión de la pandemia.[12] Diez días después todos echaban el cierre. Para añadir lo patético a lo ridículo, los caciques de la Eurocosa no encontraron mejor salida – ante las críticas por su gestión incompetente, burocrática y tardía – que acusar al chivo expiatorio habitual ¡Rusia! ¡Putin! de urdir contra ellos una campaña de “fake news”.

Si algo ha demostrado esta crisis es que, ante un estado de excepción generalizado, las torres de Babel del globalismo tienen los cimientos de arcilla. La salida global de la crisis sanitaria no podrá hacerse, evidentemente, sin una concertación internacional de los Estados, pero para eso será necesario que la “estafa piramidal globalista” (Hasel Paris Álvarez) no entorpezca la acción de los Estados, y que éstos no se dediquen a esperar sentados las directrices de las instituciones globalistas.[13] El planeta no es un espacio homogéneo, y los juicios políticos concretos son insustituibles para adaptar las respuestas a las necesidades particulares de cada país. La realidad internacional, plural y diversa, descarta las fantasías sobre una “gestión universal” de la pandemia.

En una premonición siniestra, las elites globalistas – con los líderes de la Unión Europea a la cabeza – se reunían en Davos en 2017 con el líder chino Xi Jinping, al que aplaudían como campeón del libre comercio y de la integración internacional. Frente al villano Donald Trump.

NOTAS (I)

[1] Clément Rosset, La philosophie tragique. Puf 2014, p. 19.

[2] Serge Latouche, Remember Baudrillard, Fayard 2019, pp. 237-240.

[3] Régis Debray, Éloge des Frontières. NRF Gallimard 2010, p. 18.

[4] Bhikhu Parekh, Pensadores políticos contemporáneos. Alianza Editorial 2005, p. 253.

[5] Mathieu Bock-Côté, “L´impasse de l´expertocratie et le politique”. Le Figaro 2 mayo 2020. Como apunta este autor, las relaciones entre la política y “la ciencia” están plagadas de equívocos. Ambas se prestan a una maraña de manipulaciones que Popper, en sus teorías de sofá, parece dejar de lado. Así, no es extraño que las ideologías disfracen sus pretensiones como “científicas”. Lo hizo el marxismo al predicar las leyes del desarrollo histórico. Lo hizo el nazismo con su idea de la raza. Y lo hace el mundialismo, cuando justifica en las ciencias sociales el carácter inevitable de la globalización, del libre mercado y de la superación de las naciones-Estado. En el mundo posmoderno no es extraño que los Estados se escuden en “los expertos” y “la ciencia” para justificar comportamientos erróneos, como en el caso de aquellos gobiernos que, ante la amenaza del COVID 19, por motivos políticos o por negligencia no hicieron nada.

[6] Aspecto subrayado por el filósofo Alain Finkielkraut en un artículo en Le Figaro, en el que se felicitaba de que, con la crisis del coronavirus, la política se haya impuesto de modo rotundo sobre la economía y el beneficio.

https://www.lavanguardia.com/economia/20200418/48578115103/francia-coronavirus-macron-deuda-solidaridad-ue.html

[7] Hasel Paris Álvarez, “La Geopolítica tras el Coronavirus”. https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/04/04/la-geopolitica-tras-el-coronavirus-hasel-paris-alvarez/

[8] https://www.telecinco.es/informativos/salud/coronavirus-anormal-coagulacion-causa-muerte_18_2940795124.html

[9] John Gray, “Why Coronavirus is a turning point in History”
https://www.newstatesman.com/international/2020/04/why-crisis-turning-point-history

[10] Proyecto de “Constitución para la Tierra”, idea del filósofo italiano Luigi Ferrajoli. https://elpais.com/ideas/2020-03-27/luigi-ferrajoli-filosofo-los-paises-de-la-ue-van-cada-uno-por-su-lado-defendiendo-una-soberania-insensata.html

[11] Hasel Paris Álvarez, “La Geopolítica tras el Coronavirus”. https://www.cuartopoder.es/ideas/2020/04/04/la-geopolitica-tras-el-coronavirus-hasel-paris-alvarez/

[12] https://euobserver.com/coronavirus/147576

[13] A fines de enero 2020, mientras China aislaba Wuhan del resto del mundo, la Organización Mundial de la Salud seguía sin recomendar la cancelación de los viajes internacionales, ni el cierre de fronteras a los ciudadanos de países infectados. Mientras los expertos internacionales seguían debatiendo, muchos países comenzaron a cerrar fronteras. Los países europeos que más esperaron se convirtieron en epicentros de la pandemia.

