No hay nada nuevo en el planteo del libro que no haya sido dicho por clásicos en este tema: el fin de la guerra tal cual la conocemos. Martin van Creveld lo dijo antes y lo dijo mejor. Pero, igualmente, resulta interesante que ideas expresadas hace más de dos décadas, casi en tono profético, hoy, se vean revalidadas por otro autor. En este caso Sean McFate, un soldado de fortuna autor, entre otras obras, de: “The Modern Mercenary: Private Armies and What They Mean for World Order.”

La obra viene con el plus de un prólogo del conocido general norteamericano Stanley MacChristal, de quien el ex secretario de Defensa, Robert Gates, describió como: "quizás el mejor guerrero y conductor en combate que he conocido". Pero luego de comentarios poco halagadores sobre el vicepresidente Joe Biden y otros funcionarios de la administración Obama en un artículo de la revista “Rolling Stone” fue obligado a renunciar como comandante en Afganistán.

Creemos que más allá del uso poco adecuado de la Historia militar, de las afirmaciones repetitivas y excesivamente simplistas, de su lógica circular y, en última instancia, de las soluciones insatisfactorias a los numerosos problemas que plantea el autor. El libro ayuda es de gran ayuda para los aficionados para entender la naturaleza compleja de los conflictos armados del  siglo XXI.

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Prólogo al libro “Las Nuevas Reglas de la Guerra” de Sean McFate

General Stanley McChrystal.

Es decepcionarte enfrentar a un enemigo cuyo singular objetivo es destruirte.  Cuando el objetivo de este enemigo es el caos a cualquier costo,  la lucha pierde toda esperanza.

Cuando llegué a Irak para liberar al Comando Conjunto de Operaciones Especiales en el 2003 vi la naturaleza de este cambio con mis propios ojos.  Con una flota de coches bombas y de fanáticos bombarderos suicidas, al Qaeda en Irak (AQI) golpeó más blancos civiles que cualquier otro grupo terrorista en la historia. Espacios que antes habían sido sagrados, tales como mezquitas, mercados al aire libre y áreas protegidas para peregrinos religiosos fueron repentinamente atacados por AQI.

Abu Musab al’ Zarqawi nos estaba derrotando en las penumbras de esta nueva guerra. Especialmente, con su voluntad de eludir todo tipo de norma o de estructura tradicional. AQI era algo menos que una mutación orgánica, no estaba contenida ni constreñida. Mientras otras organizaciones terroristas, incluyendo y, tal vez, especialmente, al Qaeda, habían operado bajo estrictas políticas y procedimientos, AQI creció exitosamente porque no tenía las manos atadas. Zarqawi apuntaba a causar daños anárquicos y a llevar el terror  a Irak sin importar el método o el precio a pagar.

AQI nunca tuvo problema para obtener apoyo logístico en el anarquizado Irak; de hecho el desorden general alimentaba las existencias del grupo. Con la decisión de desbandar al ejército iraquí y el partido Baath, los Estados Unidos habían, inadvertidamente, creado un supercentro para insurgentes. La combinación del odio, con el gran número de desempleados y la abundancia de armas que llegaban de todas partes de la región y de las ganancias que obtenían por el secuestro de personas, le daban a Zarqawi y a sus hombres, prácticamente, todo el material necesario para tener éxito.

El ingrediente final, sin embargo, era la gran destreza que tenía AQI para utilizar la Tecnología de la Información (TI)  en su provecho. Los yihadistas podían admirar y contribuir con AQI desde lugares más allá de las fronteras iraquíes. Más importante, aún, la TI le permitió al grupo controlar, tanto cómo se desarrollaba la violencia como su relato. Con la habilidad de conectar estos nodos y su rápido avance, la TI le facilitó que AQI construyera una gran red de información, la que a su vez alimentó su habilidad para desarrollar una guerra más rápida y en espacios más amplios.

A pesar de que AQI había adoptado las nuevas reglas de la guerra, yo tenía confianza en que mi Comando tendría la habilidad de adaptarse a estos métodos tan poco convencionales, esta flexibilidad táctica, era según mi criterio, nuestra especialidad.  Y como en muchas otras guerras contra este tipo de gente, mis tropas habían ganado la mayor parte de los enfrentamientos. Porque estábamos mejor armados, mejor conducidos y mejor entrenados.

