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Miguel Iradier

El llamado "estudio científico del capitalismo", venga de donde venga, ha sido desde siempre una perfecta coartada para no decapitar al capital y dar largas al asunto. Y ciertamente no estoy hablando desde posiciones "radicales" ni "revolucionarias" ni cosas por el estilo. No se necesita nada de eso para llegar a las más elementales conclusiones. Mucho menos aún estoy pensando en el derramamiento de sangre ajena ni en desquites ni en derrocar a alguien para que mejor levante su cabeza la bajeza humana. No.

Que la infinita polisemia de lo social admita un sólo tipo de análisis científico fue siempre, para decirlo suavemente, más que problemático, pero aún así se ha seguido presentando no ya como algo posible, sino hasta consumado ya por el marxismo. Sólo restaría extender el análisis hasta el tema o las condiciones objetivas de turno.

Los análisis pueden ser abstractos, infinitos e interminables; los nombres y las personas, no. Y para colmo, el más frío análisis matemático apuntaba directamente desde el principio a esas personas y nombres. Hasta tal punto apuntaba claramente, que había que hacer un gran esfuerzo por ignorarlos. Hacía falta crear teorías para olvidarlos y sacarlos del primer plano.

En un escrito anterior, titulado "Caos y transfiguración", mostraba sumariamente cómo la llamada "ley de Pareto" de los pocos indispensables, o regla del 80/20, extendida debidamente como ley sucesiva de potencias, nos lleva inequívocamente a la conclusión de que la mayor parte de la riqueza, y sobre todo del poder de decisión económico del mundo depende de no más de tres o cuatro grandes fortunas que necesariamente han de tener nombres y apellidos.

El principio de distribución de Pareto dice que el 20 por ciento de la población posee el 80 de la riqueza, pero a su vez es la quinta parte de esa quinta parte la que tiene cuatro quintos de las cuatro quintas partes —y así sucesivamente, en una ley de potencias con invariancia de escala.

Ya se ha dicho hasta la saciedad que las 62 personas más ricas tienen más patrimonio que la mitad de la población mundial, los 3.700 de millones de pobres. Lo que capta menos la atención del lector es que la mera prolongación analítica de esa ley nos dice que la mayoría del poder de la oligarquía mundial está concentrada en unas pocas manos, aún muchas menos de las que creemos: casi toda la riqueza de esos 62 sería de 12, y casi toda la riqueza de esos doce sería sólo de 3 o a lo sumo 4 personas o familias.

En algún momento, ese número podría reducirse a uno sólo, con la consecuente subordinación del resto. Concentración es el nombre del juego, con la subrogación como compensación obligada.

Aun conociendo el patio, no deja de sorprender el nulo eco que esta sobrecogedora evidencia matemática tiene entre nuestros diversos economistas y "analistas". Y aunque no he merecido el castigo de leerlo, los que así lo han hecho aseguran que ni siquiera el famoso tocho de setecientas páginas de Piketty sobre la estructura de la desigualdad económica, tan bendecido por la élite económica, utiliza la citada ley de potencias que tan directamente ejemplifica toda la esencia del asunto, y despacha a Pareto con unas displicentes pocas líneas para ignorar ampliamente las implicaciones de su distribución.

Verdaderamente conveniente, aunque posteriormente unos cuantos economistas y matemáticos desprevenidos hayan sido lo bastante impertinentes como para combinar ambos tipos de datos, y concluir que Piketty intenta hacer increíblemente complicado algo que sin duda es peligrosamente simple. De ahí la gran promoción de los análisis del economista francés, que pocos en su sano juicio estarán dispuestos a seguir en sus interminables vericuetos sólo para llegar a conclusiones tan inofensivas como consabidas.

