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Por José María Zavala

La emisión de El conde de Montecristo español en Cuarto Milenio disparó la audiencia el pasado domingo y encendió las redes sociales con mensajes y comentarios de lo más variopintos.

¿Quién diablos fue el conde de Montecristo español, parafraseando la celebérrima novela del príncipe de las letras Alejandro Dumas? Nada menos que el confesor de la reina María Luisa de Parma, la cual en el mismo lecho de muerte desveló a fray Juan de Almaraz el mayor secreto de su vida: que “ninguno, ninguno” (se repite en el original del legajo que exhumé del Archivo del Ministerio de Justicia para mi libro Bastardos y Borbones, Plaza y Janés) de sus catorce hijos lo era del rey Carlos IV.

Extremo que de ser cierto, como aseguraba el clérigo bajo juramento in verbum sacerdotis, situaría la bastardía de los Borbones mucho antes, en Carlos IV concretamente, y no en Alfonso XII, cuyo padre ya sabemos que fue el comandante de Ingenieros valenciano Enrique Puigmoltó y Mayans.

Fernando VII ordenó el encierro del confesor de su madre por razones obvias durante quince interminables años en una miserable mazmorra del castillo de Peñíscola, en Castellón, basándose únicamente en el poder absoluto de un rey. Esto es, sin juicio previo. ¿Qué habría sucedido de saberse entonces tan comprometedor secreto?

Los Borbones de España forman una convulsa dinastía expulsada cuatro veces del trono en menos de ciento cincuenta años, cuyos titulares han abdicado en nueve ocasiones, desde Felipe V en su hijo Luis I, hasta Juan Carlos I más recientemente en su hijo Felipe VI.

Y entre estas dos abdicaciones se han producido siete más: la de Carlos IV en Fernando VII, Fernando VII en Carlos IV, Carlos IV en Napoleón Bonaparte, Carlos IV de nuevo en Fernando VII, Isabel II en Alfonso XII, Alfonso XIII en don Juan de Borbón y don Juan en su hijo Juan Carlos I, año y medio después de que éste ocupase el trono.

Evocando a mi amigo Juan Balansó (q.e.p.d.), ¿volvemos a vislumbrar hoy acaso la misma “Corona vacilante” que en el pasado?

Sea como fuere, desde el momento mismo de la instauración de los Borbones en España hubo mucha incertidumbre, inestabilidad y sangre a borbotones en los campos de batalla. El primer Borbón, Felipe V, luchó así sin cesar durante quince largos años contra su rival dinástico, el archiduque Carlos de Austria, en la llamada Guerra de Sucesión.

La durísima contienda se saldó para Felipe V con la pérdida de sus territorios continentales (Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán y los Países Bajos) y, por si fuera poco, también con la de Menorca y Gibraltar. Un precio, sin duda, muy elevado el que debió pagar esta dinastía de origen francés para asentarse en España.

Y para convulsiones, la de 1808, cuando Fernando VII, bisnieto de Felipe V, derrocó a su propio progenitor, Carlos IV, para subir al trono del que fue expulsado por Napoleón apenas dos meses después. Hasta que en 1813, la Corona retornó a las sienes del rey felón que poco antes se había postrado de hinojos ante Napoleón mientras millares de españoles vertían su sangre por él en los frentes de guerra.

Dos décadas más tarde el trono de Isabel II, hija de Fernando VII, volvió a vacilar como consecuencia de las rivalidades con su tío Carlos María Isidro, que desencadenarían las guerras carlistas durante todo un siglo.

Y qué decir de la revolución de 1868, que mandó a Isabel II al exilio de París, dejando en el trono español al rey electo Amadeo de Saboya, quien a su vez cedió la gobernabilidad del país a la Primera República hasta la Restauración de la corona en la persona de Alfonso XII, en 1874.

Más tarde, Alfonso XIII abandonaría el país en 1931, tras la proclamación de la Segunda República, cuya derrota tras la Guerra Civil de 1936 permitiría al general Franco instaurar la Monarquía con su Ley de Sucesión de 1947, que convirtió a España en un reino gobernado por él.

Franco elegiría como sucesor suyo en la Jefatura del Estado, “a título de rey”, a uno de los nietos de Alfonso XIII, Juan Carlos de Borbón, que ya abdicó en su hijo el príncipe Felipe.

Dicen, y muchas veces con razón, que la Monarquía, como la propia Historia a la que pertenece, lo mismo que la economía o que la meteorología, es cíclica. Pero eso ya es otra historia.

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