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Cuando un país se enfrenta a una gran crisis internacional como el coronavirus, la reacción instintiva de la población es unirse en torno al presidente o jefe de Gobierno y hacer piña hasta que pase la marejada. Es un fenómeno que las ciencias políticas denominan 'rally around the flag' (unirse en torno a la bandera) y que ha hecho a líderes de todo el espectro político, de Trump a Merkel, Macon, Giuseppe Conte o Boris Johnson, recoger réditos de la crisis del coronavirus en tasas de popularidad récord. Hay un par de notables excepciones que han visto sus 'ratings' desplomarse: Pedro Sánchez, Bolsonaro y el 'superviviente' primer ministro de Japón, Shinzo Abe.

Con la pandemia de coronavirus infectando cada vez más países, el mundo busca ejemplos de cómo y quién ha gestionado bien el brote: en contraposición a la ‘mano dura’ china, muchos hablan de la estrategia de países y territorios del lejano oriente como Taiwán, Hong Kong y Corea del Sur como ejemplos a seguir. En esta lista dorada no se menciona sin embargo a Japón, que a diferencia de sus vecinos ha acumulado una serie de errores y traspiés que han terminado forzando al primer ministro Abe a tener que declarar esta semana el estado de emergencia hasta el 6 de mayo y recomendar (no imponer) el confinamiento de los trabajadores no esenciales, tras un aumento exponencial de los casos de coronavirus en apenas una semana.

Cercano vecino de China y con numerosos vuelos de conexión, Japón pronto declaró su primer caso el 28 de enero, pero desde entonces logró mantener una curva de contagios muy plana que sorprendía a los expertos, ya que el Gobierno japonés apenas ha impuesto requisitos de aislamiento social u otras medidas de contención, más allá de declarar el cierre de escuelas y los vuelos directos con Wuhan.

El exdirector de políticas sanitarias de la OMS Kenji Sibuya llegó a afirmar que o bien Japón "había conseguido contener la expansión del virus enfocándose en los clústeres del brote, o había todavía contagios por encontrar", en declaraciones a la agencia Bloomberg. Al final ha sido lo segundo. La tendencia se ha roto en la última semana, con la aparición de fuertes brotes en Tokio y otras grandes ciudades niponas. Con este miércoles 4.257 casos (una cifra que se ha doblado en apenas una semana) epidemiólogos temen que "el pico" esté todavía por llegar al país asiático.

Finalmente, y muy presionado por las autoridades locales, especialmente las de la alcaldía de Tokio, donde se ha pasado de apenas 500 a casi mil casos en apenas cinco días, Abe ha tenido que declarar el estado de emergencia. "No hay tiempo que perder (...). Hay riesgos de una grave amenaza para la vida de la gente", afirmó. "Si se mantiene la tendencia [en Tokio], en dos semanas habrá diez mil y en un mes 80.000 [contagiados]". La declaración del estado de emergencia pretende mantener en casa a unos japoneses que hasta ahora no han tomado muchas precauciones con respecto al aislamiento social: el pasado fin de semana los parques se llenaron de japoneses que saludaban la primavera viendo los cerezos en flor.

¿Cómo ha llegado Japón, que durante meses apenas ha reportado casos de contagios internos, a este punto? Una falta de liderazgo político, la desastrosa gestión de la cuarentena del crucero Diamond Princess, el escaso número de test practicados (claves de la estrategia tanto de Corea del Sur como de Alemania), la falta de medidas de aislamiento social más estrictas, la reticencia del Gobierno nipón a decidirse sobre la celebración de los Juegos Olímpicos y otros más pequeños escándalos han terminado de encender el cóctel vírico de Japón.

Algunas de las explicaciones a la baja tasa de contagios de coronavirus en Japón son el uso más generalizado de mascarillas o la cultura local de evitar contacto con otros (sin apretones de manos o abrazos). Pero sobre todo también se ha debido al escaso número de tests practicados.

