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El FBI ha ordenado un examen a fondo de los 25.000 soldados de la Guardia Nacional que velan por la seguridad de la ceremonia de investidura de Joe Biden el 20 de enero, ante el temor a "un ataque desde dentro". El secretario del Ejército de Tierra Ryan McCarthy ha reconocido que los oficiales son conscientes de "la amenaza potencial" y han sido prevenidos para vigilar cualquier posible "conexión extremista" en las tropas.

Al menos dos soldados de la Guardia Nacional figuran entre los detenidos por su participación en el asalto al Capitolio del 6 de enero. En el acto que precedió a los disturbios, y en el que intervino el presidente Donald Trump, estuvieron presentes decenas de soldados, miembros y ex miembros de las fuerzas de seguridad. Algunos de los grupos de ultraderecha vinculados con el asalto, como los Oath Keepers o los Three Percenters, cuentan con una nutrida representación de soldados, veteranos y agentes de policía en sus filas.

El FBI está llevando a cabo una somera revisión de las fichas de todos los soldados destinados a Washington, así como de las bases de datos con investigaciones relacionadas con asociaciones extremistas y terrorismo doméstico, según informó David Gómez, supervisor de la Agencia Federal de Investigación en Seattle.

"Estamos revisando continuamente el proceso y examinando por segunda y tercera vez a cada uno de los soldados que participan en esta operación", declaró Ryan McCarthy a la agencia AP, al término de un ensayo general para la ceremonia celebrado el domingo en Virginia.

Según McCarthy, el Ejército no solo ha redoblado sus esfuerzos para detectar posibles amenazas internas sino que ha sido adiestrado especialmente para "identificarlas" y neutralizarlas. Los dos mayores riesgos contemplados son sin embargo "un ataque por parte de grupos armados" o un atentado con explosivos.

"A la menor indicación de que alguno de nuestros soldados haya expresado visiones extremistas, será entregado a las fuerzas de seguridad o la cadena de mando", advirtió el general Daniel R. Hokanson, al frente de la Agencia de la Guardia Nacional, encargado de despachar personalmente

Hasta el momento, no se han detectado amenazas internas ni se han disparado las alertas rojas. "Nuestra prioridad es garantizar una transferencia de poderes sin incidentes", advirtió Ryan McCarthy. "Queremos mandar el mensaje a Estados Unidos y al resto del mundo de que podemos hacer esto de un modo seguro y pacífico".

Pese al temor a incidentes violentos durante el domingo, Washington vivió una situación de tensa calma. Las escasas protestas se celebraron ante apenas una decena de capitolios locales como el de Michigan, donde la Guardia Nacional mantuvo bajo vigilancia a un puñado de manifestantes armados.

Millones de inmigrantes serán nacionales de EEUU en 8 años gracias al nuevo plan de Biden

MOSCÚ (Sputnik) — El presidente electo de EEUU, Joe Biden, presentará en el primer día de su mandato un amplio proyecto de ley que allanará el camino hacia la naturalización para unos 11 millones de inmigrantes, adelantó el diario The Washington Post.

Una fuente familiarizada con el asunto dijo al periódico que Biden dará a conocer el proyecto, de varios cientos de folios, el 20 de enero, después de jurar el cargo como 46 presidente de EEUU.

Conforme al proyecto de ley, los inmigrantes que residían en EEUU al 1 de enero de 2021 podrán obtener un estatus legal temporal por cinco años, o una carta de residencia permanente, la llamada tarjeta verde, una vez que se hayan verificado sus antecedentes y a condición de que paguen impuestos y cumplan con otros requisitos básicos. Tres años después tendrá derecho a solicitar la naturalización en EEUU.

Para algunos inmigrantes, el proceso será aún más expedito, señala el periódico. Los llamados dreamers ('soñadores'), jóvenes que entraron ilegalmente en EEUU cuando eran niños, así como los trabajadores agrícolas y las personas bajo protección temporal podrán calificar mucho más rápido para la tarjeta verde si trabajan, estudian en escuela o cumplen con otros requisitos.

