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Mauricio Montes. Las elecciones presidenciales de Estados Unidos del próximo 3 de noviembre tienen lugar en un complejo escenario de crisis económica y sanitaria, además de creciente violencia racial.

La abstención se asoma como una sombra, tras la baja participación en las más recientes elecciones; los simpatizantes del Partido Demócrata, decepcionados por los resultados de las primarias, decidirán si apoyan o no a Biden para restarle posibilidades a Trump que lucha por su reelección a todo nivel.

Sin embargo, la política exterior de EEUU hacia países como Rusia, China, Irán y Venezuela se mantendría pese al cambio en la Casa Blanca. Para ambos candidatos el presidente venezolano es un dictador y la política del miedo sigue justificando cualquier hostilidad en aras de "la lucha contra el terrorismo".

Por casi dos décadas, EEUU ha tomado acciones conspirativas en Venezuela y, hasta ahora, los gobiernos demócratas destacan por su encono en el ataque permanente a la Revolución Bolivariana. Las elecciones presidenciales en Estados Unidos solo sirven de puesta en escena y distracción para que los documentos desclasificados pasen por debajo de la mesa y los manifestantes que gritan en las calles clamando por empleo, igualdad y respeto a la vida, mueran de asfixia bajo la bota de una política inamovible que privilegia solo a unos pocos.

Prospectivas

Frederick B. Mills, profesor de filosofía y codirector del Consejo de Asuntos Hemisféricos en Washington DC, y Daniel Kovalik, profesor de Derechos Humanos Internacionales en la Facultad de Derecho de la Universidad de Pittsburgh, en diálogo para Sputnik, hacen una dura crítica a la contienda electoral que ha sido catalogada por ambos partidos como "la elección más importante de nuestras vidas". A juicio de los académicos, "gane quien gane, es el pueblo estadounidense el que pierde".

"Tanto el Partido Republicano como el Demócrata están en deuda con los intereses corporativos, apoyan el estado de vigilancia policial, promueven el uso continuo de combustibles fósiles, se oponen a Medicare para todos, violan los derechos de los migrantes y canalizan miles de millones de dólares de los contribuyentes a la máquina de guerra sin fin en lugar de la creación de empleo. e inversión social. El único partido progresista anticapitalista en la mayoría de las votaciones estatales es la Parte Verde y si pueden obtener el 5% de los votos, esto constituirá el comienzo de la construcción de un tercer partido verdaderamente progresista", apunta Mills.

Para el académico, lo único que puede considerarse distintivo de esta elección ha sido el hecho de que Trump y una parte de quienes apoyan al Partido Republicano estarían dispuestos a no aceptar la derrota electoral y mantenerse en el poder a través de cualquier medio, lo que podría provocar graves alteraciones del orden público.

"Trump derrotado podría intentar desplegar a la policía y a los grupos aliados de la supremacía blanca contra los manifestantes antifascistas a favor de la democracia como parte de una estrategia para mantenerse en el poder", advierte el catedrático.

Las recientes encuestas hechas por distintas medios y organizaciones, destacan que los votantes demócratas tienen gran preocupación por la desigualdad en medio de la crisis económica y por la violencia racial. Una diferencia sustancial con las expectativas de los votantes republicanos para quienes es mucho más importante la crisis económica.

La pérdida de la candidatura de Bernie Sanders, quien mantenía una propuesta programática alejada de las élites de los partidos demócratas y republicanos, hace aún más difícil presagiar cuál será el comportamiento final de las votaciones. Sin embargo, Mills se atreve a describir un escenario.

"Muchos exsimpatizantes de Sanders votarán por Biden como una estrategia electoral malvada del arrendador anti-Trump. Otros progresistas, como Cornel West y Angela Davis, han argumentado que los progresistas deberían taparse la nariz y votar por Biden para dejar abierto el espacio político para construir un partido y un movimiento popular. Pero muchos otros progresistas argumentan que la candidatura demócrata debe ganar su voto apoyando la atención médica universal, un New Deal verde, los derechos de los migrantes, el respeto entre naciones, la desmilitarización y reforma de la policía, un programa de empleo y otros problemas sociales urgentes. Sin embargo, no podemos esperar que un boleto Biden - Harris vea la luz y se aleje del centro a la derecha hacia la mayoría de su base, que es progresista".

Para Daniel Kovalic, el comportamiento electoral debe analizarse desde el prisma de la tradicional "alta abstención" que prela en todas las elecciones de la nación norteamericana. Las causas de este fenómeno son claras.

