Juan Manuel de Prada

En estos minutos de la basura de la modernidad se hace más estragadora aún la subversión de las humanas jerarquías sobre la que se asienta su tiranía. En un orden político sano, gobiernan hombres prudentes que se dejan aconsejar por los sabios. Leonardo Castellani decía que sabia es la persona que abarca «todas las ciencias armadas en sabiduría», convirtiéndolas en habitus vital. Los sabios son gente muy rara (en el doble sentido de «escasa» y de «preciosa») que «ven todo el mundo a través de su ciencia, la hallan en todas partes, se hallan en ella, y están haciendo allí continuos descubrimientos, en luna de miel o noviazgo perpetuo». Esta especie rara de los sabios no puede, sin embargo, sobrevivir

en democracia (o sólo puede hacerlo en sus márgenes, viviendo de incógnito), que por envidia de la verdad organizó una turbamulta de «saberes» (añicos de sabiduría) que reparte generosamente entre sus adeptos, a modo de ladillas en putiferio o caramelos en cabalgata, mediante la expedición de títulos universitarios. Y así, en ausencia de los auténticos sabios, surgen los llamados «expertos», sabihondines de saldo que se las dan de peritos en tal o cual materia, aunque las más de las veces no sean más que charlatanes que, sin embargo, sugestionan a las masas, pues son los sacerdotes de la Ciencia, que es la religión de nuestra época.

La tragedia se completa porque estos «expertos» asesoran a gobernantes que ya no son hombres prudentes, sino «insensatos» en el sentido terrible que el mismo Castellani daba a la palabra en su sublime clasificación de los tontos: 1) Tonto a secas; esto es, ignorante. 2) Simple; esto es, tonto que se sabe tonto. 3) Necio; esto es, tonto que no se sabe tonto. 4) Fatuo; esto es, tonto que no se sabe tonto y además quiere hacerse el listo. Y 5) Insensato; esto es, tonto que no se sabe tonto y encima quiere gobernar a los demás. Esta colusión del insensato y el experto en contra del pueblo es demoledora, porque entretanto el pueblo se ha convertido en masa cretinizada que se traga con gula las ocurrencias del experto, como si fuesen croquetas o pedos de monja. Así está ocurriendo durante esta plaga, en la que el experto oficial del reino (o republiquita coronada… y vírica) dictaminó que en España no se producirían más allá de uno o dos casos, o animó a los españoles a asistir a manifestaciones globalistas que eran un cocedero coronavírico. Y ahí sigue el tío, sin recortarse siquiera las cejas, soltando ocurrencias (ahora infectado él mismo) que la masa croquetea y pedorrea tan ricamente.

Estos «expertos» nos aseguran, sin tener ni repajolera idea, que el virus no puede haber sido mutado en un laboratorio, aunque se sepa con certeza que en Wuhan llevaban años manipulando virus; o un día desdeñan las mascarillas como si fuesen embozos carnavaleros y al día siguiente nos exigen que nos las pongamos hasta para mear; o bien nos dicen que el virus no se transmite por el aire, para al cabo de una semana insinuar lo contrario. Y toda esta facundia veleidosa (que no es sino la ruminatio schizofrenica de unos farsantes que, a fuerza de improvisar, se hacen la picha un lío) guía la labor de los gobernantes insensatos, que así convierten las naciones que dirigen (hasta el barranco) en bólidos pilotados por chimpancés. Y las masas cretinizadas, entretanto, van disfrutando con cada acelerón o volantazo como si estuviesen montadas en el «gusano loco», aunque en cada viraje se queden unos miles de cadáveres en la cuneta. ¡Pero, chico, la tranquilidad que brinda saber que la crisis está científicamente gestionada!

Recordemos lo que dijo un Sabio odiado por insensatos y expertos: «Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

Fuente: XLSemanal

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