Vicente Quintero

Durante las Cruzadas, fueron destruidos los últimos rasgos y vestigios de unidad entre cristianos occidentales y orientales. El Oriente cristiano se vio amenazado, no solo por el Islam en Oriente, sino por los cristianos provenientes de Occidente. La violencia de los cruzados occidentales contra los cristianos ortodoxos orientales profundizó la brecha histórica entre estos y sus hermanos occidentales. ¿Por qué?

Tanto la Iglesia de Occidente como la Iglesia de Oriente son signatarias de los 7 primeros concilios ecuménicos, lo cual les da el carácter de católicas, universales y ecuménicas a ambas iglesias.

El Imperio Romano: una corte occidental y una corte oriental

Con sus altos y bajos, el Imperio Romano Cristiano de Oriente logró mantener su estabilidad cultural y político-administrativa hasta bien entrado el período que la historiografía tradicional define como Edad Media — la cual, en palabras del historiador Jacques Le Goff, no ha terminado — . Y es que algunos ignoran que, cuando se habla de la caída del Imperio Romano, muchas veces se refieren a la caída del Imperio Romano de Occidente, el cual llegó a su etapa final mucho antes que su homólogo oriental. Si bien el Imperio Romano de Occidente colapsó en 476, su corte imperial no fue formalmente disuelta sino hasta 480. Mientras tanto, la corte imperial oriental sobrevivió hasta 1453. Desde 480 hasta 1453, existieron proyectos que plantearon el renacimiento del Imperio Romano, a través de la unificación de Occidente con Oriente. Ninguno prosperó.

No debe ignorarse que, los términos Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente son categorías históricas, acuñadas por los historiadores contemporáneos. Los romanos de entonces no tenían noción de la existencia de dos imperios; se asumía que existía un solo Imperio Romano como entidad política administrativa, en el cual existían dos cortes imperiales que ejercían el poder y la autoridad. Después del asesinato de Marco Aurelio Severo Alejandro, el 18 de marzo de 235, el Imperio Romano había entrado en una profunda crisis de gobernabilidad, período conocido como la crisis del Siglo Tercero. El riesgo que representaban los persas en el oriente del Imperio Romano y el establecimiento de facto de un Imperio Gálico, en los territorios que hoy comprenden España, Francia, Alemania y Gran Bretaña (260-274), fueron algunos de los factores principales que exigieron cambios en la estructura del poder del Imperio Romano, con el fin de garantizar su estabilidad política.

En la práctica, las vicisitudes del poder y la historia hicieron que, desde los tiempos del emperador Diocleciano (284-305), quien introdujo a la legislación romana la tretarquía, a través de cuya institución se formalizó la existencia de dos emperadores superiores que llevaban el título de Augusto, uno en el Este y otro en el Oeste, cada uno con un César designado (emperador menor y sucesor elegido). Aunque este sistema no duró mucho tiempo, la división político-administrativa Este-Oeste perduró, gracias a posteriores reformas, durante varios siglos. Después de la muerte de Teodosio I en 395, este dividió las provincias del Imperio Romano entre sus dos hijos, con Honorio como su sucesor en Occidente, gobernando desde Milán (Mediolanum), y Arcadio como su sucesor en Oriente, gobernando desde Constantinopla. De manera que, si bien es cierto que oficialmente existió un único Imperio Romano, las dos cortes imperiales eran de facto independientes, al menos hasta cierto punto.

El Saqueo de Constantinopla el Viernes Santo de 1204: el declive del Oriente cristiano y la decadencia moral de los cruzados

Constantinopla (hoy Estambul en Turquía), construida a partir del año 325 DC, fue la capital del llamado hoy Imperio Romano de Oriente durante alrededor de un milenio. Bizancio, llamado así por su fundador mitológico, Bizas o Bizante, hijo del dios Neptuno, fue un asentamiento griego fundado en el siglo VII AC, debido a la importancia estratégica del sector. Cinco años después de que comenzara su construcción, la ciudad fue conocida como Constantinopla, es decir, la ciudad del emperador Constantino. Durante más de mil años, fue conocida como una de las ciudades más ricas, prósperas y cultas del mundo.