A diferencia de su vecina Corea del Sur, en la que la piedra angular de la estrategia exitosa para controlar el brote ha sido practicar cientos de miles de test de manera generalizada para detectar y aislar a los infectados y controlar así la cadena de contagio, Japón ha practicado apenas 32.125 test en el mes de marzo. Dado que a algunas personas se les han practicado más de un test de diagnóstico, en realidad solo habría testado a 16.484 personas. Un test por cada 7.600 personas. Corea del Sur ha practicado más de 200.000 test e Italia más de 80.000.

Desde el comienzo de la crisis y hasta avanzado marzo Shinzo Abe, el primer ministro más duradero de la historia del Japón moderno (que ha superado decenas de crisis, desde económicas a Fukushima y otros escándalos internos), había estado desaparecido sin dar ruedas de prensa o dirigirse a la nación, dejando todo el escenario a subordinados políticos y al ministro de Sanidad nipón, Katsunobu Katō. No dio una rueda de prensa hasta que el país ya había pasado de 500 casos (sin contar los del crucero Diamond Princess). "Abe tiene unas mayorías parlamentarias enormes y ningún desafío interno a su liderazgo del Partido Liberal Demócrata. Pero a pesar de esta seguridad, la respuesta de Abe a la pandemia de Covid-19 ha demostrado cualquier cosa menos liderazgo", afirma al respecto Daniel Moss, columnista de la agencia Bloomberg centrado en economías asiáticas.

Ya desde finales de febrero, cuando Japón apenas registraba 200 casos de coronavirus, la confianza pública en el liderazgo de Abe se hundía, con el porcentaje de desaprobación superando al de aprobación por primera vez desde julio de 2018. Según una encuesta del diario conservador (en teoría más afín a Abe) Sankei, su tasa de aprobación cayó 8.4 puntos hasta el 36%, frente al 46,7% que desaprobaban su gestión de la crisis del coronavirus. Para el 24 de marzo, su tasa de desaprobación estaba al 55%, según una encuesta de Morning Consult. La aprobación neta (% de visiones positivas menos % de negativas) estaba en -23%, la peor posición de todos los líderes internacionales reflejados en dicha encuesta. “¿Dónde está Abe?”, se preguntaban las redes sociales japonesas.

El foco en la megalópolis

Ante la falta de más medidas de contención que cerrar algunas escuelas y cancelar eventos deportivos, y especialmente por el intento de aparentar la mayor normalidad posible en aras de mantener la celebración de los Juegos Olímpicos de Tokio hasta que fue inevitable que fueran pospuestos, la mayoría de los japoneses siguió haciendo vida normal, visitando negocios y espacios públicos. Según datos recopilados por Google, el tráfico de japoneses en parques y otros lugares públicos ha aumentado hasta un pico del 40% desde el 8 de marzo, cuando la OMS declaró el coronavirus como pandemia. Según una encuesta del Ministerio de Infraestructuras, Transporte y Turismo, solo una de cada ocho personas consultadas estaba trabajando desde casa como medida preventiva contra la expansión del coronavirus.

En la última semana, las autoridades locales tokiotas han detectado varios focos de contagio de coronavirus en hospitales o residencias universitarias. Pese a la insistencia de los gobernadores locales y críticas desde la propia Asociación Médica de Japón, Abe se ha resistido a imponer la medida por temor a dañar la economía japonesa, que tras la cancelación de los Juegos Olímpicos de Tokio espera ya un duro golpe. Incluso las tropas estadounidenses en suelo japonés declararon en sus bases la emergencia sanitaria "ante el aumento constante de casos" en la región de Kanto varios días antes de que Abe se decidiera a dar el paso.

Queda por ver si el 'jishuku' (concepto japonés de la autocontención) logra superar el 'koto nakare shugi' (no buscar problemas cuando todo parece tranquilo) y limitar el crecimiento de la curva nipona en un país cuya población resulta especialmente frágil ante un virus como el del Covid-19. El 35% de la población japonesa, una de las más envejecidas del mundo, tiene 65 años o más. Y si el coronavirus entra con fuerza en Japón, puede significar también la destrucción del legado de Shinzo Abe, que hasta el momento ha superado un buen puñado de crisis.