"Una gran parte del electorado no se siente representado por ninguno de los partidos. Y ciertamente, ninguna de las partes está ofreciendo los cambios sistémicos que necesitamos para resolver los increíbles desafíos que enfrentamos en este momento. (…) El candidato que estaba ofreciendo un cambio, Bernie Sanders, fue empujado fuera del camino por el Comité Nacional Demócrata que representa los intereses del capital, mientras pretende representar a la clase pobre y trabajadora. Mucha gente ve esto y, por lo tanto, simplemente no se presentará el día de las elecciones. Además, a muchas personas a las que les gustaría votar simplemente no se les permitirá hacerlo. En 2016, según el periodista independiente Greg Palast, alrededor de 1 millón de votantes fueron eliminados erróneamente de las listas de votantes", puntualiza Kovalic.

Siguiendo esta línea argumental, Kovalic considera que Biden ganará el voto popular por un amplio margen, pero debido al sistema de colegios electorales, la abstención podría hacerle perder suficientes estados clave por un estrecho margen y así perder los votos necesarios en el Colegio Electoral. "Esto es lo que le pasó a Hillary Clinton", recalca.

¿Qué cambiará para Latinoamérica?

Actualmente, la percepción de Rusia y China como un peligro para la estabilidad de Estados Unidos, según informa la encuestadora Pew Research, ha aumentado en los últimos años en dicho país norteamericano. Además, ambos candidatos, tanto el republicano como el demócrata, han usado el ataque a Venezuela y Nicolás Maduro como bandera electoral.

Desde la perspectiva de Mills, todas esas características ya apuntan al hecho de que son pocas las cosas que cambiarían en la política exterior en el caso de que los demócratas tomen el poder.

"Recordemos que fue la Administración Obama-Biden la que inició el régimen de sanciones contra Venezuela y renovó las sanciones justo antes de que la Administración Trump asumiera el poder. Lo que Estados Unidos no puede perdonar es la causa bolivariana de independencia e integración regional y la determinación de Venezuela de ser una nación libre y soberana. Estados Unidos quiere acceso prioritario a los ricos recursos naturales de Venezuela y limitar la influencia de China en la región", destaca.

Además, hace memoria sobre el hecho de que Obama fue quien respaldó el golpe de Estado en Honduras y apoyó gobiernos neoliberales en la región como el de Macri en Argentina.

"El establishment demócrata es tan militarista como los republicanos, ya que la venta de armas es una parte integral de la economía estadounidense y la guerra es un gran negocio en muchos distritos del Congreso. El principal problema del establishment de Washington es que no reconocen que ya vivimos en un mundo multipolar; Washington quiere dominar la economía mundial y los recursos naturales, pero el único camino sostenible a seguir es la cooperación mundial y el comercio complementario", agrega.

Más allá de la elección

Para ambos catedráticos, la pandemia de COVID-19 ha expuesto la parte subyacente de la creciente desigualdad económica y social en Estados Unidos y el despliegue de encarcelamientos y asesinatos masivos por parte del Estado como herramientas de control social y subyugación de personas de color, generan un cuadro social que no va a ser resuelto con la elección presidencial.

Advierten que si Trump continúa criminalizando la disidencia de las grandes ciudades y haciendo uso de "fuerzas de seguridad anónimas y sus milicias armadas supremacistas blancas para tratar de intimidar a los manifestantes", el país se convertiría en un auténtico polvorín.

"Vivimos una época muy volátil dentro de Estados Unidos y es probable que Trump continúe culpando a la disidencia legítima por el sufrimiento causado por la extrema desigualdad económica y el creciente desempleo", añade Mills.

Ante este cuadro, Mills considera que la política electoral no representa el mejor escenario para la lucha por la justicia social, por lo que propone otra fórmula. Participar en la batalla de ideas, construir un nuevo mundo "en el que pueden caber muchos mundos" y "exponer las mentiras de la oligarquía", serían los vértices de una estrategia política distinta, de cara a ayudar a las comunidades más desfavorecidas de Estados Unidos.

"Es hora de organizar un movimiento de abajo hacia arriba, de base y a favor de la democracia que reúna una amplia base de movimientos sociales y populares mientras construye una tercera vía", concluye.

Las 'élites costeras' de Estados Unidos no son un burdo invento de Trump

Argemino Barro

Lo hemos oído muchas veces en boca de Donald Trump y de otros nacionalpopulistas: las 'élites costeras' son el enemigo, una mezcla de intereses creados en conferencias universitarias, galas de recaudación, 'think tanks' y redacciones acristaladas. Una corteza de intelectuales y piquitos de oro que se empeñan en transformar un mundo que no conocen, porque nunca han puesto un pie en él. Lo suyo son los informes y las abstracciones; los artículos escritos por gente que, como ellos, se pasa la vida en oficinas reguladas a temperatura ambiente.

