Pablo Yurman

El 7 de mayo de 1919 nacía en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, María Eva Duarte. Procedente de un hogar sencillo de La Pampa, se convertiría no sólo en una mujer excepcional desde todo punto de vista, sino en quien junto a Juan Domingo Perón trasformarían la política argentina durante la segunda mitad del siglo XX.

Curiosamente, quizás el fenómeno más actual sea el de una suerte de vaciamiento de la figura de Evita, y de una deliberada tergiversación de sus ideales, lo que tal vez sea parte de la globalización de un emblema o ícono que es presentado como idealista pero descafeinado y privando, sobre todo a los más jóvenes, de una comprensión de lo que realmente significó para Argentina y e Iberoamérica.

Nada mejor, para no caer en un “evitismo”, no sólo lleno de lugares comunes acerca de su persona sino cómplice actual de aquellos que tras su muerte intentaron borrarla de la memoria colectiva, que evocarla citando sus propias palabras.

En el libro “Escribe Eva Perón”, editado en 1951 sobre la base de sus numerosos discursos públicos, no evitó opinar sobre multiplicidad de temas. En particular referencia a los conceptos de pueblo y patria, dijo que “Para el general Perón, el pueblo, con la patria, es la razón superior de todos sus afanes, de todos sus esfuerzos y de todas sus alegrías. … Porque mi Patria, bendita entre todas para mí, está inseparablemente unida a mi pueblo en la acción de nuestro líder. Patria y pueblo son conceptos que sólo los extremismos, de derecha o de izquierda, conciben separar. Patria sin pueblo fue la fórmula que justificó la desvergüenza oligárquica, que vendió el patrimonio de la primera y entregó el sudor del segundo a un precio vil y a cambio del triste privilegio de servir de capataz al imperialismo; pueblo sin patria es el objetivo inconfesado de ese socialismo dialectizante, que a fuerza de dialéctica, de ignorancia de lo nacional y de repetida mala fe, se unió a la oligarquía y al capitalismo foráneo en la empresa ruin de negar la mayoría de edad a los argentinos cuando éstos, llamados por el General Perón, tuvieron que gritar a todos sus enemigos coligados, del interior y del exterior, que iban a ser los dueños de su propio destino”.

Reacia a lo que hoy llamaríamos el discurso de lo políticamente correcto, reafirmaba en palabras sencillas la tercera posición ideológica presentada por Perón en el emblemático discurso de 1949 conocido como Comunidad Organizada, equidistante, por un lado, del liberalismo individualista, y por el otro, del marxismo colectivista, por ser ambos negadores de la dignidad trascendente del ser humano. Aquellos jamás la digerirían y la odiarían sin cuartel, rencor que es fácil detectar, aunque más disimulado, aún hoy en las versiones “hollywodenses” de la primera dama argentina; éstos, los marxistas y sus herederos ideológicos de la era postsoviética, los progresistas, tras una máscara de presunta aceptación presentan a los jóvenes una Evita a la que le hacen decir lo que jamás sostuvo.

Eva y el 12 de octubre

Otro tema de particular importancia, que hace a nuestra identidad colectiva, se vincula con sus consideraciones respecto del significado del 12 de octubre, día de la hispanidad. Sorprenderá a muchos, pero Evita pensaba que “esa raza inmortal, descubridora y conquistadora, encontró en este mundo el teatro ideal para el ejercicio de sus virtudes. Dictó leyes de humanidad y fraternidad 200 años antes que los enciclopedistas osaran mencionar los derechos del hombre; proclamó la igualdad ante el Creador de todas las criaturas y abonó con sangre y con el alma de su pueblo los surcos del porvenir”. Y más adelante agrega: “La leyenda negra con la que la Reforma se ingenió en denigrar la empresa más grande y más noble que conocen los siglos, como fueron el descubrimiento y la conquista, sólo tuvo validez en el mercado de los tontos o de los interesados”.

En viaje a la Europa de la post-guerra, por radio mensaje del 15 de junio de 1947 emitido a toda España y Argentina, tras reivindicar el feminismo que la había llevado a bregar por el pleno reconocimiento de los derechos cívicos y sociales de las mujeres, Evita desarrolló los siguientes conceptos afines con la doctrina justicialista: “La mujer argentina se afana en primer lugar, por la estructuración del hogar cristiano como vínculo indisoluble. Porque si a la mujer no se le ha dado el señorío de la fuerza física, se le ha dado el imperio del amor. Y sabemos las mujeres sin necesidad de sutiles raciocinios, que solo en el hogar y en el matrimonio indisoluble, puede el amor alcanzar toda su expansión. Sabemos las mujeres que la decadencia del amor, sin duda alguna, es una de las decadencias más grandes que ahora padece el mundo; es resultado inmediato de la paganización de la familia y de la desarticulación del hogar”.

El feminismo que claramente protagonizaba no guardaba ninguna relación con aquel otro iniciado por Simone de Beauvoir, en el que prevalecía la idea de lucha de clases y que se esforzaría más que por hacer feliz a la mujer en destrozar la figura del varón. Agregaba Evita: “Porque la mujer argentina se ha empeñado en mantener a toda costa el hogar estructurado y porque se ha empeñado además, en conseguir que en él se respire un perfume de santuario de suerte que el esposo y el hijo sientan a Dios como en un templo pequeño, por eso sabe que no le arrebata ni un adarme de feminidad el participar en los movimientos de recuperación nacional, colaborando con todos sus recursos a la implantación de un mundo más justo, más humano y más pacífico”.

Nadie podría decir que Evita no fuera una auténtica transgresora. Pero acaso el desafío a las formas y en ocasiones a auténticas pacaterías de su época no incluía subvertir las esencias de las cosas y de la persona, lo que más que transgresión asume las formas de un suicidio cultural y también político. Quienes hoy se camuflan tras un “evitismo” oportunista no son mejores que aquellos que desde el odio más profundo escribieron “viva el cáncer” en las paredes de Buenos Aires el 26 de julio de 1952.

Fuente: https://www.lacapital.com.ar/

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