Por Pedro Pitarch*

El mundo de la defensa no se centra en la reserva, pero ésta es parte de ese mundo. Por fin, el consejo de ministros, el pasado día 10 de mayo, aprobó la oferta de empleo en las FAS para el año 2013. De los conceptos que componen tal oferta, su cenicienta —como no— es la convocatoria de un máximo de 100 plazas para reservistas voluntarios. Bien magra proposición. Aunque ello no sea sorprendente.

En España esto del reservista voluntario ha sido siempre una especie de parche que hay que llevar porque también lo portan los países de nuestro entorno. Claro que en éstos se cuida el género con esmero mientras que aquí es un mero remiendo. Porque, aparte de los propios reservistas —que lo son a costa principalmente de su esfuerzo, de su dinero y de la pérdida de sus vacaciones—, nadie más parece creer en el asunto. Hoy son alrededor de 5.000 personas, con una media de edad de alrededor de 45 años, más de la mitad de ellos universitarios, y en un 85% con estudios de mayor nivel que los meramente obligatorios. Son, por tanto, personas consolidadas profesionalmente y con un factor común (de tres caras): su amor a España, su gran vocación de servicio y su profundo afecto por las FAS.

En realidad, España nunca ha tenido una auténtica reserva militar. Históricamente, en el mejor de los casos, las organizaciones de este tipo han sido voluntaristas, con escasos recursos financieros, exiguo equipamiento, leve instrucción y, lo que es más nefasto, sin utilización. Las más de las veces, orientadas a ubicar en las orgánicas de unidades virtuales los cuadros de mando excedentes. La última activación de reservistas con fines operativos sucedió hace un siglo y acabó como acabó. Fue en el verano de 1909, y desencadenó la llamada Semana Trágica de Barcelona (y otras ciudades catalanas). Mira por donde, nuevamente los hilos de la historia de España presentan esa contumaz tendencia a pasar por Cataluña. Por eso he dicho tantas veces, sin ánimo de ofender a nadie, que ni Cataluña puede entenderse sin España ni ésta sin su Cataluña. Lo cierto es que, desde hace 104 años, y con el paréntesis de la inevitable y colosal movilización de la guerra civil (donde precisamente se comprobó la inexistencia de reserva tanto de cuadros como de tropa), las movilizaciones han venido siendo únicamente utilizadas por los gobiernos para resolver problemas de orden público, sobre todo huelgas del metro o de transporte por ferrocarril.

Este año se cumplirá la primera década desde que se convocaron los primeros reservistas de nuestros días. En 2012 fue la primera vez que una reservista —oficial médico—, fue encuadrada en el contingente español de una misión en el exterior; en concreto en Líbano. Posible y deseablemente la seguirán otros, previsiblemente gota a gota. Y, la verdad, no se acaba de entender el por qué de tanta reticencia, por todas partes, frente a la idea del reservista voluntario. En mi propia experiencia de tres misiones en el exterior y de destinos de mando y de estado mayor en formaciones multinacionales, me he encontrado frecuentemente en operaciones, maniobras y ejercicios militares con reservistas ingleses, franceses, norteamericanos y de tantos países más, desarrollando sus funciones y trabajos con gran entrega y plena eficacia. Es curioso observar, y éste es un punto relevante e incontrovertible, que son precisamente los países con FAS mejor dotadas y con mayor experiencia de combate, los que más cuidan, valoran y utilizan a los reservistas voluntarios tanto en casa como en operaciones en el exterior.

En ese orden de cosas se enmarca, por ejemplo, el nuevo plan de potenciación de las fuerzas de reserva, mencionado en el programa del ejecutivo británico que fue presentado por la Reina Isabel II en el parlamento hace pocos días. Plan que duplicará sus reservistas, hasta 30.000, para contrarrestar la prevista reducción de sus FAS en los próximos siete años. Naturalmente, en la “pérfida Albión” —de histórica y apodíctica vocación de gran potencia— estas cosas se toman en serio. Por ello, la programada e inmediata expansión de las fuerzas de reserva —en definitiva del concepto de “reservismo” como ingrediente sustantivo de la defensa nacional—, contempla un singular esfuerzo complementario con los empleadores, para que la función del reservista sea compatible con sus actividades laborales “regulares”. Muestra este mero ejemplo lo lejos que estamos en España del  concepto básico de reservista voluntario como un refuerzo, sobre base civil, de las capacidades de las FAS. Y esto a pesar de que la previsión de reducción de plantillas militares (Visión 2025, por medio), que obliga y mueve a los estados mayores a inventarse, por ejemplo, extravagantes "orgánicas polivalentes". En este escenario, uno aconsejaría apoyarse en los beneficios de una potenciación seriamente abordada  del "reservismo". Pero no sucede así. Y no solo por desgana administrativa. También por la más bien reticente acogida que los reservistas tienen en las propias FAS. Bien sea por supuestos agravios de empleo militar en muchos casos, o bien por otras motivaciones mayormente personales. O, simplemente, por la natural tendencia de todo cuerpo vivo a rechazar el implante en su interior de un cuerpo extraño. Lo más curioso es que, encima, algunos intenten culpar a los propios reservistas, por pretendida ineficacia, de tal estado de cosas. Vaya, como diría el castizo (y perdón por la licencia): además de "eso", poner la cama.

En España, a diferencia, por ejemplo, de lo que sucede en Francia, no se acaba de entender que el “reservismo” constituye el mejor nexo de unión entre los militares y el resto de la ciudadanía, entre la nación y sus FAS. Cuando tanto se habla (bla, bla, bla) de cultura de defensa, es precisamente en el propio ministerio de tal nombre donde se percibe un singular déficit de ella. Se mantienen organismos supuestamente dedicados a la promoción y coordinación de tal cultura. Pero, dejando aparte la buena cualidad profesional de las personas,  resultan más bien inoperantes aunque sirvan para justificar plantillas y nóminas, incluso de personal no profesional. Por otra parte, salvo error u omisión, este año el ministerio de defensa ha destinado un total de 2,3 millones de euros para la formación y activación de reservistas voluntarios. Son 2,2 millones de euros menos que el año anterior, lo que supone una reducción del 50 por ciento en esa partida presupuestaria, que ya era reducida respecto a años anteriores. Y, en todo caso, infinitamente menor de la necesaria para mantener una reserva mínimamente operativa.

En resumen, se desatiende la idea de reservista voluntario, que es una de las más primigenias para la promoción de la cultura de defensa. Incomprendidos tanto por muchos militares profesionales como por civiles, los reservistas voluntarios en España se mueven en una especie de tierra de nadie. Y eso que, al igual que los militares profesionales, han jurado realizar la máxima entrega si llegara el caso. El resultado es que cada año se ven impelidos a tirar la toalla unos 400. Como se vienen convocando anualmente 100 plazas, las cuentas no cuadran. Es una asignatura pendiente. Porque con este rumbo ¿cuándo, Señor, se alcanzarían simplemente los 10.000 que estaban inicialmente previstos?

* Teniente general del Ejército (R)

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