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Óscar Camps, fundador de la ONG ‘Open Arms’, ha atacado a Carmen Calvo después de que la vicepresidenta le recuerde que se ha saltado la ley y que está expuesto a una multa de más de 900.000 euros. "A menudo no sé si habla ella de verdad o Matteo Salvini es el ventrílocuo", ha señalado el capitán del buque en la red social Twitter.

Carmen Calvo, ha recordado al capitán del ‘Open Arms’, cuya incautación ordenó ayer la fiscalía italiana, que no tiene permiso para hacer rescate de inmigrantes y que "nadie está a salvo" del cumplimento de la ley, incluido "un barco como este". Calvo se ha referido, en una entrevista en Cadena SER  a la situación del barco humanitario español y a la posibilidad de que pueda ser sancionado con multa de hasta 901.000 euros, por el rescate de inmigrantes, una vez que esta madrugada han desembarcado en el puerto de Lampedusa los 83 que seguían a bordo, por orden de la fiscalía.

Calvo ha sido preguntada sobre la decisión del capitán del barco, Camps, de seguir haciendo rescates cuando la fiscalía levante la incautación, a lo que ha contestado que el propio capitán ha dicho que el Open Arms "no estaba ni siquiera en condiciones de navegar hasta un puerto español, hasta un puerto de Baleares".

Denuncia de VOX ante la Fiscalía 

VOX ha presentado este miércoles ante la Fiscalía una denuncia contra el ‘Open Arms’ por "favorecer la inmigración ilegal y por el uso fraudulento de las leyes del mar".

"Disfrazando sus actos como rescates, la labor de esta ONG se hace cómplice de las mafias internacionales del tráfico de personas", ha dicho el diputado de VOX. "El ‘Open Arms’ no rescata a náufragos. Si lo hiciera les llevaría al puerto más cercano al lugar del recate. Lo que hace es utilizarlos como herramienta de extorsión contra los países que optan por la defensa de su soberanía",  ha aseverado.

Cree, además, y así lo ha dicho, estas "falsas asociaciones humanitarias, en nombre de la solidaridad, explotan los buenos sentimientos de muchas personas. Pero su trabajo es promovido por quienes quieren destruir las fronteras de Europa, y sólo beneficia a los esclavistas". Por todo ello, ha señalado Abascal en cuenta de Twitter, "actuaremos con firmeza y contundencia contra toda ONG, gobierno, asociación o colectivo que pretenda seguir fomentando una inmigración ilegal, masiva y sujeta a los intereses de las mafias internacionales de la trata de personas".

Calvo recuerda al capitán del ‘Open Arms’ que se ha saltado la ley y que se enfrenta a una multa de 900.000 €

Carmen Calvo, ha recordado al capitán del ‘Open Arms’, cuya incautación ordenó ayer la fiscalía italiana, que no tiene permiso para hacer rescate de inmigrantes y que "nadie está a salvo" del cumplimento de la ley, incluido "un barco como este". Calvo se ha referido, en una entrevista en Cadena SER  a la situación del barco humanitario español y a la posibilidad de que pueda ser sancionado con multa de hasta 901.000 euros, por el rescate de inmigrantes, una vez que esta madrugada han desembarcado en el puerto de Lampedusa los 83 que seguían a bordo, por orden de la fiscalía.

Calvo ha sido preguntada sobre la decisión del capitán del barco, Oscar Camps, de seguir haciendo rescates cuando la fiscalía levante la incautación, a lo que ha contestado que el propio capitán ha dicho que el Open Arms "no estaba ni siquiera en condiciones de navegar hasta un puerto español, hasta un puerto de Baleares".

El barco, ha dicho Calvo, "tiene licencia para ayuda humanitaria, para transporte de víveres". "Esa es la licencia que tiene desde el punto de vista de la concesión administrativa y la legalidad española, y ese es su cometido", ha aseverado la socialista.

"El propio señor Camps ya dijo que no estaba en condiciones ni de navegar, ni de tener la situación que tenían. Este es un asunto que corresponde a la responsabilidad del señor Camps, que además es la autoridad para la seguridad de cualquier cosa que ocurra en su barco, como dice la ley", ha señalado en la intervención.

Preguntada sobre si el Ejecutivo se plantea sancionar al ‘Open Arms’ después de que la Marina Mercante, dependiente del ministerio de Fomento, le advirtiera de que si seguía haciendo rescate de inmigrantes se enfrentaba a sanciones de entre 300.000 y 901.000 euros, Calvo ha hecho hincapié en que estamos en un Estado de Derecho.

"Las instituciones, los poderes y los ciudadanos, todos estamos sometidos a las leyes, y todo el mundo sabe lo que puede hacer y lo que no y nadie esta a salvo de esto, incluido un barco como éste", ha dicho Calvo y ha comentado que "la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento".

Pero por encima de esta situación está la crisis humanitaria y por eso, ha argumentado Calvo, el presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, decidió enviar el buque de la Armada española Audaz rumbo a Lampedusa. Ahora, ha afirmado, el Ejecutivo está a la expectativa de lo que están decidiendo las autoridades italianas sobre los migrantes, ha explicado Calvo.

Análisis: Gobiernos europeos vs. ONG: ¿quién ganará en la guerra costera por los migrantes?

Alexandra Bondarenko

Continúa la batalla entre los Gobiernos y las ONG, que siguen con persistencia, a veces cuestionable, sus operaciones en el Mediterráneo pese a las leyes draconianas de algunos países contra los inmigrantes y el escaso deseo de Europa de recibir a los rescatados.

El capitán estará entre rejas y será multado hasta con un millón de euros, así señala el decreto de seguridad de Italia, que ahora tiene en el punto de mira a los buques que socorren migrantes en el Mediterráneo.