Gustave Doré — Muerte de Baldwin, Rey de Jerusalén.

Su época de mayor apogeo político fue en los tiempos del emperador Justiniano (527–65), cuando incluía en su jurisdicción parte de Italia, los Balcanes, el norte de la Hungría moderna, Egipto, Asia Menor, Siria y Palestina, la Costa Norteafricana, e incluso algunas partes de España. La extensión de Constantinopla se vio drásticamente afectada en el siglo VII, cuando las provincias orientales de Siria, Egipto y Palestina fueron atacadas por los ejércitos arabes. Eventualmente, Constantinopla recuperó su autoridad en Asia Menor, aunque Siria y Egipto no fueron nuevamente reconquistadas.

 

La cruz bizantina ortodoxa, o cruz eslava.

Según John Binns (2009, p. 236), fueron las Cruzadas las que convirtieron las antipatías existentes en los polos cristianos en odio; las Cruzadas desalentaron las intenciones de reconciliación y unificación cristiana. Aunque las Cruzadas fueron impulsadas por el Papa Urbano II con las mejores intenciones, debido a que este era un gran amigo de Bizancio y estaba consciente de la importancia de proporcionarle asistencia militar a Constantinopla en contra de los turcos; deseaba unificar nuevamente a la Iglesia y recobrar los Santos Lugares. El emperador oriental Alejo (1081–1118) participó en los preparativos de la Cruzada y envió legados al Concilio de Piacenza.

El Oriente cristiano considera que el bárbaro saqueo de Constantinopla fue el mayor crimen cometido por cristianos contra cristianos; acto que además abrió paso a los invasores turcos hasta el corazón de Europa. El 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano II dio un sermón en el Concilio de Clermont, a través del cual exhortó al Occidente cristiano para que rescatase los Santos Lugares de los infieles y asegurase el camino a los peregrinos que se dirigían al lugar del nacimiento de Cristo; a la ciudad de su muerte y resurrección. Fue entusiástica la respuesta de los cristianos occidentales. Es así que, varios ejércitos de cruzados iniciaron pronto su marcha hacia el Oriente. Ya para 1096–1097, los cruzados habían entrado en Bizancio (Zernov, 1961).

Desde un principio, el contacto entre los cruzados occidentales y los cristianos ortodoxos orientales no fue alentador. Los cruzados quedaron fascinados por las costumbres orientales, a pesar de ser también cristianos. Las iglesias cristianas ortodoxas, con cúpulas e iconos, eran distintas a los edificios que conocían estos en Occidente; las liturgias eran diferentes y no les eran inteligibles. Los simples soldados creían que se habían encontrado, prácticamente, con una religión ajena a la suya propia.

Tanto Nikolay Zernov (1961) como John Binns (2005) coinciden en que la falta de cumplimiento de los acuerdos por parte de Occidente fue una de las causas de la profundización de la brecha que ha separado al Cristianismo occidental del oriental. Para los cristianos orientales, la prioridad era la seguridad del Imperio Romano; proporcionar una base segura para la recuperación de los Santos Lugares. Desde el punto de vista estratégico-militar, la primera Cruzada logró el objetivo acordado: tomar de nuevo Jerusalén en el año 1099, si bien el costo de tal adquisición fue la muerte de muchos habitantes, no solo musulmanes, sino también cristianos.

El emperador Alejo tenía la necesidad de reclutar fuerzas para su campaña militar contra los turcos. Pero la vista de una fuerza foránea que marchaba a través de su territorio, dirigiendo la guerra sobre sus propios términos con el propósito de crear principados occidentales independientes en los antiguos dominios del Imperio, le alarmó en gran manera. Como buen diplomático y administrador, concertó un convenio con los occidentales, a través del cual se pactó que cualquier provincia conquistada se debía restituir al emperador. Algunos de los cruzados, cuyo prototipo era Godefredo de Bouillon, eran hombres de honor y cumplieron fielmente sus acuerdos. Otros insistieron en que cada cual debía retener sus propias conquistas. Los cristianos orientales quedaron estupefactos al ver a obispos, abades y monjes armados de pies a cabeza y comportándose como soldados bárbaros, salvajes y ordinarios. Cuando se tomaba por asalto una nueva ciudad, toda la población sufría a manos de los invasores, sin mostrar los cruzados ningún respeto por las vidas y bienes de los habitantes, incluso si se trataba de cristianos. A los ortodoxos también les desconcertó encontrar tan gran diferencia entre el concepto eclesiástico de los latinos y el suyo propio; a veces sentían que trataban con seres que profesaban otra religión.

