Víctor Lenore

Hace daño a los ojos releer el texto que escribió el pasado 5 marzo Giorgio Agamben, filósofo italiano de renombre internacional. Transcribo aquí las primeras palabras: “Frente a las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debido al coronavirus…”

Cierto que se apoyaba en un texto tranquilizador del Consejo Nacional de Investigación italiano donde se minimizaba la pandemia, pero las conclusiones políticas que extraía de la crisis resultan delirantes, empezando por el título escogido: “La invención de una pandemia”. Patinazo histórico.

Un fragmento: “Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites”, proclamaba. Queda claro que una inmensa cultura no garantiza hacer buenos diagnósticos sobre batallas médicas. En realidad, Agamben está aplicando la tesis que desarrolló en el ensayo Estado de excepción (2004), aunque más bien lo que ha conseguido es descubrir que no toda crisis conlleva una 'conspiranoia'. Aquí comentan su teoría en la televisión argentina, tras los atentados islamistas a la redacción de 'Charlie Hebdo' y el alargamiento del estado de alarma en Francia:

Seguramente el artículo que más ha circulado estos días lo firma el filósofo esloveno Slavoj Zizek para el portal Russia Today. En este caso, no se minimiza el impacto del Covid-19, sino que lo describe como un posible punto de inflexión política para el planeta: “El coronavirus es un golpe a lo Kill Bill al sistema capitalista”. Destaco un fragmento: “Tal vez otro virus ideológico -más beneficioso- se expandirá y tal vez nos infecte: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del Estado-nación, una sociedad que se actualice como solidaridad global y cooperación”, pronostica. Su metáfora alude a la llave más mortal de la saga Kill Bill: la técnica del corazón explosivo. Esta consiste en una combinación de cinco golpes en distintos puntos de presión del cuerpo, con el resultado de que la víctima se aleja cinco pasos, su corazón explota y cae al suelo. Resumiendo: que la crisis tendrá efectos políticos antisistema a largo plazo.

Reinvención del comunismo

¿Qué cambios piensa Zizek que podemos tener cerca? “Se trata de reflexionar sobre un triste hecho de que necesitamos una catástrofe que nos haga capaces de replantearnos los rasgos básicos de la sociedad en la que vivimos”, apunta. Profetiza que la OMS acabará teniendo poder ejecutivos globales, que perderán atractivo los coches y los cruceros, además de que el comunismo renacerá en una nueva versión. Así describe su pálpito: “Si se hospitalizan miles de personas por problemas respiratorios, se necesitará un número mucho mayor de máquinas respiratorias, y para conseguirlas, el Estado debería intervenir directamente de la misma manera que interviene en condiciones de guerra cuando se necesitan miles de armas, y debería contar con la cooperación de otros Estados. Como en una campaña militar, la información debe ser compartida y los planes totalmente coordinados. Es todo lo que quiero decir con comunismo necesario hoy en día”, explica. Recordemos que Zizek no es ningún activista hiperventilado: fue uno de los primeros en ver los límites del 15-M y pedir claramente “una Margaret Thatcher de izquierda”. Otra cosa es que su hipótesis suene más a deseo que a consecuencia probable.

En realidad, lo que pide se parece bastante a lo que Ken Loach bautizó como “El espíritu del 45”: el esfuerzo común europeo posterior a la Segunda Guerra Mundial para dotar al continente de un sistema universal de educación, sanidad y protección social, donde el Partido Laborista tuvo un papel destacado. También profetiza un serio bajón del populismo nacionalista: “La epidemia de coronavirus no sólo señala el límite de la globalización de los mercados, sino también el límite aún más fatal del populismo nacionalista que insiste en la plena soberanía de los Estados: se acabó lo de 'América (o quien sea) primero', ya que América sólo puede salvarse mediante la coordinación y la colaboración mundial”, subraya. Veremos.

¿Sanidad sin ánimo de lucro?

El artículo más ambicioso de la izquierda anglosajona estos días es “El monstruo llama a la puerta”, firmado por el sociólogo californiano Mike Davis. A lo largo de varias décadas, Davis se ha especializado en conflictos sociales globales, por ejemplo Planeta de ciudades miseria (2006) y Los holocaustos de la época victoriana tardía (2001). Su propuesta consiste en construir un sector sanitario internacional público, que no atienda al ánimo de lucro. Las líneas clave son estas: “Aunque el virus permanezca estable y mute poco, su impacto entre los menores de 65 puede ser radicalmente diferente en los países pobres y entre los grupos con un alto grado de pobreza. Solo hay que pensar en la experiencia mundial de la pandemia de gripe de 1918 (o gripe española) que se calcula que acabó con la vida de entre el 1 y el 2% de la población mundial”.

