altPor José Zorrilla

Las recientes elecciones presidenciales georgianas, celebradas a finales de octubre, han puesto fin a la era Saakashvili en el país y, con ello, al momento histórico que se conoce como ‘Revolución de las Rosas’. (2003-2013). Tras ello, surge una pregunta ineludible: ¿vuelve el Cáucaso a ser ruso?

Las revoluciones de las flores nacen tras la reflexión teórica del politólogo Zbigniew Brzezinski y vienen a ser una especie de cordón sanitario con el que se intentaba contener al gigante euroasiático, tomando como base los nuevos estados surgidos del desmembramiento de la URSS, esto es, Ucrania, Georgia y Kirguistán.

Los comienzos de Mijeíl Saakashvili fueron prometedores. Acabó con la corrupción en unas semanas, garantizó el pago puntual de los salarios a todos los funcionarios, así como el suministro de agua, gas y electricidad a la población, hasta entonces erráticos. También recuperó la provincia rebelde de Adjaria, en manos de un barón semiseparatista, Aslan Abashidze, y con ella el principal puerto de Georgia, Batumi, e hizo lo propio por el este con el valle de Pankisi, hasta entonces en manos de la insurgencia chechena. Completó estas hazañas dotando al país de sus símbolos, entre otros de una bandera, orgullosa y militante; todo un manifiesto.

El fracaso de Georgia vino desde el exterior, por la incapacidad de modular la amistad con los neocons de Washington con la enemistad de Rusia. Saakashvili creyó que podría contar con Bush para cuanto quisiese, incluso para oponerse a Moscú en el frente de batalla de Osetia. No fue así, y su aventura bélica en 2008 estuvo a punto de costarle el fin del Estado independiente de GeorgiaEl problema era que los retos a resolver eran irresolubles, al menos en el espacio de un mandato electoral. Tras cerca de 200 años de presencia rusa, había un excelente Conservatorio y una magnífica red de institutos de enseñanza media. Pero, por poner un ejemplo, ni jueces, ni juzgados, ni registros de la propiedad, ni siquiera Registro Civil, salvo en tres o cuatro ciudades, ni una Ley de Enjuiciamiento Criminal normal (la vigente seguía el modelo soviético).

Eliminar la lengua rusa a toda costa

En cuanto a costumbres, y a pesar del discurso oficial modernizador soviético, el rapto de novias todavía resultaba (y sigue resultando) común en las provincias. El censo es incierto y las grandes variables econométricas, simplemente desconocidas o inciertas. A la construcción del Estado ha de añadirse la tarea de construir la propia nación. La definición clásica de georgiano sigue siendo la que dio Ilya Chachavadze a principios del s. XX: “Es georgiano aquel que habla la lengua georgiana y obedece a la autoridad del Patriarca de Georgia”.

Esto, en un país con 52 minorías étnicas (algunas de las cuales son animistas), plantea problemas de integración incomprensibles en Europa occidental. Incluso dilemas. Imaginemos cómo mantener unido un país en el que, ante tanta variedad étnica, el ruso se impone como lengua vehicular con la política oficial de eliminar ese mismo idioma a toda costa. O cómo explicar con ese paradigma de nacionalidad que el ministro del Interior fuese católico.

Sin embargo, el fracaso no vino tanto desde el interior como desde el exterior, por la incapacidad de modular la relación entre la amistad con los neocons de Washington con la enemistad de Rusia. Saakashvili creyó que podría contar con George W. Bush para cuanto le viniese en gana, incluso para oponerse a Moscú en el frente de batalla de Osetia. No fue así, y su aventura guerrera en el verano de 2008 estuvo a punto de costarle una invasión rusa en regla y el fin del Estado independiente de Georgia. La situación la salvó in extremis no un neocon, sino el presidente francés Sarkozy, decidido a impedir ese desenlace.

Pero los halcones de Moscú se cobraron la deuda haciendo independientes a las provincias separatistas de Abjasia y Osetia, un viejo problema que arrastra Georgia desde los días de la Revolución de Octubre. Esa miniguerra (con miles de muertos, no sabemos cuántos) destapó el frente interno y el externo. Dentro de Georgia sacó a la oposición a la calle, incluidos casi todos los antiguos colegas de 2004, y muchos pensaron que los días de Misha estaban contados. Pero el presidente aguantó el desafío y lo ha mantenido hasta el final de su mandato.

