Manolo Monereo

A la memoria de Luciano Gallino, ejemplo de lucidez y coraje moral en tiempos duros y terribles

¿Sigue existiendo la trama? Ya no se habla de ella. Me refiero al complejo de poder conformado por los grandes grupos financieros y empresariales, parte significativa de la clase política y mediática que emergieron con una fuerza inaudita en la anterior crisis y que, en gran medida, la dirigieron y controlaron; sin embargo, sigue estando ahí.

Que no se hable de ella es la señal inequívoca de que ha ganado la partida. Normalización y normalidad se mezclan y se organizan mutuamente. La normalidad se impuso y la normalización fue buscada desesperadamente. Ser parte de ellos y como ellos se convirtió en una consigna triunfadora. Casi sin darnos cuenta y abruptamente, llegamos a la excepción. Una excepción recurrente y que se empieza a convertir en regla.

La palabra clave sigue siendo memoria y es necesario construirla sobre sólidos fundamentos. En estos días hay tiempo para pensar, para reflexionar, para leer. No se encuentra lo que no se busca. He hecho un esfuerzo por repasar literatura periodística, científica e histórica sobre la crisis del 2008. Hay mucho escrito, mucho. Quiero subrayar algunos libros que me parecen interesantes para este momento. El primero, el de Naomi Klein, La doctrina del shock; después volví a leer la memorias de Varoufakis, Comportarse como adultos. Manejé los sesudos análisis de la Teoría Monetaria Moderna empezando por Stuart Medina; el libro de memorias de Zapatero y, para situarme bien en el contexto, El director de David Jiménez. No me quiero olvidar de La crisis del año 8 de Juan Ramón Capella y Miguel Ángel Lorente.

Tenemos que pensar históricamente e intentar combinar el ciclo corto con el largo. No es una tarea fácil, pero hay que intentarlo sabiendo que es un quehacer colectivo que parte de un debate más general y generalista. Para intentar entender lo que está pasando es bueno empezar con algunas ideas previas. La primera, el coronavirus ha sido el desencadenante catastrófico de una crisis que estaba ya latente en la economía capitalista global. Desde hacía meses se sabía que estábamos llegando a una crisis económico financiera. Lo que no sabíamos era donde aparecería el “cisne negro”. La segunda, el coronavirus da una dimensión nueva e inédita a la crisis del capitalismo. El metabolismo entre la sociedad de los humanos y el medio se está quebrando y por su sector más frágil, el agroalimentario. Los especialistas venían llamando la atención sobre estos fenómenos y, al final, han llegado. La tercera, esta crisis engarza y le da sentido a elementos que antes andaban sueltos; me refiero, fundamentalmente, a la gran transición geopolítica y a la lucha por la hegemonía entre las grandes potencias. Un dato nuevo y distinto: el centro de gravedad del mundo tiende —después de 500 años— hacia Oriente; es decir, se pone fin al dominio de la geocultura de Occidente.

Hablar de crisis significa también hablar de correlaciones de fuerzas y de poder. Olvidar esto es perderse y nunca más encontrarse. En esto tampoco deberíamos engañarnos: los costes sociales de las crisis en el capitalismo siempre son asimétricos y golpean más a los más débiles, a los que viven de vender su fuerza de trabajo. La clave no está en un posible y deseable reparto equitativo de las consecuencias de la crisis, sino en paliar sus efectos más negativos y generar un modelo social y político más justo e igualitario. El verdadero escudo social ante la crisis consiste en construir desde la misma unas nuevas relaciones de poder que den más peso a las clases trabajadoras, garanticen los derechos sociales fundamentales y cambien las conexiones entre la economía y la sociedad. Esto no se hizo en la anterior crisis, sino más bien, al contrario, se produjo un uso capitalista de la crisis para golpear sistemáticamente a los derechos laborales, sindicales y sociales.

¿Cómo fue posible este uso capitalista de la crisis? Se podría explicar así, convertir el estado de necesidad en Estado de excepción. Aquí es donde aparece la Unión Europea. Las crisis siempre desvelan a los poderes reales. Es la vieja pregunta sobre el soberano. Antes, la última ratio acaba anudando poderes fácticos con ruido de sables. Hoy las razones últimas se toman en lugares más lejanos y por una tecnocracia político-económica aparentemente neutral. La Unión Europea fue construida para esto, para despolitizar la economía y garantizar el poder omnímodo del capital. Decisión y democracia se separaron y el autogobierno de las poblaciones se convirtió en una idea zombi. ¿Quién impone el Estado de excepción? La Unión Europea y sus instituciones. Lo veremos muy pronto.