(II)

El mundo que vendrá

La idea de que “ya nada será como antes” es un lugar común repetido en la era del coronavirus. Podemos pensar que efectivamente así será, y de ahí el aspecto “escatológico” al que nos referíamos en el anterior artículo. Pero cabe también pensar que ese cambio, por muy radical que sea, no se producirá de la noche a la mañana. Al fin y al cabo, toda forma de organización humana se sostiene, en primer término, por el miedo al vacío.

Para valorar el impacto final que tendrá esta pandemia es preciso distinguir, ante todo, la dimensión moral y la dimensión institucional. Una cosa es pensar que la “sociedad abierta”, las Naciones Unidas o la Unión Europea han sido las víctimas intelectuales de esta crisis, y otra cosa es pensar que las instituciones vigentes vayan a ser las víctimas reales, al menos por un tiempo. Eso es algo sobre lo que alerta el filósofo francés Marcel Gauchet, quien se muestra escéptico ante cambios radicales y señala que “una vez que el virus se haya ido, las cosas retomarán el ritmo de antaño. En cualquier caso, se intentará que así sea. Este sistema conviene a demasiada gente, reúne a una coalición de intereses demasiado grande, y por eso será capaz de subsistir, aunque carezca de toda legitimación teórica o política. Además, ha sido construido precisamente para eso: podréis detestarlo, pero no os podréis deshacer de él”. Por otra parte – añade Gauchet – “el carácter excepcional de esta crisis y su impacto profundo sobre la economía real  jugarán a favor de las soluciones ya conocidas, porque la prioridad será la recuperación económica a todo precio y en el plazo más corto posible”. En consecuencia – concluye – nos encontraremos en “un contexto favorable para los mundialistas y los librecambistas de todo pelaje que dominan la profesión económica, incluso si la intervención masiva por parte de los Estados pasa a un primer plano”.[1]

¿Se saldará la crisis con un “más de lo mismo”, tal y como ya ocurrió tras la crisis de las subprime en 2008?

La historia siempre está abierta y predecir el futuro es, casi siempre, hacer el ridículo. Pero con esta crisis global – la más grave, seguramente, desde la segunda guerra mundial – habrá que admitir que algo profundo se ha quebrado, tal vez de forma irremisible. Algo que actúa sobre el plano moral y las perspectivas de la población: el pacto social del liberalismo. Ese pacto social que – en palabras de John Gray – “con su palabrería de libertad de elegir, consistía en el experimento de disolver todas las fuentes tradicionales de cohesión social y de legitimidad política, para sustituirlas por una promesa de elevación constante de los niveles de vida. El experimento ha concluído”.[2] Desde el año 1945 –a lo largo de los “30 gloriosos” y mucho después con la globalización– todas las generaciones han vivido en la ilusión de un progreso constante, en la idea de que ellas, en cualquier caso, siempre vivirán mejor que sus padres. Hoy empiezan a asumir – empiezan a saber– que eso no va a ser así…

