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Abdullah bin Abdulaziz, de 91 años, el monarca saudí que trabajó incansablemente para construir su retrógrado y ultraconservador reino, está gravemente enfermo y listo para abdicar según fuentes de  la inteligencia israelí. Le entrega las riendas del gobierno del país exportador de petróleo más importante del mundo a dos sucesores.

Consciente de su delicado estado de salud, Abdullah inició el año pasado la organización de la sucesión para mantener la estabilidad del régimen. Llamó a su medio hermano, el príncipe heredero Salman, de 78 años, para sentarse en el trono. Sin embargo, puesto que se cree que sufre de demencia, el próximo príncipe heredero Muqirin, de 70 años, gobernará el reino en la práctica. El anuncio de la abdicación se puede retrasar por las disputas por el trono, provocando una crisis política que el rey enfermo intentaba evitar.

Coincidiendo con la noticia del cambio inminente, tres guardias saudíes, entre ellos el general al-Odah Balawi, comandante de la guardia de la frontera norte, murieron el lunes 5 de enero a manos de terroristas del ISIS, armados con cinturones con bombas que intentaban infiltrarse en el reino. Los atacantes, al parecer con información de inteligencia sobre los movimientos del general, lo atraparon en una emboscada. Cuatro atacantes murieron en el choque, dos por suicidio. Este incidente subrayó uno de los peligros que acechan al, el Estado islámico y su ventaja de la inteligencia táctica local.

Según fuentes del Golfo, el rey está  críticamente enfermo con cáncer de pulmón. Dos especialistas estadounidenses se han apresurado a tratarlo.

En marzo de 2014, se dispuso que el príncipe Muqrin ascendido al tercer lugar en la línea al trono, unificara las facciones rivales en la casa real. Pero antes, en mayo de 2013, elevó a su propio hijo, Muteb bin Abdullah, de 62 años, a Ministro de la poderosa Guardia Nacional. El rey también bloqueó el camino del hijo del príncipe heredero Salman Mohammad, al cargo de viceministro de Defensa, que debía haber sido su trampolín para el cargo más alto cuando su padre dejara el trono.

En marzo pasado, cuando el presidente de EEUU, Barack Obama, visitó Riad, la mala salud de Abdullah se supo por una foto que lo mostraba conectado a un tubo de oxígeno. En versiones posteriores de la foto, el tubo fue disimulado. En cuanto a su seguridad, la crisis atrapa el Reino de Arabia Saudita en uno de los períodos más peligrosos de su corta historia. Riad ha estado observando la adquisición de armas nucleares de Irán con alarma extrema y ha perdido la fe en la diplomacia internacional liderada por Estados Unidos para contener sus planes.

Los saudíes ven a Teherán como una amenaza regional que está en proceso de crear un bloque con sus aliados: el sirio Bashar Assad, al norte; Hezbollah en el Líbano y los huthis de Yemen del sur.

El Estado Islámico de Irak y Levante y su líder Abu Bakr al-Baghdadi no sólo ha invadido Irak y Siria, sino que también tiene ahora en la mira a Arabia Saudita. Visto desde Riad, el reino está asediado por todos lados. En el interior también, los sauditas comparten las preocupaciones de los países occidentales de que los jihadistas que regresan a casa después de luchar con el ISIS va a desatar la violencia para derrocar a la casa real.