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Jad el Khannoussi

La escena política internacional se ve abrumada cada día con nuevos acontecimientos. Algunos de ellos no reciben la cobertura adecuada en los mass media, aunque sus consecuencias puedan resultar decisivas, tanto a nivel regional como mundial. La mejor prueba la hallamos en la actual y compleja crisis política que atraviesa Pakistán.

Lo que está sucediendo allí no ha despertado gran interés, o a lo mejor, se ha intentado ocultar en los medios, una práctica habitual cuando se trata de acontecimientos que no se ajustan a las directrices imperantes. Pakistán, el país de los 220 millones de habitantes, vive en alerta constante por sus problemas con la India. Dispone de un asombroso poderío militar y un notable desarrollo tecnológico, concretamente, es el único país musulmán con armas nucleares (ronda las 150 cabezas). Por el contrario, sus condiciones sociales no resultan tan favorables: su PIB no supera los 250 millones de dólares, con un promedio de 1.200 dólares al año y la tasa de inflación más alta de Asia. Unas cifras muy pobres, si las comparamos con el rol que aspira a jugar en su entorno regional.

La importancia de Pakistán radica en una ubicación geográfica privilegiada. Se trata de un país crisol entre Eurasia, Asia marítima (Asia occidental y sudoeste asiático), y a su vez, puente de paso hacia el Golfo árabe y la Península arábiga. Un contexto geográfico que le ha permitido gozar de un destacado protagonismo a lo largo de la historia reciente, por ejemplo, durante la Guerra Fría, y lo que aún le queda por desempeñar en el futuro más inmediato. No olvidemos que hablamos de un entorno geográfico inmerso en unas transformaciones sin precedentes: la retirada de los Estados Unidos de Afganistán y el paulatino vacío que está generando, la lucha creciente entre Washington y Pekín, así como el acercamiento táctico entre China y Rusia y el protagonismo de ambos en la región, y sobre todo, los movimientos estratégicos en Turquía y en la India. Todos estos factores subestiman la importancia geopolítica que tiene no sólo de Islamabad sino toda la zona. Un clima de fuertes tensiones que la convierten, a nivel bélico, en una de las regiones más calientes del planeta. Por el momento, lo que parece seguro es que el escenario pakistaní está asistiendo a una subida de la temperatura política poco habitual, anticipando la ola de calor que se avecina para los meses venideros. Los primeros aires cálidos ya empiezan a soplar sobre aquel país, e incluso, parece que están llegando hasta Afganistán, un país clave en esa compleja batalla que empieza a asomarse por el Asia central. Una muestra serían los recientes bombardeos del ejército pakistaní sobre territorios afganos o la vuelta de los atentados terroristas. Por tanto, aquí surge una inevitable pregunta: ¿Nos encontramos ante una crisis política interna o la cuestión pakistaní va mucho más allá?

A primera vista, el problema parece una simple moción de censura, presentada por la oposición contra el gobierno presidido por Imran Khan. ¿Los motivos? El fracaso del gobierno ante la grave crisis económica por la que atraviesa el país, a raíz de la pandemia del Covid-19. También, su crítica a muchas de las reformas aplicadas por el presidente, siendo el proceso de digitalizar las elecciones la más cuestionada, al menos, así se concluye según sus mensajes. La petición, en primera instancia, fue rechazada por el Parlamento pakistaní, basándose en los artículos 5 y 6 de su Constitución, los cuales prohíben la intervención extranjera en los asuntos del país. Ese día, el presidente de la Cámara dejó muy claro que se encontraban ante un plan premeditado, operado por una fuerza exterior. Una semana más tarde, la Tribunal Supremo aprobaba el recurso presentado por la oposición, que finalmente permitió a la Asamblea General llevar a cabo una moción de censura contra el gobierno de Khan, con una votación de 174 miembros de la cámara sobre el total de los 342 que la componen. Es decir, con los únicos miembros que se encontraban presentes, y el posterior nombramiento de Shebaz Sharif como primer ministro, hasta la celebración de las próximas elecciones previstas para mediados de 2023. De este modo, el gobierno pakistaní no pudo cumplir su legislatura, que tenía previsto finalizar en agosto de 2023. Una situación muy habitual en la política pakistaní contemporánea, donde ningún gobierno electo ha llegado a agotar su legislatura, si bien es cierto que la mayoría de las veces fue a raíz de golpes militares. Hasta aquí, todo el proceso parece, hasta cierto punto, lógico y normal, si hablamos en términos denominados como democráticos. Lo contemplamos a menudo en los países de gran tradición parlamentaria. Sin ir muy lejos, hace unos años España misma fue escenario de una evolución política semejante.

