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Por Michel Fonte

Nadar entre dos aguas

El martes pasado (15 de marzo) Donald Trump derrotó a sus adversarios triunfando en 4 de los 5 estados donde se celebraron las primarias del partido republicano, en Illinois con el 39% de los votos, en Florida con el 46%, en Missouri con el 40.9% y en Carolina del Norte con el 40.2%. De esa manera pudo adicionarle a sus 465 delegados otros 215, inclusos los de las Islas Marianas del Norte, llegando a la cifra de 680 delegados, el 54.9% de los 1.237 necesarios para ganar la nominación republicana y el 47.8% de los 1.422 que hasta ahora fueron asignados.

Los resultados refrendan el ascenso de su porcentaje total, y siguiendo así, el diseño embustero de Mitt Romney de acudir a la convención de julio sin un vencedor, va a encallar. El magnate ganó por muy poco en Missouri y perdió con gran diferencia, 11.2 puntos porcentuales en Ohio, donde pero Kasich como gobernador tiene su fortín electoral, asimismo derribo a Rubio en su reino de Florida con casi 19 puntos de ventaja y conquistó con tranquilidad Illinois y Carolina del Norte, respectivamente con 8.5 y 3.4 puntos porcentuales por delante de Cruz. El dato es sorprendente si se piensa que arrasó en tres estados, Illinois, Florida y Carolina del Norte, en que la presencia de la minoría latina tiene su peso (respectivamente 16.7%, 24.1% y 9% del total de la población), que no pudo por las protestas tener su discurso en Chicago y que tanto Mitt Romney como muchos exponentes demócratas y republicanos utilizaron los alborotos para desencadenar una polémica instrumental. En particular, Romney, después de pedir votos para todos los opositores de Trump, escogió sostener abiertamente a Kasich durante su arenga en Ohio, demostrando que en el partido republicano el equilibrio se rompió, tal vez su desprecio hacia Trump no encuentra el favor de todos los representantes republicanos, Rubio, después de la humillante derrota en Florida, decidió abandonar la competición enviándole un mensaje de felicitación a Trump por su aplastante victoria, pero lo que aparece raro es que Jeb Bush sigue quedándose en un inexplicable y atronador silencio, aunque uno de sus hermanos, Neil, se sumó junto a su esposa María a la campaña de Ted Cruz, lo hizo a título personal, entonces, su posición no enreda al ex gobernador de Florida ni tampoco a la familia Bush. El endoso de Romney a Kasich, un candidato que tiene muy pocas posibilidades de ganar, dado que, excepto Ohio donde se salió con la suya, se posicionó segundo sólo en 4 estados (Nuevo Hampshire, Massachusetts , Vermont, Washington Distrito de Columbia) de los 31 en que se votó, no tiene sentido, tampoco un posible respaldo de Rubio podría cambiar su suerte electoral, pero, a pesar de eso, la mayoría de los periódicos conservadores han magnificado su victoria en Ohio empañando el éxito de Trump, con una postura que es una clara falta de reconocimiento del liderazgo del multimillonario.

La crónica política cuenta que Romney comparte con Kasich un destino de renuncia, el empresario fundador y director del fondo de cobertura Bain, no se presentó a las primarias republicanas cuando se enteró que los donadores más ricos no apoyaban su candidatura sino la de Jeb Bush, entre ellos el magnate de los casinos Sheldon Adelson, Woody Johnson, presidente de Johnson Company Inc. y propietario de los New York Jets, y Paul Singer (éste sucesivamente se alejó de el ex gobernador de Florida para respaldar a Marco Rubio), dueño del fondo de alto riesgo Elliott Management Corporation, que fue apodado “fondo buitre” por la compra barata, a través de su asociada NML Capital, de los bonos impagados de la crisis argentina de 2001; también Kasich, en 1999, tuvo que desistir de la candidatura presidencial cuando otro miembro de los Bush, George W. Bush, anunció su participación en la contienda electoral. Puesto que eso le quitaba cualquier perspectiva de lograr el objetivo, prefirió retirarse apoyando al mismo Bush hijo con la promesa, no mantenida, de ocupar el cargo de vicepresidente de EE. UU. o ser nombrado ministro en caso de victoria.