Pero la cosa no viene de ahora. Esto es lo que decía el Weekly Register de Hezekiah Niles tan pronto como en 1836:

"Los Rothschild son el asombro de la banca moderna … vemos a los descendientes de Judah, después de una persecución de dos mil años, mirar desde arriba a los reyes, elevarse por encima de los emperadores, y sostener un continente entero en el hueco de sus manos. Los Rothschild gobiernan un mundo cristiano. Ni un solo gabinete se mueve sin su consejo. Extienden la mano, con la misma facilidad, desde Petersburgo hasta Viena, desde Viena a París, de París a Londres y de Londres a Washington. El Baron Rothschild, cabeza de la casa, es el verdadero rey de Judah, el príncipe en el cautiverio, el Mesías tanto tiempo buscado por este pueblo extraordinario. Sostiene las llaves de la paz o la guerra, de la bendición o maldición… Son los corredores y consejeros de los reyes de Europa y de los jefes republicanos de América. ¿Qué más pueden desear?" 1

Difícilmente podría haberse acusado a Niles de "antisemitismo", de haber existido entonces la palabra, cuando sólo se hacía eco de algo que ya era de dominio público ¿Podía estar más claro ya por entonces quién movía el mundo?

Para resolver ese serio problema de exceso de notoriedad y arrojar ríos de tinta sobre el agua cristalina hizo falta el meditado advenimiento del "socialismo científico", ya que sabido es que,   antes de Marx, Proudhon y otros muchos sólo habían sido capaces de balbucear variadas supersticiones y majaderías, a la que todavía hoy llaman algunos "curanderismo".

Hasta hace poco estaba disponible en la "Biblioteca Anarquista" un artículo muy al punto de Varlaam Cherkesov dirigido a Kautsky sobre el descarado plagio del Manifiesto Comunista del Manifiesto de la Democracia del "utópico" socialista francés Victor Considerant escrito cinco años antes y que los autores en entredicho no podían ignorar.

De hecho Marx había escrito en 1842: "Trabajos como los de Leroux, Considerant, y sobre todo el penetrante libro de Proudhon no admiten una crítica superficial; antes de ser criticados demandan un largo y cuidadoso estudio" 2. Incluso a Kautsky, primer papa del marxismo internacional, no le quedó más remedio que admitir mansa y resignadamente que todas las ideas del panfleto de Marx y Engels habían aparecido antes en diversos escritos.

Ignoro por qué motivos este valioso texto ha desaparecido de la citada biblioteca virtual, y es de esperar que algún paciente exhumador nos lo devuelva al efímero reino de la literatura disponible. A falta de un texto tan inapelable y explícito, podemos conformarnos con la mención que de él hace Rudolf Rocker en su artículo "Marx y el anarquismo".

Un alma muy caritativa aún podría pensar que los autores del Manifiesto, que no podían menos que empezar hablando de fantasmas, eran dotados médiums que canalizaban "inconscientemente" el clamor popular, pues también el espiritismo americano arranca de esa misma época. Pero la cosa supera todos los límites de la credulidad cuando reparamos en que el famoso texto de Engels sobre la clase trabajadora inglesa no parece sino una variación del escrito anterior de Eugene Buret "De la miseria de las clases trabajadoras en Inglaterra y Francia", que incluso el propio Marx cita en 1844 profusamente. Y es que la rica literatura socialista francesa de la época era la obligada referencia para el resto de Europa.

Es casi obligado recordar esto puesto que la "crítica" vertida en Miseria de la filosofía, después de ningunear con la mayor de las malicias a Proudhon para ir haciéndose hueco en escena, aún se adorna con la sugerencia de que el autor francés debe el grueso de su trabajo al angloamericano Bray. El ratón de biblioteca no podía tolerar que un pastor y tonelero tuviera ideas propias, y menos aún que él mismo tuviera alguna deuda con semejante autodidacta.

Claro que todo esto es muy anterior a la lenta y meditada incubación del llamado socialismo científico que habría nacido con El Capital. El de Tréveris, mil veces más rabino que profeta, no duda en vaticinar que en el futuro la banca será domesticada por la industria y que ésta la llevará hacia los fines más productivos; pero los marxistas actuales aún aseguran que el gran visionario ya previó todo el tardío carácter especulativo del "capital ficticio". Sin duda uno siempre encuentra a qué agarrarse.