El 'modélico' Singapur se rinde: entra en cuarentena tras una fuerte ola de contagios

"Ningún hombre es una isla", reza el poema de John Donne, y, en época de pandemia, tampoco lo es ningún país. Singapur, referente por ser uno de los pocos estados inicialmente capaces de frenar la curva de contagios sin recurrir a las draconianas medidas que han confinado a un tercio de la humanidad, ha dejado de ser una excepción. La ciudad-estado asiática, plaza financiera regional, ha impuesto durante un mes un semicierre nacional bautizado como 'circuit breaker' (cortacircuitos). En argot bursátil, el bloqueo temporal de las transacciones cuando hay riesgo de ventas masivas movidas por el pánico.

Si el riesgo en este caso son las crecientes infecciones —1.623 hasta el 8 de abril—, el pánico es que las transmisiones queden fuera de control. Ese es el escenario bajo el que la isla, de apenas 5,7 millones de habitantes, contemplaría decretar la alerta roja por el impacto de la pandemia. De momento, pese al rápido incremento de contagios, que se han duplicado en menos de dos semanas, se resiste a hacerlo. Singapur mantiene aún la alerta naranja -la segunda más grave-, recurriendo a circunloquios para referirse al cierre parcial del país.

Todo cerrado

Desde este miércoles, 8 de abril, y hasta el próximo 4 de mayo, todas las guarderías, colegios y universidades de Singapur permanecen cerrados. La mayoría de ciudadanos de esta cosmopolita nación, donde habitan más de un millón y medio de extranjeros, trabaja ya desde sus viviendas; solo los negocios esenciales, entre ellos supermercados, farmacias y bancos, permanecen abiertos. Los restaurantes, todavía operativos, únicamente pueden servir comida para llevar o a domicilio.

Las autoridades han urgido a la población a que permanezca en sus viviendas en todo momento, salvo para ir a comprar alimentos o hacer ejercicio, siempre y cuando lo hagan solos o en compañía exclusivamente de las personas con las que viven. El parlamento isleño ha aprobado una ley para impedir la socialización en la calle y la invitación a terceros a los hogares, so pena de severos castigos: multas de 10.000 dólares singapurenses (unos 6.500 euros) y hasta seis meses de cárcel por la primera ofensa.

El resultado es una imagen similar a la que se vive en tantas partes del mundo: calles vacías, establecimientos cerrados y con los rascacielos de la futurista isla más protagonistas que nunca del paisaje urbano. Una escena que, en Singapur, donde los casos habían subido gradualmente durante casi dos meses desde que se registró el primero el 23 de enero, resultaba marciana hasta hace poco. “Hemos mantenido la epidemia bajo control”, aseguró el primer ministro, Lee Hsien Loong, en un discurso televisado el pasado viernes y pronunciado en inglés, chino y malayo, junto al tamil las cuatro lenguas oficiales del multirracial país. “Pero observando la tendencia, me preocupa que, a no ser que tomemos medidas más firmes, la situación vaya a peor, o un nuevo brote nos lleve al límite”, subrayó el dirigente, hijo del conocido como 'padre' de la patria, Lee Kuan Yew, quien convirtió la que hace un siglo no era más que una isla de pescadores en uno de los países con mayor renta per cápita del planeta.

¿Qué ha ocurrido, entonces, para que la nueva “tendencia” ponga a la próspera nación contra las cuerdas? “Muchos de los que han regresado recientemente del extranjero son muy jóvenes y podrían haber tenido síntomas muy ligeros de Covid-19 (la enfermedad provocada por el nuevo coronavirus), que quizás no se les ha detectado y han ido pasando a otros”, explica Ooi Eng Eong, subdirector del Programa de Enfermedades Infecciosas Emergentes de la Universidad Duke-NUS de Singapur. Este departamento se encuentra detrás de hallazgos inéditos sobre el patógeno —un test serológico que detecta el coronavirus incluso en pacientes recuperados— y del desarrollo de una vacuna junto a la compañía biotecnológica estadounidense Arcturus Therapeutics.

