Por Rubén Ramos

El único “destino manifiesto” para hacer del mundo lo que la moral judeocristiana anticipaba en los llamados libros sagrados del Torá o de la Biblia (que no es lo mismo pero es igual), es el mercantilismo. Esa moral construye relaciones de agiotaje y de egoísmo, que se expresan fundamentalmente en las relaciones de intercambio tanto a nivel micro como macro. Haré algunas referencias al respecto. Luego abordaré el tema que me convoca esta vez: la reunión de la Alianza del Pacífico en Cali-Colombia, paraíso del narcotráfico.

Uno

En tanto moral, la acción mercantilista en la economía se atiene al principio que, en los viejos libros del Antiguo Testamento, establece que toda acción de venta o de cambio se rige por el lucro (Levíticos 27, entre otros).

Las normas de la moral judeocristiana aplicadas al mercantilismo micro económico, condicionan el actuar de las personas en las relaciones de intercambio. No importa la necesidad ni su satisfacción. Lo que hay es un desplazamiento de la necesidad a “satisfactores” que socavan su preexistencia a través de ventajas, descuentos, ofertas, premios. Esto funciona así, en cualquiera de nuestras economías. La motivación condicionada hace desaparecer la verdadera necesidad e incita a sustituirla por la oportunidad. Incluso en economías en proceso de transición hacia el cambio, como en Venezuela, las normas de esa moral franquean comportamientos que atentan gravemente contra la estabilidad económica y la equitativa satisfacción de las necesidades. Por algo, los vicios del acaparamiento y la especulación aparecen como normas en los libros del Antiguo Testamento y en los Evangelios. Todos los guajiros o colombianos que se turnan en las interminables colas de los supermercados, de Maracaibo, para ingresar una y otra vez, en procura de los alimentos con precios regulados, se declaran fervientes creyentes en Dios. Y aunque no lo fueran, están convencidos que es Dios el que les ha dado la oportunidad que hoy tienen de poder acceder a todo tipo de productos, no sólo alimentos, sino artefactos, ropa, menaje, zapatillas, zapatos, utensilios, licores, conservas, y todo cuanto puedan financiarles los especuladores y contrabandistas dueños del capital con que aquellos realizan sus compras.

Unos y otros, son identificados como “bachacos”, en alusión a un tipo de hormiga que traslada hojas y desperdicios más grandes que su tamaño. Los habilitadores del capital, son verdaderos profesionales del cohecho y la corrupción pero, igualmente, profundamente católicos. Parte de su “fidelidad”, son los enormes crucifijos (de oro, plata o lata, dependiendo del capital que manejan) que cuelgan de sus pechos. O las estampitas en el bolsillo, con la imagen del santo o santa de su devoción, para los que hacen el trabajo más duro. En uno y otro caso, todos se persignan, dan gracias  y besan sus símbolos en señal de gratitud por el bien que reciben de manos del Señor. “Siempre fue lo mismo, afirman, porque Dios está por encima de los hombres sean Chávez, Maduro o Capriles.

En la macroeconomía, la moral judeocristiana se expresa:

En el “Decálogo de Washington” o Consenso de Washington, porque fueron los dueños del capital, reunidos aquí, los únicos que consensuaron la imposición de las diez “máximas” del modelo neoliberal al mundo.

En los Planes de Ajuste Estructural (PAE) que obligó a las economías “deudoras” a insertarse en el mercantilismo internacional, privatizando y entregando a los monopolios empresas públicas industriales, de construcción y de servicios; imponiendo el pago estricto de la deuda externa bajo supervisión del FMI y del BM; flexibilizando el trabajo, el tipo de cambio, los precios de los combustibles, la energía, el agua, la salud, la educación; acabando con los derechos laborales de los trabajadores y el sindicalismo.

En las “Estrategias de Alianza País” que impone el BM, para ordenar nuestras economías en función de la inversión extranjera convocada por esta institución, por el BID y por la USAID y sus respectivos grupos financieros.

Dos

Históricamente, el mercantilismo fue el sistema económico que impulsó la moral judeocristiana  en Europa en el siglo XVI y XVII.  Que trajeron los judíos, marranos y cristianos a América y que ha prevalecido desde entonces.

Ya en la época moderna, el “mercantilismo significa la traslación del afán de lucro capitalista a la política... El Estado procede como si estuviera única y exclusivamente integrado por empresarios capitalistas” (Weber, 1978)

El mercantilismo, presupone un “Estado racional”, como único terreno sobre el cual puede prosperar el capitalismo moderno. Fueron las “logias”, en los orígenes del capitalismo, las que posibilitaron la creación de los “Estados racionales” como asociación del mercantilismo, la ley, y la fuerza armada para imponer sus exigencias de dominio.