Y ya en la primera Cruzada se vio la traición de los cristianos occidentales: Bohemundo conquistó Antioquía, y en vez de reintegrarla al emperador bizantino Alejo, tal como había sido acordado, se la quedó para sí. Esta situación generó una muy complicada situación política y religiosa: el antagonismo clerical se profundizó todavía más; el patriarca de Antioquía se vio forzado a regresar a Constantinopla y murió en 1100; los latinos y los griegos de Antioquía eligieron sucesores para el patriarcado, cada uno protegiendo sus intereses grupales, lo cual instauró dos líneas rivales de sucesión patriarcal; el Papa Pascal II declaró la guerra santa contra Constantinopla y le dio su apoyo a Bohemundo, quien concibió la idea de dirigir una Cruzada especialmente dirigida contra los ortodoxos. En 1103, después de haber sido liberado del cautiverio turco, recorrió Europa reclutando un nuevo ejército, esta vez no contra los infieles, sino contra el Imperio Romano de Oriente, acusando a Alejo de ser amigo de los infieles. No tuvo éxito, pero la idea de una guerra santa contra los cismáticos se mantuvo durante cierto tiempo, lo cual empeoró las relaciones entre Occidente y Oriente.

Los acontecimientos históricos del siglo XII no fueron más alentadores. Luego de que los cristianos ortodoxos orientales marcaran distancia de los occidentales, la Segunda Cruzada terminó siendo un fracaso; les exigieron que pasaran por sus territorios lo más rápido posible, y en términos mucho menos amistosos que antes. Los occidentales y los orientales se acusaron, los unos a los otros, del fracaso de la contienda. Durante la Tercera Cruzada, Ricardo I de Inglaterra conqusto Chipre, y Federico Barbarroja de Alemania dirigió un ataque militar contra el emperador Isaac II Ángelo, con apoyo de serbios, búlgaros y disidentes bizantinos ortodoxos. Antes de la Cuarta Cruzada, las relaciones entre Occidente y Oriente ya estaban lo suficientemente deterioradas.

Los cruzados, durante este siglo, consiguieron varias plazas fuertes en Siria y Palestina, aunque no lograron establecer un orden político estable y tampoco fueron capaces de expulsar a los mahometanos. Las urbes comerciales italianas de Venecia, Génova y Pisa establecieron puntos de comercio en donde les fue posible, a partir de sus propios intereses, que no siempre coincidían con los intereses del poder religioso, y tampoco con los del poder político. Cabe destacar también que, debido a la fragilidad del Imperio Romano de Oriente durante este período, fue común que los candidatos al trono invocaran la ayuda de los extranjeros occidentales, si tal asistencia les permitiría hacerse con el poder.

Inspirado por el mismo paradigma del papa Urbano II, el papa Inocencio III quiso ver a las naciones cristianas marchando, más como un organismo cohesionado que como una fuerza unida, en defensa de la fe verdadera y contra los seguidores del falso profeta. Sin embargo, estos militares de la Cuarta Cruzada fueron acaudillados por el marqués Bonifacio de Montferrato, que aceptó la oferta veneciana de transportar su ejército de cruzados por mar a Egipto si quería capturar la ciudad de Zadar y entregarla. Así, la primera hazaña militar de los Caballeros de la Cruz fue tomar y saquear una ciudad cristiana que pertenecía al rey de Hungría, buen cristiano que tenía positivas relaciones con el Papa Inocencio que, indignado y en respuesta a la barbarie de los cruzados, decidió excomulgarlos, aunque pronto les perdonó, esperando que dirigieran su atención a la guerra contra los sarracenos.