Sobre cómo afectará ese cambio profundo a la economía, a la política, a las relaciones internacionales y a la cultura, es algo que empezaremos a ver en los próximos años. En cualquier caso, el neoliberalismo rampante ya tiene plomo en sus alas. Por de pronto, se avecina una rehabilitación rotunda de los Estados-nación. Para Marcel Gauchet, éstos se convertirán, a partir de ahora, en los vectores insustituibles de la globalización.[3] Pero lo contrario parece también posible, e incluso lo más probable: que los Estados se conviertan en los pilotos de la desglobalización o, al menos, de una ralentización de la misma. Los Estados descubren ahora que quizá no era tan buena idea importar medicinas desde China, ni carecer de una producción autónoma de respiradores, ni depender de la mano de obra foránea para asegurar la producción agrícola. Tras varias décadas de desindustrialización y deslocalizaciones, los Estados redescubren el valor estratégico de la energía, de la agricultura y de la defensa, y se plantean la necesidad de una auténtica política industrial. La palabra soberanía vuelve a estar de moda. Es la crisis del modelo ricardiano de la división internacional del trabajo, crisis que se extenderá a las empresas que quieran recuperar la fabricación externalizada, reduciendo así los riesgos de transporte. El coronavirus rompe la cadena de la producción global y deslocalizada, dando la razón al modelo antiglobalista impulsado por los movimientos populistas.[4] Todo esto supone un rotundo desmentido al economicismo de Friedrich Hayek y Milton Friedman, que consideraban que se debía permitir a cada actor individual optimizar sus cálculos económicos y que ello produciría el mayor crecimiento posible a nivel mundial. De generalizarse, esta contracción de las cadenas de valor provocará un aumento de los costes de producción, lo que a su vez repercutirá sobre el consumidor. Adiós por tanto al Consumidor-Rey como fetiche de la economía neoliberal. Porque ahora se demuestra que ni el consumidor es la razón última de la política, ni el Mercado es per se un proyecto político, ni la supresión de las fronteras es el horizonte mundial insoslayable.[5] Es el crepúsculo de los ídolos del globalismo.

Retorno de la geopolítica

La irrupción del coronavirus abre un escenario de transformaciones que se declinarán en varios niveles: político, económico, sociológico, cultural, y también en las relaciones internacionales. En esta última dimensión la pandemia acentuará las tendencias que ya estaban en curso: la vuelta de los Estados-nación, el control del espacio físico, la planificación a largo plazo, la prioridad de lo real sobre lo virtual, la multipolaridad. La lucha contra el Covid 19 ha permitido visibilizar la capacidad acumulada por los Estados para ejercer un control exhaustivo sobre sus ciudadanos, un escenario en el que el derecho a la privacidad y otras libertades básicas – reunión, desplazamiento, información – podrían verse seriamente limitadas. Un “futuro iliberal” anuncian algunos, asimilando de forma interesada el declive del liberalismo posmoderno a la ausencia de libertades o a la mera tiranía. Sea como fuere, la pandemia plantea con crudeza el debate que subyace en toda filosofía política ¿Qué es lo prioritario, la seguridad o la libertad? ¿Qué se sitúa en primer plano, la comunidad o el individuo?

Todo parece indicar que el predominio de la esfera individual y la desconfianza ante los sentimientos patrióticos– dos actitudes que el consenso ideológico post-1945 había favorecido – van a sufrir, en el mundo post coronavirus, un severo correctivo. Y eso afecta a una Unión Europea que es, al fin y al cabo, la plasmación institucional de ese consenso. No en vano la Unión Europea siempre antepuso la “gobernanza” a la soberanía, la tecnocracia a la política, el multilateralismo a la persecución de los intereses nacionales. Y en un mundo cada vez más geopolítico apostó por el soft power, en la convicción de que podría seguir caminando sobre las aguas, repartiendo generosas dádivas y virtuosas admoniciones. Llegó la hora del despertar.

En el mundo post-coronavirus ¿qué futuro para la Unión Europea?

Algunos sueñan con una refundación en clave soberanista: relocalizar los sectores industriales estratégicos, abandonar el ordoliberalismo impuesto por Alemania, tal vez hacer del Euro una moneda común (en vez de una moneda única). Esta refundación otorgaría a los Estados un mayor control sobre su política de fronteras, con el objetivo de hacer frente tanto a las crisis sanitarias (el Covid 19 no será la última) como a las crisis migratorias provocadas por un insostenible efecto llamada. Pero ésta es una opción harto improbable, habida cuenta de que choca con la gran prioridad bruselense: la libre circulación de personas y mercancías. Al resistirse a cerrar fronteras ante la pandemia, la Unión Europea puso a sus ciudadanos en peligro; una ineptitud que no será olvidada fácilmente (las analogías con Chernobyl, episodio clave en la caída de la Unión Soviética, saltan a la vista).