El ex presidente del gobierno pakistaní criticó duramente la decisión del Tribunal Superior, calificándola de vergonzosa, pues atentaba contra la Constitución del país, por la presunta implicación de actores externos. Con sus palabras, Imran Khan no cesó de denunciar una presunta conspiración exterior, acusando directamente a Washington. Khan, lo mismo que su ministro de Información o el propio presidente del Parlamento, sostuvieron que el pasado 7 de marzo, el embajador pakistaní recibió en la capital norteamericana una severa advertencia de los miembros del gabinete estadounidense.  Según afirman los tres, en el caso de que Imran Khan siguiera al mando, Pakistán debería asumir sus responsabilidades, aunque posteriormente la Administración Biden negó dicha acusación. Fuera cierta o no, lo sorprendente es que un día después de la fecha de la carta que denunciaba el gobierno pakistaní, la oposición presentó una moción de censura en el Parlamento, sin ningún motivo previo. Lo normal es que los dedos acusadores apunten hacia a Washington, que no contempla con buenos ojos los movimientos exteriores de Khan. Hubo cierta tensión entre los dos desde su última retirada de Afganistán. A partir de entonces, la relación entre ambos se ha enfriado de una manera poco habitual, sabiendo que estamos ante un país funcional, es decir, que siempre ha girado alrededor de la órbita de la Casa Blanca. Este clima de frialdad obligó al líder pakistaní, molesto por la política norteamericana referida a su país y sus apetencias sobre la India, a variar su rumbo estratégico y dirigirlo hacia Rusia y China, aunque en realidad, ya inició esta maniobra política antes de lo ocurrido en Afganistán el pasado verano. El mismo Donald Trump advirtió que tendría que asumir las consecuencias de los giros de su política exterior, un año antes de la pandemia. Muy pronto, unos y otros, comenzaron unas rondas de mutuas acusaciones que no han cesado hasta hoy. El ex presidente del gobierno, por ejemplo, en más de una ocasión acusó a los norteamericanos del asesinato de miles de inocentes pakistaníes, como consecuencia del bombardeo de drones en la frontera con Afganistán. Fue el primer dirigente del país en enviar una carta de protesta a la embajada norteamericana en Islamabad, lo que resulta sorprendente en un país dependiente en gran medida de Washington.

La escalada de acusaciones mutuas se intensificó tras el inicio de las operaciones militares rusas en Ucrania. Khan se negó a denunciarlas, haciendo caso omiso a las múltiples críticas internas, formuladas por la oposición y, sobre todo, por la institución militar. Su jefe supremo, el hombre más fuerte del país, las calificó de matanzas, y sentenció: “Nuestras relaciones están muy consagradas con los EE UU y aspiramos a desarrollarla todavía más”. A pesar de estas declaraciones, visitó Moscú, precisamente, el mismo día del comienzo de las operaciones militares rusas. Un acto de rebeldía que no pasó desapercibido. Que le pregunten si no al difunto Mohamad Morsi, cuyas tres negativas a Obama, que le costarían un golpe militar. Por el contrario, Imran Khan se mantuvo firme en su decisión, y respondió tanto a la Administración Biden como a algunos dirigentes de la Unión Europea: “No somos siervos de nadie”. Incluso añadió: “Qué sentido tiene celebrar el día de la independencia, si ellos nos dicen lo que tenemos que hacer”. Durante su viaje a Moscú, firmó una serie de acuerdos con Vladimir Putin, entre ellos, la compra por Pakistán del gas y del trigo ruso, con una bajada del 30% sobre su precio normal, además de una serie de promesas como potenciar sus lazos económicos y estratégicos. No olvidemos que Pakistán constituye la única salida que tiene Rusia, a través del Asia Central, al Océano Indico. Unas aguas saladas en las que los rusos, desde hace mucho tiempo, desean tener presencia militar. En el Kremlin son bien conscientes de esa prioridad geoestratégica.

Últimamente, tanto Moscú como Beiging, han mostrado un interés renovado en alcanzar una cooperación estratégica con Islamabad, la cual incluye varios asuntos, y con el dilema afgano que tanto preocupa a los dos en primer plano. Ambos conocen el rol decisivo que podría llegar a desempeñar Islamabad en Kabul, por su inestimable experiencia y el enorme peso que tiene en el problema afgano. Precisamente, China planteó -en palabras de dirigentes afganos- tener presencia militar en su frontera montañosa con Afganistán, solicitud que éstos no concedieron. China se muestra cada vez preocupada por la creciente actividad de los separatistas uigures, en concreto, del Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (ETIM). Pero, sobre todo, por la posible creación norteamericana de un cinturón que podemos calificar de islámico, con el fin de generar una inestabilidad en la frontera que luego se trasladaría al interior de su Gran Muralla. Beiging, consciente de esta estrategia, intenta aprovechar la brecha norteamericana para afianzar sus relaciones tanto con Kabul como con Islamabad, a fin de garantizar la estabilidad en la región.

