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Mohamed bin Salman acaba de cumplir 35 años entre rumores de su inminente ascenso al trono, empujado por la incierta reelección de Donald Trump, su valedor internacional. Su cumpleaños ha quedado ensombrecido por la publicación de un libro que, a partir de las confidencias de círculos cercanos al príncipe heredero saudí, relata su lado menos conocido, sus juergas íntimas y su tendencia a la extravagancia.

Uno de los episodios más reveladores que desempolva el volumen Sangre y petróleo: la implacable búsqueda de Mohammed Bin Salman del poder global, recién publicado, sucedió en julio de 2015. Por aquel entonces Bin Salman, hijo del actual monarca Salman (84), llevaba tan solo unos meses como número dos en la línea sucesoria. Protegido y aupado por su padre, el joven celebró aquel verano una ostentosa fiesta en Velaa Private Island, un resort de superlujo ubicado en una isla privada de Las Maldivas.

Los fastos, mucho más breves de lo planeado, fueron, no obstante, memorables. Bin Salman alquiló por completo la propiedad durante un mes para evitar miradas ajenas y regó a la plantilla del establecimiento, unas 300 personas, con un bonus de 5.000 dólares -la mita de su salario anual- con el objetivo de garantizar que mantenían la discreción exigida y cumplían con la prohibición de llevar teléfonos móviles a la isla.

En las horas previas a la llegada de los invitados, unas decenas de hombres llegados de Oriente Próximo, desembarcaron en el complejo unas 150 mujeres procedentes de Brasil o Rusia. Una vez en la isla, fueron trasladadas a una clínica y sometidas a una prueba para detectar posibles enfermedades de transmisión sexual. Las interminables noches que sucedieron a su irrupción fueron amenizadas por conocidos artistas como el rapero estadounidense de origen cubano Pitbull; el DJ holandés Afrojack o el surcoreano Psy, padre del Gangnam Style.

El alcohol corrió sin cortapisas a pesar de la procedencia de Bin Salman y su conservadora corte. Tampoco hubo límites a los contactos entre hombres y mujeres. Los festejos se repitieron a diario y se prologaron siempre hasta el amanecer. Cada jornada, el exclusivo club de varones cumplía la misma ceremonia: al alba se retiraba a sus aposentos, distribuidos en palacetes a lo largo y ancho del resort, y no volvía a aparecer hasta caída la tarde para reanudar la bacanal.

El relato zurcido por los periodistas Bradley Hope y Justin Scheck a través de testimonios de quienes lo presenciaron recuerdan al hoy príncipe heredero emocionado con los raperos e intentando incluso convertirse en protagonista del escenario. El jolgorio duró tan solo una semana porque, a pesar de las cautelas tomadas, la noticia saltó a la luz pública y empezó a rodar por medios de comunicación de Irán, el archienemigo de Arabia Saudí. Y se precipitó el fin.

En el lustro posterior a aquella fiesta abruptamente interrumpida, Bin Salman ha forjado un legado controvertido, marcado por la brutal guerra civil en Yemen que exacerbó la campaña de bombardeos saudí; el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul; o la persecución contra otros miembros de la vasta familia real saudí o cualquier atisbo de disidencia.

El treinteañero también ha dado muestras de que su ambición está unida a su gusto por el lujo desorbitado. Es propietario del superyate Serene, adquirido en 2015 a Yuri Shefler, un magnate ruso que vende vodka en 160 países. La transacción rondó los 500 millones de dólares a través de la sociedad Eight Investment Company, como desvelaron años después los 'Papeles del paraíso', una filtración masiva de documentos que descubrió cómo multimillonarios y multinacionales de todo del mundo recurrían a complejas estructuras financieras para ocultar patrimonio y mover grandes cantidades de dinero.

Bin Salman también se hizo en 2015, mientras sus súbditos sufrían sus políticas de austeridad, con una mansión situada a las afueras de París por 300 millones de dólares (unos 275 millones de euros), catalogada como la vivienda más cara del planeta. El Château Louis XIV -en honor al rey galo que ordenó construir el palacio de Versalles- se halla en Louveciennes, una localidad situada a diez kilómetros al oeste de París entre los enclaves de Versalles y Saint-Germain-en-Laye. A pesar de su tren de vida y sus escándalos, Bin Salman ha logrado sobrevivir a todas las tormentas y camina seguro hacia el trono.

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