Otro posible escenario – el más probable sin duda alguna– es el continuismo. Un acuerdo de mutualización financiera frente a la postpandemia será celebrado con grandes salvas de “más gobernanza” y “más Europa”. Y la Unión Europea continuará su camino cada vez más dividida (países del norte, del sur y de Visegrado), cada vez más perdida en su laberíntica toma de decisiones, erosionada por las crisis migratorias, chantajeada por sus vecinos, enganchada en una globalización que los demás países abandonan, rodeada de la desafección creciente de sus ciudadanos, incapaz de suministrar las funciones protectoras que sí ofrecen los Estados. Si nada lo remedia, esa Unión Europea irá cayendo en una irrelevancia parecida– señala John Gray en una poderosa analogía – a la del Sacro Imperio Romano-Germánico, que vegetó durante generaciones mientras las auténticas decisiones se tomaban en otra parte.[6]

Existe un escenario aún más sombrío: el de una progresiva escalada de catástrofes económica, social, política, financiera, migratoria, sanitaria, ecológica – a las que Bruselas, esta vez, no podrá hacer frente repartiendo dinero. Entonces llegará el momento en el que, frente a los responsables, se alzará la cólera. Y ésta no podrá ser confinada.

La revancha de lo Real

Una de las consecuencias más anunciadas de la pandemia es que nuestras vidas serán, a partir de ahora, mucho más “virtuales”. Toda la experiencia del confinamiento – con las actividades laborales, sociales y de ocio confiadas a las redes – conduce a pensar así. Una conclusión sugestiva para el Poder, que querría ver a una ciudadanía recluída en su burbuja doméstica y ajena a movilizaciones y protestas. ¿Triunfo de lo virtual sobre lo real? Teniendo eso mucho de cierto, es tan sólo una parte de la historia.

La expansión de lo virtual es innegable, el coronavirus no ha hecho sino acelerar una macrotendencia global. Pero si observamos el cuadro completo, vemos que esta crisis ha puesto de relieve unas dependencias materiales cuya satisfacción dábamos hasta ahora por descontada. En ese sentido las llamadas a recuperar un tejido industrial y productivo propio son, en sí mismas, un retorno de lo real frente a los cantos de sirena de la globalización. Lo mismo cabe decir de la necesidad, hoy reconocida, de contar con una sanidad pública robusta, así como del protagonismo ganado por las actividades que, en el orden de la “fisicidad”, atienden los servicios esenciales: médicos, sanitarios, científicos, ingenieros, medios de comunicación, fuerzas del orden, militares y trabajadores de las diversas ramas –agricultores, manufactureros, transportistas, repartidores, cajeros, limpiadores y muchos otros – que han hecho posible que los demás puedan permanecer en casa. Esta vuelta a lo básico –a las necesidades biológicas de supervivencia – evidencia una contradicción latente en los mercados de trabajo: los trabajos más productivos y socialmente necesarios son los que, muy frecuentemente, reciben peor trato en dinero y en prestigio, mientras que muchos trabajos inútiles o prescindibles se sitúan en la parte superior de la escala social. Una contradicción subrayada, no hace mucho, por el antropólogo norteamericano David Graeber, con su célebre distinción entre “trabajos basura” (socialmente necesarios pero sometidos a precariedades y abusos) y “trabajos de mierda” (los trabajos inútiles).[7] Es la fractura social que se expresa, en gran parte, en las protestas de los “chalecos amarillos”. Todo lo cuál no deja de ser una toma de conciencia – o revancha de lo Real – frente a un mundo posmoderno lleno de vendedores de humo que, sin aportar nada tangible, nos dicen cómo debemos pensar y cómo debemos vivir. La emergencia sanitaria ha retratado a unos y otros. Tras años de exhibicionismo plañidero en el que sólo las víctimas eran los héroes, ahora se aplaude el verdadero heroísmo de médicos y sanitarios; se redescubre “la importancia de lo común, de lo trágico, de la guerra, de la muerte, en resumen, de todo aquello que se pretendía olvidar” (Alain de Benoist).[8]

Toda esta revancha de lo real se desplegará, de forma particularmente aguda, sobre las consecuencias económicas y sociales de la pandemia. Si la crisis de 2008 fue una crisis financiera que se transformó en crisis económica (de la economía virtual a la real) todo conduce a pensar que, en esta ocasión, podría ser justo lo contrario. En una situación de parálisis económica y paro masivo, las protestas y reivindicaciones tendrán necesariamente un contenido material y materialista. Al Poder le resultará más difícil distraer la atención con globitos arco-iris, minorías empoderadas y “revoluciones feministas” convocadas desde las instituciones.