En realidad al Manifiesto Comunista no se le hizo en su día prácticamente ningún caso, eso es algo comúnmente admitido aunque no menos comúnmente olvidado. No empezó ninguna época ni "proceso revolucionario" más que en retrospectiva, cuando los marxistas ya habían organizado y consolidado el control de la oposición, lo que siempre fue su principal cometido. Es muy socorrido hablar de la "traición" de Bernstein y la socialdemocracia, pero el primero en mostrarse desvergonzadamente oportunista fue Marx, enganchándose a la honda impresión que suscitó la Comuna de París cuando ya desde 1849 había advertido en contra la acción directa y a favor del estudio y consideración de las condiciones objetivas, desalentando repetidamente todos los intentos de levantamiento de la Liga de los Comunistas.

Esta fue la posición por más de veinte años de quien cerraba su diatriba contra Proudhon con las puramente literarias palabras de George Sand: "El combate o la muerte, la lucha sanguinaria o la nada. Es así como se plantea inexorablemente la cuestión"3. Todo un revolucionario, al que sólo la observancia de las formas le impidió recibir condecoraciones de la industria y la banca, o ser nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico.

De hecho y como recuerda Rocker el Congreso de la Haya de 1872 sirvió para convertir la Internacional, que había arrancado con clara mayoría proudhonista y anarquista, "en una máquina electoral, incluyendo una cláusula para obligar a las varias secciones (nacionales) a luchar por la toma del poder político" 4.  No, ciertamente el oportunismo no empezó con Kautsky ni Bernstein; pero en cuanto a lo oportuno de un socialismo científico, que hablara de procesos y no de nombres, parece que ya se vio claramente incluso antes de que Marx cogiera la pluma.

Pondera igualmente Rocker que incluso Lenin y los bolcheviques estuvieron hasta la última hora preñados de programas y promesas electorales, hasta que el verano de 1917, con las condiciones más calamitosas e irrepetibles en Rusia, empujaron al tardío autor de El Estado y la Revolución y a sus allegados a adoptar in extremis la vía violenta y a justificarla. Sí, también la Revolución de Octubre fue una cuestión de oportunidad.

Pero volvamos atrás, a los orígenes del autodenominado socialismo científico. En la segunda mitad del siglo XIX la acumulación de riqueza de los Rothschild era tan abrumadora que la principal cuestión era cómo diversificar las inversiones para que todo resultara menos evidente. Ya fuera en los proyectos de Rhodes o en Rio Tinto, en el petróleo, los ferrocarriles, los canales transoceánicos, o en otras firmas bancarias bajo distintos nombres, el mundo se llena de una serie de tramas y esquemas de inversión en cuyo centro se sitúa la moderna figura de la sociedad anónima, de la que el gran jurista alemán Rudolf von Jhering pudo decir en 1877:

“A los ojos del moderno legislador, las sociedades anónimas se han transformado en agencias de robo y de estafa. Su historia secreta descubre más bajeza, infamia y truhanería de la que hay en un presidio; solo que aquí los ladrones, los estafadores, los truhanes viven entre rejas, mientras allí nadan en la opulencia”. 5

Y así, mientras los anarquistas —que también fueron infiltrados por Policía e Interior para ser desacreditados- apuntaban directamente a los responsables de tanto latrocinio, el marxismo se apresuró a hablar de la necesidad una descripción impersonal y "científica" de la dinámica del capital y la lucha de clases. Dar nombres de banqueros hubiera sido muy ordinario, era mucho más conveniente hablar del "burgués", que era un comodín lo bastante amplio, y apto para ser odiado, ridiculizado y denostado, e idóneo para impedir cualquier unión entre clases contra los realmente poderosos.

En la misma línea de romper posibles alianzas entre estratos sociales estaba la promesa de la "dictadura del proletariado", la más bochornosa añagaza parida por intelectual alguno en los últimos siglos, y ya es mucho decir, vestida igualmente con el ropaje de necesidad científica antes del advenimiento del Hombre Nuevo. Y todo mientras la banca, según el gran profeta, iba camino de ser domesticada por las necesidades productivas de la industria burguesa. La opinión humana es harto moldeable, pero sólo con el apoyo más decidido de la plutocracia puede explicarse que hayan prosperado argumentos semejantes. Leer para creer.