Cuando los cruzados todavía celebraban su victoria sobre Zadar, el príncipe bizantino Alejo, hijo del depuesto emperador Isaac Angelo (1185–1996), llegó a su campamento y pidió a Bonifacio de Montferrato que le ayudase a recuperar el trono de su padre. Los cruzados se prestaron a ayudar al pretendiente, y los venecianos ofrecieron su flota. En abril de 1203, los cruzados zarparon de Zadar y llegaron a Constantinopla en junio. El emperador Alejo III (1195–1203) no hizo preparativos para defender la ciudad, pero la población local le dio apoyo y se negó a admitir al pretendiente. Los cruzados habían esperado un fácil triunfo y se sintieron decepcionados de tal respuesta, razón por la cual decidieron categóricamente que, había que luchar contra los defensores de Constantinopla. Alejo III no estuvo dispuesto a luchar, así que huyó de Constantinopla y los oficiales repusieron en el trono al ciego Isaac Angelo. Los cruzados aceptaron una tregua, a condición de que su candidato, el señor Alejo IV, fuese proclamado co-emperador con su padre. Alejo confirmó, por su parte, su disposición a respetar y honrar todas las obligaciones que había contraído en Zadar, incluyendo la sumisión al papado y las concesiones comerciales a Venecia.

Lamentablemente, las precipitadas promesas que hizo el joven príncipe resultaron difíciles de cumplir. El tesoro estaba vacío y no habían suficientes recursos para honrar tales compromisos; el Patriarca y el pueblo se negaron a reconocer al papa como cabeza de la única Iglesia verdadera; los venecianos eran aborrecidos por la población local; nadie respetaba a un emperador invidente, asumido como un inválido. En el mes de febrero de 1204, la población destronó a Alejo IV. Perecieron tanto él como su padre, y otro noble, llamado Alejo Murzúfulo, fue proclamado emperador.

Ya para estos tiempos, los cruzados consideraban enemigos suyos tanto a los cristianos orientales como a los mahometanos. En 1204, Constantinopla fue atacada por los cruzados, y, después de una lucha breve, pero feroz, entraron en la ciudad el 13 de abril (Viernes Santo), y durante tres días saquearon salvajemente la gran capital del Oriente cristiano, que nunca había sido conquistada con anterioridad, razón por la cual este evento fue considerado un duro golpe histórico al orgullo del pueblo cristiano ortodoxo bizantino. La ciudad albergaba innumerables e insustituibles tesoros de la antigüedad clásica grecolatina del arte.

La cristiana ciudad de Constantinopla fue testigo de la orgía, el bacanal, la borrachera y la violación sexual; fueron destruidos palacios, iglesias, bibliotecas y colecciones de arte; fueron profanados los monasterios y conventos; saqueadas las casas, los albergues, los hospitales y los orfanatos. Los excesos llegaron al extremo de haber puesto a una prostituta borracha en el trono del patriarca, en la catedral de Santa Sofía, desde donde se cantaron indecentes canciones con aplauso de los cruzados occidentales, mientras que los caballeros se ocupaban en hacer pedazos el altar mayor que, estaba hecho de oro y adornado con piedras preciosas. En aquellos tres días, Constantinopla quedó devastada; cuantiosos bienes fueron robados y cristianos ortodoxos asesinados.

Las intrigas y rivalidades en torno a la sucesión imperial bizantina y las oportunidades de enriquecimiento, hicieron que la ciudad cristiana de Constantinopla terminara siendo un objetivo más atractivo que la ciudad de Jerusalén, en ese entonces ocupada por los musulmanes.

El Mea Culpa: ¿qué perdió la Iglesia?