Los dos tienen motivos para remarcar su distancia de Jeb Bush y su dinastía. Mientras tanto sigue en pié el dilema Trump, definirle “un fraude, un mal hombre de negocios, un individuo que se mofa de un periodista discapacitado y que atribuye las preguntas de una reportera a su ciclo menstrual”, palabras de Mitt Romney, no ha obstaculizado su campaña, que está tiranizando a pesar de que los medias de información toman partido por la cúpula republicana y a la vez ya le confieren a Hillary Clinton el título de nueva presidenta de la Old Glory. La ex secretaria de estado que está combatiendo contra nadie, ya que Sanders no compensa la ausencia de la competición de John Bide – circunstancia que le abrió una autopista hacia la nominación – cuenta con el respaldo financiero de las principales empresas de los medios de comunicación (Bad Robot Production, DreamWorks Animation, Saban Entertainment, Legendary Pictures), de los fondos de cobertura y capital de inversión (Evercore Partners, The Carlyle Group, Medley Partners, Pretium Partners, Pritzker Group, Soros Fund Management, Paloma Partners LLC y JP Morgan Chase) y de otras mega-impresas tapadas por la caritativa fachada de organizaciones sin ánimo de lucro, como CAPA21, cuyo presidente Glen S. Fukushima es ex vicepresidente de AT&T Japan Ltd., ex presidente de Arthur D. Little Japan, ex presidente y ex director ejecutivo de Cadence Design Systems Japan, NCR Japan y Airbus Japan; Citizens United Super PAC LLC, que recibe donaciones de las fundaciones Ford, The Rockefeller Brothers Fund, Sandpiper Fund y Open Society Foundations de George Soros; Human Rights Campaign, a su vez amparada por una lista de agresivas corporaciones como American Airlines, Accenture, Apple, Microsoft, Coca Cola, Diageo, Nationwide, Northrop Grumman, Chevron, Deloitte, Citigroup, Lexus, Google, Nike, Cox Enterprise, Hyatt, Dell, Goldman Sachs, IBM, Dell, Pfizer, Pepsico, Shell, Symantec, Whirlpool, Starbucks, Hershey's, Morgan Stanley y Macy's Inc.; League of Conservation Voters Inc., que incluye entre sus miembros directivos Carol Browner, consejera delegada de Albright Stonebridge Group, empresa dirigida por Madeleine Albright, la ex secretaria de estado durante el segundo mandato de Bill Clinton, y otros administradores ligados a las compañías Barclays Capital, Great Atlantic & Pacific Tea Company y Credo Mobile. Una cascada de dinero cae en la campaña de Clinton que difícilmente puede contrabandear su figura como paladina del populacho, sin embargo lo intenta llamando a la unidad de los americanos para luchar contra Donald Trump y su plan aislacionista. El folclórico millonario conoce muy bien al matrimonio Clinton, dado que hizo donaciones a la campaña demócrata para el Senado por Nueva York en la época de Hillary Clinton y a su Fundación (The Clinton Foundation), encima, la pareja demócrata asistió, en 2005, a su tercera boda con la modelo eslovena Melania Knauss. Ya en pasado, Trump subrayó que fue un gran error darles dinero a todos los políticos profesionales, tanto a Hillary Clinton como a la líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, porque son la evidencia de un sistema roto en el que muchos de ellos sólo atienden a los que les financian, incluso sabe, por experiencia, que es fundamental nadar entre dos aguas, por eso él y sus entidades tenían la costumbre de financiar a la vez los demócratas y republicanos de Nueva York, 584.850 dólares a los primeros y 961.140 a los segundos (datos de la Comisión Electoral Federal, FEC por su sigla en inglés), a partir de 1980, para alentar los candidatos al gobierno estatal y municipal. No falta en su álbum de recuerdos, una foto con Rudolph Giuliani, ex alcalde de la Gran Manzana, también invitado a su casamiento, y otra en que recibe el premio Liberty Award en la Algemeiner Jewish 100 Gala por su contribución a las relaciones entre Israel y EE. UU., probablemente debido al vídeo en que declaró su apoyo incondicional al primer ministro Benjamín Netanyahu durante las elecciones parlamentarias de 2013. Es el mismo Trump, tachado por sus acusadores como antisemita, que un día patrocina la causa sionista y al otro día quiere ser un mediator imparcial entre Israel y Palestina, eso no deja dudas que él entendió muy bien el lenguaje político y como manejar las contradicciones con la capacidad para generar y mantener contactos.

