Luis Rivas

La Unión Europea debería seguir el ejemplo de Rusia y Estados Unidos en sus relaciones con Turquía. A Recep Tayyip Erdogan hay que plantarle cara y no ceder ante sus amenazas. Mostrar debilidad es la peor política.

Cierto es que Estados Unidos no comparte fronteras con Turquía y, por lo tanto, no puede sufrir una amenaza de envío de inmigrantes en masa. Rusia no cuenta en su territorio con una quinta columna de ciudadanos de origen turco como ocurre en países como Alemania o Francia, pero Moscú y Ankara mantienen un difícil equilibrio en Siria, donde defienden intereses divergentes, lo que implica unas relaciones ultrasensibles.

El presidente turco aprovechó en 2015 esa debilidad diplomática y la tradicional desunión europea para enviar hacia el oeste del Bósforo a millones de inmigrantes económicos, mezclados con refugiados de diferentes conflictos, en un éxodo del que formaron parte también yihadistas acostumbrados a burlarse del negocio de las ONG's y de la ingenuidad de organizaciones internacionales humanitarias.

La pérdida de posiciones en territorio sirio, la crisis económica que vive su país y la presión antiinmigrantes sirios que se vive en Turquía eran circunstancias que Erdogan pretendía aprovechar para chantajear de nuevo a la Unión Europea. El líder turco engrasó su aparato policial y de propaganda para que miles de inmigrantes y refugiados instalados en su territorio emprendieran el camino hacia Grecia, como primer paso hacia la Europa Occidental.

La ola migratoria que cambió Europa

Erdogan sabía que la amenaza de "invasión" hace temblar a una mayoría de capitales europeas, paralizadas ante la disyuntiva de ser acusadas de falta de humanidad o de imitar a los dirigentes designados como ovejas negras del Viejo Continente por empeñarse en defender sus fronteras, su territorio y su cultura.

El presidente turco puede vanagloriarse también de haber cambiado, junto a la Canciller alemana, Angela Merkel, el mapa político de Europa tras la llegada masiva de inmigrantes y refugiados a partir de 2015.

​El cinismo del mandatario turco, combinado con el Wilkommen de las autoridades alemanas, provocó la reacción de muchos ciudadanos europeos que sintieron que solo podían ser escuchados por formaciones consideradas nacionalpopulistas.

En la propia Alemania, la formación Alternativa para Alemania (AfD) se instaló como la principal amenaza no solo de la derecha tradicional, sino como refugio de muchos votantes de izquierda, que no comprendían la política de puertas abiertas a un millón de personas y las consecuencias que ello provocó en muchos lugares del país, especialmente en la antigua Alemania del Este.

En la vecina Austria, el canciller conservador Sebastian Kurtz no tuvo reparo en formar una coalición con el Partido de la Libertad de Austria (FPO), considerado de "extrema derecha".

Italia, desde entonces abandonada por sus socios como principal puerta de llegada de inmigrantes ilegales, convirtió a Matteo Salvini en su político más votado. Poco antes, el partido conservador y nacioanalista, Derecho y Justicia (PiS) arrasaba en Polonia.

Por su parte, el líder húngaro, Víktor Orban, se erigía como el defensor de los valores europeos en su país y bate récords de popularidad en las urnas. La construcción de un muro de alambre en sus fronteras le valió las críticas de los dirigentes siempre dispuestos a dar lecciones de moral, como el francés Emmanuel Macron, que le catalogó, como a Salvini, como "lepra nacionalista".

Para cerrar la crisis de una Unión Europea fofa y blanda, el Brexit puede considerarse también fruto de esa falta de autoridad de la que adolecen los dirigentes europeos, claramente a espaldas de una mayoría de sus pueblos a los que, por cierto, nunca se atreven a pedir opinión en las urnas sobre la cuestión de la inmigración. La excusa de las "noticias falsas" ya no convence a nadie. Los insultos a la inteligencia de los ciudadanos, menos aún.

Impotente ante Trump; frenado por Putin

¿Se atrevería Erdogan a amenazar o a insultar, como hace con Macron, a los presidentes de Estados Unidos o de Rusia? La respuesta parece evidente. ¿Cómo resolvió Donald Trump el conflicto que representaba el arresto en Turquía del pastor norteamericano, Andrew Brunson, en 2018?

Cuando Erdogan pensaba chantajear con ese rehén, Trump ordenó atacar la lira turca, que se desplomó en minutos. Brunson fue liberado ipso facto. Ahora, Erdogan intenta acercarse de nuevo a la OTAN, lo que Washington buscaba.

Si se estudian las imágenes del último encuentro de Recep Tayip Erdogan y Vladímir Putin en Moscú también se pueden sacar algunas conclusiones curiosas. En primer lugar, el presidente ruso hizo esperar en la antesala del lugar de la cita a un Erdogan que difícilmente podía reprimir su humillación. Ya en la sala, los adornos que conmemoraban derrotas turcas en antiguos guerras con Rusia daban un toque artístico-diplomático especial.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el presidente ruso, Vladímir Putin. En la repisa de la chimenea, se puede ver una escultura dedicada a la hazaña de los soldados rusos que derrotaron a los turcos en Bulgaria en 1877-1878

Pero no solo se trató de enviar mensajes de atrezo. Mientras Erdogan quería vengar a sus 55 soldados muertos en Siria en febrero, Rusia movilizaba dos fragatas en Sebastopol para unirse a otro navío de guerra ruso en el Mediterráneo, frente a las costas sirias. Esos buques iban armados con misiles de crucero Kalibr, con un alcance de hasta 2000 kilómetros, lo que en teoría les permitiría atacar las posiciones de los yihadistas que sirven de mercenarios a Turquía e, incluso, a las fuerzas turcas en territorio sirio.

El mensaje parecía ya claro, pero por si hacía falta recordarlo, Erdogan sabe que Rusia no abandonará a su aliado sirio y llegará un día, tarde o temprano, en que las tropas turcas que ocupan territorio sirio deberán retirarse a su país.

Yihadistas en Siria; inmigrantes en Europa. Turquía utiliza las armas que en un momento dado le pueden convenir. En Siria ya conoce los límites. En la Unión Europea piensa encontrar menos firmeza. Pero la última reunión en Bruselas con los nuevos dirigentes de la UE no le ha servido sino para comprobar que, quizá, no pueda repetir el chantaje por segunda vez. Los 27 parecen tener como prioridad la solidaridad con Grecia, la frontera común "atacada" desde Turquía.

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