Aparte de la crecida de contagios, uno de los principales problemas es que muchos de los nuevos casos, alrededor de la mitad según el día, no tienen vínculo con otros brotes ya detectados. El trazado de conexiones entre infecciones ha sido uno de los pilares de la estrategia de Singapur para cercar al virus: al establecerlas, la isla podía ir un paso por delante y localizar a posibles enfermos.

Gracias a su pequeño tamaño, un potente sistema de videovigilancia y al empleo de todo tipo de recursos, desde servicios tradicionales de detectives hasta sofisticadas aplicaciones tecnológicas de seguimiento —la llamada Trace Together (rastreemos juntos), de descarga voluntaria, registra a través de Bluetooth la distancia entre usuarios y la duración de sus encuentros—, cualquier ciudadano puede ser contactado de forma inesperada desde hace meses. Una voz al otro lado del teléfono corrobora si, en línea con las pesquisas, el “sospechoso” ha estado en el lugar donde se tiene constancia de que ha habido un infectado. De confirmarse, el posible contagiado queda obligado a aislarse en su vivienda durante dos semanas.

Del confinamiento selectivo y el cuasi espionaje, mejor tolerado en un país acostumbrado a que las libertades individuales se sacrifiquen en detrimento del bien colectivo —Singapur mantiene un férreo control sobre la prensa y permite escasas manifestaciones—, se ha pasado al aislamiento generalizado. Ooi considera que las medidas actuales no se deben a que “no haya suficientes recursos para mantener la estrategia previa, sino a que el número de casos sin vincular es mayor. La situación es más compleja, agravada por los contagios asintomáticos”, alerta.

Pese a reunir en principio las condiciones ideales para frenar la enfermedad —experiencia, recursos médicos y tecnológicos y condiciones demográficas favorables—, el país tiene aún un largo camino por recorrer. Singapur, una democracia sobre el papel pese a haber sido únicamente gobernada por el Partido de Acción Popular (PAP) desde su independencia de Malasia en 1965, combate el virus mientras trata de mantener la economía a flote. El pasado mes, la isla, sin más recursos que los humanos y muy dependiente de las exportaciones, redujo su previsión de crecimiento anual a un rango entre el -4% y el -1%, frente al pronóstico del -0.5%/ 1.5% anterior. Su aeropuerto, uno de los más transitados de Asia, ha decidido cerrar una de sus cuatro terminales durante dieciocho meses de cara a la menguante demanda.

Aunque las previsiones no incitan al optimismo, Singapur espera que las próximas cuatro semanas desemboquen en una situación más “sostenible”, tal y como confió su primer ministro al decretar las nuevas medidas. El país espera evitar así la alerta roja y un cierre más radical, con la mirada puesta también en unas elecciones que, como tarde, han de celebrarse en abril de 2021. Ooi prevé que el regreso a la normalidad será también paulatino.

“Sospecho que no volveremos ipso facto al punto en el que estábamos la semana pasada, la reapertura se hará en fases”, asegura. Si se puede extraer alguna lección del caso de Singapur, añade el experto, es que “no existe la fórmula mágica” contra el coronavirus. Y que no se puede bajar la guardia. “Cuando pase la tormenta y la situación esté más controlada, hay que continuar impulsando un programa de detección muy activo hasta que haya una vacuna disponible en el mercado”, concluye.

¿Cómo llegó el virus a un portaaviones francés que lleva sin tocar tierra desde el 15 de marzo?

El portaaviones Charles de Gaulle anticipa el regreso a su base en Tolón tras declararse unos cuarenta casos de coronavirus a bordo. Un equipo médico militar ha sido transportado al navío insignia de la Marina francesa para supervisar la situación y tratar de determinar cómo embarcó el virus. "No tenemos una explicación", han declarado fuentes militares.