Y el hombre más rico de Georgia entró en juego

El Cáucaso es importante para todos los actores. Sin Georgia, Moscú no puede llegar a su aliada Armenia ni proyectarse en Oriente Medio. Pero sin Georgia, Turquía no puede acceder a Asia Central, donde todos los estados, salvo Tayikistán, hablan lenguas túrquicas. Es el modelo Norte-Sur, propio de la Guerra de CrimeaRusia, por su parte, destino de más de la mitad de las exportaciones georgianas, decretó un embargo comercial que, junto con la visión neocon de Saakashvili, completó el fin de la agricultura georgiana con una abolición de aranceles que arruinó el campo. Con más de la mitad de la población ubicada en pequeños núcleos rurales y con el precio del dinero por encima del 25%, la apuesta de desarrollo era la inversión extranjera y el turismo. Por desgracia, eso exigía dar la impresión de estabilidad y de paz, algo que Rusia se encargó de impedir por todos los medios desde las fronteras comunes. Para completar este panorama, la llegada de Obama a la Casa Blanca, el veto germano-francés al ingreso de Georgia en la OTAN en 2009 y el fin de la Revolución Naranja en Ucrania fueron preparando un final previsible.

Entonces, el hombre más rico de Georgia, Bidzina Ivanishvili (Boris), ese tipo cuyo palacio inmenso corona la montaña que cobija a Tbilisi, el primer icono que muestran al turista todos los guías, decidió saltar al ruedo y presentar su candidatura a primer ministro. Ganó las elecciones en octubre de 2012 e inició una cohabitación un tanto peculiar, pues una de sus primeras decisiones fue meter en la cárcel al hasta entonces ministro del Interior, Vano Meravishvili, verdadero Fouché del régimen. Y ahora, el protegido del nuevo primer ministro, Giorgi Margvelashvili, acaba de ganar las presidenciales del pasado octubre. La era Saakashvili ha llegado a su fin.

Un Cáucaso sin actores antirrusos

¿Cómo queda el Cáucaso sin su principal actor antirruso? Empecemos por decir que Georgia es el único país de la región en el que se han cumplido las expectativas optimistas de los politólogos, al menos en lo institucional, pues se ha producido un relevo presidencial pacífico. Ahora bien, en lo referente a estrategia, Georgia no queda ni tan en Occidente como lo hubiese querido Misha, ni tan en Rusia como desearía Putin, algo que también sucede en Ucrania.

Sin embargo, en un orden global, el Cáucaso sigue por donde solía. Actualmente tiene mucha importancia para los grandes actores regionales, sobre todo Rusia y Turquía. Sin Georgia, Moscú no puede llegar a su aliada Armenia (un hecho grave, pues este país es frontera con Irán y Turquía) ni proyectarse en Oriente Medio. Pero sin Georgia, Turquía no puede acceder a Asia Central, donde todos los estados, salvo Tayikistán, hablan lenguas túrquicas. Es el modelo Norte-Sur, propio de la Guerra de Crimea.

Para un modelo Este-Oeste, cuya metáfora sería el Canal de Panamá, la zona debería de constituirse en tránsito del gas y del petróleo procedente de Asia Central. Pero eso exigiría eliminar a Rusia de la distribución del gas y del petróleo en su patio trasero y la voluntad europea de construir unos inmensos oleoductos que cruzasen el Cáucaso y el Mar Caspio, el proyecto Nabucco Podría sustituirse por otro, por un modelo Este-Oeste, cuya metáfora sería el Canal de Panamá. Para ello, la zona debería de constituirse en tránsito del gas y del petróleo procedente de Asia Central hacia Europa. Pero eso exigiría eliminar a Rusia de la distribución del gas y del petróleo de su patio trasero, algo que inquietaría al Kremlin, y la voluntad europea de construir unos inmensos oleoductos y gaseoductos que cruzasen el Cáucaso y el mar Caspio, el proyecto Nabucco.

Y no son tiempos de bonanza. Para colmo de males, China también compite, y se está llevando todo lo que puede en dirección este, algo que podría explicar la timidez europea a la hora de debilitar a Rusia. Lo mismo que el realismo, el equilibrio de poder nunca ha dejado de regir en las relaciones internacionales. Juega también contra el Cáucaso el fin del boicot a Irán. Los oleoductos pueden cruzar su territorio con un coste mucho menor.

Mientras se resuelve la cuestión Crimea/Panamá, es de esperar que prevalezca el principio de buena vecindad (más aun si los vecinos son tan asimétricos como Rusia y Georgia) y la sensatez, algo de lo que no anda sobrada la zona, sobre todo un poco más abajo, con el enclave de Nagorno Karabaj como manzana de la discordia entre Azerbaiyán y Armenia.

Fuente: El Confidencial

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