Jad el Khannoussi

¿Acaso el río eterno entiende lo que la política le esconde? El Nilo, uno de los ríos más grandes del mundo, al que tanto cantaron poetas, pintaron artistas y describieron historiadores y geógrafos, está atravesando por uno de los momentos más críticos que se puedan recordar. Todo empezó hace unos años, cuando Etiopía anunció sus pretensiones de construir una gran presa, bajo el nombre de Milenium Dun o Renaissance Dun, para generar electricidad y, por ende, allanar el camino hacia su desarrollo. Al menos, esto es lo que se argumenta desde Addis Abeba. A partir de entonces, las tensiones políticas entre Etiopía y Egipto no han cesado. No en vano, el río constituye la fuente de vida y seguridad de este último, razón por la cual los primeros faraones lo dejaron claro en uno de los templos de Karnak: “En caso de que disminuya el caudal del Nilo, cada militar deberá emprender su marcha y no volver hasta que libere al Nilo de quien limite su circulación”. No es de extrañar ver cómo todos aquellos que intentaron debilitar al país faraónico a lo largo de la historia, utilizaron siempre la misma táctica. Ejemplo de ello lo encontramos en la época de las cruzadas, cuando el rey etíope Yekuno Amlak cortó el suministro de agua al Egipto fatimí, entonces gobernado por Al Muntasir, causando cientos de miles de muertos. Asimismo, las dos fuerzas ocupantes del Egipto contemporáneo ejecutaron la misma línea. Los ingleses pretendieron poner en práctica una estrategia idéntica contra Napoleón cuando ocupó Egipto (1798-1801) y los alemanes, en plena Segunda Guerra, intentaron asediar a los ingleses asentados en el país faraónico a través del cierre del flujo de agua del Nilo. Por tanto, no estamos ante algo nuevo, ya que se ha repetido a lo largo de la historia y dará mucho que hablar en el futuro.

Es imposible entender la historia de Egipto sin su vínculo con este río sagrado. Todavía siguen vigentes las palabras de Heródoto cuando declaró que el país faraónico era un don del Nilo. Tras siete mil años fluyendo por las venas egipcias, este vínculo se pondrá en tela de juicio en el mes de julio, fecha prevista para comenzar a llenar la presa. Cada vez crece el miedo que campa por sus calles. Existe un acuerdo unánime entre los egipcios para encontrar soluciones por las buenas o por las malas, incluyendo recurrir a las armas o al bombardeo de la presa en caso de que no se respeten sus derechos. El presidente Anwar Al Sadat dejó claro, después de la firma de los acuerdos de Camp David en 1979, que el único motivo por el que Egipto entraría en guerra sería por el agua. Por tanto, ¿cuáles son las pretensiones de Etiopía?, ¿qué daños sufrirá Egipto?, ¿qué actores externos saldrán beneficiados? y ¿hasta qué punto Egipto sería capaz de tomar las armas? Todas estas preguntas están acaparando decenas de estudios, debates políticos, tertulias, etc., en vísperas de lo que deparará este verano que, al parecer, será más caluroso de lo normal para el pueblo faraónico.

El río Nilo es el más grande del mundo, con 6695km. Nace en el Lago Victoria y lo comparten 11 países: Etiopía, Kenia, Eritrea, Tanzania, Ruanda, Burundi, Uganda, Sudán del Norte y del Sur y, por supuesto, Egipto. Por tanto, estamos ante una población densa que vive alrededor de sus aguas y que en un futuro cercano rondará los 800 millones de personas. La mayor parte de la cuenca del río pertenece a Etiopía, que aporta el 84% del control anual, mientras el resto, es decir, el 14% viene de otros países. Su curso pasa por Sudán y el país faraónico su curso y su estuario. Precisamente, allí radica el problema, ya que los ríos ribereños carecen de una legislación internacional para determinar el beneficio de las aguas compartidas, aunque se han celebrado cumbres, como la de 1966, más conocida como los principios de Helsinki, sobre el uso de las aguas en los ríos internacionales. De igual modo que la carta internacional de La Haya en 1974, donde se recogen algunos puntos, tales como el derecho del país que se encuentra en la parte baja del río de recibir notificaciones previas sobre cualquier actividad de los estados que se sitúan en la parte alta del río que les pueda afectar; evitar actuaciones que puedan dañar alguna de las partes y por supuesto, al medio ambiente; la obligación de cooperar, etc. Dichos principios fueron admitidos por la Delegación del Derecho Internacional en 1983 que aprobó, igualmente, el principio de la distribución de las cuotas de agua en los países de la cuenca y las necesidades relacionadas con los aspectos económicos y sociales. No obstante, dichos principios nunca fueron elevados a la categoría de tratados internacionales. Es ahí donde surgen las tensiones y conflictos que presenta el caso analizado y que podría suponer la primera guerra por el agua del siglo XXI.