En un escenario ideal, la presente situación podría conducir a un cambio de mentalidad: al de unas élites que, durante décadas, han sido educadas – como señala Jean-Pierre Chévenement– “como si las naciones no tuviesen ya importancia, como si vivieran en un universo plano donde las fronteras hubieran desaparecido, y donde los valores de patriotismo, servicio público, solidaridad y civismo practicamente ya no existen. Es el fenómeno que el escritor americano Christopher Lasch bautizó hace años como la “rebelión de las elites”: el hiperindividualismo egoísta que se desentiende del destino de las capas populares”.[9] ¿Asistiremos a un cambio de rumbo?

Es muy difícil ser optimista, habida cuenta – Marcel Gauchet rebaja de nuevo las expectativas– “de lo que son las élites actuales, del estado en que se encuentran la universidad actual y la llamada “sociedad del conocimiento”, en la que el conformismo ilustrado es Rey”.[10]

A todo esto ¿qué dice sobre el coronavirus la intelectualidad progresista?

Sopa de Wuhan

Los tiempos posmodernos son los de la construcción de “relatos”. Tiempos en los que la realidad cuenta menos que la interpretación de la misma, y en los que la “verdad” es sustituída por los “significados”. Lejos de ofrecernos un análisis de la realidad, las “narrativas” posmodernas sólo reflejan la intención de sus autores. Una noche de la inteligencia en la que todos los gatos son pardos y todos los tontos son activistas, psicoanalistas y “críticos culturales”. La crisis del coronavirus les ofrece un circo de tres pistas para que puedan exhibir el plumero. ¿Qué conclusiones les inspira la pandemia? ¿Cómo será, según ellos, el mundo que vendrá?

Algunos diagnósticos de la progresía pensante fueron recogidos en la antología “Sopa de Wuhan”, una piadosa inciativa con el sello inconfundible de la izquierda liberasta.[11]

Abrió el fuego Giorgio Agamben, quien no desaprovechó la oportunidad de hacer el ridículo al declarar que “el coronavirus no existe”. O más exactamente, que el virus es un arma ideológico-coercitiva destinada a sembrar el miedo, militarizar la vida de las personas y someter a la población con medidas “fascistas”. Empezó fuerte Giorgio Agamben y puso arriba el listón. Pero como no hay boda sin tía Juana, saltó enseguida el filósofo, psicoanalista, sociólogo, critico cinematográfico y mil cosas más Slavoj Zizek, quien dictaminó que “el coronaviris supone el golpe definitivo contra el capitalismo porque demuestra que otro mundo es posible”. Y se quedó tan ancho. La pandemia revela, según Zikek, las debilidades de las las democracias liberales y tendrá por ello un efecto positivo, el de situarnos ante la “barbarie o alguna forma de comunismo reinventado”.

Lo de Zizek es un claro ejemplo de práctica discursiva de izquierda posmoderna. Zizek nos anuncia, por enésima vez, el advenimiento del “comunismo” (¡oh, qué rojo!) porque el coronavirus “ha propinado un golpe a lo Kill Bill al capitalismo” (¡Wow!). Pero es un comunismo muy peculiar el suyo, un comunismo destinado a salvar “nuestros valores liberales”, un comunismo basado “en la confianza en las personas y en la ciencia” para construir “una sociedad alternativa y más allá del Estado-nación” según “formas de solidaridad y cooperación global”. Postureo radical-chic para un contenido moralista que podría firmar Paolo Coelho. Es muy legítimo pensar así, por supuesto. Pero presentar como “producción filosófica” lo que no pasa de ser una colección de buenos deseos, no lo es tanto. La charlatanería intelectual del esloveno vehicula un mundialismo banal muy a la altura de su reconocido talento como inspector de inodoros.

En esta aurora del “comunismo” no podía faltar el filósofo francés Alain Badiou, momia maoísta que otorga un contrapunto ortodoxo y vintage a las divagaciones posmodernistas de otros.[12] Porque la izquierda divagante (Gustavo Bueno dixit) encuentra en el coronavirus forzosamente una mina, dado que el tema se presta a todo tipo de aspavientos foucaltianos sobre el “biopoder” y el control y la cosificación de los “cuerpos”. De lo que se siguen inevitables y pomposos refritos postestructuralistas aplicados al hic et nunc de la situación sanitaria y la lucha contra la pandemia. Pero hay dos temas recurrentes que son el punto de encuentro de todos estos análisis, y que nos indican la filiación globalista – y neoliberal, en el sentido más profundo del término – de todos ellos: la abominación de la idea de frontera y la aspiración a un gobierno mundial.