Luego continúa con la comparación: “No muy a menudo se reconoce que un 60% de la mortalidad mundial -con la gripe de 1918- tuvo lugar en el oeste de la India, donde la exportación de cereales hacia el Reino Unido y unas brutales prácticas de requisamiento coincidieron con una grave sequía. La escasez de alimentos resultante condujo a millones de personas pobres al borde de la inanición. Se convirtieron en víctimas de unasiniestra sinergia entre malnutrición, que inhibió su respuesta inmunitaria a la infección, y una neumonía bacteriana y vírica galopante”, recuerda.

Hacia el final del texto, concreta su propuesta y pide a los organismos internacionales fabriquen fármacos baratos o gratuitos para los países pobres: “El acceso a las medicinas vitales, incluidas las vacunas, los antibióticos y los antivirales deberían ser un derecho humano, y estar universalmente disponibles sin coste alguno. Si los mercados no pueden proporcionar los incentivos para producir de forma barata estos fármacos, entonces los gobiernos y las organizaciones sin ánimo de lucro deberían asumir la responsabilidad de fabricarlas y distribuirlas. La supervivencia de los pobres debe considerarse una prioridad mayor que las ganancias de las grandes farmacéuticas”, señala.

El debate en España

En nuestro país, el filósofo Santiago Alba Rico destaca que se ha roto la disciplina individualista que rige nuestras vidas: “Esta sensación de irrealidad se debe al hecho de que por primera vez nos está ocurriendo algo real. Es decir, nos está ocurriendo algo a todos juntos y al mismo tiempo. Aprovechemos la oportunidad”, señala. Está formulando uno de los dilemas principales sobre el Covid-19: ¿se trata de un paréntesis en nuestras vidas o de un cambio en las reglas del juego?

Otro de los debates calientes tiene que ver con la frase que repite Pedro Sánchez: “el virus no distingue entre clases sociales”. El novelista Isaac Rosa le ha dedicado un artículo entero: “Las consecuencias económicas del virus distinguen entre clases. En las primeras cunetas se han quedado ya miles de trabajadores, despedidos antes incluso del estado de alarma, temporales no renovados, autónomos de todo tipo, y muchísima economía sumergida que sigue existiendo aunque ya ni la nombremos”, señala.

Lo más probable, casi seguro, es que no seamos conscientes todavía de la profundidad del problema donde andamos metidos. El filósofo Fernando Broncano compartía estos días un trabajo académico de la revista Technology Review (vinculada al laboratorio del MIT) titulado No vamos a volver a la normalidad”. El modelo de crecimiento que describe el texto es el que hizo cambiar de opinión a Boris Johnson y endurecer las medidas sanitarias en el Reino Unido. “No nos trae buenas noticias. Empecé a traducir el artículo pero lo he dejado para no ayudar a la otra pandemia, la de la depresión colectiva. Se resume en que nos quedan muchos meses por delante de aislamiento total o reproducido cíclicamente cada vez que haya un repunte hasta colapsar el sistema sanitario”, avisa.

¿El fin de la globalización?

El análisis más a contracorriente es el de Manolo Monereo, militante antifranquista y dirigente de Izquierda Unida que ha trabajado muy de cerca con Julio Anguita, con el Podemos del primer Pablo Iglesias y con varios gobiernos socialistas de América Latina. Su análisis, contrario al de Zizek, es el del retorno a la importancia del Estado-nación: "Lo que digo no es popular, lo sé. Hay fronteras y fronteras y hay estados y estados, pero sin ellas no hay libertad posible. Se dirá que no son por sí mismas salvaguardia de las libertades, es verdad, pero son la garantía de las mismas. No hay república, sociedad  de hombres y mujeres libres e iguales sin Estado-nación, sin fronteras seguras y sin un poder soberano. Recuerdo aquí un libro bellísimo de Regis Debray que se llama precisamente Elogio a las fronteras (2010). En él nos cuenta el conocido intelectual francés la importancia de un mundo basado en la diversidad, en la pluralidad, en la existencia de culturas fuertemente autónomas, en diálogo permanente con las otras en un pluriuniverso que gestione los conflictos y los problemas globales", apunta en la web Cuarto Poder.

Monereo ve el éxito de China contra el Covid-19 como una confirmación de su tesis: "La palabra clave es gestión pública. Delante de nuestros ojos hemos visto en tiempo real un conjunto de decisiones políticas organizadas, ordenadas y en cascada, movilización de recursos de enormes dimensiones, planificación de acciones y coordinación de administraciones desde una disciplina social estricta. Una administración pública se mide en las crisis y hemos visto una burocracia eficiente capaz de auto enmendarse en la propia implementación de las decisiones", señala.

Fuente: Vozpopuli

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