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Luis Rivas

Una nueva religión se extiende por Europa. Una nueva creencia que ha encontrado un arma de mercadeo poderosa. La niña sueca, Greta Thunberg, es la profeta de esa creencia que nos advierte de que el fin del mundo está cerca.

La ecología no es una ideología nueva, pero nunca como ahora se había utilizado para crear pánico, para advertir, como cualquier religión, de que un comportamiento negativo según sus normas nos puede conducir al infierno, con la condicionante de que no hay promesa de paraíso para los que obren bien.

Los marionetistas del catastrofismo han encontrado en una adolescente la novedad para atraer a unas masas más o menos escépticas con el ecologismo, o, al menos, preocupadas por otras angustias más acuciantes. Movilizar a los niños es una novedad propagandística que asegura siempre imágenes para los informativos de televisión y culpabiliza a los padres de los protagonistas: "Habéis destrozado el mundo, pero vuestros hijos quieren salvarlo, pese a vosotros", sería el mensaje de los "spin doctors" pagados por el color verde.

La pelea entre climato-escépticos y lanzadores de alerta está en empate. La llegada de Donald Trump ha supuesto un impulso para los primeros, aunque viniendo del presidente de EEUU no está claro si ese impulso es hacia delante a hacia atrás. Aunque su predecesor, Barack Obama, pasará a la historia como el primer presidente negro de ese país, no lo hará como el primero verde.

Para encontrar a los profesionales de la ecología política hay que mirar a Europa, donde muchos celebran en estos días el aumento de apoyo a los partidos verdes en las elecciones europeas. Un voto que ellos interpretan como de adhesión a su causa, mientras algunos politólogos lo explican como un voto de castigo a las viejas ideologías y, en parte, al sentido cívico de ciertos electores que no quisieron abstenerse.

¡"Quiero que sientan pánico"!

En plena campaña electoral europea, la joven Greta animaba a los jóvenes del mundo a desertar de las clases todos los viernes por la tarde. La ecología se convierte así en liberadora de partículas peligrosas y también de la escuela, en un mundo donde 130 millones de niñas no pueden, por diferentes motivos, ser instruidas. Otras, como en Afganistán, se juegan la vida, literalmente, por aprender a leer, escribir y ser libres, bajo la amenaza de una contaminación ideológica expandida por otra creencia que promete a los hombres heterosexuales disfrutar de vírgenes en el más allá.

El mensaje de la muchacha nórdica es, en todo caso, muy claro. ¡"Quiero que sientan pánico"! El mismo, impulsa a los doctos funcionarios de los múltiples organismos internacionales y oenegés, que sonríen complacientes ante la osadía de su joven aliada. Por el miedo, hacia la salvación. Nada nuevo en cuanto a estrategia religiosa.

Los partidos políticos, las empresas, las marcas comerciales, todo actor de la vida social está obligado a dotarse de un capa de pintura verde. Algunas empresas lo tienen más complicado que otras. La petrolera francesa Total se ha visto descalificada por la alcaldesa de París para integrarse en el grupo de patrocinadores de los Juegos Olímpicos que se celebrarán allí en 2024. La responsable municipal de la capital de Francia se disfraza así de verde para hacer olvidar que su política local —antiautomóvil— ha convertido a la ciudad en una de las más embotelladas del Viejo Continente, además de haber contribuido a la protesta de los chalecos amarillos, que no pueden hacer cada mañana 45 kilómetros en patinete, solo ida, para acudir al trabajo en el París intramuros, oasis reservado a "bobos" (burgueses-bohemios).

Las huestes políticas verdes se han unido a los ecologistas originales para acentuar su presión sobre los pesticidas. A estos últimos hay que agradecerles su lucha por alertar al mundo sobre la utilización exagerada de esos productos. Pero la actualidad nos ofrece también un ejemplo de la dificultad que la política verde tiene para hacerse creíble.

La nueva bestia negra entre los pesticidas es el glifosato. El Parlamento europeo ha decidido prohibirlo. Algunos países, como Francia, no lo harán hasta dentro de unos años. Para unos es un escándalo; para los políticos, una decisión que puede hacerles perder el poderoso voto de los agricultores. Pero ni unos ni otros se han parado a pensar en que hay científicos, y no solo lobbies que pagan a científicos, que defienden la utilización moderada de ese producto ahora anatematizado.

La discusión racional parece cada día más difícil. El cambio climático que, según la agencia de prensa pública española, EFE, debe ser llamado ahora "emergencia climática", sigue dividiendo al mundo. Pocos —aunque los hay— se atreven a negar en pleno las advertencias de los defensores del medio ambiente. En el otro extremo hay quienes propugnan la esterilización de todos los humanos para desaparecer de la faz de la Tierra y dejar así en paz a la Naturaleza. Son los miembros del muy serio VHTMT, el "Movimiento para extinción voluntaria de la humanidad".

Elegir entre auto o hijo

Otros, menos radicales, defienden el control de nacimientos para los europeos, para así dejar espacio a los inmigrantes. Es la idea del verde francés, Yves Cochet. Mientras que Alexandria Ocasio-Cortez, desde Estados Unidos, se pregunta "si es aceptable procrear". Especialistas de la Universidad de Lund (Suecia) calculan que eliminar el uso de nuestro auto puede ahorrar 2.5 toneladas de dióxido de carbono al año; privarse de progenitura economizaría 58.6 toneladas. Si usted es verdaderamente ecologista, elija: o carro o hijos.

¿Dejad de tener descendencia para salvar el planeta? En todo caso, el fin del mundo ya lo han previsto el propio Yves Cochet para 2050, si no se toman medidas.

Los analistas se preguntan, siguiendo la abrasadora actualidad, si el ecologismo es de izquierdas o de derechas. Cuando la ecología se hizo un hueco en la política, en los años 70/80, sus defensores provenían de la izquierda y por eso eran vistos como sospechosos por la derecha. Un rojo debía ser verde, pero, ante todo, rojo y no hay que desviarse. Hoy en día, hay verdes de derechas y verdes de izquierdas, o, si se quiere, verdes dispuestos a coaligarse con socialdemócratas o con conservadores. El ejemplo de los "Grünen" alemanes lo demuestra.

Precisamente los alemanes pusieron de moda en la década de los 80 el lema "Atomkraft, nein danke"(Centrales nucleares, no gracias). Hoy, el furor antinuclear cede a la realidad económica y a la contaminación provocada por las centrales de carbón alemanas. Como en Alemania, en Francia hasta los más radicales partidarios de la ecología punitiva admiten que cerrar todas las centrales nucleares sería estúpido.

'Chernobyl' irradia atracción

Y en eso llegó 'Chernobyl', la visión televisiva británico-estadounidense del suceso, para mostrar al mundo que el átomo es muy peligroso, aunque, en manos de soviéticas, aún más. La imaginación de la ciudadanía vuelve a inundarse con la pesadilla nuclear. Hasta el punto de que la diputada andaluza de Podemos, Teresa Rodríguez, manifiesta que las minas de uranio de su región "se parecen a Chernobyl".

Además de para enfadar a muchos rusos, la serie habrá servido también para multiplicar el turismo en Prípiat, la ciudad ahora fantasma que acogía a la central. Y puesto que los suecos fueron los primeros en dar la alarma sobre el accidente, ¿a qué espera Greta Thunberg para desplazarse allí y advertirnos del apocalipsis, sentada en un banco del parque infantil abandonado?

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