El virus se ha coronado – decíamos antes – como el auténtico “ciudadano del mundo”, y ese hecho, en sí muy preocupante, parece llenar de implícito gozo a la intelectualidad liberasta, en cuanto vendría a demostrar ¡de forma irrebatible! el carácter perjudicial y obsoleto de las fronteras que ellos siempre han denunciado. Eso es lo que viene a decir más o menos Markus Gabriel, otro moralista disfrazado de filósofo que, para la ocasión, alumbra un gran tópico: el virus nos trae un “descubrimiento de la Otredad”. We are the World, enciendan los mecheros. Nos encontramos ante un problema global que requiere una solución global y una gobernanza global y un Todo global, y eso es algo en lo que los radicales de opereta coinciden con los poderes financieros y las élites de Bilderberg y Davos.[13] Unas élites a las que el anciano Henry Kissinger daba voz en un artículo en el Wall Street Journal, en el que alertaba sobre “el anacronismo de la ciudad amurallada”, a la vez que hacía un llamamiento a salvaguardar “el orden mundial liberal””. O sea, a salvaguardar su mundo, el mundo que nos ha conducido hasta la presente situación y para el que no hay otra alternativa – según Kissinger – que “un mundo en llamas”.[14]

Sí, es cierto que el virus no conoce fronteras. Pero las fronteras sí pueden reconocer al virus y prevenir su expansión. El hecho de que fueran las “ciudades amuralladas” – los países que antes cerraron las fronteras– los que más vidas salvaron, el hecho de que, entre las “sociedades abiertas”, hayan sido las menos “abiertas” las que antes controlaron la epidemia (ejemplos de Polonia, Hungría y la República Checa), todo eso no parece hacer mella en el argumentario liberasta, que nunca permitirá que los hechos le arruinen el relato. ¿Qué se podía esperar de un cúmulo de comulgantes en secesión de la realidad?

Pues justamente eso: navegar en el éter de un pensamiento autorreferencial y endogámico, de un pensamiento profundamente institucional (por mucho que se las dé de subversivo) en el que la repetición de letanías y frases hechas sustituye a cualquier amago de análisis. Así, sobre un fondo de pandemia vírica se despliega una condena puramente retórica del “capitalismo” y del “neoliberalismo”, siempre en clave de dolorismo cursi y narcisismo de los buenos sentimientos. Ninguna idea original, ningún programa, ninguna propuesta de acción concreta, más allá de la construcción de palabros y la fuga mental hacia un planeta “queer” a la hechura del freak y la mujer barbuda. Todo lo cual responde, en el fondo, a un odio profundo a la naturaleza humana. Como la que destila, por ejemplo, la ocurrencia emitida desde la galaxia Soros de que “la crisis el coronavirus muestra que es el momento de abolir la familia”.[15] Recetas globalistas para la pandemia vírica.

¿Sopa de Wuhan? Una sopa de aguas fecales con deposiciones posmodernistas rebozadas en farfolla seudoacadémica. Un menú que el sistema intentará que nos traguemos.

¿Progreso o eterno retorno?

La pandemia del coronavirus anuncia el regreso de la idea de límite. Ahora somos conscientes de que, frente a la naturaleza, hemos traspasado el umbral de seguridad y hemos alcanzado un límite. Lo cual es un shock antropológico para una civilización basada en la ausencia de límites, en la idea del “siempre más” – más circulación, más intercambios, más mercancías, más beneficios –. Una civilización basada en la demonización de toda línea divisoria entre países, culturas, identidades sexuales, vida, muerte, materia orgánica y materia inerte (transhumanismo). Laissez faire, laissez passer, el dogma de la “sociedad abierta”. Pasar, circular, mezclarse, hibridarse, el progreso indefinido como sentido de la historia, como camino hacia la “paz universal” kantiana. Tiempos inclusivos, fluídos, líquidos, pero que el coronavirus parece haber congelado. La “sociedad abierta” se ha cerrado a cal y canto.