Decir capital es decir anonimato; por lo tanto, el estudio "impersonal y científico" del capital ampara y favorece de forma esencial la impunidad de los que lo detentan, por lo demás bien poco incomodados por las teorías. ¿Quién no puede verlo?

Es por esto que se ha dejado prosperar hasta tal punto a la industria académica del marxismo y se ha permitido este fácil desahogo a la crítica, sabedores todos de su casi perfecta inocuidad. Y al parecer esto ha sido suficiente para que tantos intelectuales tranquilizaran su conciencia.

Sin duda, incluso con los discursos absolutamente gastados de hoy, la actualidad es tan innombrable que basta con decir "capital" o "capitalismo" para obtener la ilusión de que hemos identificado el problema y ya sólo queda matar al dragón. Es un buen hueso para el que tenga vocación de roer.

Pero claro, con el análisis impersonal y científico resulta que el dragón es ubicuo y por tanto no tiene corazón ni cabeza que cercenar. Si el capitalismo lo llena todo, qué vas a matar; mata al todo o mátate tú. A eso es a lo que se nos invita. Sumamente conveniente, una vez más.

Así pues, el marxismo y el anticapitalismo al uso es un perro perfectamente domesticado para ladrar sin morder nunca. Denunciar al capitalismo o al capital no es denunciar absolutamente nada; sólo es contentarse con una palabra. Es como hablar de "la dictadura de los mercados", cuando nunca hubo mercados más amañados que los de ahora, y amañados por menos.

Ese dragón tan ladrado y mitificado sólo es impersonal en apariencia; y en realidad, cualquiera puede ver que su misma supervivencia depende de su ocultamiento en la forma impersonal. Dicen que la Hidra de Lerna tenía nueve cabezas; pero nuestro tan metido monstruo, si hacemos caso de las matemáticas, tiene muchas menos. Tres o cuatro a lo sumo, como dijimos.

Funcionalmente puede resultar indiferente si estos tres o cuatro son los Rothschild, los Rockefeller, la Corona de Inglaterra, el Vaticano, o los celebrados Medici que hicieron su fortuna con su tesorería, que no era otra que la de toda la cristiandad. En cuanto al objetivo sí que está justificado hablar de la lógica impersonal del capital. Sin embargo, hasta el más obtuso tendrá que admitir que el mero hecho de saber quiénes son y tener un cierto control de sus movimientos les quitaría cuando menos la mitad de su poder y le daría un golpe de gracia a toda la estructura recursiva de dominación que se ha montado amparada en el anonimato.

Si los Rothschild estaban tan podridos de dinero que ya hacia 1890 tenían que "financiar" a nuevos ricos como Cecil Rhodes para diversificar y evaporarse discretamente en el aire, qué no habrá pasado desde entonces. ¿Hay alguien en su sano juicio que crea que familias así han podido venir a menos para tener que conformarse con una discreta fortuna? ¿Cómo sería eso posible si los bancos apenas arriesgan su propio dinero, y las tramas de las sociedades anónimas están justamente concebidas para que quienes las levantan no puedan ser cogidos por ningún lado? Además, nunca se supo de grandes reveses financieros bien documentados en una familia como ésta, a la que es inevitable imaginar como cada vez más conservadora con el paso del tiempo.

Las mismas grandes compañías tecnológicas rara vez han salido de los garajes de jóvenes prodigios como nos dice el cómico cuento, y si lo hicieron, bien pronto fueron otra cosa, pues al final se trata de apuestas sobre seguro con respaldo y cobertura de las más poderosas instituciones. Nada necesitan más los inversores que un rostro amable para sus estudiadas jugadas.

Y por añadidura, ¿no es la lógica más elemental del capital la acumulación y la concentración? ¿No se ha visto una y otra vez que las crisis cíclicas de la economía son ante todo para los desprevenidos y expuestos, y no para los que manejan los resortes, que aprovechan sin piedad las múltiples ventajas que les concede la posición adquirida? Si los hombres más ricos del mundo fueran recién llegados con cara de bobo como Gates o Zuckerberg, tal como pretenden revistas de entretenimiento como Forbes, habría que concluir que las viejas familias de banqueros son decididamente idiotas, y no esos obsesos pervertidos que su posición invita a suponer.