 

El enemigo exterior como en una película de serie B

En una edad denominada como pos-ideológica ya es un recuerdo lejano la guerra entre comunismo y capitalismo y de acuerdo con los últimos advenimientos sociales, la raza y la religión toman asiento en el centro de la querella, siendo las principales preocupaciones de la élite blanca que quiere detener todo lo que puede afectar su visión del mundo y su dominio. Cabe la consideración de si Donald Trump fuera nada más que testaferro de un diseño que se planea en la oscuridad, comunicador de un menú que se prepara en una cocina subterránea donde los servicios de inteligencia preparan la sabrosa pero, al final, indigesta comida, como siempre hicieron asesorando y también pilotando la logia del poder norteamericano. He ahí el otro lado del asunto, hace unos decenios que EE. UU. tiene un problema interno que se vuelve a cuestionar: el progresivo empobrecimiento y marginación de la comunidad afroamericana. Tampoco la presidencia de un mestizo despejó el cielo plúmbeo de los descendentes de los esclavos africanos, decepcionados de quien, en su opinión, actuó al servicio de los poderes fuertes, como Jimmy o Tom auxiliaba al dueño de la plantación. Aunque Obama intenta llamar la atención con tono mordaz e irreverente sobre las dificultades del partido republicano, detallado, después los disturbios de Chicago, como una “cadena de compras para el hogar” o “canal de ventas”, y ridiculizar a Trump como el tipo que puso en duda su nacionalidad al asegurar que era ciudadano keniata, la realidad es que estas protestas tienen más importancia mediática que electoral, y son una clara provocación y una desagradable trampa organizadas por grupos progresistas, izquierdistas y radicales, cerca del partido demócrata, que de manera absurda quieren defender la democracia y la convivencia pacifica con la misma cólera, aversión y actitud fascista que ostenta el magnate. Los resultados electorales atestiguan que Trump ganó los estados en que hay la mayor componente de población afroamericana, es decir, todos los de la línea Dixie (“El Sur”), Arkansas, Louisiana, Mississippi, Tennessee, Alabama, Georgia, Florida, Carolina del Sur, Carolina del norte y Virginia, y también salió victorioso en Illinois y Michigan, donde los negros constituyen alrededor del 15% de los residentes, unicamente fracasó en Tejas en que Cruz sacaba ventaja de ser gobernador federal. Se comprende que la clase dirigente demócrata esconde su preocupación enseñando una falsa tranquilidad aun sabiendo muy bien que durante su gestión no se registraron mejorías en la situación laboral, social y económica de los afroamericanos, por el contrario, sus condiciones de vida decayeron abruptamente. Trump ha demostrado ser muy hábil en dirigir el arrebato que estalla día a día hacia otra destinación, en su diseño el latino personifica el chivo expiatorio con el que se puede solucionar el problema dando pábulo al enemigo exterior, en este sentido, los personajes de Trump y Carson son dos caras de la misma moneda, blanco, rico y acometedor el primero, para reverdecer el mito ya casi muerto del hombre hecho a sí mismo, negro y sacándose de la pobreza el segundo, para que se siga creyendo que los Estados Unidos, particularmente para los hombres de color, es el país de las oportunidades en que persiste intacto el estilo de vida americano, además, los dos comparten la indefectible religión de los progenitores y fundadores. Pues, el endoso de Ben Carson al empresario neoyorquino anunciado el 11 de marzo en Florida, donde la minoría negra tiene su importancia y después el retiro de su candidatura presidencial el 2 de marzo, no es en absoluto extraño o inesperado, en cambio es algo bien planeado para que aquella parte del electorado afroamericano refractario a la lógica trumpiana, deje de rechazarla observando como un negro con cultura científica alienta al hombre blanco con actitud racista. El jaque mate de Carson a la clase dirigente del partido republicano y, al mismo tiempo, a los demócratas Sanders y Clinton, que siempre se abalanzan sobre el magnate con su énfasis políticamente correcta pero a menudo aburrida, podría llegar a encubrir que, en los años '70, la compañía de bienes raíces del empresario fue demandada por el gobierno federal por infracción de la Ley de Vivienda Justa, puesto que discriminaba de manera indiscutible a los arrendatarios afroamericanos, acusación que Trump rechazó después de decir, en rueda de prensa, que el Departamento de Justicia no entendía que “alquilarle a los negros beneficiarios de asistencia social determinaría un escape masivo desde la ciudad y no soló de nuestros inquilinos sino de las comunidades enteras.

