Hugo Cuevas Soria

Desde que Héctor Illueca, Manolo Monereo y Julio Anguita escribieran su artículo ¿Fascismo en italia? Decreto dignidad, cuyo mayor error reside en un título que plantea dudas sobre lo indudable, el rojipardismo se ha convertido en uno de esos temas polémicos que copan el debate en RRSS con relativa asiduidad.

Además, se ha posicionado como un descalificativo al alza, las acusaciones de rojipardismo se reparten ahora como hace unos años se exigía el carnet de “izquierda verdadera”, probablemente, con cierto revanchismo. Sirvan de ejemplo figuras como Emmanuel Rodríguez que han acusado al militante “estalinista”, en su conjunto, aquí no se admite diversidad alguna, de rojipardo. En definitiva, peleas entre las diferentes facciones de la izquierda, nada nuevo bajo el sol.

Probablemente, si tuviéramos que elegir un personaje que representara dicha tendencia política en el imaginario colectivo, ese sería, sin lugar a dudas, el Italiano Diego Fusaro. El filósofo italiano obtendría dicha fama tras una entrevista con Esteban Hernández -cuya posición es la de quién encuentra un tema interesante, no de apoyo- que volvería a incendiar las redes en torno al tema que nos atañe. Para abordar la situación del rojipardismo en España utilizaré la figura de Fusaro como referencia. Atendiendo a su ideología, más bien a la polémica parte que nos interesa, podemos observar como esta se vertebra entorno a dos cuestiones. En primer lugar, considerándose un marxista que aboga por recuperar la soberanía nacional, muestra una opinión anti-inmigración basada en una vaga malinterpretación del “ejército de reserva” marxista, según la cual, el capital se encontraría interesado en incentivar los flujos migratorios para reducir la fuerza negociadora de una clase trabajadora con una tasa de paro creciente. En segundo lugar, crítico con la teoría de género, considera que eliminar las categorías de género, hombre y mujer, es una trampa del capitalismo para eliminar la familia como principal red de apoyo del obrero, generando con ello una sociedad más individualista. Y es que, si de algo entiende Fusaro, es de conspiraciones, pues por abrazarlas se ha considerado, incluso, antivacunas. Que necesario, para no caer en los simplismos conspiranoides, es comprender a Foucault y su definición del poder como una “telaraña” de interacciones.

Si atendemos al primero de estos ejes rojipardos, la posición antiinmigración, las caras más afectadas por el nuevo reparto de carnets son las de Anguita y Monereo. De hecho, la polémica saltó de nuevo esta semana pasada, después de que Victor Lenore, amante de la controversia, hiciera público que Monereo acudiría a la manifestación “Liberemos Italia”, marcha que entre otras personalidades convocaba Fusaro. Rápidamente se incendiaron las redes y el damnificado tuvo que defenderse: la manifestación, que se desvincula de partidos políticos, no exige otra cosa que recuperar la soberanía popular y democrática frente a una UE caníbal, cuyas acciones han condenado a los países periféricos al papel geopolítico de siervos respecto al eje franco-alemán, limitándonos con sus políticas a competir en el mercado internacional mediante la devaluación salarial y el control del déficit público, es decir, asumir la precariedad como modelo productivo. Pero, “si lo convoca Fusaro no es patriotismo, es nacionalismo” podíamos leer en Twitter. La fugacidad de la posmodernidad no atiende a la premeditación ni a la reflexión, la red del razonamiento de microsegundo primero dispara y luego, si acaso, pregunta. Es una pena, pero este absurdo etiquetado histérico está tapando un debate interesantísimo: la globalización neoliberal que encorsetó las capacidades de actuación del estado, en materia económica, está perdiendo terreno por primera vez en décadas. Y, he aquí la verdadera raíz de la polémica, están siendo las nuevas derechas quienes más están apostando por esta vía política antiglobalización, evidentemente, desde una óptica reaccionaria, nacionalista, no desde un patriotismo internacionalista. No hay más que observar a Trump y su capacidad para normalizar unas políticas arancelarias que hace unos años estaban, prácticamente, desaparecidas del imaginario colectivo por “imposibles”. No solo sus políticas, también el discurso con el que ganó las elecciones prometía devolver las fábricas a EEUU, acabar con la deslocalización de las empresas. La izquierda debe valorar incluir un discurso patriota que dispute, y transforme, la idea de “España” frente a las derechas. Discurso que sólo Íñigo Errejón parece estar dispuesto a incluir.

En cuanto al segundo eje, el antifeminismo, no podemos hablar de otro acusado que no sea Daniel Bernabé, desde que publicara La trampa de la diversidad, la crítica y el debate lo han abrazado como si del hijo pródigo se tratara y, ahora que la etiqueta rojiparda está de moda, no iba a faltar quién lo acusara de pertenecer a la “nueva” ola izquierdo-fascista. Realmente, no hay mucho que decir que no se haya dicho ya, la obra de Bernabé no representa una perspectiva antifeminista, más bien supone una crítica al feminismo (neo)liberal que promueve Cs. Aquel feminismo que asume el individualismo, justificado bajo la corrupta premisa de la libertad individual, como medio para consumir identidades y personas, como si de un clínex o cualquier otro objeto de consumo se tratara. Es decir, plantea una perspectiva en consonancia con aquellos feminismos autodefinidos como anticapitalistas.

Siendo estos ejemplos, con mayor o menor romanticismo obrero y/o deconstrucción feminista, representantes de la ideología falsamente acusada de rojipardismo, no parece absurdo afirmar que este movimiento carece de estandartes, figuras públicas o mediáticas que lo representen y promuevan en el panorama nacional, a excepción de un intelectual solitario como Vestringe, nacional bolchevique sin duda, el cual solo tiene cabida en el falso progresismo que representa La Sexta. De hecho, observando las RRSS, me atrevería a afirmar que, si existe una ola rojipardista en España, esta viene construida de abajo-arriba, ejemplo de ello podría ser el último debate en torno al SMO, la mili. Que parte de la izquierda abrace algo tan reaccionario como el militarismo es un síntoma agudo de la situación que vivimos. Y es que del patriotismo al nacionalismo solo hay pequeños matices, minúsculos si militarizamos nuestras opiniones.

¿Su nacimiento? Nuestras derrotas. Las luchas internas de la izquierda nacen de nuestra incapacidad para cambiar el sistema. Es la frustración de las derrotas acumuladas la que nos lleva a teorizar, reteorizar y, definitivamente, iniciar “quemas de brujas” en una búsqueda frenética de soluciones y culpables. Lo cual debería poner en alerta a la izquierda de este país, es en los momentos que Arrighi denominaría como “caos sistémico” en los que la batalla por la hegemonía abre la puerta a nuevos marcos políticos desde los que interpretar las nuevas realidades. De esta forma, como si de un proceso de duelo se tratara, surgen nuevos espacios políticos que vienen a cubrir las necesidades emocionales del individuo. Por ello, es posible que se esté dando el caldo de cultivo para que un partido de corte ecofascista-rojipardo vea la luz en España, un espacio político mixto entre Hogar Social Madrid y el Movimento 5 Stelle.

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