Sergio Fernández Riquelme

1. El método maquiavelista

El fin no justificaba los medios, para Maquiavelo. Esta frase, atribuida erróneamente a su debe fue pesada losa, limitando sus tesis a la simple “razón de estado” autoritaria o la caricatura del adjetivo “maquiavélico” desde la perfidía o la astucia[1]. Al contrario, Niccolò Machiavelli escribió algo más, mucho más: “en las acciones de todos los hombres, pero especialmente en las de los príncipes, contra los cuales no hay juicio que implorar, se considera simplemente el fin que ellos llevan. Dedíquese, pues, el príncipe a superar siempre las dificultades y a conservar su Estado. Si sale con acierto, se tendrán por honrosos siempre sus medios, alabándoles en todas partes: el vulgo se deja siempre coger por las exterioridades, y seducir del acierto”.

Claro y directo, fue el pensador florentino. Su obra constituye un tratado sobre el obrar humano, no solo político (al que se suele reducir), sino también social: los modos y medios de organización de una colectividad desde la “funcionalidad” de los mismos en busca de la auténtica “autoridad soberana”; en su caso desde un conocimiento fundado en el estudio del pasado, el realismo del contexto y la comparación sobre el porvenir, surgido de la “dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y por medio de una continuada lectura de las antiguas historias[2].

Un hombre derrotado que quería salvar a su país derrotado. Despreciado en su época y en un país invadido y divido, como a otros intelectuales la gloria le llegó en la posteridad. Irrelevante para los hombres y políticos de su era, e imprescindible en el tiempo presente por su “método maquiavelista”[3]. Valioso instrumento de análisis histórico y político-social, eso sí más allá del contexto histórico del que habló (la Italia del Renacimiento, centro del mundo a inicios de la edad moderna) y más allá de interpretaciones jurídico-políticas o filosófico-políticas tan recurrentes. Escribió demasiado claro de cómo triunfan o cómo fracasan los líderes, pero también de cómo conseguir que los ciudadanos obedezcan o por qué se pueden rebelar; y escribió demasiado duramente de cómo se consigue el poder y de cómo se usa el mismo, más allá de máscaras representativas, de mecanismos participativos o de lemas bienintencionados[4].

Il Príncipe, criticada por su inhumanidad o valorada por su realismo. Obra central de Maquiavelo (escrita en 1513) que puede dar luz a muchas de las realidades político-sociales presentes desde su “método”, salvando las lógicas distancias materiales o mentales entre épocas, que se esconden, se olvidan o se obvian entre poderes sin control y crisis recurrentes en la Globalización. Una pequeño libro que ha generado enormes controversias, un texto singular para un mundo tremenda y cruelmente normal.

2. Crisis y soberanía

Podemos comenzar como lo hizo él. Pensar y prevenir ante la crisis, como las amenazantes recesiones económicas o las impactantes alarmas sanitarias globalizadas, de impacto mundial y trágicas consecuencias sociales. Una máxima que siempre persigue, y evalúa, la acción de los partidos de un sistema globalista o de su alternativa soberanista:“los romanos hicieron en aquellas circunstancias lo que todos los príncipes cuerdos deben hacer cuando tienen miramiento, no solamente con los actuales perjuicios, sino también con los venideros, y que quieren remediarlos con destreza. Es posible hacerlo precaviéndolos de antemano; pero si se aguarda a que sobrevengan, no es ya tiempo de remediarlos, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede, en este particular, lo que los médicos dicen de la tisis, que, en los principios es fácil de curar y difícil de conocer; pero que, en lo sucesivo, si no la conocieron en su principio, ni le aplicaron remedio ninguno, se hace, en verdad, fácil de conocer, pero difícil de curar. Sucede lo mismo con las cosas del Estado: si se conocen anticipadamente los males que pueden manifestarse, lo que no es acordado más que a un hombre sabio y bien prevenido, quedan curados bien pronto; pero cuando, por no haberlos conocido, les dejan tomar incremento de modo que llegan al conocimiento de todas las gentes, no hay ya arbitrio ninguno para remediarlos”[5].