A lo mejor a las comunidades afroamericanas no les importa la negrofobia de Trump si promete brindarles lo que necesitan, más protección, más trabajo, más oportunidades, logros que la economía estadounidense continuando en su contradicciones no les ha dado durante décadas en que Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama, no llegaron a conciliar los intereses de las corporaciones y los del pueblo, las primeras se lo fagocitaron todo aun con fraude y corrupción, hoy en día “el negro” como estigmatiza con eficacia en su libro (“Who Needs the Negro?”) Sidney Willhelm: ha pasado de un estado histórico de opresión a uno de inutilidad... y, cada vez más, no es que esté económicamente explotado, es que se ha convertido en irrelevante... los blancos dominantes ya no necesitan seguir explotando a la minoría negra... en consecuencia, (han terminado) por transformar al hombre trabajador negro de explotado en descastado.

Si Willhelm y el economista Rifkin culpan exclusivamente a la informática y a los procesos de automatización la nueva marginación de los negros, Trump y quienes lo sostienen, la atribuyen no sólo a la evolución tecnológica sino también a las crecientes emigraciones, especialmente las de los países latinoamericanos, y a todo lo que desde fuera quiere entrar en Estados Unidos, y lo hacen apuntando el dedo, no sin razón en este caso, contra el exceso de libre mercado y la total apertura de los confines americanos a las exportaciones, en particular, chinas.