El nuevo plan aborda algunas de las causas fundamentales de la migración desde América Central hacia Estados Unidos y prevé subsidios para la capacitación de la fuerza laboral y el aprendizaje del inglés.

Según The Washington Post, Biden tomará medidas para revertir también otras políticas migratorias de la administración de Donald Trump, en particular levantando la prohibición de llegada desde varios países predominantemente musulmanes.

Universidad revoca un título honorario a Donald Trump

La Universidad de Lehigh, en Pensilvania, revocó el título honorario que había otorgado al presidente saliente de EEUU, Donald Trump, en 1988. La decisión fue tomada tras los asaltos al Capitolio por parte de simpatizantes del republicano, pero "debería haberse hecho hace años", sostuvo uno de los académicos de la institución.

El anuncio de una institución privada de educación superior en Pensilvania, este de Estados Unidos, es simbólico pero llamativo. Pasados más de 30 años, la Universidad de Lehigh retiró el título honorario que le había otorgado a Donald Trump en 1988, cuando asistió como invitado y habló durante la ceremonia de graduación de esa generación.

La decisión fue confirmada por la Junta Directiva el 8 de enero, dos días después de los ataques de simpatizantes de Trump al Capitolio de EEUU. Un día antes, el presidente de la Universidad, John D. Simon, condenó los hechos públicamente con un contundente mensaje.

"Ayer presenciamos un asalto violento a los cimientos de nuestra democracia, al permanente respeto de la voluntad del pueblo ejercida en elecciones libres y en el traspaso pacífico del poder. Espero, con sinceridad, que la tristeza y la furia que se ha evocado ilegalmente en nuestra capital se convierta en una motivación para que nuestra nación sea más justa. Confío en que esto nos inspire a redoblar nuestros esfuerzos para unir a nuestro país e incentivar la búsqueda pacífica de la gobernanza, guiada por la verdad y la razón. Tenemos mucho trabajo que hacer", publicó la Universidad bajo la firma de Simon.

​La publicación recibió múltiples respuestas que instaban a la autoridad a ser consecuente con su declaración y revocar el título honorario de Trump. Desde el periódico del centro de estudios, The Brown and White, los estudiantes también se habían pronunciado al respecto,  y surgieron también otras iniciativas como peticiones en la que se llamaba a revocar el título en símbolo de desaprobación de la ideología de "supremacía blanca desenfrenada y la xenofobia manifiesta del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump".

Tras la festejada decisión del centro de estudios, otro de los mensajes que repercutieron lo dio el docente de periodismo de Lehigh, Jeremy Littau. "Después de cinco años de presión por parte de nuestra facultad, personal, estudiantes y ex alumnos, la Junta Directiva de Lehigh finalmente hizo lo correcto y revocó el título honorífico de Donald Trump", escribió.

​"Esto no lo arregla todo. Que haya tardado tanto a pesar de la larga lista de razones por las que esto debería haberse hecho hace años debería ser motivo de reflexión para todos los que tienen el poder aquí", añadió.

Por último, habló a sus estudiantes y agradeció a todos los que en algún momento llevaron el tema a discusión en distintos espacios de la universidad. "Especialmente a nuestros jóvenes alumnos: gracias. Su voz e influencia son muy importantes. Espero que se mantengan comprometidos. Todavía tenemos mucho que hacer para crear una comunidad más equitativa", subrayó.

Tras la iniciativa de Lehigh, otras universidades también retiraron otros títulos honorarios que habían otorgado al mandatario. Una de ellas fue la Universidad de Wagner, Nueva York, que revocó el título de doctorado ‘honoris causa’ que había otorgado a Trump en 2004.

"La Junta de Síndicos de Wagner College se reunió en una sesión especial para revisar el título honorario otorgado a Donald J. Trump en 2004. Hoy, la junta votó para rescindir ese título", informó vía Twitter dicha institución.