El Charles de Gaulle tocó tierra por última vez en Brest, en la punta oeste de Bretaña, el 15 de marzo. Desde entonces no ha recibido ninguna visita del exterior.

La misión enviada por el Servicio de Salud de la Armada es definida por fuentes oficiales como un equipo epidemiológico. "Desde hoy, un equipo de detección con medios para hacer test llegará a bordo para investigar los casos aparecidos e impedir la propagación del virus por el navío", afirma un comunicado del Ministerio de Defensa. Los infectados han sido puestos en "observación médica reforzada".

La situación de aislamiento de un buque de guerra en mar abierto ofrece un campo idóneo para estudiar la propagación del Covid-19. Porque el misterio no irá más allá de localizar el paciente cero de este brote y determinar la cadena de contagio. Ya en tierra, en el Hexágono, las cifras siguen siendo preocupantes: 22 muertos por coronavirus a la hora (un total de 10.869 fallecidos). En concreto, hoy han perdido la vida 541.

La situación en el Charles de Gaulle no suscita ninguna inquietud, según Defensa. La tripulación suma 1.760 personas entre los que están la veintena que compone el equipo médico que dispone de una sala de hospitalización dotada con 12 camas, aparatos respiratorios y un escáner.

Una zona de proa -con capacidad para 127 personas- ha sido aislada para acoger a los marinos confinados. Fuentes militares han explicado a Afp que la zona está en presión negativa. Este método, ya utilizado en el portahelicópteros Tonerre cuando evacuó pacientes de Córcega a Marsella, impide al aire circular hacia otras áreas del barco.

Se han desinfectado rampas y pasamanos, las reuniones se han visto reducidas en frecuencia y participantes y se han distribuido mascarillas a parte de la tripulación.

El Charles de Gaulle partió de su base el 21 de enero rumbo al este del Mediterráneo, donde participó en las operaciones militares contra los islamistas en Irak y Siria. Luego navegó por el Atlántico y tomó parte en unas maniobras navales europeas en el Báltico.

¿Alguien ha pensado que algunas personas tardan hasta 24 días o más en incubar el virus?

Científicos explican cómo el coronavirus se camufla cual "lobo con piel de cordero" para engañar a nuestro organismo

Un grupo internacional de científicos describió la manera en que el coronavirus se camufla para invadir el cuerpo humano sin ser detectado por el sistema inmunológico, lo que es un asunto determinante para el posible desarrollo de una vacuna.

Según un comunicado publicado este miércoles en el sitio web de la Universidad de Southampton (Reino Unido), los numerosos picos que tiene el SARS-CoV-2 para adherirse a las células humanas e infiltrarse en ellas están recubiertos de azúcares o glicanos, que camuflan la proteína del virus y de esta manera engañan a nuestro sistema inmunológico.

"Al cubrirse de azúcares, estos virus son como un lobo con piel de cordero", afirmó el líder del estudio, Max Crispin, profesor de la Universidad de Southampton.

Los investigadores lograron describir la estructura de dichos glicanos y mostrar la capacidad de acceso de la proteína del virus. "Uno de los hallazgos claves de nuestro estudio es que, a pesar de cuánta azúcar haya, este coronavirus no está tan altamente protegido como algunos otros virus", señaló Crispin.

"Otros virus como el VIH, que se quedan en un huésped, tienen que evadir el sistema inmunológico constantemente y tienen una capa realmente densa de glicanos como escudo para el sistema inmunológico", explicó el científico, añadiendo que "el menor blindaje" de azúcares del que dispone el coronavirus "puede reflejar que es un virus de 'atropello y fuga', que se mueve de una persona a otra".

A partir de esos datos, Crispin precisó que la menor densidad de glicanos "significa que hay menos obstáculos para que el sistema inmunológico neutralice el virus con anticuerpos". "Este es un mensaje muy alentador para el desarrollo de una vacuna", afirmó.