En los “Estados racionales” del capitalismo, la premisa fundamental de la empresa privada corporativa y mercantilista es el aprovechamiento del mayor número posible de recursos con posibilidad lucrativa en el propio país donde realiza sus inversiones (Ibid, 292).

La finalidad más alta es robustecer hacia el exterior el poderío del Estado dominante, habida cuenta de que es en el comercio exterior donde descansa el principio de aventajar al adversario, comprándole lo más barato posible y vendiéndole lo más caro que se pueda. Principio básico de los TLC de los que se congratulan los gobiernos corporativos y fascistas.

Tres

En el mercantilismo se busca la seguridad del lucro a través de la intervención del gobierno.  Los gobiernos son manejados por grupos de presión corporativos que sustentan modelos políticos como los de México, Colombia, Chile, Perú. En el mercantilismo, el poder coercitivo de los gobiernos es utilizado por las grandes corporaciones para evitar la competencia, lograr seguridad en las ganancias, obtener privilegios oligopólicos amparados en leyes, reglamentos, disposiciones.

Los gobiernos mercantilistas de modelo corporativo como los que he indicado, no pueden respetar los derechos del pueblo, porque no pueden tratar a todos por igual.  Son gobiernos por licencia, no por derecho. De allí que el discurso “nacionalista” del presidente del Perú, resultaba siendo una contradicción, habida cuenta de que se trata de un gobierno mercantilista.

Los gobiernos corporativos los promueven, respaldan y manejan los beneficiarios del orden mundial capitalista: las élites bélico-industriales, las instituciones financieras internacionales y sus inversionistas de impacto, los empresarios privados nativos, los medios de comunicación, las ONGs que lucran con el financiamiento extranjero, a cambio de su entreguismo y obsecuencia.

En el caso de la Alianza del Pacífico, como expresión del mercantilismo a escala internacional, es innegable que el mayor interesado es Estados Unidos, pero Piñera y Santos no se quedan atrás por ser los que directamente verán beneficiados sus intereses económicos familiares. Los otros dos, sus ambiciones de poder. Estas no son poca cosa tratándose de dos advenedizos a la política. Nieto, digitado por el CAP-CFR (think thank norteamericano para América latina), que opera en el Instituto Tecnológico de Monterrey, donde también fue digitado su antecesor Felipe Calderón; y Humala, deformado en la Escuela de las Américas del gobierno norteamericano y bendecido por la Trilateral, vía Vargas Llosa, el premio nobel de las intrigas. El primero, para intentar volver a perpetuar al PRI corporativo y fascista en el gobierno, y el segundo, para intentar su continuidad presidencial conyugal.

Cuatro

Los cuatro gobernantes semejan a los jinetes de un “apocalipsis” no revelador, pero sí resucitador de aquel engendro que fue la ALCA.

Cuatro jinetes a los que el Imperio no juntó por casualidad, sino por ser la  expresión “cabal” de lo que en el último libro del Nuevo Testamento se anuncia como la “victoria” del “hambre”, de la “guerra” y de la “muerte”.

Nada más preciso, para referirse a lo que pretende la Alianza del Pacífico respecto de los esfuerzos integracionistas de la era Chávez, y de lo que se espera hagan los actuales y futuros gobernantes de esos cuatro países con la pobreza de sus pueblos y con la integración de la Patria grande.

Nada más exacto, para anunciar la “victoria” del crecimiento económico del que se ufanan los cuatro jinetes, y que sólo ha traído hambre, guerra y muerte. ¿No es esta acaso la realidad de los pueblos de Colombia, de Chile, de Perú, de México?

Pero los cuatro jinetes son apenas la avanzada de la victoria del hambre, de la guerra, de la muerte de nuestros pueblos. Los verdaderos “templarios” de la cruzada Alianza del Pacífico, son las siete plagas: EEUU, Japón, Corea del Sur, Canadá, Australia, España y Nueva Zelanda.

Panamá, Costa Rica y Guatemala, cual dragón de tres cabezas, harán nuevos aprendizajes, aunque experiencia sobre entreguismo, traición y genocidios les sobra. Todos juntos exceden el número 12 de la perfección destructora y decadente que sostiene la moral judeo-cristiana. Esto no le resta validez al simbolismo que he utilizado para dar cuenta de los nuevos “Herodes”, respecto de la historia que los pueblos y sus gobernantes dignos han empezado a construir en América latina y el Caribe, y respecto también, y sobre todo, de la alternativa histórica que representan el Mercosur, el Alba y la CELAC en procura de un mundo multipolar sin hegemonías mesiánicas trasnochadas.

Ref. bibliográfica: Weber, Max (1978). El origen del capitalismo moderno, en Historia económica general (1923-24), México, F.C.E.,

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