El origen, como ya hemos destacado, hunde sus raíces en la historia de los dos países. Sin embargo, desde la ocupación inglesa de Egipto en 1882 hasta hoy día, se han llevado a cabo muchos pactos entre los dos bandos o las dos fuerzas ocupantes, como el del protocolo inglés e italiano en 1891, por el que Roma se comprometió con el gobierno británico a no impedir el flujo del agua del Nilo. Lo mismo ocurrió en 1902, entre Inglaterra y Etiopía, donde el emperador etíope Menelik II se comprometió a no realizar ningún tipo de construcción en el Nilo Azul. Ya después de la independencia de los estados, se llevaron a cabo una serie de acuerdos, entre Egipto y Etiopía en 1929, por ejemplo, o entre Sudán y Egipto en 1959, en el que el país dirigido entonces por Nasser fijó su porción del agua en 55,5 mil millones de pies cúbicos y Sudán en 18,8. Un acuerdo que Addis Abeba rechazó en su momento. Aunque es cierto que, después de aquella fecha se celebraron varios encuentros bilaterales entre los tres (1973, 1997, 2010, 2015, 2019), incluso el pacto de cooperación entre los países que rodean el Nilo en 2010 o el encuentro tripartito entre Egipto, Sudán y Etiopía de 2015. Sin embargo, todos estos encuentros no pudieron solucionar el problema, especialmente, ante la intervención de otras fuerzas del exterior. Lo cierto es que la situación empeora cada vez más. En caso de que finalice la construcción de la presa, el flujo de agua de Egipto disminuirá en un 45%. Teniendo en cuenta que los 55 mil millones de metros cúbicos anuales de los que dispone en la actualidad no son suficientes para satisfacer las necesidades de su población, que ya ronda los 110 millones de personas, la magnitud de la amenaza es fácil de imaginar. De acuerdo con los principios establecidos por la ONU, Egipto necesita unos 100 mil millones metros cúbicos anuales. No olvidemos que en el momento en que termine la construcción de la presa, la cantidad de agua descenderá hasta los 20 mil millones cúbicos. Esto supone la pérdida inmediata de más de un millón de los cuatro millones de yugadas que existen  en el del Delta del Nilo (4 millones en los primeros cuatro años de la presa) y, en consecuencia, se pone en peligro el trabajo de alrededor del 53% de la población egipcia, es decir, de las más de 50 millones de personas que viven de la agricultura y de los productos relacionados con ella, así como el 75% de la industria pesquera en las aguas del Nilo; desaparecerán fábricas y muchos de los productos agrícolas –el algodón, por ejemplo-; la producción de electricidad se verá mermada en un 40% y la hidroelectricidad en un 30%. La peor consecuencia será el gran impacto medioambiental que causará graves enfermedades y, por consiguiente, una crisis humanitaria que llevará a millones de egipcios a la emigración, en especial, en dirección al norte.