​Ya en 2015, la Universidad Robert Gordon en Aberdeen, Escocia, había anulado el título honorífico que había concedido a Trump a causa del contenido de sus discursos de campaña que, según sus autoridades, eran "totalmente incompatibles con el espíritu y los valores" con su casa de estudios.

Análisis: El derrumbe de Estados Unidos

Thierry Meyssan

Todo tiene un fin, incluso los imperios. Después de la URSS, hoy estamos viendo ‎el fin de Estados Unidos. Washington ha favorecido escandalosamente a una reducida ‎camarilla de ultra-multimillonarios y ahora se ve ante sus viejos demonios, reducido a ‎prepararse para la secesión y la guerra civil.‎

 

La reducida camarilla que se ha apoderado de Estados Unidos ha decidido censurar al ‎presidente Donald Trump, aún en ejercicio. Uno de sus miembros es el hombre más rico del ‎mundo, Jeff Bezos, propietario de Amazon, de Blue Origin y del “Washington Post”.‎

Cada uno de los dos bandos hoy enfrentados en Estados Unidos –los ‎“jacksonianos”‎ y los ‎‎“neopuritanos” [1]– pretende liquidar al otro. ‎Los jacksonianos hablan de insurrección mientras que los neopuritanos apuestan por la represión, ‎pero ambos bandos se preparan para el enfrentamiento. Dos tercios de la ciudadanía ‎estadounidense viene preparándose para una guerra civil. ‎

El punto de vista de los “jacksonianos”

Los jacksonianos –así llamados en referencia al 7º presidente de Estados Unidos (1829 a 1837), ‎Andrew Jackson, quien se opuso, antes de la Guerra de Secesión, a la creación de la Reserva ‎Federal (el banco central estadounidense)– desaparecieron de la escena política estadounidense ‎durante todo un siglo, hasta que uno de ellos –Donald Trump– ganó la elección presidencial. ‎Los jacksonianos se oponen, primero que todo, a los vínculos incestuosos que existen entre los ‎bancos privados y la ya mencionada Reserva Federal, la entidad que imprime el dólar. ‎

Durante la última elección presidencial estadounidense, en numerosos Estados, los funcionarios ‎a cargo del conteo de los sufragios emitidos el 3 de noviembre de 2021 impartieron instrucciones ‎para que los observadores no tuvieran acceso al proceso de conteo, privando así el resultado de ‎la elección de toda legitimidad democrática. ‎

A estas alturas, la cuestión ya no es saber quién resultó electo sino qué es lo más conveniente ‎después de esa ruptura del pacto nacional. ‎

Según la 2ª Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, los estadounidenses tienen derecho ‎a armarse y a organizarse en milicias para defender la libertad de su Estado si esta se ve ‎amenazada. ‎

Esa Enmienda es parte de la «Carta de Derechos de Estados Unidos» (Bill of Rights) cuya ‎adopción fue la condición no negociable para que los ciudadanos que habían luchado por la ‎independencia aceptaran la Constitución redactada por la Convención de Filadelfia.

En virtud de ‎la 2ª Enmienda, todo estadounidense puede poseer armas de guerra –de cualquier tipo–, lo cual ‎ha hecho posible la repetición de masacres perpetradas con armas de fuego que han enlutado la ‎sociedad estadounidense. A pesar del indudable costo humano de esos crímenes, la 2ª Enmienda ‎no ha sido derogada por considerarse un elemento fundamental del equilibrio del sistema ‎político estadounidense. ‎

Precisamente, para un 39% de los estadounidenses recurrir a las armas contra autoridades ‎corruptas no es sólo un derecho sino un deber. Al mismo tiempo, un 17% de los ‎estadounidenses estima que ha llegado el momento de actuar [2]. ‎