Si tanto rigor académico y tantos montones de citas sólo sirven para no distinguir a tres tiburones blancos en una bañera porque su color viene a ser el mismo, arrojemos semejante rigor por el váter y pensemos en algo más útil e iluminador.

La misma distribución de Pareto, con su evolución en el mundo moderno y la elevación gradual de sus potencias, que coincide con el aumento de la desigualdad y el estiramiento de la pirámide social, debería estar cargada de información bastante más científica y significativa de hacia dónde vamos y por qué, pues como ya se ha apuntado no puede ser más expresiva del gigantesco sifón o maquinaria de succión, así como de las relaciones de subordinación y dominación entre fortunas, la compras de activos y el sistemático descenso de favores desde arriba y el ascenso de "servicios" desde abajo; en definitiva, los auténticos cambalaches del mundo real y su portentoso tinglado.

En cuanto a la relación entre la ocurrencia de esta ley de potencias en la sociedad y su aparición en muchos sistemas naturales, el tema daría para mucho y tiene tal profundidad analítica que aquí no podemos ni rozarlo6.

Tiendo a pensar con Sraffa que lo que determina la tasa de ganancia es el tipo de interés y no al contrario. Parece que el aplanamiento de los tipos de interés, su virtual reducción a cero —aunque sólo a ciertos efectos- coincide con la universalización del crédito para todo, y con el estiramiento en vertical de la pirámide de la desigualdad, lo que igualmente apunta a la universal servidumbre por crédito, un fenómeno que se ha repetido cíclicamente en la historia pero que ahora enfrenta a sus límites de escala. Por eso la llamada "lógica del capital" tiende hoy a contradecirse tan flagrantemente a sí misma, abogando por la inflación y luchando contra el ahorro. Como para seguir hablando del espíritu burgués del capitalismo. Pero aquí hubo gato encerrado desde el principio.

Es bien poco fascinante saber quiénes están en el extremo de la cadena trófica; en general uno es mucho más feliz ignorando por completo estos temas. Y además, el mero hecho de darle demasiada importancia a la economía ya es una derrota del espíritu humano en toda la regla, sin duda su mayor fracaso.

Pero cuando la misma economía no es sino pretexto para la dominación y la desnaturalización de todo lo humano, estamos obligados a defendernos. Saber sus nombres sería la más eficaz de las defensas.

Y no sé si conseguiremos alguna vez llevar a estos personajes de la oscuridad de sus guaridas a la luz pública, pero deberíamos no perder ese objetivo de vista en vez de aceptar las innumerables imposturas que se nos ofrecen para que nos olvidemos de ello. La denuncia abstracta del capital es sólo otra más de esas imposturas, y a estas alturas tendría que producirnos náuseas. Hasta los más pobres de espíritu sienten que se les quiere tomar el pelo, cuando no se dejan llevar por los bajos instintos y las ganas de revancha —fuerzas con las que aún muchos cuentan.

No es pequeño asunto que gente tan contada y poderosa se vea obligada a esconderse; de esta condición contrahecha de la criptarquía se derivan mil y una desdichas para el mundo, que para no ser más que sus amos se ve obligada a remedarla. Sacando a estas personas a la luz no sólo las liberaríamos de su miseria, desactivaríamos ante todo el inmenso potencial subversivo y destructivo que se sigue para la sociedad del hecho de que lo que querría estar más alto tenga que esconderse bajo tierra. Todo un misterio de iniquidad, que dirían los teólogos; que por lo demás bien puede entenderse de la forma más elemental.

Puesto que en política toda posición es correlativa, el efecto real que el marxismo viene a tener en la mayoría de la gente es el de un espantajo o asustaviejas al revés, que en vez de incitarte a abandonar tu casa te convence de que te quedes en ella pase lo que pase: "Si esta es la alternativa, no hay más remedio que aguantar". Y para eso están, para decirnos todo el santo día que ellos son la alternativa y que no hay ninguna otra. Cuesta demasiado creer que quienes tanto se desvelan por mantener la exclusiva ignoren el efecto que esto produce invariablemente; por eso las únicas tentativas y simulacros de socialismo no han tenido lugar sino en países subdesarrollados y destrozados por las guerras.