Esto es el retrato con buena pinta que se les presenta a los electores republicanos y, más en general, a los ciudadanos americanos, pero el pintor o los pintores encubren que para apagar el fuego en el interior lo están pegando en el exterior, así como lo aconsejaban los jacobinos llevando la antorcha de la libertad al extranjero. Es un grave error de análisis pensar que Trump apuntaría contra las corporaciones si llegara a ser presidente, porque el complejo industrial-militar, las empresas transnacionales, el gobierno de los Estados Unidos, CIA, FBI, NSA, DoD y DEA (desde 1971), siempre trabajaron juntos con el fin de mantener el poder mundial del imperio, así los beneficios de Estados Unidos y los de sus multinacionales coincidieron por larguísimo tiempo hasta que tropezaron con la dificultad de la edad contemporánea, en que se produjo un alejamiento entre el pueblo americano y sus instituciones demócratas y financieras. Aunque merezcan una interpretación los hechos y los datos nunca mienten, en EE. UU. se respira un aire pesado que ahoga la enconada política de Washington, un malestar que atestigua una situación de creciente inseguridad y arrebato social y se encarna no sólo en el movimiento Ocupa Wall Street, que ha expresado su firme repulsa hacia el principal centro financiero del mundo, ocupando en septiembre de 2011 el Zuccotti Park de Lower Manhattan y denunciando las sistemáticas evasiones fiscales del 1% más rico, la codicia corporativa y la desigualdad, sino también en los 55 tiroteos masivos de los tres primeros meses de 2016, en los 330 que se registraron a lo largo del 2015, en los 280 del año 2014, y en los acontecimientos violentos que marcan la vida colectiva y que han producido 13.395 víctimas en 2015 y 12.585 en 2014 (Gun Violence Archive). Durante los diez años que van de 2001 a 2011, según el Departamento de Justicia y el Consejo de Relaciones Exteriores de EE. UU., los incidentes relacionados con armas de fuego dejaron 40 veces más muertos que los ataques calificados por las autoridades de terroristas, se intuye que dentro del país ya estalló una silenciosa guerra interna en que los negros están acosados y asesinados (como confirman los casos McDonald en Chicago, Illinois, y Brown en Ferguson, Missouri, en 2014, el caso Martin en Sanford, Florida, en 2012, el caso Grant en Oakland, California, en 2009 y el caso Thomas en Cincinnati, Ohio, en 2001,) por un brazo armado legal que se vuelve cada vez más agresivo e impulsivo, hasta con los blancos que no son extremadamente ricos y que de alguna manera, con sus ideas o conducta, contestan la involución de la civilización wasp. De los 45 millones de afroamericanos, abarcando a los mestizos, que se concentran por la casi totalidad en el sur y en el este del país y que según las previsiones subirán a los 74 millones en 2060 representando el 17.5% de la población estadounidense, los 25.2% viven por debajo del umbral de la indigencia, es decir, 10.4 puntos porcentuales por encima de la media nacional del 14,8% (datos 2014 de la Oficina del Censo), formando parte de los 46,7 millones de personas que están en la pobreza absoluta. La situación se presenta aún mas complicada considerando que la tasa de paro entre la población de color es del 8.8%, más del doble de la blanca (4.3%), así como dio a conocer la Oficina Nacional de Trabajo en febrero 2016, pero lo que escandaliza es el desempleo crónico de los afroamericanos, un asunto histórico, dado que, desde el 1972, el índice de paro ha siempre duplicado, incluso triplicado, el de los blancos, y está fuertemente relacionado con el tamaño de la población carcelaria, como comprueba el indicador de negros en prisión por cada 100 mil habitantes, que en 2010 era seis veces más alto de el de los reclusos blancos. En el proyecto nacional, entonces, se vuelve a cuestionar el destino del “negro”, los demócratas lo hacen con una retorica vacía y redundante, los abrazos a los “niggers” de Hillary Clinton y las lagrimas de Barack Obama por cada crimen policial huelen a paternalismo, el mismo que ha mantenido pendiente el problema de la integración, dejando sobrevivir, bajo la tutela del estado y en una miseria sin dignidad, demasiadas generaciones de afroamericanos.

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“I love Latinos” (“Yo amo a los Latinos”)

“I love Latinos” declaró Trump festejando el triunfo en los caucus de Nevada, como si fuera lo más simple de decir después de haberles denigrado, así es Trump, descarado, veleta y siempre listo para salir bien librado de los apuros. Los resultados le entregaron al multimillonario un mensaje, también los latinos, su blanco preferido, lo aman, al punto que le otorgaron el 45% de consensos contra el 28% del cubano estadounidense Marco Rubio, pues, ¿son ellos masoquistas? Claro que no, lo que pasa es un proceso que ya se verificó en Italia cuando la Liga Norte, un partido de derecha que despreciaba a los ciudadanos del sur del país considerándoles parasitarios y malhechores, recogía una parte importante de sus votos entre los sureños que desde los anos '50 se habían trasladado al norte para encontrar trabajo y mejorar su situación económica. Esos emigrantes, que son parte integrante de la sociedad septentrional, experimentaban resentimiento hacia la clase política y los conciudadanos meridionales reprochándoles su supuesta inclinación a la corrupción, al clientelismo y al derroche de fondos públicos. De hecho, percibiendo los nuevos flujos de desempleados sureños de los anos '90 como un peligro a su bienestar logrado con laboriosidad, votaban de manera masiva a un partido anti-meridional con un consenso que crecía a medida que la baja crecida del PIB y la siguiente crisis afectaba su entorno laboral.