Sin embargo, nuestro éxito táctico le dio, tanto a los soldados como a los políticos la falsa impresión de que nuestra estrategia estaba funcionando. En realidad, aún,  lo que estábamos haciendo era, simplemente, llevar adelante discretas misiones que eran brutalmente efectivas contra nuestros enemigos; pero que no estaban realmente enraizadas en una verdadera estrategia nacional unificada que nos permitiera tener éxito a largo plazo. Estábamos viviendo una operación por vez, celebrábamos nuestros éxitos, pero carecíamos de una perspectiva lo suficientemente amplia para tener claro cuál era el impacto de lo que estaba sucediendo Y como nuestros veteranos con  varios despliegues, me di cuenta de que no habíamos invertido el suficiente esfuerzo en diagnosticar las complejas condiciones que habían hecho de a AQI tan resiliente.

Cuanto más conocida la situación, más clara se me presentaba la solución -sin embargo esto no era una sorpresa para mí-  ya que el Comando Conjunto de Operaciones Especiales nos había provisto de nuestra estructura, del equipamiento, de la doctrina y de la cultura que nos limitaban. Estábamos atrapados en la jaula de nuestra propia forma de hacer las cosas; creíamos ser tácticamente flexibles, tanto que habíamos evitado toda crítica respecto a nuestras acciones o a la estrategia nacional.  En estas aguas sin cartografiar, mi equipo y yo teníamos el desafío de reimaginar, tanto el rol de mi Comando en este esfuerzo de guerra como su lugar en la política exterior norteamericana.

Nuestra saga en Irak nos iluminaba sobre un problema endémico mayor que no solamente afectaba a mi Comando, sino a todo el mundo occidental, a nuestra cultura que no quería forzar a sus líderes a reconocer la necesidad de interceptar la estrategia con la adaptabilidad. Esto se debía, en parte, a nuestros increíbles privilegios. AQI había estado, constantemente, recalibrándose, simplemente, para poder sobrevivir.  Mientras que los Estados Unidos estaba enfrentando el terror y el trauma de mantenerse como una superpotencia.  Nosotros, por demasiado tiempo, habíamos esperado que el Mundo jugará con nuestras reglas. Y haciendo esto, nosotros habíamos fallado de preguntarnos a nosotros mismos qué pasaba si estas reglas eran incompatibles con la realidad.

Paradójicamente, los Estados Unidos parecía tener miedo a seguir una estrategia adaptativa en cualquiera de sus formas. Nos habíamos casado con la noción de que no debíamos cambiar la política hasta que ésta fracasara y no estamos dispuestos a preguntarnos a nosotros mismos cómo podríamos hacer mejor las cosas. Adhiriéndonos al status quo de corto plazo y a un fácil curso de acción, pero este era uno muy peligroso.

El mundo estaba cambiando muy rápido, ahora, mucho más rápido que antes y en forma no sorprendente, nuevos estilos de liderazgo estaban siendo más importantes que nunca.  No podríamos por más tiempo permitimos seguir siendo los iconoclastas de lo flexible o los seguidores de reglas de manual, teníamos que combinar al pensamiento no convencional con nuestra forma normal ordenada de pensamiento.  Esta clase de liderazgo híbrido, no solo sería necesario para tener éxito en la guerra sino, también, en otras tareas en el Mundo.

Los líderes deben estar dispuestos a prevenir las crisis, no ,simplemente, a esperar que ellas sucedan. Como comprendimos en Irak, conscientemente, sacrificando los objetivos de largo plazo estratégicos por otro de corto plazo, era tanto una torpe medida como una poco sustentable. Tuvimos suerte de que a pesar de estar hundidos hasta los talones, mi comando fue capaz de recibir varios golpes antes de reconocer la necesidad de que teníamos que reinventarnos.

Otras organizaciones no fueron tan afortunadas, basta ver el gran número de actividades de negocios que fueron lentas en reaccionar, por ejemplo,  al surgimiento de Amazon.  Sin embargo, la gran pregunta se mantiene: ¿cómo creamos y generamos líderes estratégicamente flexibles en un mundo que tiene miedo al cambio?

El primer paso es identificar nuestro problema cultural, tal cual lo hicimos en Irak y como el señor Mc Fate, lo hace en este libro a través de su experiencia. Como él, en forma tan experta lo consigna, los líderes militares deben combinar un nivel de elasticidad y de amplia visión de conjunto cuando son confrontados con nuevos estilos de conflicto. En forma acorde, tenemos que ponernos de acuerdo con el hecho de que seguir las reglas de las guerras del pasado, no nos puede guiar en las guerras que libramos hoy (o mañana). Esta actitud de alerta puede salvar vidas. Debemos comenzar a resolver el problema de las consecuencias de las nuevas reglas de la guerra, sino queremos ser sobrepasados por ellas.