Grupos armados están preparándose en cada Estado para realizar manifestaciones el próximo 20 ‎de enero, en ocasión de la entronización de Joe Biden en Washington D.C. El FBI teme que ‎ocurran graves motines en al menos 17 Estados. ‎

Por supuesto, esos hechos pueden ser interpretados en muchos sentidos diferentes y siempre cabe ‎la posibilidad de acusar a quienes se plantean la insurrección –que son una masa ‎extremadamente heterogénea– de ser todos «conspiracionistas» o «neonazis»… o ‎ambas cosas. Pero es incuestionable que su decisión de sublevarse es la única legítima a la luz de ‎la Historia estadounidense e incluso del derecho reconocido en su país. ‎

Habrá quien vincule ese descontento a la extraña y efímera irrupción de manifestantes en ‎el Capitolio de Washington que marcó la jornada del 6 de enero. El hecho es que no hay relación ‎entre ambas cosas. Nadie aspira a “derrocar” el poder legislativo estadounidense sino a ‎neutralizar a la clase política en su conjunto y obtener la realización de nuevas elecciones, que ‎sean realmente transparentes. ‎

Los estadounidenses que protestan contra «el robo del sistema electoral» son principalmente ‎electores de Donald Trump, pero no son estos últimos los únicos que protestan. No se trata de ‎simple recriminaciones de los partidarios de Donald Trump –descontentos de que su candidato ‎haya perdido– sino de un problema de fondo sobre la transparencia de las elecciones ‎estadounidenses, condición sine qua non de todo sistema que aspire al calificativo de ‎‎“democrático”. ‎

La ausencia de transparencia del conteo de los votos de la elección presidencial estadounidense ‎ha desencadenado las pasiones, ya existentes desde la crisis financiera de 2007-2010. ‎La mayoría de la población no estuvo de acuerdo con el plan de salvamento de los bancos –un ‎desembolso de 787 000 millones de dólares– propuesto por el entonces presidente –el demócrata ‎Barack Obama–, suma que se agregó a los 422 000 millones ya asignados por su predecesor ‎republicano, George Bush hijo, para compensar préstamos tóxicos. En aquel momento, millones ‎de estadounidenses que declaraban que «ya pagaban suficientes impuestos» (Taxed Enough ‎Already, fórmula recogida en el acrónimo TEA) fundaron el Tea Party Movement, referencia al ‎hecho histórico conocido como Boston tea party (el “Motín del té” del 16 de diciembre ‎de 1773), que abrió la marcha hacia la guerra de independencia. El movimiento contra la ‎adopción de pesados impuestos tendientes única y exclusivamente a salvar los intereses de los ‎ultra-multimillonarios se desarrolló tanto en el seno de la derecha como en las filas de la ‎izquierda, como quedó demostrado con las campañas de la gobernadora republicana Sarah Palin y ‎del senador Bernie Sanders, dos veces aspirante a la nominación como candidato a la ‎presidencia por el Partido Demócrata.‎

El descontento de los antiguos miembros de la pequeña burguesía, que hoy se ven masivamente ‎desclasados como resultado del éxodo de empresas hacia el exterior y la subsiguiente ‎desaparición de empleos en Estados Unidos, da como resultado que el 79% de los ‎estadounidenses estima ahora que «América se derrumba», una proporción de “desencantados” ‎que no tiene equivalente en Europa, exceptuando los «Chalecos amarillos» franceses. ‎

Por supuesto, es muy poco probable que eventuales motines en ocasión de la investidura de Biden, ‎el próximo 20 de enero, lleguen a convertirse en revolución. Pero hace ya una decena de años ‎que esa noción ha venido ganando espacio en la populación y hoy cuenta con suficientes ‎partidarios –en todo el espectro político estadounidense– como para iniciar la batalla y perdurar. ‎

El punto de vista de los neopuritanos

Frente a los jacksonianos, los grupos que arremeten contra el presidente aún en ejercicio ‎también se creen en todo su derecho. Como el Lord Protector Oliver Cromwell (1653-1658), ‎dicen representar una moral superior a la Ley. Lo único que los diferencia de aquel republicano ‎inglés es que no utilizan referencias religiosas. Son calvinistas sin Dios. ‎