También se los llama 'globalistas', ya que cada país tiene su élite urbana que se relaciona con otras élites urbanas, o IYI, siglas en inglés de 'intelectual pero idiota': alguien que conoce las fechas de la Guerra del Peloponeso pero que jamás ha pintado una pared o cambiado la rueda de un coche. La 'élite costera' tiene sin duda mucho de caricatura: de chivo expiatorio en el que Donald Trump, él mismo hijo de una familia adinerada de Nueva York, se ha apoyado para canalizar y usar en su propio beneficio los agravios de las regiones rurales de Estados Unidos.

Pero las caricaturas, como la propaganda, no funcionan en el vacío. Si así fuera, no serían efectivas porque nadie las reconocería. La buena propaganda siempre tiene una base de realidad, una rampa de lanzamiento para la imaginación. Tal es el caso de las élites costeras norteamericanas: un centro de influencia que lleva cuatro años dolorido y que ahora, el 3 de noviembre, tratará de recuperar su puesto.

El pequeño mundo de las Ivy League

Empecemos con una pequeña muestra, como si solo mirásemos la cumbre de una montaña: las universidades Ivy League. Ocho campus diseminados por la Costa Este de los que emana la flor y nata de las élites de EEUU. Al menos en dos de las instituciones más poderosas del país: la Casa Blanca y el Tribunal Supremo.

Hace más de 30 años que en el despacho oval no se sienta un comandante en jefe alejado de estas universidades. George Bush padre y George Bush hijo fueron a Yale, lo mismo que Bill Clinton. Barack Obama estuvo en Columbia y en Harvard, y Donald Trump en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania. No es un detalle menor. El principal reclamo de la Ivy League suele ser la red de conexiones que ofrece a sus alumnos. Las clases de eminencias. Las charlas y cócteles con mandamases. El sello mágico que abre las puertas de las corporaciones, los grandes partidos y los mejores clubes.

De los ocho actuales miembros del Supremo, todos ellos han ido a Yale o a Harvard. No hay excepciones. La fallecida Ruth Bader Ginsburg fue a Harvard. Y antes de Harvard, a Cornell. Otra universidad de la Ivy League.

¿Y los principales medios de comunicación? Un estudio de 'Psychology Today' y la Universidad de Arkansas determinó que, de todos los empleados del 'New York Times', el 44% acudió a una universidad de élite; en 'The Wall Street Journal', la proporción es del 50%. Eso en la plantilla total. Cuanto más subimos en el escalafón de estos medios, más crece la presencia de graduados de élite.

El desmesurado peso nacional de estas universidades, con su particular manera de mirar Estados Unidos y el mundo, solo refleja la realidad de fondo del poder americano. La influencia de los 'ivies' está enraizada en una tradición que se remonta a los orígenes de EEUU, y también en los cambios socioeconómicos de los últimos 30 años. En la cada vez mayor prevalencia de los centros urbanos y costeros.

Hubo una época en que el Partido Demócrata representaba a los votantes más humildes. Se trataba del partido progresista: el abanderado de los trabajadores, las minorías y los sindicatos. El defensor de la igualdad y de las políticas públicas. Y en cierto modo, lo sigue siendo. Pero casi exclusivamente en las grandes ciudades. Los votantes obreros blancos de las regiones rurales, que solían ser mayoritariamente demócratas, han ido emigrando hacia las filas republicanas. Una larga marcha que no empezó con Donald Trump. La victoria del magnate en 2016 solo fue la cruda manifestación de un proceso que pocos parecieron haber tenido en cuenta.

El elemento subyacente de este cambio de ciclo es el económico. Simplemente, el tejido industrial de las regiones rurales, de mayoría blanca, se ha ido desgastando desde los años setenta. La crisis del petróleo aceleró la deslocalización manufacturera a otros países y el crecimiento del más precario sector servicios. Por eso, desde los años ochenta, la convergencia per cápita de los ingresos entre el medio rural y el urbano, sostenible desde los años treinta, se ha detenido. Ahora, tres cuartas partes del crecimiento del empleo se concentran en las zonas urbanas.

La Gran Recesión solo ha recrudecido esta dinámica. Según un estudio del Economic Innovation Group, entre 2010 y 2014, más de la mitad de los negocios creados tras la crisis se concentró en 20 condados repartidos entre Nueva York, California y algunos en Texas, debido al auge de la extracción de gas y petróleo de esquisto. 20 condados de un total de más de 3.000 en todo el país.