Atrofia estratégica

Sean McFate

¿Por qué los Estados Unidos dejaron de ganar guerras?

El 5 de junio de 1944, el día anterior al día “D”, el General George S. Patton caminó sobre un improvisado escenario, en el sur de Inglaterra, para darle un discurso a miles de soldados norteamericanos. ” Nosotros peleamos para ganar siempre”, les dijo Patton. “ Esto es porque los norteamericanos nunca hemos perdido una guerra y porque nunca vamos a perder una, por la simple idea de que perder es odiosa para todo norteamericano.”

A partir de ese momento, los norteamericanos no han experimentado otra cosa que no sea la derrota. Corea sigue haciendo un empate. Vietnam se volvió comunista. La guerra de Irak y la de Afganistán, también, fracasaron.  El ISIS ha destruido grandes regiones de Irak e Irán tiene sus tentáculos en Bagdad. Los talibanes controlan más de Afganistán que el propio gobierno local.  Las Guerras desde 1845 ha sido un desperdicio de sangre norteamericana  y de trillones de dólares en impuestos que han dañado el honor nacional mientras que no han resuelto ningún problema concreto.

Estamos perdiendo. El pueblo está preocupado. Aquellos que no se han convencido, todavía, de que estamos cayendo, muy bien le pueden deber esa convicción a un falso concepto de victoria. Ganar no se trata de matar más enemigos o de capturar una mayor cantidad de terreno. Estos factores son irrelevantes. La única cosa que importa es cómo uno queda cuando la guerra termina. ¿Alcanzó usted los objetivos que se había propuesto al principio? Si la respuesta es no, entonces no puede reclamar una victoria.

Algunas personas tratan de engañarnos mediante una racionalización de los fracasos o redefiniendo los objetivos, pero la historia nunca es tonta.  La última vez que los Estados Unidos ganó, decisivamente, un conflicto el mundo de la electrónica funcionaba con tubos al vacío. Este no es un problema que afecta a los demócratas contra los republicanos, es un problema de todos los norteamericanos. Presidentes de ambos partidos nos han llevado a guerras que no han podido ganar y han fallado de sacarnos de guerras tal cual nos lo habían prometido. Pero no hay que culpar a la Casa Blanca por todo -el Congreso, también, ha estado ausente sin permiso desde el gobierno de Truman. La última vez que, oficialmente, los Estados Unidos declaró la guerra fue en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que los conflictos armados en Corea, Vietnam, Grenada, Panamá, Somalia, los Balcanes, dos veces en Irak, Afganistán y Siria. ¿Cuál fue la causa exacta  por la que los soldados norteamericanos fueron a morir? Quiero saberlo y sé que no estoy solo.

Esto le está pasando a los Estados Unidos. En los últimos 70 años ha surgido una perturbadora tendencia: Occidente ha olvidado cómo ganar guerras. Esto es obvio, pero nadie quiere hablar sobre ello,  porque las implicancias son muy terroríficas. Gran Bretaña y otros poderes occidentales han luchado en sus propios conflictos después de la 2da GM, desde los franceses en Indochina a la OTAN en Afganistán. Occidente se han enterrado en pantanos por todos lados. Las misiones de paz de la ONU no lo han hecho mucho mejor.  Las guerras modernas tienen una sola constante y es que los poderes militares más poderosos son, rutinariamente, derrotados por poderes enemigos más débiles.

Occidente tiene las mejores tropas, las mejor entrenadas, la tecnología, el equipamiento y los recursos. ¿Entonces cuál es el problema?

Algunos expertos piensan que Occidente debería redoblar al doble su capacidad militar para cada una de sus capacidades militares, con tecnología de punta y con presupuestos militares billonarios, qué es lo que se ha venido haciendo por décadas, pero nada ha mejorado.  Esta solución está representada por la definición clásica de locura: hacer lo mismo esperando tener resultados diferentes. Desde la 2da GM, extremadamente pobres y mal entrenadas milicias de baja tecnología, armadas con armamento primitivo han tenido éxito en batir, rutinariamente, grandes formaciones militares occidentales. Francia fue derrotada en Argelia y en Indochina, Gran Bretaña en Palestina y en Chipre, la URSS en Afganistán, Israel en el Líbano y los Estados Unidos en Vietnam, Somalia, Irak y Afganistán.  Seguir librando guerras de esta forma en el futuro,  no es una solución.