Situaciones críticas que nacen de la incapacidad de un pueblo y sus políticos del“deseo de adquirir” y competir por bienes, recursos, territorios, glorias (“cosa ordinaria y muy natural”), y de la dependencia de poderes foráneos que siempre colonizan, por “esa regla general que no engaña nunca, o que a lo menos no extravía más que raras veces: él que es causa de que otro se vuelva poderoso obra su propia ruina. No le hace volverse tal más que con su propia fuerza o industria; y estos dos medios de que él se ha manifestado provisto, permanecen muy sospechosos al príncipe que, por medio de ellos, se volvió más poderoso”[6]. Por ello siempre hay que aprender de la experiencia de pueblos soberanos: “los hombres caminan casi siempre por caminos trillados ya por otros, y no hacen casi más que imitar a sus predecesores, en las acciones que se les ve hacer; pero como no pueden seguir en todo el camino abierto por los antiguos, ni se elevan a la perfección de los modelos que ellos se proponen, el hombre prudente debe elegir únicamente los caminos trillados por algunos varones insignes, e imitar a los de ellos que sobrepujaron a los demás, a fin de que si no consigue igualarlos, tengan sus acciones a lo menos alguna semejanza con las suyas”[7].

A partir de dicha experiencia se tenía que construir ese “nuevo principado”, de vieja herencia o nuevo cuño, soberano e independiente, donde hay que “asegurarse de sus enemigos, ganarse nuevos amigos, triunfar por medio de la fuerza o fraude, hacerse amar y temer de los pueblos, seguir y respetar de los soldados, mudar los antiguos estatutos en otros recientes, desembarazarse de los hombres que pueden y deben perjudicarle, ser severo y agradable, magnánimo y liberal, suprimir la tropa infiel, y formar otra nueva, conservar la amistad de los reyes y príncipes, de modo que ellos tengan que servirle con buena gracia, o no ofenderle más que con miramiento”[8].

Y para ello hay que tomar decisiones en ocasiones duras pero imprescindibles, quizás impopulares pero necesarias para el Bien común: “creo que esto dimana del buen o del mal uso que se hace de la crueldad. Podemos llamar buen uso los actos de crueldad -si, sin embargo, es lícito hablar bien del mal- que se ejercen de una vez, únicamente por la necesidad de proveer a su propia seguridad, sin continuarlos después, y que al mismo tiempo trata uno de dirigirlos, cuanto es posible, hacia la mayor utilidad de los gobernados”. Eso si,“los actos de severidad deben hacerse todos juntos, y que dejando menos tiempo para reflexionar  en ellos ofenden menos; los beneficios deben hacerse poco a poco, a fin de que se tenga lugar para saborearlos mejor”. Se podía maquillar mediáticamente, o se podía crear un discurso y unas palabras para cambiar su sentido pero no su realidad: “un príncipe debe, ante todas cosas, conducirse con sus gobernados de modo que ninguna casualidad, buena o mala, le haga variar, porque si acaecen tiempos penosos, no le queda ya lugar para remediar el mal; y el bien que hace entonces, no se convierte en provecho suyo. Le miran como forzoso, y no te lo agradecen”[9].

Proceso de construcción de la nueva soberanía desde una “acertada astucia” que combine las “dos inclinaciones diversas” de toda “ciudad” independiente: “de que el pueblo desea no ser dominado ni oprimido por los grandes; y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones, dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento del principado, o el de la república, o la licencia y anarquía”. Ahora bien, toda forma política puede ser creada o gestionada bien por el pueblo bien por los grandes, pero el “nuevo principado” debe buscar el equilibrio para contentar a unos y a otros: “si el príncipe tiene por enemigo al pueblo, no puede estar jamás en seguridad; porque el pueblo se forma de un grandísimo número de hombres. Siendo poco numerosos los magnates, es posible asegurarse de ellos más fácilmente. Lo peor que el príncipe tiene que temer de un pueblo que no le ama es el ser abandonado por él; pero si le son contrarios los grandes, debe temer no solamente verse abandonado, sino también atacado y destruido por ellos”. Al final parece que siempre es lo mismo, con medios suaves o duros:“un prudente príncipe debe imaginar un modo, por cuyo medio sus gobernados tengan siempre, en todo evento y circunstancias de cualquier especie, una grandísima necesidad de su principado. Es el expediente más seguro para hacérselos fieles para siempre”[10].