Los resultados del estudio fueron publicados en el portal bioRxiv.

El número total de personas infectadas con coronavirus en el mundo ha superado los 1,5 millones, según los datos proporcionados por la Universidad Johns Hopkins. Entre tanto, la cifra de muertes es de 87.706 a nivel mundial.

Un experto chino en covid-19 advierte de que hay "una alta probabilidad" de una segunda ola del brote

El jefe del equipo de expertos del covid-19 en Shanghái (China), el doctor Zhang Wenhong, ha advertido este miércoles que existe una "alta probabilidad" de que se produzca una segunda ola de contagios a nivel mundial durante el próximo otoño boreal.

Durante una entrevista con el diario Caixin, Zhang pronosticó que es "poco probable" que la pandemia termine este verano y señaló que incluso durará "en gran medida hasta el próximo año".

"En la actualidad, la pandemia ha alcanzado una etapa crítica. A nivel mundial, Europa y EE.UU. no han mantenido un control efectivo por el momento. Sin embargo, en África, América del Sur y la India, donde la economía está menos desarrollada y los recursos médicos son insuficientes, los nuevos casos han aumentado exponencialmente, lo que genera una gran incertidumbre en la lucha mundial contra la epidemia", dijo Zhan, quien también es director del departamento de enfermedades infecciosas del hospital universitario de Huashan.

"Hace dos semanas dije repetidamente que es poco probable que la pandemia termine para el verano, que durará en gran medida hasta el próximo año. Desarrollos recientes lo han confirmado. Se espera que el número de casos nuevos en Europa y EE.UU. aumente gradualmente y alcance un punto de inflexión, pero los brotes acaban de comenzar en otros lugares. Suponiendo que pueda contenerse en 3 o 4 meses, será a finales del verano. Pero después de la caída, podría venir la segunda ola. Hay una alta probabilidad de un segundo brote internacional", subrayó el experto.

"China ahora está bajo control"

Asimismo, Zhang señaló que, aunque "China ahora está bajo control", ya que básicamente no tiene contagios locales, el país necesita "planificar el segundo pico de infecciones importadas" e intentar evitar una nueva ola de contagios.

El experto enfatizó que, para lograrlo, China debería de centrarse en tres líneas de defensa: aduanas, comunidades y el control de enfermedades y el sistema hospitalario. De ese modo, todas las personas que lleguen del extranjero deben de ser monitoreadas regularmente y permanecer bajo vigilancia al menos dos semanas desde su llegada.

Por otra parte, Zhang advirtió que no hay que olvidarse de otras medidas que ayudarían a no propagar la infección en el territorio.

"Las empresas que han reanudado sus operaciones deben asegurarse de que sus trabajadores mantengan la distancia social. Las personas deben usar máscaras en público y lavarse las manos con frecuencia. Al comer fuera, las personas deben evitar compartir platos", sostuvo el doctor.

No obstante, el experto opinó que las restricciones chinas no pueden acabar totalmente con el riesgo de importación de contagios, debido a la existencia de casos asintomáticos o de pruebas que den falsos negativos. Zhang comentó que el sistema de control de enfermedades debe de hacer un seguimiento de todas las personas que hayan tenido contacto con pacientes con covid-19, sin que haya ningún punto ciego.

Diferentes tasas de mortalidad

En su entrevista, Zhang explicó por qué las tasas de mortalidad varían en cada país. Según él, las cifras dependen de las prioridades de cada gobierno a la hora de realizar los test y escoger los tratamientos.

"Si un país prioriza a los pacientes graves en las pruebas y el tratamiento, su tasa de mortalidad será alta. En un país donde las pruebas son más comunes y muchos pacientes leves se someten a pruebas y se ponen en cuarentena en el hogar, la tasa general de mortalidad se reducirá", concluyó el experto y agregó que la tasa de mortalidad también está relacionada "con la carga sobre los recursos médicos causada por una gran cantidad de casos graves".

Fuentes: El Mundo, El Confidencial, RT

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