Etiopía se mantiene firme en su decisión. Así lo demuestran las palabras de sus dirigentes: “el territorio es nuestro, el agua es nuestra y el dinero también; nadie nos podrá detener” (Jedu Anderjatchu, ministro de exteriores); el primer ministro Abi Ahmed considera que el proyecto es un orgullo nacional, tal y como lo manifestó el pasado 8 de junio: “la decisión de llenar la presa no tiene vuelta atrás”; incluso la presidenta del país Sahle-work Zewde comparó la construcción de la presa con la histórica Batalla de Adua (1896), en la que los etíopes lograron derrotar al ejército italiano. Tampoco debemos olvidar que el país africano recibió hace unos días, según la prensa israelí, que califica a Al–Sisi como el salvador de sus graves problemas hidráulicos, o la prensa sudanesa como al-Sudani, el sistema antiaéreo Pantsir-S1. Unas declaraciones y actuaciones de Addis Abeba que ignoran las leyes sobre los ríos transfronterizos. Se produjo un intercambio de acusaciones cuando Etiopía se retiró de las últimas negociaciones en Washington, dando la espalda incluso a las incitaciones norteamericanas. No es algo normal si tenemos en cuenta el peso de Washington en cualquier proceso diplomático. Pero Addis Abeba no lo hizo por casualidad o rebeldía hacia EE.UU., sino siendo consciente de la debilidad egipcia y el apoyo de otras fuerzas, en especial de Israel y de la misma Washington, sin descartar al propio General al-Sissi, actual e ilegítimo presidente de Egipto, que sigue creyendo en unas negociaciones que no cambiarán nada. Esto se puede entender. El pacto de buenas intenciones en 2015 firmado por Egipto, Etiopía y Sudán, dio derecho al país del Cuerno Africano a construir dicha presa. Algo comprensible pues, al-Sissi, después de dar el golpe militar, encontró la legitimidad que  andaba buscando en la unión africana por el hecho de firmar aquel acuerdo, acuerdo que nunca fue presentado al parlamento egipcio. Tampoco recurrió al quinto punto de dicho convenio, por el que Etiopía debía paralizar la construcción de la presa en caso de que se retirase de cualquier tipo de negociación. Etiopía está dispuesta a todo, incluyendo una confrontación bélica, como sostenía su ministro de exteriores, Tadres Adahanu: “Egipto está muy débil como para entrar en una guerra con Etiopía”. Evidentemente, un país no se atrevería a levantarse en armas sin contar con el apoyo de otras fuerzas regionales o internacionales, especialmente Israel, el gran beneficiado de esta situación y Washington. ¿Hay algo que nos sorprenda? Sobre todo ver cómo la junta militar egipcia, que protege los intereses israelíes, prohibiendo la entrada de cualquier tipo de alimento en la franja de Gaza, prescindió de las islas Tirán y Sanáfir en Arabia Saudí para que los barcos israelíes pudieran circular libremente por el Mar Rojo. Lo peor de todo, es está sucediendo en Sinaí, uno de los pasos para alcanzar el famoso Acuerdo de Paz que anunció Trump hace poco.