Sólo la bestia podría maldecir la trampa en lugar de al trampero, si fuera capaz de perder el tiempo con ello. Sin embargo el marxista es experto en arrojar espumarajos por la boca contra la trampa aunque ni por casualidad acierta a dar con el resorte, que sólo la rabia podría hacer invisible.

¿Y si resulta imposible conocer los nombres de estas contadísimas personas? Y ello cuando no parece lejano el día en que se controlen los movimientos de hasta el más indigente, al que tal vez se le facilite un móvil para garantizar su seguimiento. Se supone que los distintos aparatos de Inteligencia están para controlarnos a nosotros, no a ellos. No es fácil invertir una situación que a ellos mismos se debe.

Aun así, conviene no perder de vista que en la cumbre hay algo más pequeño que una célula terrorista. Y sólo no olvidando la enormidad de este hecho podríamos pedir acciones proporcionadas a esta increíble situación.

Si no podemos saber quiénes son, sí sabemos a ciencia cierta que, con la salvedad de un número de países, ellos son los acreedores en última instancia de toda la estructura de la Deuda Mundial —lo que sólo es la consecuencia lógica de la concentración del capital a lo largo de su triunfal carrera histórica.

A medida que aumentan las potencias en la ley de potencias de la desigualdad aumenta también la apuesta y con ella la necesidad de engrase y cobertura. Una estructura tan vertical sería un auténtico castillo de naipes si no estuviera reforzada por una continuidad y dependencia crecientes a todos los niveles. La analogía con el sistema circulatorio y otros ejemplos de crecimiento orgánico está más que justificada.

Hay dos medidas indispensables para cortar la dependencia de este organismo de su cabeza parasitaria —para el caso en que tuviéramos una cabeza de repuesto, naturalmente. La primera es devolver el control del dinero y su emisión al estado y al público, retirando ese poder de los bancos privados que lo han tomado sobre sí. Así se acaba con la raíz del dinero-deuda actual, núcleo de nuestro sistema. Con razón se ha dicho que si les quitaran todas sus propiedades a las grandes fortunas pero aún les dejaran la capacidad de hacer y controlar el dinero, en poco tiempo volverían a hacerse con todo.

La segunda que debe acompañarla es cancelar o reducir dramáticamente la montaña de deuda pública y privada en cuyo extremo están esas cabezas que no quieren dar la cara. Si no quieren dar la cara, dejemos de darle al menos la sangre que succionan.

Con estas dos limpias medidas se acababa con la larga vida de este monstruo, con esa su triunfal carrera histórica.

Recuperación de la moneda por el pueblo y cancelación de la deuda son las dos caras de una sencilla y redonda reivindicación.

Demasiado sencilla para los gestores de la opinión.

La cancelación de deudas ha sido una medida recurrente y necesaria a lo largo de la historia. En general es el trabajo honrado el que tiene que estar pagando indefinidamente a los que se han hecho con el control del dinero público de forma ilegítima y han amasado sus fortunas financiando e impulsando guerras causantes de tantísimos millones de muertes y desgracias, o diseñando o amparando regularmente las mayores estafas que el mundo ha conocido. Un plante ante semejantes acreedores sería el comienzo de una vida ampliamente más decente para todos.

Pero los argumentos basados tan sólo en la mayoría siempre son engañosos. El número no lo es todo, no es ni siquiera lo esencial. Este formidable despliegue de extracción y succión del capitalismo no deja de ser el más aparatoso despliegue del espíritu, aunque obviamente sea un espíritu dirigido hacia abajo. Se necesitaban las verduleras añagazas del materialismo histórico para distraernos de una evidencia capaz de impresionar al más berzas.

Sí, en su día el materialismo "era tendencia", como inevitable reacción a la falta de fundamento del idealismo. ¿Pero qué decir del materialismo hoy como estrategia de análisis? ¿Quién no puede darse cuenta de que la economía no es sino mero instrumento para sojuzgar? ¿Por qué asumir una filosofía que nos convierte de entrada en sometidos y derrotados? En piedras con necesidades.