3. El ciudad fuerte

Siempre había sido el poder, o la falta de él, para unir y hacer obedecer, para Maquiavelo, de manera supuestamente democrática (civil) o supuestamente autocrática (monárquica). “La naturaleza de los hombres es de obligarse unos a otros, así tanto con los beneficios que ellos acuerdan como con los que reciben. (…) y no le es difícil a un príncipe, que es prudente, el tener al principio y en lo sucesivo durante todo el tiempo de un sitio, inclinados a su persona los ánimos de sus conciudadanos, cuando no les falta con qué vivir ni con qué defenderse[11].

Aut consilio aut ense. Una ciudad fuerte construida “o por consejo o por espada”. La vis o fuerza (tanto physica comomoralis) es siempre indispensable, como forma de dominación o de persuasión:“los principales fundamentos de que son capaces todos los Estados, ya nuevos, ya antiguos, ya mixtos, son las buenas leyes y armas; y porque las leyes no pueden ser malas en donde son buenas las armas”. Por ello, en esta empresa el “príncipe debe ir en persona a su frente y hacer por sí mismo el oficio de capitán”[12], recurriendo“a las propias armas” “habilitado para vencer”, porque“si tomas las armaduras ajenas, o ellas se te caen de los hombros, o te pesan mucho, o te aprietan y embarazan”. Cualquier análisis lo demostraba: “la opinión y máxima de los políticos sabios fue siempre que ninguna cosa es tan débil, tan vacilante, como la reputación de una potencia que no está fundada sobre sus propias fuerzas”[13], por lo que “un príncipe no debe tener otro objeto, otro pensamiento, ni cultivar otro arte más que la guerra, el orden y disciplina de los ejércitos, porque es el único que se espera ver ejercido por el que manda”[14].

En esta empresa, la comunidad necesita líderes “realistas” capaces de entender lo que pasa y va a pasar, siendo prudentes y funcionales, a veces sin miramientos. Todo hombre y todo político puede ser “alabado o censurado”, pero siempre debe busca los medios, como se hace incluso en las democracias que no toleran a los que no tolera, para lograr sus objetivos y su supervivencia: “hay tanta distancia entre saber cómo viven los hombres y saber cómo deberían vivir ellos, que el que, para gobernarlos, abandona el estudio de lo que se hace, para estudiar lo que sería más conveniente hacerse y aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella; supuesto que un príncipe que en todo quiere hacer profesión de ser bueno, cuando en el hecho está rodeado de gentes que no lo son, no puede menos de caminar hacia su ruina. Es, pues, necesario que un príncipe que desea mantenerse, aprenda a poder no ser bueno, y a servirse o no servirse de esta facultad, según que las circunstancias lo exijan”. Soberano y astuto, pero también prudente en el uso de actitudes y comportamientos, en función de las necesidades,[15] y previsor en los gastos económicos, en relación a las circunstancias[16].