Hay que intentar ver esta crisis, como las otras, en dos momentos: el primero, el control político de la misma y el segundo, las medidas de recuperación o de reconstrucción. Ambas están íntimamente relacionadas. El gobierno PSOE-UP se está esforzando por apoyar a los sectores más débiles, a los previsiblemente más golpeados por la pandemia y por la paralización del sistema productivo del país. Se ha notado una falta de coordinación, de anticipación y la carencia de una unidad de reflexión y acción estratégica. Por lo demás, no muy diferente a otros países de nuestro entorno que no vieron sus dimensiones; conviene señalarlo. La UE —ya pasó la otra vez— aparentemente permite la “cláusula de escape” para los países en relación a los viejos criterios de Maastricht, el Banco Central Europeo puso en marcha una línea fuerte de más de 750 mil millones para comprar en el mercado secundario deuda pública y privada. El encontronazo norte-sur (básicamente, Holanda y Alemania) tuvo que ver con la carencia de políticas específicas de la UE. Ya sabemos tres cosas: no habrá mutualización de la deuda, no habrá monetización de la misma y, como prevé el Tratado del MEDE, la financiación será condicionada. Queda por saber cuáles serán éstas condiciones. Los nuevos mecanismos, como el SURE, están por diseñar y aprobar. Una cosa parece clara, su insuficiencia ante la enorme gravedad de los problemas que la pandemia conlleva. El estado de necesidad se agravará enormemente en las próximas semanas.

La coyuntura política está marcada por el conflicto y la polarización que el confinamiento apenas oculta. Las derechas, desatadas desde el primer día en una pugna por ver quién descalifica de peor manera al gobierno. Se han llegado a proponer nada sutiles golpes de fuerza. Esto continuará y estamos solo en el principio. El debate parece ser la figura de Pablo Iglesias y el relevante poder de UP. Hay que tener cuidado, que el dedo no oculte la luna porque la fuerza viene del sol. Lo que hay verdaderamente detrás son los poderes fácticos, la trama que está ya marcando el territorio para la segunda fase; es decir, para las medidas a tomar cuando se controle la pandemia. Repito, primera y segunda fase están unidas. Sobredimensionar a Pablo Iglesias y a UP es parte de una estrategia, su objetivo es Pedro Sánchez. Lo poderes lo saben. Ahora de lo que se trata es de romper el gobierno para debilitar la posición del presidente y que se “ablande” y se avenga a unos nuevos “Pactos de la Moncloa” y, si es posible, un gobierno de concentración con el PP, apoyado por lo que queda de Ciudadanos. Vox, presumiblemente, no obstaculizaría esta operación.

No es este el momento para analizar qué fueron los Pactos de la Moncloa. Son parte del imaginario social que legitimó durante años la transición política, norma fundante del Régimen del 78. ¿Qué significaría aquí y ahora, unos pactos programáticos entre el PP y el PSOE? Pura y simplemente un (re)cambio del modelo constitucional y social del país, la liquidación del ya debilitado Estado del bienestar y dejar el control de nuestra economía a los poderes que mandan en la UE. Es decir, iríamos a una colonización de España, al fin de su soberanía popular y a la derrota histórica de las clases trabajadoras. ¿Juicio excesivo? ¿Hipótesis catastrófica? No lo creo, ya lo hemos vivido y la crudeza del debate político lo anuncia. Es más, con una población confinada, con una esfera pública limitada y con un estado de necesidad que hace del miedo y de la inseguridad una doble piel, los peligros se incrementan mucho. El Palacio, el Estado profundo, la trama nunca cejan y están siempre ahí para conservar el poder, para incrementarlo y hacer de la crisis un instrumento para perpetuarse. No sería nada nuevo en nuestra historia. La oligarquía financiero-empresarial persevera e intenta imponerse siempre. Hay una cuestión que no se debe olvidar: la crisis de la casa de los Borbones. En la constitución material de nuestro país, la monarquía es una figura determinante y, como vemos cada día, inexpugnable. Es el centro aglutinador del bloque de poder y de las instituciones del Estado. Su crisis, en este contexto, enciende todas las alarmas.

El poder, los poderes, están en disputa y habrá una enorme batalla política, social y cultural en los próximos meses. El enfrentamiento decisivo será una vez más en la Unión Europea; allí se tomaran las decisiones fundamentales y se determinará nuestro futuro, lejos del control de la opinión pública, con un lenguaje ininteligible para la mayorías y, lo decisivo, impuesto a la soberanía popular.  La atmósfera de solidaridad que hoy impera en los sectores populares refleja los deseos de unidad de nuestro pueblo. La sanidad es ya un bien público y un derecho consolidado en el conjunto de la población. Ahora tenemos que ir más lejos, reivindicar una educación pública de calidad y gratuita; hacer constitucionalmente exigibles los derechos laborales, sindicales y sociales fundamentales, empezando por el derecho al trabajo y a un salario digno. Si algo nos enseñan todas las crisis es que hay que reivindicar con fuerza un programa claro, alternativo y posible; buscar el consenso popular y reconstruir sobre él patria, pueblo y soberanía.

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