El número no importa, la inmensa mayoría no importa si puede ser distraída y dividida. Así ha sido hasta ahora y la cosa no va a cambiar con ninguna tecnología. Por el contrario, el número de distracciones y divisiones aumenta con la capacidad de diversificación. Puesto que el materialismo histórico ya es una patata hay que explotar cualquier cosa capaz de hacernos olvidar lo más obvio, como el cambio climático, por ejemplo.

Y con qué ganas se lanzan muchos: "La lucha contra el cambio climático y contra el Sistema son una sola cosa". Bingo. Y además, todos somos responsables, todos tenemos la culpa. Modelo perfecto del tipo de problemas que interesa. Hay muchos más, pero la lista es demasiado larga y no es necesario enumerarlos, pues todo lo que percute continua y masivamente en los medios es por definición altamente sospechoso.

Y se proyectan especialmente aquellos problemas para los que no parece existir solución. Porque los que tienen una solución clara son demasiado comprometedores.

Ni siquiera merece la pena entrar al trapo y cuestionar lo que ponen. Piensa en lo que no ponen, y verás cómo aquello de lo que he hablado se sitúa en lo más alto de la lista. De la lista de sus intereses. ¿Qué otra cosa estaría por encima?

Notas

  1. Weekly Register. 1836. p. 41. https://en.wikipedia.org/wiki/Rothschild_family
  2. Rheinische Zeitung, number 289, 16 October 1842.
  3. https://es.wikipedia.org/wiki/La_miseria_de_la_filosof%C3%ADa
  4. https://theanarchistlibrary.org/library/rudolf-rocker-marx-and-anarchism
  5. Jesús Alfaro, Una breve historia de la sociedad anónima y el comercio transoceánico.
  6. La distribución de Pareto ha servido para argumentar a fascistas y conservadores en pro de la desigualdad, al poder aducir que la famosa ley de potencias es un fenómeno ubicuo en la indiferente e insolidaria naturaleza. Pero mi interpretación, aunque no pretenderé precisar los argumentos matemáticos —algo que por lo demás ellos nunca hacen-, es completamente distinta, y creo, además, que infinitamente más interesante. A mi juicio, el tipo de interés y la creación del dinero es sólo el equivalente dentro de un fenómeno humano y social de parámetros y coeficientes que han de ser identificables en fenómenos puramente físicos, tales como la circulación sanguínea. Por ejemplo, nuestro propio sistema de circulación sanguínea, que con su naturaleza autosimilar admite la misma ley de potencias. En ello tendría que jugar un papel crítico la viscosidad y la fricción, y con ello, un concepto tan interesante y bien conocido como la capa límite de Prandtl. Ahora bien, si queremos generalizar todo lo posible el tema y volvernos incluso hacia la física fundamental, habría que recordar que en realidad el modelo primitivo de la teoría de campos no es la teoría electromagnética de Maxwell, sino las ecuaciones de fluidos de Euler, de las que las de Maxwell son un caso particular. La ley de potencias o de Zipf se vincula de forma casi inmediata con la función zeta de Riemann, para la que también se busca obsesiva pero aún no desesperadamente una conexión con las modernas teorías de campos. Por lo demás, la teoría electromagnética de Riemann, anterior a la de Maxwell y no del todo errónea como hoy tan desconsideradamente se dice, hacía un uso mucho menos restringido de las ecuaciones de Euler y en ella la ecuación de Prandtl encaja naturalmente. Si esta analogía tiene suficiente validez y se le dan las condiciones necesarias tendrían que surgir conexiones profundas incluso con la fundamental distribución de Planck, las transiciones de fase o el grupo de renormalización, y a este respecto aquí sólo puedo limitarme a mencionar los breves pero relevantes trabajos de C. K. Thornhill, especialmente The foundations of Relativity y The Kinetic Theory of Electromagnetic Radiation. Ha habido muy poca paciencia con los argumentos clásicos, pero al final la paciencia compensa más que la inteligencia. Aunque trabajar con tesis como las de Thornhill requiere desviarse ampliamente de la sabiduría convencional, el premio parece ampliamente superior a los señuelos con que la academia adiestra a sus sabuesos.

Referencias