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Por Ramón Martínez

El último capítulo del libro que acabo de terminar de escribir, sobre la naturaleza criminal del Opus Dei, lo he dedicado a algunas anécdotas e historias sobre esta secta. Algunas de las anécdotas son hechos que yo he vivido. Aunque las anécdotas e historias pueden ser de interés para muchos, he pensado que una de ellas puede tener especial interés porque viene a clarificar que hay realmente detrás de la máscara de “cristianismo” que pretenden dar al exterior. La anécdota data de la primera mitad de la década de 1980, y es probable que muchos de los  que vivieron durante aquella época en las cercanías de allegados del Opus Dei recuerden haber oido alguna vez el calificar de buanamino a algún ciudadano:

Recuerdo que el padre de quien entonces era la novia de mi hermano, un supernumerario del Opus Dei, en una de sus visitas a mi casa nos contó un chiste que considero interesante exponerlo aquí por la mentalidad que refleja por parte de quien lo cuenta y difunde. El chiste decía más o menos así:

“Unos "señores" fueron a África para hacer un safari. Después de todo un día de caza, se reunieron y comenzaron a contar lo que habían cazado.

-¿Antonio, que has cazado?

-He cazado un león, dos antílopes y una jirafa.

-¿Y tú Luis, que has cazado?

-Yo he cazado un leopardo, tres elefantes y un rinoceronte.

-¿Y tú Pepe, que has cazado?.

-Yo no he tenido suerte, solo he cazado algunos buanaminos.

-¿Buanaminos? ¿Que animales son esos? Yo no conozco ningún animal que se llame así.

-Si hombre, hay muchos. Son esos animales pequeños, de color negro, que cuando les apuntas con la escopeta empiezan a gritar: ¡Buana... Buana..... a mí no! ¡a mí no!”

Y este supernumerario del Opus, mientras decía estas palabras de Buana a mí no, reía con sorna repitiéndolas una y otra vez.

Más tarde, comprendí que este chiste llevaba un mensaje que reflejaba la mentalidad del Opus. Pude ver como la gente del ámbito del Opus llamaba buanaminos a la mayoría de los ciudadanos y por supuesto también a mí. De esta forma parece ser que consideran a la mayoría de los ciudadanos como algo insignificante a quienes pueden destrozar con total impunidad. Y realmente esta prepontencia la han demostrado, no solo conmigo (ver cap. XII Extraña experiencia) sino que también con las familias de las víctimas del Yak-42, según he podido comprobar al leer en numerosos medios de comunicación sus testimonios de los cuales adjunto algunos:

"Querían enterrarlos como a perros"

“Carlos Ripollés, hermano de uno de los militares fallecidos en el accidente del Yak-42 ocurrido el 26 de mayo de 2003 en Trebisonda (Turquía), aseguró ayer que “se dieron órdenes para enterrarlos de noche como si fueran perros o terroristas”. Este testigo se quejó también de que cuando les entregaron los restos de sus familiares no les dieron ningún tipo de documentación, ni de certificado de defunción, “solo una caja con una chapa y nada más”. Ripollés recordó que tras la celebración del funeral de estado en la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid) condujeron los féretros a un tanatorio de la capital, pese a que las familias habían solicitado que los fallecidos pasaran su última noche en un recinto militar”.

“Lo rogué, lo supliqué a coroneles, a generales, incluso llamé a (Alberto Ruiz) Gallardón. No me hicieron ni puñetero caso ninguno”, aseveró el testigo, que añadió: “Fue una vergüenza absoluta y un desprecio para ellos y para las familias”. Las familias de las víctimas denunciaron el “machaque psicológico” y las “amenazas” que tuvieron que sufrir por parte de los responsables del Ministerio de Defensa cuando dudaron de que los cuerpos que les habían entregado fueran los de sus allegados. Entre lágrimas, Amparo Gil, madre del sargento Francisco Cardona, aseguró que el coronel de la base de Torrejón de Ardoz (Madrid) les advirtió no dijeran “nada de lo que se pudieran arrepentir algún día” (estos testimonios se han publicado en diariodesevilla.es, nuevatribuna.es, lasemana.es, deverdaddigital.com, etc. etc.).

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