Volviendo al tema, en Estados Unidos se observa un fenómeno similar, muchos inmigrantes latinos, y en particular mexicanos, viven en los estados de la confederación desde hace cuarenta años, algunos llegaron cuando eran niños y otros nacieron en la tierra del Tío Sam conociendo sus orígenes de manera incompleta. Las primeras generaciones ocuparon los peldaños más bajos de la escala social, una praxis típica de la sociedad norteamericana destinada a los últimos llegados, antes de ascender con privaciones y abnegación, por eso, temen que una nueva oleada de inmigrantes indocumentados pueda minar su precaria fortuna reduciendo el salario mínimo que ya es muy bajo, especialmente en este largo periodo de depresión de la economía global. La desocupación con una tasa que roza el 5% esconde el hecho de que se trata de empleos o miniempleos que no garantizan un estilo de vida satisfactorio, por otro lado, las estadísticas documentan que la riqueza media neta de los hogares de clase media sufrió la crisis de manera fatal, pasando de los 161 mil dólares de 2007 a los 98 mil dólares de 2013, mientras que la disminución de la riqueza en los de la clase alta fue contenida, reduciéndose de los 729 mil dólares de 2007 a los 650 mil dólares de 2013, es decir, que la crisis tuvo un impacto destructivo sobre la clase media recortando su patrimonio del 64% respecto al deterioro del 12% de las familias de alto ingresos. El dato permite comprender el porqué los latinos son al mismo tiempo amados y odiados, queridos por todas las empresas que los contrataron y por el sistema económico en su complejo dado que fueron utilizados, al igual que la inmigración desde los ex países comunistas y África del Norte hacia Europa Occidental, como medio para regular (acrecer) la oferta de mano de obra, bajar los salarios y disminuir las prestaciones sociales; detestados por aquella parte de los trabajadores blancos y negros echada fuera del circuito laboral y afectada por el hundimiento financiero. La fragilidad de la recuperación certificó la falla estructural de una economía que puede seguir consumando sólo a través de la deuda, deuda privada (familias y empresas) y deuda de la balanza de pagos, lo cierto es que las transacciones monetarias entre EE. UU. y el resto del mundo han llegado al déficit actual de 460.000 millones de dólares, una imparable carrera de endeudamiento que ha empezado en la década de los '80. Este excesivo débito empeoró cabalmente con la presidencia de Bill Clinton, al terminar su mandato, en enero de 2001, se había disparado un 800% pasando de los 51.000 millones de 1992 a los 410.000 millones de dólares, y de más, llegando a la cifra más alta de déficit en valore absoluto desde 1982, año a partir del cual la balanza de pagos estadounidense, excepto en 1991, registró de forma ininterrumpida un saldo negativo. La noticia tiene importancia para comprender porque durante los últimos veinte años el poder adquisitivo de los trabajadores del sector privado se ha reducido a la mitad. Cuando Bill Clinton asumió el cargo de presidente, se presentó como el líder de la tanto cínica cuanto mucilaginosa tercera vía, proponiendo una política exterior en conformidad con el plan “Estrategias de Seguridad Nacional de los Estados Unidos” elaborado de manera completa en 1996, sin embargo, ya puesto en marcha a partir de la entrada en vigor en 1994 del TLCNA (NAFTA por su sigla en inglés), un tratado muy similar a lo de la UE, excepto por la ausencia de unión monetaria y libre circulación de personas, que creó una área de libre mercado entre EE. UU., México y Canadá. Firmado por George W. H. Bush en 1992 y ratificado por el Congreso y el Senado estadounidense en noviembre de 1993 con la acogida favorable tanto de los republicanos cuanto de los demócratas, Clinton lo inauguró diciendo que “TLC significa puestos de trabajo. Empleos en Estados Unidos, empleos bien pagados en Estados Unidos. Si no creyera eso, no seria partidario de este acuerdo.”