Porque hay sacrificios que hacer (especialmente en los momentos decisivos o dramáticos), que dependen de la realidad y no de la opinión. Acciones “quirúrgicas”, a veces radicales, para eliminar un mal u obtener un bien, casi siempre impopulares pero siempre imprescindibles y que deben llevarse hasta su fin pero dentro de una estrategia clara. La clave está en el grado de “severidad y clemencia” para ser amado o temido. Maquiavelo escribía que “todo príncipe debe desear ser tenido por clemente y no por cruel. Sin embargo, debo advertir que él debe temer el hacer mal uso de su clemencia”. Aunque hay un momento en el que “un príncipe no debe temer, pues, la infamia ajena a la crueldad, cuando necesita de ella para tener unidos a sus gobernados, e impedirles faltar a la fe que le deben; porque con poquísimos ejemplos de severidad serás mucho más clemente que los príncipes que, con demasiada clemencia, dejan engendrarse desórdenes acompañados de asesinatos y rapiñas, visto que estos asesinatos y rapiñas tienen la costumbre de ofender la universalidad de los ciudadanos, mientras que los castigos que dimanan del príncipe no ofenden más que a un particular”; y esto se debe, en general, porque “los hombres son ingratos, volubles, disimulados, que huyen de los peligros y son ansiosos de ganancias. Mientras que les haces bien y que no necesitas de ellos, como lo he dicho, te son adictos, te ofrecen su caudal, vida e hijos, pero se rebelan cuando llega esta necesidad”[17].

Como escribía Maquiavelo en los Discursos, “cuando la masa es corrompida en un Estado, las buenas leyes no sirven ya de nada, a no ser que se confíe su ejecución a un hombre que pueda tener suficiente fuerza para hacerlas observar, de modo que la masa se haga con ellas virtuosa”, que debe superar “la corrupción y la poca aptitud para la vida libre” que surge de la injusta desigualdad[18]. Los medios eran, ante el contexto, los que justificaban los medios.

4. El líder necesario

Maquiavelo hablaba de un príncipe y de todos los príncipes: “¡Cuán digno de alabanzas es un príncipe cuando él mantiene la fe que ha jurado, cuando vive de un modo íntegro y no usa de astucia en su conducta!. Pero la realidad supera a la ficción, ya que “la experiencia de nuestros días nos muestra que haciendo varios príncipes poco caso de la buena fe, y sabiendo con la astucia, volver a su voluntad el espíritu de los hombres, obraron grandes cosas y acabaron triunfando de los que tenían por base de su conducta la lealtad”.

Leyes y fuerza, los dos modos de defenderse de cada comunidad: “el primero es el que conviene a los hombres; el segundo pertenece esencialmente a los animales; pero, como a menudo no basta, es preciso recurrir al segundo”. Ambos van juntos para el éxito, porque “desde que un príncipe está en la precisión de saber obrar competentemente según la naturaleza de los brutos, los que él debe imitar son la zorra y el león enteramente juntos”. Ahora bien “es necesario saber bien encubrir este artificioso natural y tener habilidad para fingir y disimular. Los hombres son tan simples, y se sujetan en tanto grado a la necesidad, que el que engaña con arte halla siempre gentes que se dejan engañar”. Dio en el clavo: adaptarse y venderse, como lo hacen todos:“no es necesario que un príncipe posea todas las virtudes de que hemos hecho mención anteriormente; pero conviene que él aparente poseerlas”; porque “un príncipe, y especialmente uno nuevo, que quiere mantenerse, debe comprender bien que no le es posible observar en todo lo que hace mirar como virtuosos a los hombres”. Para ello “su espíritu debe estar dispuesto a volverse según que los vientos y variaciones de la fortuna lo exijan de él; y, como lo he dicho más arriba, a no apartarse del bien mientras lo puede”, superando siempre las dificultades para conservar su Estado, y “si sale con acierto, se tendrán por honrosos siempre sus medios, alabándoles en todas partes: el vulgo se deja siempre coger por las exterioridades, y seducir del acierto”[19].

Porque encontramos como muchos políticos buscan, casi siempre, el aplauso fervoroso de las masas (con prebendas o gastos fastuosos) para ganar a corto plazo, y que evitan tener que tomar aquellas decisiones que, empíricamente, son necesarias para la armonía o la sostenibilidad a medio y largo plazo.“El príncipe debe evitar ser despreciado y aborrecido”“lo que puede hacerle odioso y despreciable”; algo que todos persiguen, ya que “cada vez que él lo evite habrá cumplido con su obligación, y no hallará peligro ninguno en cualquiera otra censura en que pueda incurrir”. Para ello se despliega todo tipo de propaganda política, social y cultural al servicio del poder que, los unos y los otros, utilizan desde siempre para domeñar los espíritus o apaciguar sus instintos[20]:“siempre que no se quitan a la generalidad de los hombres su propiedad ni honor viven ellos como si estuvieran contentos; y no hay que preservarse ya más que de la ambición de un corto número de sujetos”[21].