Los neopuritanos dicen querer una Nación “para todos”… pero no para sus adversarios y ‎excluyendo a todo el que no esté de acuerdo con ellos. Así que celebran que Twitter, Facebook, ‎Instagram, Snapchat y Twitch hayan decidido censurar a todo aquel que ponga en duda la honestidad de la elección estadounidense. No les importa que esas transnacionales se arroguen ‎así un poder político que contradice el espíritu y la letra de la 1ª Enmienda de la Constitución ya que tienen un concepto muy particular de la Pureza: la libertad de expresión no es para herejes ‎ni “trumpistas”. ‎

En su delirio “purificador”, los neopuritanos reescriben la historia de Estados Unidos, nación que ‎proclaman «la luz sobre la colina» cuya misión es iluminar el mundo. Ignoran premeditadamente ‎toda forma de conciencia de clase y enaltecen las minorías, no por los valores de esas minorías ‎sino sólo porque son grupos minoritarios. Pretenden purificar las universidades, imponer la ‎llamada «escritura inclusiva», sacralizan la naturaleza salvaje, quieren etiquetar las noticias como ‎‎«información verificada» o «fake news», derriban estatuas de personajes históricos, etc. Y hoy ‎tratan de destituir al presidente saliente Donald Trump, no tanto por considerarlo el organizador ‎de lo ocurrido en el Capitolio sino porque quienes penetraron en ese recinto ven a Trump como ‎su líder. Ninguno de esos “herejes” debe quedar sin castigo. ‎

Los puritanos del siglo XVII practicaban confesiones públicas como medio de alcanzar la vida ‎eterna. Sus sucesores, los neopuritanos del siglo XXI, pretenden alcanzar el mismo objetivo ‎fustigándose por el «privilegio blanco». Ultra-multimillonarios como Jeff Bezos, Bill Gates, Arthur ‎Levinson, Sundar Pichai, Sheryl Sandberg, Eric Schmidt, John W. Thompson y Mark Zuckerberg ‎promueven una nueva «ideología» que plantea la superioridad del «hombre numérico» sobre el ‎resto de la humanidad y dicen aspirar a vencer la enfermedad y la muerte.

Hace tiempo que esas personas, supuestamente tan racionales, se han alejado de la razón, tanto ‎que, según estiman dos tercios de los estadounidenses, ya se ha vuelto imposible entenderse ‎con ellos sobre hechos básicos. Aclaro que al escribir esto no me refiero a los “trumpistas” sino ‎a los neopuritanos. ‎

El fanatismo que hoy exhiben ya dio lugar a la guerra civil inglesa, a la guerra de independencia ‎estadounidense y, finalmente, a la Guerra de Secesión. El principal temor del presidente Richard ‎Nixon era que llegara a provocar una cuarta guerra en Estados Unidos. Esa es la posibilidad que ‎hoy se cierne sobre ese país. ‎

Una parte del poder ya ha pasado de las instituciones democráticas nacionales a las manos de unos cuantos ‎ultra-multimillonarios. Estados Unidos ya no es el país que alguna vez conocimos. Y ‎ha comenzado su agonía. ‎

NOTAS

[1] Sobre “jacksonianos” y “neopuritanos”‎, ver «Estados Unidos, ‎‎¿se reforma o se desgarra?», 26 de octubre ‎de 2016; ‎‎«Elección presidencial estadounidense 2020‎. ‎¡Abrid los ojos!‎», 10 de noviembre de 2020; y «La guerra civil ‎se hace ‎inevitable en ‎Estados Unidos», 15 de ‎diciembre ‎de 2020, todos por Thierry Meyssan y publicados en Red Voltaire.‎

[2] Encuesta de Ipsos titulada ‎‎Game changers, 13 de enero de 2021.