Recordemos que el país del tigre ha mantenido relaciones muy estrechas con Pakistán, en ámbito económico, militar, científico y logístico. Sin ir muy lejos, su primer veto en el Consejo de Naciones fue a favor de Islamabad en 1972 (una cuestión entonces de Bangladesh). Beiging representa una esperanza económica y militar para Pakistán. Sus inversiones superan ya los 30 mil millones de dólares. Islamad, en cambio, constituye uno de los puntos claves en su iniciativa sobre la franja y la ruta Shanghai-Kashayar-Gwader. Este último puerto posee una importancia capital. Por un lado, permite a China liberarse del asedio al que intentan someterla en el Estrecho de Malaca (la alianza norteamericana con Australia y algunos países de la comarca sería un fiel reflejo de ello). Y por el otro, le facilita una salida por el Índico hasta el Golfo árabe, y desde allí, alcanzar los pozos energéticos de la Península arábiga (el 70% de sus necesidades energéticas las transporta por esa ruta). Y, además, puede conectar con su base militar en Yibuti, su puerta de entrada tanto a los mercados africanos como a los europeos, a través de Canal de Suez. Esta creciente presencia china en Pakistán la ha convertido en un punto de choque con los Estados Unidos. Las tensiones entre ambas potencias crecen cada día más y la Casa Blanca desea limitar el proyecto chino. La mejor prueba la estamos contemplando en la tensa disputa política que mantienen por el control de Sri Lanka, siguiendo la estrategia del asedio por el sur, en especial, si alcanzan un acuerdo con la India. Por tanto, un país con las dimensiones de Pakistán, debe permanecer bajo la órbita norteamericana.

Otro elemento de polémica es la agenda exterior de Pakistán, que podemos calificarla de islámica, su relación tripartita con Turquía y Malasia, la cual se estaba afianzando, con vistas a crear un pacto político para el mapa futuro de acciones conjuntas. Un acuerdo que generaba muchas esperanzas en el mundo islámico, ansioso de poner fin a tantas sumisiones en esa parte del planeta, al menos, en su parcela social, que desde los repartos ingleses y franceses, parecían figurar ya en los anales de la historia. Unas esperanzas de transformación que han ido creciendo tras el intento turco de organizar un bloque de los países musulmanes turcófonos, el cual incluya a Pakistán, Malasia, e incluso Indonesia, otro actor emergente que se afianza con paso firme. Lo cierto es que los motivos abundan: humanos, económicos, tecnológicos, militares. Una alianza de este calibre cambiaría para siempre el mapa geopolítico mundial. Son movimientos tácticos que despiertan muchas inquietudes, no solo a nivel global sino también regional. Por ejemplo, el caso de Arabia Saudí como posible aliado. No resulta extraño que la primera medida que tomó el nuevo presidente del gobierno paquistaní, Nawaz Sharif, fue elogiar el papel de Arabia en la vida política y la nueva ayuda propuesta para su país.

En resumen, el dilema pakistaní no ha hecho más que empezar. La batalla se traslada ahora a las calles, tal como hemos visto días anteriores, y los conflictos se irán intensificando a medida que se acerquen las elecciones. En el caso de que se presente el ex primer ministro Khan, lo más probable es que gane los comicios por unanimidad, gracias a su carisma y popularidad. Esta última se ha duplicado, no sólo por forma en que fue destituido, sino también por la debilidad de la oposición, inmersa en la corrupción y obedeciendo directrices del exterior. Todas las miradas entonces se centran en el ejército, la institución más fuerte, hasta tal punto, que se lo considera un estado independiente dentro del propio estado. Ya desempeñó un papel fundamental en la vida política pakistaní, no en vano, durante más de la mitad de su historia el país ha estado sometido a su mandato. En el caso de que Khan perdiera las elecciones, lo más que probable es que sus seguidores no acepten los resultados. Esto provocaría que el país iniciara una situación política de inestabilidad y descontento popular que pondría en cuestión su integridad, y posiblemente, llegar a una confrontación civil debido a su compleja estructura social. Caso, por ejemplo, de algunos sectores chiíes, una minoría bastante notable allí, quienes empiezan ya a reclamar su independencia, apoyados por Irán, que los utiliza para intervenir en asuntos de su entorno regional. En este aspecto, no debemos olvidar los sangrientos acontecimientos de 2013 y 2017, que abriría el país a las intervenciones extranjeras. Quién sabe… si China arma a los talibanes de Pakistán, sabiendo que Kahn proviene del pueblo pastún, y en Pakistán, el peso de la tribu es enorme. Un entorno como el cabileño, donde el odio a los Estados Unidos es grande, unirá a todos contra Washington, y seguirá en aumento de ahora en adelante. Quién sabe… si los Estados Unidos utilizan también a los chiíes, como hicieron en la invasión de Afganistán o de Irak, con el beneplácito de Teherán. Esto haría que el país se sumergiera en un caos, que probablemente se trasladaría a Afganistán, y desde allí al Asia central. Esos movimientos enlazarían con la estrategia norteamericana de trazar un cinturón islámico, con el objetivo final de desestabilizar a China. Tampoco debemos olvidarnos de la India, que todavía sigue considerando a Pakistán como parte de su territorio. Quién sabe… si un acuerdo con Washington, en caso de inestabilidad, le puede abrir de nuevo la posibilidad de apropiarse de los terrenos pakistaníes. A todas estas preguntas obtendremos respuestas en las próximas elecciones paquistaníes, previstas para mediados del año próximo. Esperemos que nuestras previsiones no se cumplan. Pakistán es un país muy grande y posee todos los recursos posibles para ser una potencia regional, la cual puede ejercer un rol importante para la estabilidad no sólo de la Península índica sino de toda Asia.

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