Un líder que debe ser popular, usando los medios antes descritos:“alabaré tanto al que haga fortalezas como al que no las haga, pero censuraré al que fiándose mucho en ellas tenga por causa de poca monta el odio de sus pueblos”[22].Propaganda legitimadora de la auctoritas que consiga ganar muchos más votos y acallar las críticas. Hasta los regímenes aparentemente más progresistas y liberales necesitan cumplir esta máxima:“uno de los más poderosos preservativos que el príncipe pueda tener contra las conjuraciones es, pues, el de no ser aborrecido ni menospreciado por la universidad de sus gobernados”, y nada mejor que grandes campañas publicitarias, el culto a la personalidad o símbolos comunes y emotivos, ya que “ninguna cosa le granjea más estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas”.

Eso si, al final los hechos reales mandan; para Maquiavelo eran necesarios políticos centrados en resolver y atender las necesidades de los ciudadanos, defender las verdaderas libertades, impulsar a los sectores realmente productivos, reconocer el servicio de los que aporten a la colectividad, e impulsar la armonía y el desarrollo: “un príncipe debe manifestarse también amigo generoso de los talentos y honrar a todos aquellos gobernados suyos que sobresalen en cualquier arte. En su consecuencia, debe estimular a los ciudadanos a ejercer pacíficamente su profesión, sea en el comercio, sea en la agricultura, sea en cualquier otro oficio; y hacer de modo que, por el temor de verse quitar el fruto de sus tareas, no se abstengan de enriquecer con ello su Estado, y que por el de los tributos, no sean disuadidos de abrir un nuevo comercio” y “preparar algunos premios para cualquiera que quiere hacer establecimientos útiles, y para el que piensa, sea del modo que se quiera, en multiplicar los recursos de su ciudad y Estado”; pero sobre todo, y a veces es lo más importante, “ocupar con fiestas y espectáculos a sus pueblos[23].

Líderes que sea capaces de “seguir el curso medio” pero que tengan clara su misión en pro de la “autoridad soberana”; por ello, insistía Maquiavelo, en que “conviene que los buenos consejos, de cualquiera parte que vengan, dimanen de la prudencia del príncipe, y que ésta no dimane de los buenos consejos que él recibe”[24]. Los líderes, de ayer y de hoy, buscan esa soberanía antigua o nueva tanto en épocas de bonanza (preparación) como de crisis (sacrificio):“así tendrá una doble gloria: la de haber dado origen a una nueva soberanía, y la de haberla adornado y corroborado con buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos; así como tendrá una doble afrenta el que, habiendo nacido príncipe, haya perdido su Estado por su poca prudencia”. Pero ante todo,“las únicas defensas que sean buenas, ciertas y durables, son las que dependen de ti mismo y de tu propio valor”[25]

Ni mera fortuna ni simple suerte; hay algo más.“Puede ser verdad que la fortuna sea el árbitro de la mitad de nuestras acciones; pero también que es cierto que ella nos deja gobernar la otra, o a lo menos siempre algunas partes. La comparo con un río fatal que, cuando se embravece, inunda las llanuras, echa a tierra los árboles y edificios, quita el terreno de un paraje para llevarle a otro. Cada uno huye a la vista de él, todos ceden a su furia sin poder resistirle”. Pero “por más formidable que sea su naturaleza, no por ello sucede menos que los hombres, cuando están serenos los temporales, pueden tomar precauciones contra semejante río, haciendo diques y explanadas; de modo que cuando él crece de nuevo está forzado a correr por un canal”. Es decir, solo “un alma y una virtud preparada” puede hacer frente a los cambios del destino: “si la fortuna varía, y los príncipes permanecen obstinados en su modo natural de obrar, serán felices, a la verdad, mientras que semejante conducta vaya acorde con la fortuna; pero serán desgraciados, desde que sus habituales procederes se hallan discordantes con ella”, “creo juzgar sanamente diciendo que vale más ser impetuoso que circunspecto”[26].