Algunos reniegan.  Unas pocas personas, aún, creen que podemos ganar o al menos no perder en lugares como Afganistán. Ellos están solos. En varias encuestas conducidas por el Pew Research Center en el 2018 se encontró que más de la mitad de los norteamericanos piensa que las guerras en Irak y Afganistán han “fallado mayormente”. Otras encuestas en el Reino Unido confirman esta misma grave conclusión. Aún el senador John McCain concedió que la guerra en Irak, la cual fue peleada tan duramente como para lanzar una escalada, “no se puede juzgar sino como un error, uno muy serio y uno que tengo que aceptar mi parte de culpa en él.”

Algunos ponen su fe en las Naciones Unidas y en las leyes internacionales para resolver los conflictos armados. Ellos son soñadores. Ellos ven la guerra como la quieren ver, no como es. Las Naciones Unidas no han hecho nada para detener los genocidios en Ruanda y en Darfur. Tampoco han desafiado a Rusia con su robo de Crimea o detenido las matanzas en el Medio Oriente. El arma favorita de tales soñadores es un gran discurso que todo  lo explica. El Derecho de los Conflictos Armados es, igualmente, encantador, pero inefectivo. Como cualquier veterano se los puede decir, las leyes de la guerra son una maravillosa ficción. Estas “leyes” existen solamente de nombre.  Nadie puede legislar el combate o regularlo y es una necedad tratar de hacerlo. Las soluciones de buen corazón solo consiguen que más gente muera.

Otros levantan las manos en señal de frustración, diciendo que la guerra es, simplemente, demasiado caótica para comprenderla. Entonces, ¿por qué tratar? Ellos son los que se rinden rápidamente y están equivocados. Extrañamente, muchos de ellos son expertos en relaciones internacionales que han tratado y han fallado en poner a punto estrategias adecuadas, por lo que explican lo que ellos mismo no pudieron hacer. Estos expertos una vez aseguraron  que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva y que las guerras en Irak y en Afganistán podían ser ganadas rápidamente y en forma barata. Cuando esas cuestiones no sucedieron,  nos dijeron que necesitamos “Nation- Building” para poder ganar. Luego nos prometieron que la estrategia de contrainsurgencia era la que lo arreglaría todo. Cuando esto no sucedió incrementamos, brutalmente, la cantidad de tropas en ambos lugares de guerra. También fracasamos y ahora Irak y Afganistán están peor que antes de que los Estados Unidos llegaran.  Los expertos se fueron, diciendo que no eran capaces de saber qué fue lo qué pasó. Sin embargo, solo es algo desconocido para ellos. Esos  mismos expertos van a volver a insistir en que no hay “reglas” de la guerra, porque no creen en ellas.  Yo estoy siempre sorprendido por la ignorancia, desde la que se sugiere que los conflictos armados nunca serán entendidos .

La verdad es que los seres humanos han estado estudiado, en forma exitosa, a la guerra por miles de años, desde Sun Tzu en la antigua China hasta Carl von Clausewitz en la Europa del siglo XIX. Aún leemos a los grandes maestros hoy. Ellos nos muestran que la guerra es algo cognoscible y sus ideas de cómo ganarlas son eternas . Llámenlas ideas, principios, reglas - es solo semántica- pero, las personas argumentan semánticamente cuando carecen de ideas propias.

Entonces ¿por qué Occidente continúa perdiendo guerras, aún, contra adversarios infinitamente inferiores? El problema no está en las tropas ni en los recursos, Occidente tiene los mejores. El problema está en la forma en como pensamos. El problema es nuestra estrategia. Nosotros perdemos por nuestra propia incompetencia estratégica.

Uno de los más serios obstáculos de hoy es que no conocemos lo que la guerra es, ergo no podemos ganarla, ya que, tampoco, la entendemos y por eso no la podemos ganar. El historiador francés Marc Bloch, testigo de cómo la blitzkrieg germana aplastó a los militares franceses, se lamentaba diciendo: “Nuestros líderes son incapaces de pensar en términos de la nueva guerra, sus mentes son poco flexibles.”

