Libros Recomendados

 

alt

Jad el Khannoussi

Un terremoto. Posiblemente ese sea el término más adecuado para describir lo vivido el pasado 23 de junio en Gran Bretaña. Golpe muy duroel asestado a un proyecto europeo que, desde su nacimiento en 1957,no ha parado de crecer. Viviendo en continua expansión, las peticiones para formar parte de un club tan selecto surgen incluso desdesu periferia (caso, por ejemplo, de la insistente Turquía).

El referéndum británico contó con una alta participación (73 %), cifra elevada que no suelen alcanzar las elecciones generales o regionales, al menos durante las dos últimas décadas. El resultado final fue muy ajustado: 17,4 millones de ciudadanos británicos votaron a favor de susalida de la Unión Europea, y 16,1 millones en contra, es decir, una diferencia del 4%. La decisión adoptada por el pueblo británicoestá generando múltiples interrogantes. Cuestiona de raíz un proyecto comunitario alcanzado tras siglos de luchas internasque, en el momento de ver la luz, adquirió una ambiciosa connotación social y política pero luego,a medida que avanzaronlos años, fue contestado por los poderes financieros-especialmente la banca alemana- que hizo de ese modelo ideado para otras regiones del planeta un complemento suyo. Por ello, no resultó extrañocontemplar a la cancillera Ángela Merkel solicitar calma y tranquilidadnada más conocer los resultados. No se descarta que Berlín se torne muy firme en suspróximas negociacionescon el Reino Unido, incluso que acelere su proceso de salida de Europa, de la que obtiene condiciones favorables y mantiene ventajas semejantes a las que ya poseen otros países como Noruega o Suiza. La polémica decisión de los ciudadanos ingleses animará,sin duda, a otros miembros(Hungría, Grecia) a emprender la misma vía de escape.Quién sabe las sorpresas que nos deparará el futuro, sobre todo en este crucial momento de la historia,viviendo en unas sociedades tan distanciadas de los centros de poder. Los resultados del referéndum han demostrado la crisis de madurez que padece el viejo proyecto europeo, porque la ansiada unión no está fundamentada en pueblos, sino en países. Nos encontramos por tanto ante un presupuesto de alcance muy corto, de un escaso recorrido, que funciona como simples alianzas de intereses entre naciones, diseñadas desde entidades supranacionales y no como resultado de la voluntad de los propios ciudadanos europeos.

Con la salida del Reino Unido se acaba de abrir una herida en el Viejo Continente. Es cierto que Londres nunca estuvo involucrado al cien por cien en Europa, no adoptó el euro, ni el sistema Schengen de visados, y gozaban de un sistema jurídico excepcional. En numerosas ocasiones mostró su desacuerdo con el proyecto de unidad europea, sobre todo en el momento de implantar la Constitución y programar una política exterior independiente de Bruselas. Charles de Gaulle, consciente de este trato de favor a los ingleses y sus repetidas negativas, siempre se opuso a la inclusión de Gran Bretaña en la entonces naciente Comunidad Europea, a pesar de ser el segundo centro financiero más importante del mundo, la sexta potencia económica mundial, una armada nuclear con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, y exhibir una ancestral historia imperial que mantiene su dominio lingüístico y cultural. Casi todas las innovaciones científicas se expresan en la lengua de Shakespeare. Y además, las universidades inglesas son de las mejores del mundo en cuanto a nivel de calidad.

Lo cierto es que Europa, cuando el Reino Unido era uno de sus destacados miembros, no hacía más que dictar sentencias favorables a los norteamericanos, y ahora, tras la salida de Londres, el Viejo Continente perderá aún más su protagonismo, ante el ascenso imparable de otras potencias como India, China y Rusia. Precisamente, el máximo ideólogo de esta última, Alexander Dugin, ya exigía hace dos décadas que uno de los objetivos debe ser expulsar a Gran Bretaña de la Unión Europea. Un inquietante plan que podría debilitar sobremanera al imperio anglosajón, la desaparición de Gran Bretaña del proyecto europeo, tal como lo hemos conocido en los últimos tres siglos y, sobre todo, el aislamiento que vivirá al menos el próximo lustro. Nueva coyuntura en la que el Reino Unido necesitará volver a establecer relaciones exteriores y hacer frente a sus graves problemas internos (aumento del desempleo, fuga de capitales, huida de inversiones). Una de las consecuencias derivadas de la caída del imperio británico será la disminución del poderío norteamericano y, quién sabe, podría significar el inicio de novedosos aires de libertad para tantos pueblos oprimidos y exhaustos de su constante intervención, caso de los árabes o latinoamericanos. También posibilitaría el acercamiento de Rusia a Alemania, un añejo objetivo perseguido no sólo por el Kremlin sino también por la élite nacionalista germana, ansiosos de liberar a su país de las todavía vigentes consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

El referéndum va a despejar el camino al separatismo en la propia Bretaña: Escocia, Gibraltar, Gales o Irlanda del Norte votaron a favor de permanecer en la Unión (Escocia, sin ir más lejos, lo exigió en referéndum el año pasado). Londres, centro financiero internacional, se siente vinculada más con el exterior que con su propio país del que es la capital. Por ello, no resulta extraño escuchar a su nuevo alcalde, Sadiq Khan, destacar este carácter cosmopolita del que goza la metrópolis londinense. En un futuro inmediato surgirán inevitables alianzas entre grandes capitales mundiales, como Berlín Londres o Pekín. Puede entonces volver a reanudarse viejos debates que con la Unión Europea que parecían ya clausurados: Gibraltar con España, frontera marítima con Francia, problemas pesqueros con Dinamarca y Noruega, etc. El resultado del referéndum también va a abrir espacios a las organizaciones de extrema derecha -no olvidemos que la xenofobia ha sido uno de los motivos principales de esta salida de Europa- cuyas fuerzas nunca se asientan sobre bases económicas, más bien las utilizan para incendiar su discurso, porque su fuente inspiración es el odio hacia el diferente. No es de sumo interés por tanto, para el ciudadano inglés en particular y el europeo en general, tener en sus gobiernos a militantes extremistas, quienes nunca ofrecen soluciones, ni propuestas mirando al exterior, siempre formulando mensajes motivando al aislamiento.

En definitiva, ante nosotros se divisa un panorama ciertamente oscuro, nadie sabe como acabará todo este proceso que han iniciado bajo su responsabilidad más de diecisiete millones de ciudadanos británicos. La falta de una clara visión de futuro hace que exista una constante preocupación general. Vivimos tiempos de zozobra, con una Europa sumergida en fuertes crisis (del euro, Ucrania, los refugiados), y que está intentando armar de nuevo su estructura, delimitar otra vez sus fronteras, a semejanza de lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Bruselas, si quiere superar este lento declive, deberá trabajar para expandir los beneficios de la Unión a todos sus miembros, en otras palabras, fomentar una Europa más implicada a nivel social, apoyar a todos sus Estados y otorgarles más libertades. Y, por encima de todo, liberarse del férreo control que ejercen sobre ella en el plano económico. Porque Europa no puede limitarse a ser un exitoso casino para codiciosos banqueros.

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

RECOMENDACIONES

El Tiempo por Meteoblue