5. Maquiavelo soberano

Y terminamos como Maquiavelo, Hablando de un tiempo de crisis, de la soberanía de las naciones, de la esencia de la política, y de la organización social. Hoy tocan decrecimientos y pandemias, libertades cuestionadas y amenazas al bienestar. Ayer el florentino clamaba por una identidad y por una misión: un país que liberar, ante la colonización extranjera, y un poder soberano al que seguir. Como escribía en su “Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros”, a modo de llamamiento y de epílogo:“Vémosla rogando a Dios que le envíe alguno que le redima de las crueldades y ultrajes que le hicieron los bárbaros. Por más abatida que ella está, la vemos con disposiciones de seguir una bandera, si hay alguno que la enarbole y la despliegue”.

Era la hora de la reacción nacional, poniendo los medios disponibles para tal empresa. Nuevas leyes, nuevas instituciones y nuevas batallas:“aquí hay una sobresaliente justicia; porque una guerra es legítima por el solo hecho de ser necesaria, y las guerras son actos de humanidad, cuando no hay ya esperanzas más que en ellas. Aquí son grandísimas las disposiciones de los pueblos, y no puede haber mucha dificultad en ello cuando son grandes las disposiciones”. Y el problema, antes como ahora, era la falta de líderes adecuados, orgullosos, prudentes, formados para educar a un pueblo y guiarlo en la guerra militar, política, económica o cultural: “la debilidad de sus jefes es la única causa de ello; porque los que la conocen no quieren obedecer, y cada uno cree conocerla. No hubo, en efecto, hasta este día, ningún sujeto que se hiciera bastante eminente por su valor y fortuna, para que los otros se sometiesen a él”. Y recogía para ello, como conclusión, los versos de Petrarca:“el valor tomará las armas contra el furor; y el combate no será largo, porque la antigua valentía no está extinguida todavía en el corazón de los italianos”[27].

NOTAS

[1]    Como supuesta antítesis encontramos el texto El antimaquiavelo (1740), obra escrita por Federico II de Prusia y publicada por filósofo Voltaire, que oponía a las tesis de simples “conspiraciones principescas” del florentino su racional y benevolente “despotismo ilustrado” como mejor forma de política estatal.

[2]    Utilizamos, entre las numerosas y diferentes traducciones, la versión de Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, de Espasa-Calpe, recogida en Cervantes virtual.

[3]    Como señala Jerónimo Molina, estudiando la obra de Raymond Aron, el maquiavelismo “tiene que ver tanto con una aproximación teórica a lo político como objeto de conocimiento científico, como con una visión realista de la relación de fuerzas en política, es decir, con una mediación entre la Historia y la Política”. J. Molina, “Raymond Aron ante el maquiavelismo político”. En Revista Internacional de Sociología, 2008.

[4]    Maquiavelo no fue ni republicano ni monárquico, sino estudioso de la mejor forma de gobierno por sus hechos y efectos. Así señaló que “un pueblo corrompido que se puso en república no puede mantenerse en ella más que con una suma dificultad. (cap. 17, del lib. I), o “cuando un Estado monárquico empezó bien, puede mantenerse en él un príncipe débil; pero no hay ningún reino que pueda sostenerse cuando el sucesor de este príncipe es tan débil como él” (cap. 19, del lib. I). Versión de Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, en Cervantes virtual.

[5]    Maquiavelo, op. cit, cap. III.

[6] Ídem.

[7]    Maquiavelo, op. cit, cap. VI.

[8]    Eso si, sabiendo que “cualquiera que cree que los nuevos beneficios hacen olvidar a los eminentes personajes las antiguas injurias camina errado”. Maquiavelo, op. cit, cap. VII.