El tratado que sigue en vigor con todas sus complicadas consecuencias para los mexicanos, fue el primero de un gran número de acuerdos de libre comercio, alrededor de 270, que fueron sellados por el consorte de Hillary durante su largo mandato (1993-2001), aseverando la tendencia hacia un liberalismo desenfrenado. Bill Clinton reveló una clara cercanía con su predecesor Bush padre y su entorno republicano, elemento que es necesario tener en cuenta, visto que revisando el documento “Estrategias de Seguridad Nacional de los Estados Unidos” se detecta un conexión muy estrecha entre asuntos domésticos e internacionales, podría parecer nada nuevo en la historia norteamericana, pero no es así, porque hay una disconformidad en la consideración de que el imperio se interesa tanto por asuntos que lo conciernen directamente y de manera inmediata hasta pre-judicar su caudillaje político-económico, como por acontecimientos lejanos e indirectos que por lo menos aparentemente no le corresponden ni le aquejan, y lo hace esencialmente para propagar y afirmar de manera preventiva su metafísica del mundo, antes de que pueda ser cuestionada y atacada por otras ideologías, entonces, evapora el confín entre política exterior e interna, y todo lo que puede de manera directa o mediata, presente o futura, destruir la prosperidad y el dominio político estadounidense, definidos bajo el genérico nombre de “seguridad”, debe ser detenido y aniquilado. La expresión no deja lugar a dudas, terrorismo, criminalidad organizada, narcotráfico, conflictos étnicos, proliferación de armas de destrucción masiva y estados canallas, se ponen en la mira de lo servicios de seguridad, ampliando el espectro de su acción diplomática, económica y militar, convencidos de que la frontera nacional siendo permeable y penetrable de manera peligrosa, solicita un mayor esfuerzo para reafirmar la soberanía global de Estados Unidos. En este sentido, la abertura de mercados foráneos es funcional al poder norteamericano, lo que hizo Clinton durante su presidencia, determinando que los latinos y, en particular, los mexicanos, pagaran el precio de esta diplomacia agresiva dos veces, en Estados Unidos como trabajadores explotados sin derechos, y en México, donde el TLCNA ha acarreado y continua acarreando pobreza y desigualdades. El aumento desmesurado de las exportaciones mexicanas estimadas en 2015 en 380.172 millones de dólares, disfraza que desde 1994 el saldo de su balanza comercial ha sido, excepto en tres años (1995, 1996, 1997), constantemente negativo, llegando en este mismo año a 14.460 millones de dolares, el déficit peor desde 2008. Las exportaciones que en 2014 fueron el 30,72% del PIB, tienen su destino fundamental a EE. UU., representando el 71% sobre el total y concerniendo esencialmente petróleo crudo, coches, pantallas, móviles, computadoras, camiones de reparto y plata, como se puede entender son materias primas que necesitan una trasformación (petróleo refinado) o productos realizados en el lugar por las principales corporaciones estadounidenses y extranjeras, convirtiendo México en el paraíso de las maquiladoras que aprovechan costos asequibles, trabajadores baratos e importaciones de materiales sin aranceles. Analizando el PIB de México y tomando como base el de 2008, se descubre que desde 1994 hasta 2015 el país ha promediado el 2,3% en crecimiento anual, otros países latinoamericanos han logrado tasas superiores, pero dato más importante, es que comparándolo con el PIB de los 22 años antecedentes la entrada en vigor del TLCNA (1972-1993) se registra una tasa promedia anual de 3.75%, que es superior en 1.45 puntos porcentuales, aun teniendo en cuenta el sexenio anterior al tratado de libre comercio (1988-1993) se logra un incremento promedio anual de 3.1%, y el dato se desinfla, pero poco, si se incluyen los anos '80 en que el sexenio 1982-1987 fue uno de los periodos más desfavorables de la economía mexicana, porque se consigue durante 14 años (1980-1993) una tasa promedia anual de 2% que refleja una diferencia negativa de 0.3 puntos porcentuales. Tomando como PIB base el año 2003 o el año 1993, los resultados muestran mínimas diferencias (tasa promedia anual de 2.3%, periodo 1994-2013, respecto a la tasa promedia anual de 3.5%, periodo 1974-1993, con PIB base 2003; tasa promedia anual de 2.1%, periodo 1994-2013, respecto a la tasa promedia anual de 3%, periodo 1974-1993, con PIB base 1993) y, asimismo, el crecimiento de la propia economía mexicana fue muy superior entre 1940 y 1980.