¿El fin de un mundo? En todo caso el fin de este mundo. Demasiados signos precursores – auge del populismo, crisis migratorias, Bréxit, victoria de Donald Trump – venían ya anunciándolo. Con sus dimensiones de plaga bíblica,

el coronavirus marcará un contrapunto simbólico. Pero la caracterización final de este proceso todavía no está clara. Para algunos se trata del fín de un ciclo en la globalización: el que empezó en 1989 y tal vez ya haya terminado. Para otros – los más apegados al relato oficial – se trata de un accidente que nos conducirá, porque no hay alternativa posible, hacia más globalización y hacia una gobernanza mundial. Y para otros – y esa es la tesis de estas líneas – nos encontramos ante la crisis del mundo que surgió en 1945, ante la crisis de esa “sociedad abierta” que, transcurridas varias décadas, nos ha dejado al borde de un precipicio, sin red de seguridad, sin estabilidad, sin patria y sin hogar.

¿Sin patria y sin hogar? El escritor francés Hervé Juvin lo expresa de esta forma: “cuando la frontera no está en ninguna parte, está por todas partes, (…) cuando ya nadie es ‘extranjero’, todos se convierten en extranjeros para todos, la piel se convierte en la única frontera. (…) El ideal libertario de la apertura de fronteras, a través del imprevisto de una pandemia, nos condujo al infierno de la gran separación, a la separación de los cuerpos, de los vínculos y de las vidas, a esa soledad que va a ser la gran miseria de los países ricos”.[16] Es la ruptura del vínculo social, el drama de una sociedad atomizada y egoísta. Los miles de ancianos muriendo en la soledad de las residencias, lejos de sus familias, son el grito de acusación contra la miseria moral de toda una época. Ahora caemos en la cuenta de ello. El largo siglo XX comienza – por fín – a cerrarse.

¿Significa todo eso un retorno al pasado? ¿La vuelta a un orden “westfaliano” de Estados? Eso no es posible y sería absurdo pensar así. Durante los próximos años la crisis nos colocará, seguramente, ante situaciones inéditas que requerirán fórmulas inéditas. En el peor de los casos – y eso sería el escenario distópico – los gobiernos podrían deslizarse hacia posdemocracias orwellianas, hacia regímenes policial-digitales como el que hoy se instala en China. Sólo los pueblos en pie podrán frustrar las tentaciones de un estado de excepción permanente.

Pero lo que sí parece claro es que se avecinan tiempos recios, tiempos en los que los valores blandos que nos habían inculcado se revelarán caducos. Nos habían dicho que debemos evitar las convicciones estables, que debemos esquivar las fidelidades permanentes. Nos habían dicho que nuestras identidades son fluídas y que somos de cualquier parte y de ninguna. Pero eso va a sufrir un severo correctivo. Los intentos de las élites por deconstruir las viejas lealtades y debilitar los arraigos colectivos – al tiempo que, de forma punitiva, nos imponen la obligación de “tolerancia” – van a chocar con la aspiración, cada vez más común entre los pueblos, por fortalecer esas lealtades y esos arraigos. El hombre a la intemperie de la “sociedad abierta” quiere recobrar su Hogar. El tan demonizado “populismo” es una manifestación de ese deseo. Es el “retorno de los dioses fuertes” descrito, entre otros, por el teólogo norteamericano R. R. Reno.[17] Tal vez llega la oportunidad de una nueva “hora cero” para Europa, el momento de enmendar aquél triste final de la película de Rossellini en el año 1948.

¿Qué hacer? Ante todo, no seguir equivocándonos de siglo, ajustar las neuronas a la nueva época. La tragedia del coronavirus marca un cambio radical de perspectiva. La demolición del mito del progreso y de la concepción progresista de la historia supone, en sí misma, una revolución cultural en toda regla. Frente al dogma del progreso, se alza de nuevo la imagen poderosa del Eterno Retorno. Es lo mismo que, en palabras sencillas, nos viene a recordar el célebre adagio: “los tiempos duros crean hombres fuertes, los hombres fuertes crean buenos tiempos, los buenos tiempos crean hombres débiles, los hombres débiles crean tiempos duros”. ¿En qué fase nos encontramos?

Por el momento estamos en la crisis. Queda por ver si entraremos en el caos.