[9]    Al respecto apuntaba que “los actos de severidad mal usados son aquellos que, no siendo más que en corto número a los principios, van siempre aumentándose, y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y de mirar a su fin”. Y por ello, “el que obra de otro modo por timidez, o siguiendo malos consejos, está precisado siempre a tener la cuchilla en la mano; y no puede contar nunca con sus gobernados, porque ellos mismos, con el motivo de que está obligado a continuar y renovar incesantemente semejantes actos de crueldad, no pueden estar seguros con él”. Maquiavelo, op. cit, cap. VIII.

[10]  Maquiavelo, op. cit, cap. IX.

[11]  Maquiavelo, op. cit, cap. X.

[12]  Maquiavelo, op. cit, cap. XII.

[13]  Maquiavelo, op. cit, cap. XIII.

[14]  Concluía que “tan lejos de permanecer ocioso en tiempo de paz, fórmese entonces un copioso caudal de recursos que puedan serle de provecho en la adversidad, a fin de que si la fortuna se le vuelve contraria, le halle dispuesto a resistirse a ella”. Maquiavelo, op. cit, cap. XIV.

[15]  Asimismo“es necesario que el príncipe sea bastante prudente para evitar la infamia de los vicios que le harían perder su principado; y aun para preservarse, si lo puede, de los que no se lo harían perder”. Ahora bien, “no tema incurrir en la infamia ajena a ciertos vicios si no puede fácilmente sin ellos conservar su Estado; porque si se pesa bien todo, hay una cierta cosa que parecerá ser una virtud, por ejemplo, la bondad, clemencia, y que si la observas, formará tu ruina, mientras que otra cierta cosa que parecerá un vicio formará tu seguridad y bienestar si la practicas”. Maquiavelo, op. cit, cap. XV.

[16]  Maquiavelo subrayaba que “la liberalidad que te impidiera que te temieran, te sería perjudicial” o que “la única cosa que pueda perjudicarte, es gastar el tuyo”. Por ello “hay más sabiduría en no temer la reputación de avaro que no produce más que una infamia sin odio, que verse, por la gana de tener fama de liberal, en la necesidad de incurrir en la nota de rapaz, cuya infamia va acompañada siempre del odio público”. Maquiavelo, op. cit, cap. XVI.

[17]  A su juicio “el partido más seguro es ser temido primero que amado, cuando se está en la necesidad de carecer de uno u otro de ambos beneficios”, ya que “los hombres temen menos el ofender al que se hace amar que al que se hace temer, porque el amor no se retiene por el solo vínculo de la gratitud, que en atención a la perversidad humana, toda ocasión de interés personal llega a romper; en vez de que el temor del príncipe se mantiene siempre con el del castigo, que no abandona nunca a los hombres”. Maquiavelo, op. cit, cap. XVII.

[18] Discursos, op.cit. Y señalaba que “el populacho es atrevido, pero en el fondo es debilísimo” (cap. 52, del libr. I) y que “cualquiera que llega de una condición baja a una suma elevación, lo consigue mucho más con el fraude que con la fuerza” (cap. 13, del lib. II)

[19]  Pero “si él las posee realmente, y las observa siempre, le son perniciosas a veces; en vez de que aun cuando no las poseyera efectivamente, si aparenta poseerlas, le son provechosas”. Maquiavelo, op. cit, cap. XVIII.

[20]  Maquiavelo, op. cit, cap. XIX.

[21] “Un príncipe tiene dos cosas que temer, es a saber: en lo interior de su Estado, alguna rebelión por parte de sus súbditos; y segundo, por afuera, un ataque por parte de alguna potencia vecina. Se precaverá contra este segundo temor con buenas armas y, sobre todo, con buenas alianzas, que él conseguirá siempre si él tiene buenas armas”. Maquiavelo, op. cit, cap. XIX.

[22]  Maquiavelo, op. cit, cap. XX.

[23]  Maquiavelo, op. cit, cap. XXI.

[24]  Maquiavelo, op. cit, cap. XXIII.

[25]  Maquiavelo, op. cit, cap. XXIV.

[26]  Maquiavelo, op. cit. cap. XV.

[27]  Maquiavelo, op. cit, cap. XXVI.

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