"Somos buenos cristianos, pero no tontos", señaló el ministro del Interior de Italia, MatteoSalvini, quien ya se ha convertido en el principal luchador europeo contra la inmigración ilegal.

El año pasado, Italia aprobó una ley que endurece las condiciones para los inmigrantes y solicitantes de asilo. Salvini nunca ocultó que su otro objetivo era prohibir a todos los barcos con refugiados a bordo entrar en los puertos italianos.

Grecia es otro país que denunció que sus capacidades se agotaron, pidiendo a la UE un reparto más justo de la carga de los inmigrantes. El excanciller austríaco SebastianKurz hace poco culpó a las ONG de dar falsas esperanzas a los rescatados, de implicarles en situaciones peligrosas al ofrecer un billete gratis a Europa.

Sin embargo, ni las dudas de los países europeos sobre la actividad de organizaciones no gubernamentales, ni las leyes de Salvini impidieron que el Open Arms permaneciera cerca de las costas de Lampedusa por casi tres semanas.

Ciao, bella

El Gobierno español fue el primero que tomó la decisión de responsabilizarse por los refugiados rescatados y anunció que enviaría un buque de la Armada a Lampedusa para llevarlos a España.

Y luego la situación dio un giro inesperado: el fiscal de Agrigento (Sicilia) permitió al Open Arms atracar en el puerto de Lampedusa tras casi 20 días a la deriva. Los 83 inmigrantes fueron recibidos con aplausos y la popular canción antifascista italiana Bella Ciao.

"Por fin acaba esta pesadilla", afirmó la ONG Proactiva Open Arms en sus redes sociales.

La Justicia italiana recurrió al artículo 328 del Código Penal. La normativa prevé penas de cárcel de seis meses a dos años para cargos públicos que rechacen actuar según su obligación institucional. Tras atracar en el puerto, el barco fue secuestrado provisionalmente por razones sanitarias.

 

La situación concreta sí ha quedado desbloqueada, pero las perspectivas en caso de ocurrir algo semejante no quedan nada claras. Cabe mencionar que Italia mantuvo su veto al desembarque durante todo este tiempo, pero la ONG española se negó a abandonar sus aguas y demandó la autorización para entrar en el puerto de Lampedusa. Inicialmente, el número de migrantes a bordo era de 160, pero se redujo después de que decenas de ellos fueran evacuados por requerir atención médica o psicológica urgente. Algunos de los que viajaban en el barco de rescate se lanzaron al agua para intentar llegar a nado a la isla italiana.
"La situación a bordo se complica cada minuto", "la situación está fuera de control", denunciaba la ONG española. Además, rechazaba desembarcar en Malta, asegurando que este país había aceptado acoger solo a un grupo de los migrantes y no a todos. Tampoco Open Arms aceptó la posibilidad de dirigirse a los puertos españoles de Algeciras, ni a Palma o Mahón, en Menorca. Solicitaban entrar en Lampedusa o atracar en Catania y de ahí trasladar a los rescatados hasta Madrid en avión o transferir a los inmigrantes a otro barco para que la travesía a España fuera más segura.

 

"¿Por qué el Open Arms no va a España? En 18 días fueron y regresaron de Ibiza a Formentera tres veces", afirmó Matteo Salvini.

Según el vicepresidente italiano, la decisión de no utilizar un puerto español es la "batalla política" que la ONG libra con su Gobierno.

Sin luz al final de túnel

Según el último sondeo de Eurobarómetro, la inmigración está encabezando la lista de los principales problemas que preocupa a los ciudadanos de la UE, los encuestados la consideran aún más preocupante e importante que los problemas del terrorismo, económicos o del paro.

Pero Europa todavía carece de un mecanismo conjunto. Alemania ya se ha pronunciado a favor de la creación de una nueva misión europea, similar a la creada anteriormente para desmantelar las redes de tráfico de inmigrantes en el Mediterráneo, conocida como Sophia.

Creada en el 2015, tenía como objetivos luchar contra las redes de tráfico de personas, prevenir flujos de migración irregular y evitar que muera más gente en el mar. Pero en la reunión del 27 de marzo de 2019, los países de la UE acordaron suspender "temporalmente" el despliegue naval por la falta de acuerdo sobre el desembarco de los inmigrantes rescatados.

Los expertos señalan que, desde el punto de vista político, la crisis del Open Armsdemuestra lo necesario que son estos mecanismos. Según los datos de la organización internacional de inmigración, desde principios del año unas 840 personas han fallecido en un intento de llegar a Europa. Y es por eso que las ONG planean continuar su actividad humanitaria, calificando de vergüenza las medidas que adopta Italia e insistiendo que la responsabilidad por las personas en situación crítica la tiene cada gobierno europeo.

Sin embargo, por ahora desde Europa solo responden con acusaciones mutuas, sembrando dudas acerca de la actividad de las organizaciones o acusándolas de "provocación política" por lanzar sus operaciones de búsqueda y rescate.

Los godos del emperador Valente

Arturo Pérez-Reverte

Este artículo ha recibido el XIII Premio Don Quijote de Periodismo al trabajo mejor escrito en la XXXIV edición de los galardones Rey de España, concedidos por la Agencia EFE y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, el día 24 de enero de 2017. Esta «patente de corso» de Arturo Pérez-Reverte fue publicada en XL Semanal, el 13 de septiembre de 2015.

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.

Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais –religión mezclada con liderazgos tribales– hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros –en el sentido histórico de la palabra– que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.

Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana –no todos eran bárbaros– ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar.

La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes –llegado el caso– de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.

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