Jesucristo fundó una sola Iglesia. La Iglesia Santa, Católica y Apostólica, que a juicio de los cristianos orientales, está representada por la Iglesia Ortodoxa, cuyo nombre oficial es Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa. La Iglesia es solo una porque está formada y representada por un único cuerpo espiritual; tiene una sola cabeza, que es Jesucristo, y se sostiene en la unidad del espíritu divino de Dios. Es santa en sus cimientos, que son Jesucristo y el Espíritu Santo. Es apostólica porque conserva la doctrina y la sucesión de los dones del Espíritu Santo, desde el tiempo de los Apóstoles. Es ortodoxa porque sigue la doctrina recta y es la fiel representación de la fe verdadera.

Después de las Cruzadas, y muy en particular, a partir del ataque a Constantinopla, la Iglesia perdió su unidad; el Imperio Romano de Oriente, la fuerza de resistencia a los invasores asiáticos. El sentido de cofraternidad entre los cristianos orientales y occidentales, que había sobrevivido a tantos reveses y pruebas; que había resistido tantos intentos de ruptura; sufrió finalmente su colapso definitivo. Después de lo ocurrido en Constantinopla, los cristianos orientales ortodoxos no pudieron decir nuevamente que los latinos y los griegos eran miembros de la misma Iglesia; la separación entre Occidente y Oriente, cuyo origen ya estaba en el cisma de 1054, se profundizó todavía más.

Los profanados altares; los sagrados vasos cristianos manchados de sangre; las saqueadas casas religiosas; las mujeres violadas y deshonradas por la barbarie del cruzado; los hombres que perdieron su vida, honor y hasta hombría, al ser asesinados, ridiculizados y violados también; y el fuego que quemaba lo que el esfuerzo del trabajador griego había cosechado y construido no durante décadas, sino muy largos siglos; edeclararon con elocuencia el fin de la unidad cristiana. Al principio, el papa Inocencio se horrorizó con las noticias de lo ocurrido, pero más tarde, se reconcilió con los cruzados, pues estos eligieron a su propio emperador y patriarca, quienes reconocieron la primacía del Papa en nombre de la arruinada, violada y ultrajada ciudad.

Los occidentales gobernaron en Constantinopla alrededor de medio siglo, el cual estuvo marcada por la inestabilidad y los constantes enfrentamientos entre griegos y latinosEl Imperio latino de Constantinopla llevó una tenebrosa existencia durantemedio Siglo (1204–1261). En 1261, Constantinopla fue recuperada por Miguel VIII El Paleólogo (1260–82) y vivió un período de cierto resurgimiento cultural. Miguel VIII el Paleólogo expulsó a los cruzados y retornó a Constantinopla desde Nicea, donde el gobierno griego había encontrado refugio temporal. Bizancio sobrevivió durante otros doscientos años, aunque sin el mismo resplandor de sus mayores tiempos de gloria. Ya en en el siglo XV, Constantinopla fue ocupada por los musulmanes; su capacidad militar, cultural y moral había sido destruida desde los tiempos de las Cruzadas y no logró recuperarse. Los turcos, una vez llegados a Constantinopla, llegaron para quedarse.

Los cruzados no libraron, en realidad, a la Tierra Santa del yugo mahometano; al contrario, le entregaron el Oriente cristiano a los musulmanes. La profunda destrucción de Constantinopla, que no debe ser evaluada únicamente en términos materiales, sino además en los culturales, espirituales y morales, minó la capacidad de defensa de las milicias bizantinas y el pueblo cristiano ortodoxo oriental. Los mismos cristianos que profesan las lecciones del cristianismo, violaron al pueblo de Constantinopla en nombre de la fe y robaron su sagrada pureza, la cual es mucho más valiosa que todas las grandes obras de arte que albergaba la capital del Imperio Romano de Oriente.

Aunque la Iglesia Católica de Occidente, cuya sede administrativa se encuentra en el Vaticano, ha entonado recientemente el mea culpa por los pecados cometidos por los cristianos occidentales en contra de los ortodoxos orientales, todavía hacen falta más esfuerzos para que ese Mea Culpa sea asumido como un acto sincero, voluntario y genuino. La reconciliación entre cristianos es posible; todos somos pecadores y cometemos errores. Y debe recordarse que Jesucristo fundó una única Iglesia, que lleva alrededor de un milenio desintegrada entre unos y otros que asumen ser sus legítimos representantes.

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