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BRUSELAS (Sputnik) — Los representantes permanentes de los países de la UE en una sesión aprobaron la decisión sobre prolongación de sanciones a individuos y empresas rusas, informó una fuente en las estructuras de la UE.

Esta decisión fue aprobada anteriormente a nivel técnico.

"Los representantes aprobaron en la sesión del comité la prolongación en las sanciones en los próximos seis meses", dijo la fuente.

Desde marzo de 2014, EEUU, la Unión Europea y algunos de sus aliados pusieron en marcha sanciones individuales y sectoriales contra Rusia por su presunta implicación en la crisis de Ucrania y la incorporación de Crimea.

Además de la prohibición de entrada y la congelación de activos para decenas de cargos públicos y empresarios, Occidente prohíbe exportar a Rusia armas, productos de doble uso y tecnologías para la producción de hidrocarburos y no permite a los bancos rusos financiarse a largo plazo.

Rusia sostiene que no es parte del conflicto en Ucrania y que las sanciones son contraproducentes, pero mantiene en respuesta, desde agosto de 2014, el embargo a algunas importaciones agroalimentarias de EEUU, la UE, Australia, Canadá y Noruega.

Asimismo, Moscú defiende la legalidad de la adhesión de Crimea al argumentar que se realizó en virtud del referendo del año 2014 que culminó con un aplastante sí y se basó en el principio de la libre determinación de los pueblos, consagrado en la Carta de la ONU.

Análisis: Una Italia soberanista sin soberanía

Manlio Dinucci

Lejos de atenerse a la política soberanista que proclama, el gobierno del primer ministro Conte se ha implicado militarmente en Libia, a las órdenes de Estados Unidos. La verdadera soberanía no se mide por lo que se dice en los discursos sino a través de hechos, sobre todo por el grado de respeto de la propia Constitución.

La tormenta político-mediática provocada por el enfrentamiento entre «europeístas» y «soberanistas» esconde una peculiar realidad: la existencia de un europeísmo sin Europa y de un soberanismo sin soberanía.

El portaestandarte útil del europeísmo es en este momento el presidente francés Emmanuel Macron, quien pretender hacer progresar el poderío francés, no sólo en Europa sino también en África. Francia, promotora junto a Estados Unidos de la guerra de la OTAN que desmanteló el Estado libio en 2012 –guerra en la que Italia desempeñó un papel de primer plano– trata por todos los medios de controlar Libia, o sea sus importantes recursos –enormes reservas de petróleo, de gas natural y de agua– así como su territorio, de gran importancia geoestratégica.

Con ese propósito, Macron apoya las milicias que luchan contra el «gobierno» de Fayez al-Serraj, que cuenta a su vez con el respaldo de Italia ya que la ENI (Empresa Nacional de Hidrocarburos de Italia, siglas en italiano) conserva grandes intereses en Libia.

Este es sólo uno de los ejemplos de cómo la Unión Europea, basada en los intereses de las oligarquías económicas y financieras de las principales potencias, se desmorona debido a rivalidades de naturaleza económica y política, siendo el tema de los migrantes únicamente la punta del iceberg.

Ante el predominio de Francia y Alemania, el gobierno italiano de la coalición conformada por el Movimiento 5 Estrellas y la Liga del Norte ha optado por una vía clara: acrecentar el peso de Italia atándola todavía más estrechamente a Estados Unidos. Eso explica el encuentro del primer ministro Giuseppe Conte con el presidente Donald Trump, encuentro al que los medios de difusión italianos prefirieron dar poco relieve, a pesar de que allí se tomaron decisiones que tendrán notable influencia en la posición internacional de Italia.

Ante todo, se decidió crear «un centro de operaciones permanente Italia-Estados Unidos en el Mediterráneo ampliado», o sea en el área que, en la estrategia Estados Unidos-OTAN, se extiende desde el Atlántico hasta el Mar Negro, mientras que por el sur abarca incluso el Golfo Pérsico y el Océano Índico.

En realidad ese centro de operaciones está en manos de Estados Unidos, específicamente del Pentágono, mientras que Italia sólo cumple un papel secundario de asistente, o más bien de comparsa.

Según Conte, por el contrario, «es una cooperación estratégica, casi un hermanamiento, en virtud del cual Italia se convierte en punto de referencia en Europa y en interlocutor privilegiado de Estados Unidos para los principales desafíos a enfrentar». Se anuncia así un fortalecimiento futuro de la «cooperación estratégica» con Estados Unidos, o sea del papel «privilegiado» de Italia como trampolín de las fuerzas militares estadounidenses, incluyendo las fuerzas nucleares, tanto hacia el sur como hacia el este.

«La administración estadounidense reconoce a Italia un papel de líder como país promotor de la estabilización de Libia», declara Conte, anunciando implícitamente que es Italia, y no Francia –menos confiable para Estados Unidos–, quien ha recibido la misión de «estabilizar» Libia.

Está por ver cómo.

No bastará ciertamente con la Conferencia Internacional sobre Libia, que debería desarrollarse en Italia en otoño, antes de las «elecciones» libias apadrinadas por Francia, que se realizarían en diciembre. Italia tendrá que implicarse militarmente en el terreno, asumiendo los inevitables costos humanos y materiales y consecuencias imprevisibles.

La opción «soberanista» del gobierno de Conte reduce por tanto la soberanía nacional haciendo a Italia todavía más dependiente de lo que se decide en Washington, no sólo en la Casa Blanca sino también en el Pentágono y en la comunidad estadounidense de inteligencia, que se compone de 17 agencias federales especializadas en espionaje y operaciones secretas.

La opción verdaderamente soberanista sería la aplicación del principio constitucional que estipula que Italia repudia la guerra como instrumento contrario a la libertad de los demás pueblos y como vía de acción ante los conflictos internacionales.

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