Los otros indicadores económicos proporcionan un panorama desolador, ya que la balanzas de pagos mexicana ha acumulado desde 1994 todos saldos negativos, el numero de pobres se ha acrecentado alcanzando en 2014 los 55.3 millones con una tasa del 46.2% sobre el total de la población mexicana (datos CONEVAL), y la deuda estatal es en su máximo histórico ascendiendo a 425.523 millones de dólares (160.295 de deuda externa y 265.228 de deuda interior), o sea, el 47,8% del PIB (datos de la Secretaría de Hacienda.)

Además, durante este largo periodo de vigencia del tratado, las exportaciones totales de EE. UU. hacia México y Canadá cayeron 62% en confronto con el periodo anterior a la entrada en vigor del acuerdo, las de servicio sufrieron una reducción del 49%, y a pesar de que las importaciones mexicanas de productos alimentarios subieron el 239%, eso no se convirtió en una disminución del precio de los mismos, por el contrario, incrementaron un 67%, específicamente, el ingreso de maíz económico y subsidiado desde los Estados Unidos a México hizo caer 66% las ganancias de los campesinos, obligándoles a dejar el cultivo, circunstancia que el gobierno aprovechó para facilitar la venta de las tierras a grandes corporaciones. Como consecuencia más de 2,4 millón entre campesinos y otros trabajadores del sector quedaron sin trabajo entre 1993 y 2005, al mismo tiempo, unas 60 mil empresas manufactureras cerraron en tierra yanqui, muchas de ellas fueron a buscar mano de obra y un buen mercado en México, determinando la perdida de 1 millón de trabajadores desde 2004, y dos obreros manufactureros sobre tres que aceptaron desplazarse, padecieron una disminución del 20% de su retribución, por si no bastara, el valor del precio de los alimentos básicos en la patria de Emiliano Zapata superaron en siete veces el nivel anterior al TLCNA (Public Citizen).

El libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá desde la implementación del TLCNA, ha sido una tragedia, el factor que lo comprueba de manera irrefutable es el flujo migratorio, el número anual de los inmigrantes mexicanos que fueron a EE. UU. ha incrementado 108%, de 370 mil en 1993 (el año anterior a la entrada en vigencia del tratado) a 770 mil en el 2000, y los inmigrantes ilegales en los Estados Unidos crecieron 144% pasando de 4.8 millones en 1993 a 11.7 millones en 2012. Entonces, ¿quiénes ganaron con el TLCNA?

Ganaron las empresas transnacionales como FCA, General Motors, Ford, Walmart, Intel, General Electric, Caterpillar, Boeing, Verizon, Pfizer, FedEx, IBM, Peepsi, Procter & Gamble, Kimberly Clark y muchas otras (se estima que las corporaciones estadounidenses en México son alrededor de un 50%, las demás provienen de varios países del mundo), y ganaron en ambos lados de la frontera, en ese aspecto, la visita de Obama a Cuba, la primera de un presidente americano durante 88 años, probablemente no traiga la libertad, ni la democracia, sino el presagio de nuevas, espantosas aflicciones para los latinos.

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