Nuestras mentes de hoy, también, son poco flexibles. Los militares occidentales se han transformado y han quedado prisioneros de los paradigmas de la guerra convencional. Ellos se han modelado según la Segunda Guerra Mundial, pero no han desarrollado otra idea que no sea atacar con grandes volúmenes de fuego al enemigo, quién lo absorbe pasivamente y, luego, se retira a su casa. Quien quiera que mate la mayor cantidad de tropas enemigas o que capture la mayor cantidad de terreno gana. Esa es la victoria según ellos. Pero esto no es realista, es un boleto para el “Titanic” y siempre va a fallar porque el enemigo ya no pelea en forma convencional excepto nosotros.

Occidente está perdiendo porque sufre una atrofia estratégica. Queremos combatir como lo hicimos en 1945, en nuestros días de gloria y nos preguntamos porque hemos dejado de ganar. Las guerras se han transformado y nuestros enemigos con ella, pero estamos empantanados en las fantasías del pasado y por eso estamos perdiendo. Ya que no sabemos cómo pelear otro tipo de guerra especialmente las que son confusas y que no tienen término ni fin. Antes que mirar el futuro los expertos tornan su vista al pasado y se imaginan guerras de robot y grandes batallas aeronavales entre China similares a las de la Segunda Guerra Mundial pero con una tecnología mejorada.  Tenemos que olvidar lo que sabemos. La guerra del futuro no tendrán nada que ver con aquellas del pasado. Si llegara a ver un gran conflicto entre las grandes potencias como sería el caso los Estados Unidos contra China ¿por qué tenemos que asumir que nos van a combatir en forma convencional? No lo harán. La guerra convencional está muerta. Aquellos que se empantanan en la visión tradicional probablemente nunca llegan a reconocer la naturaleza de los conflictos del futuro. Pero ya será demasiado tarde.

Hay algo más en la guerra que matar enemigos. Entender esto es comenzar a ganar los conflictos modernos con su nuevas reglas.  Es lo que nuestros enemigos han aprendido. Lo saben. Nos has superado y pronto sufriremos una gran derrota. La antigua Roma la sufrió cuando fue arrasada por los visigodos en el 410 d.C. El mundo occidental moderno no es diferente nada dura para siempre y los bárbaros están en nuestras puertas y en cualquier momento, aún, un ejército victorioso puede perder una guerra.

Perder es horrible y para cualquier norteamericano, también. Especialmente como veterano me enferma el ver a mis amigos muertos en acción debido a la baja calidad de nuestro liderazgo estratégico. Y como ciudadano común que paga sus impuestos,  me disgusta que nuestro gobierno gaste trillones de dólares afuera solo para hacer las cosas peor.  Como norteamericano odio que el honor de nuestra nación sea mancillado  por enemigos de bajo nivel. Esto no es la guerra por la cual se sacrificaron nuestras generaciones en el pasado, merecemos algo mejor. El mundo, también, las nuevas reglas de la guerra nos ayudarán a superar la atrofia estratégica occidental. Algunas reglas son viejas otras son nuevas. Todas son muy poderosas. Observarlas nos va a llevar a la victoria. Las personas que dicen conocer cómo se gana una guerra del futuro, están usualmente equivocadas. Este libro es diferente. no está apoyado por académicos sino por la experiencia real. Se identifica con las tendencias que han existido en el pasado por los últimos 70 años y que continuarán en los próximos 70 años. Esta descripción se parece al futuro. Sólo porque estamos acostumbrados a ella, la guerra es una actividad humana. No importa cuán ilustrados nos transformemos, vamos a perder parte de nuestro tiempo matándonos entre nosotros. Es inevitable que las generaciones más jóvenes experimenten la guerra. La única cuestión es cuándo lo harán en el futuro. Algunos conflictos serán regionales mientras que otros nos afectarán a todos. Algunos serán pequeños otros serán grandes,  todos serán terroríficos. La buena noticia es que, aún, podemos ganar. La guerra es cognoscible y la mitad de la tarea para ganarla es conocer de qué se trata. La mala noticia es que la hemos olvidado. La estrategia de Occidente es anticuada y es incapaz de darnos seguridad.

Muchos estrategas convencionales creen que la mayor amenaza son los terroristas, los estados rebeldes y las potencias revisionistas como Rusia y China. Mientras que estos oponentes son malos, hay otros que son peores.  Estos estrategas convencionales, solamente, pueden ver amenazas en un estado o en un grupo de estados como sus enemigos, pero los desafíos más importantes no son sistémicos. La gran volatilidad global está alcanzando un punto donde el caos nos va a alcanzar. Si queremos resistir, tendremos que aprender a ganar en esta época de desorden.

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