Muertes por desesperación

De la depresión económica surgen muchos de los problemas que vemos en estas regiones. Allí donde las minas, la siderurgia o las plantas automovilísticas solían respaldar una sólida clase media, con su casita de valla blanca y sus dos coches, ahora se propaga una crisis social. Las llamadas 'muertes por desesperación', aquellas que suceden por alcohol, drogas o suicidio en la mediana edad, se han disparado entre los blancos de estas regiones. En concreto, se han triplicado desde los años noventa. Por eso se trata del único grupo demográfico donde baja la esperanza de vida y donde más ha caído la natalidad. Los condados con mayor adicción de los opiáceos, por cierto, son los que más votaron a Trump en 2016.

A medida que sucedía este proceso, gota a gota durante 30 años, los demócratas iban dando la espalda al campo y se iban centrando en las ciudades. La revolución reaganiana obligó a realinear las prioridades: los progresistas abrazaron posturas más neoliberales e ilustradas y se lanzaron a celebrar los valores multiculturales, identitarios y cosmopolitas. Se acercaron a los grandes negocios y dejaron que la cultura sindical quedara poco a poco sepultada. En otras palabras, se atrincheraron en las grandes y vibrantes ciudades. El electorado rural, mientras tanto, se empezó a sentir abandonado y ahí entraron los republicanos.

El punto de inflexión fue 1992: en ese momento, el voto de los condados más pobres estaba repartido a partes iguales entre demócratas y republicanos. Desde entonces, los ingresos del republicano medio han ido hacia abajo y los ingresos demócratas hacia arriba. En 2016, Trump obtuvo el doble de papeletas que Hillary Clinton en el 10% de condados más desvalidos.

Esta evolución se ve en el Congreso. En 2008, el PIB medio de cada distrito demócrata, representado con un escaño, era de 35.700 millones de dólares. Una década más tarde, había subido a 48.500 millones. Al otro lado de la Cámara, la riqueza media del escaño conservador se redujo, en 2018, a 32.500 millones de dólares.

El proceso no solo se nota en la economía o en la calidad de vida. La manera en que se percibe el país también ha vivido una transformación. La llegada de internet y las redes sociales ha puesto en jaque la industria periodística. Pero unos medios han podido resistir o adaptarse mejor que otros. Los que peor lo han tenido han sido los pequeños periódicos de provincias. Aquellas rotativas cercanas al vecino, que contaban lo que sucedía en el pueblo y aireaban sus problemas, fueron diezmadas.

Desde 2004, han cerrado 1.800 periódicos locales en Estados Unidos. Ahora mismo, cerca de 200 condados no tienen ninguna cabecera propia. Viven en un apagón informativo. Mientras, el número de reporteros que residen en centros urbanos ha subido un 75% entre 1960 y 2011. Solo en Manhattan, con un 0,5% de la población del país, vive el 13% de los periodistas. Como también residen las grandes cadenas de televisión: CNN, MSNBC, CBS, ABC o incluso la conservadora Fox. EEUU se cuenta, en gran parte, desde Manhattan y Washington DC. Medios que, por inercia, son indiferentes a lo que sucede en el vasto y borroso 'fly-over country'.

Además de tener la sede en la ciudad y de la presencia en estos medios de los discípulos de la Ivy League, también se trata de un sector extremadamente endogámico. Los periodistas tienden a mezclarse con otros periodistas. Se escuchan a sí mismos en la jaula de loros que es Twitter. Un estudio de la Universidad de Illinois detectó varias burbujas informativas en Washington: sus investigadoras descubrieron que los reporteros de economía, defensa o política se relacionaban casi exclusivamente entre ellos. La CNN, por ejemplo, tiene su propia burbuja.

En este paisaje, no es de extrañar que la mayoría de votantes conservadores no se fíen de los medios de masas. Según un sondeo de Pew Research, solo el 10% de los electores republicanos dice tener confianza en los medios tradicionales. Cabeceras que no se preocupan de sus problemas y de sus intereses. Cabeceras que proyectan una visión progresista e identitaria que a ellos no les encaja o les resulta ofensiva.

Una transformación económica, política, mediática y vital que ha posibilitado la elección de Trump, uno de los pocos líderes que han logrado prestar oído a esa letanía que venía de las regiones interiores. O al menos de manera políticamente efectiva. Y, sobre todo, una transformación que ha logrado partir el país en dos salas de cine, la 1 y la 2, en las que se proyectan películas totalmente diferentes.

Fuente: El Confidencial

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