NOTAS (II)

[1] Marcel Gauchet, “Les mondialisateurs n’ont pas rendu les armes”. Entrevista realizada por Élisabeth Lévy. Causeur, n.º 78, abril de 2020, pp. 32-37

[2] John Gray, “Why Coronavirus is a turning point in History”.

[3] Según este filósofo asistiremos a un reajuste: “no el Estado-nación contra la globalización, sino la globalización por y a través del Estado nación”. Marcel Gauchet, Obra citada.

[4] Pablo Pardo, “El coronavirus rompe la cadena de producción global y deslocalizada, se impone el modelo de Donald Trump”. El Mundo, 19 de abril de 2020.

[5] Cuestiones desarrolladas por Hervé Juvin en “Le Mal du siècle”, Causeur n.º 78 avril 2020,
pp. 40-44.

[6] John Gray, “Why Coronavirus is a turning point in History”.

[7] David Graeber, Bullshit Jobs. A Theory. Simon &Schuster 2018. Traducción española: Trabajos de Mierda. Una teoría, Ariel 2018. La encuesta de Graeber sitúa gran parte de los “bullshit Jobs” en los sectores administrativos y de servicios de la “nueva economía”.

[8] Alain de Benoist, “L'après coronavirus”. Valeurs Actuelles, 5 de abril de 2020.

[9] Entrevista a Jean-Pierre Chévenement. El Confidencial, 06/04/2020.

[10] Marcel Gauchet, “Les mondialisateurs n´ont pas rendu les armes”. Entrevista realizada por Élisabeth Lévy. Causeur nº 78, abril de 2020, pp. 32-37

[11] Iniciativa editorial que se presenta como “punto de fuga creativo ante la infodemia, la paranoia y la distancia lasciva autoimpuesta como política de resguardo ante un peligro invisible”. (Sic). La recopilación incluye dos aportaciones de cierta calidad, la del intelectual marxista David Harvey y la del filósofo germano-coreano Byung Chul-Han. Disponible en Internet.

[12] Para Badiou el interludio epidémico es una oportunidad de trabajar en “nuevas figuras de la política” que consisten, según él, en “el progreso transnacional de una tercera etapa del comunismo, después de aquella brillante de su invención y de aquella interesante (…) de su experimentación estatal”.

[13] El joven Markus Gabriel, filósofo promocionado por los grandes periódicos y editoriales europeas, es un ejemplo de cómo se construye un “intelectual orgánico” al servicio de la corrección política. En una entrevista reciente en El País, M. Gabriel proponía “cerrar las redes sociales estadounidenses en la UE, para relanzar nuestras redes basadas en periodismo de calidad. Por ejemplo, una red social de El País, es decir, con todas las ventajas de una red social, pero gestionada por periodistas expertos”. Markus Gabriel, entrevista en El País, 2 de mayo de 2020.

[14] Henry Kissinger, “La pandemia del coronavirus transformará para siempre el orden mundial”. The Wall Street Journal 6/04/2020.
José Vicente Pascual, “El globalismo saca pecho”. Posmodernia.com

[15] ElManifiesto.com

[16] Hervé Juvin, “Coronavirus, l´extension du contrôle social”. Éléments pour la civilisation européenne. Numéro 183, Mai 2020 p. 17.

[17] R. R. Reno, Return of the Strong Gods. Gateway Editions 2019.

Señala este autor que, a partir de 1945, occidente se ha empeñado en un debilitamiento consciente de todos sus valores, tendencia acentuada a partir de 1989. “El consenso de posguerra se ha calcificado en los dogmas de “apertura”, tanto es así que algunos líderes de Europa y Estados Unidos lo tienen muy difícil para articular una defensa socialmente respetable de leyes de control de fronteras e inmigración que, hace tan sólo una generación, serían consideradas como puro sentido común. El debilitamiento del Ser se ha convertido en la forma obligatoria de pensar”. El periodista Christopher Caldwell citaba las siguientes palabras de un líder europeo: “vivimos en un mundo sin fronteras, en el que nuestra nueva misión es defender las fronteras, no las de nuestros países, sino las de la civilidad y los derechos humanos”. Palabras idénticas a las que hoy podría emitir cualquier obispo. Obra citada, edición Kindle.

Fuente: El Manifiesto.com