Desde el primer momento, Etiopía siguió las pautas israelíes en el proceso de las negociaciones, es decir, ganar el máximo tiempo posible para poner a El Cairo ante la realidad. Israel, que desde sus primeros momentos estrechó su relación con los países del cerco del mundo árabe de acuerdo con la estrategia desarrollada por su fundador Ben Guerrion -“Amputación o Asedio de las partes”-, además de la estrategia del pez en el Mar Rojo, que el profesor Hamid Rabi’e explica de la siguiente manera: “es la incapacidad de un cuerpo para moverse con todas sus fuerzas”, razón por la cual reforzó su relación con Etiopía, Uganda, etc., Y la verdad es que fue todo un acierto. Sin ir más lejos, su papel decisivo en la división de Sudán es fiel reflejo de ello. Por eso, no es de extrañar su apoyo incondicional a Etiopía desde el primer momento. Incluso la presa del Renacimiento, en construcción, está protegida por un sistema de defensa israelí, el Spydes MR, y por el acuerdo del 14 de noviembre del año 2000 por el que los dos países convinieron construir -además de la presa objeto de la polémica- otras ocho hasta 2050. La mejor prueba es el informe francés del año 2000: Tel Aviv mandó más de 800 expertos hidráulicos a los países de la cuenca del Nilo y del Cuerno Africano, reforzando sus relaciones con ellos. Es más, hace décadas, la ciudad israelí se convirtió en la meca de los estudiantes de estos países, que regresaron a sus naciones de origen como sus auténticos defensores, además de los proyectos de agricultura, técnicos y otros que se desarrollaron conjuntamente. Su evidente objetivo es asentar su poderío expansionista en la región, siendo el tema hidráulico, junto con el demográfico los asuntos que más amenazan su porvenir. Por eso, hace tiempo que plantean la idea de vincular el agua del Nilo con el desierto de al-Naqab, una propuesta que los representantes de Israel en Camp David en 1979: “si alguien habla de paz, no debe mencionar el tema del agua”. Se trata de algo fundamental, ante la grave crisis del agua que se avecina en la región de Chem. Mientras tanto, Washington, el principal promotor de las negociaciones, considera a Etiopía elemento principal en su nueva estrategia del Cuerno Africano, ante el aumento de la presencia de China en esta región, que los norteamericanos lograron expulsar de Sudán y de Etiopía en una larga y compleja partida de ajedrez geopolítica, sin olvidar el creciente papel ruso y el turco. Lo raro es que El Cairo esté involucrado de lleno en el plan norteamericano y de sus aliados en la destrucción y división de Libia. Pero, ¿qué se puede esperar de regímenes cuya legitimidad procede de Washington y no de sus pueblos?

En el pasado mes de diciembre, Washington, ante la falta de financiación, concedió un crédito de 2,9 mil millones de dólares (antes había un propuesta China de 1,8 mil millones) a través de la International Development Finance Corporation que vio la luz a finales del año 2019. Esto quedó reflejado en las palabras del ministro de hacienda etíope Ahmed Chayya, quien declaró que Estados Unidos dará unos 5 mil millones de dólares a su país en los próximos años. Y ninguno lo hará gratis (además del dinero de los países del petrodólar y la involucración de algunos bancos egipcios). El país norteamericano tiene intención de invertir en los sectores de comunicación, energía, logística, etc., El propio Mike Pompeo destacó que su país ofrece un cambio atrayente, en referencia a Etiopía, posiblemente, una de las economías con mayor crecimiento del continente africano, con un promedio de que supera el 8%. A todo esto, hay que recordar que el origen de la idea de esta presa etíope se remonta a expertos norteamericanos, nacida en 1956 como respuesta al acercamiento de Nasser a la URSS en aquellos días.

En definitiva, se aproximan tiempos volcánicos para Egipto, un país castigado gravemente por la COVID-19, marcado por una grave crisis social (el 40% de la población vive en el umbral de la pobreza) y política. No obstante, todo esto será leve en comparación con lo que sucederá en caso de que no se consigan acuerdos, que prácticamente quedan descartados, a pesar de los protocolos que se están llevando estos días en Jartum. La última queja egipcia a cargo de su ministro de exteriores ante el consejo de seguridad deja todo claro. Por tanto, cualquier paso etíope significa acelerar el mazazo definitivo a un país que desde el golpe militar de 1952 y la llegada del ejército al poder, el cual constituye un estado dentro del propio estado, ha ido de desgracia en desgracia. Con Nasser se perdió Sudán, la Naksa de 67, etc, con Saddat y Mubarak la muerte de Egipto en la escena árabe y, quién sabe si con Al Sisi se perderá el país por completo. Más de uno habla de bombardear la presa, pero contemplando la realidad vigente, estamos ante una decisión muerta. El expresidente Mubarak lo dejó claro: “hablar de bombardeo es cosa del pasado”. Además, qué se puede esperar de un país que es incapaz de garantizar la seguridad de los 200 km de sus costas orientales ni de hacer frente a todos los intereses internos y externos del proyecto etíope. En caso de que se produjera, el desastre afectaría a todos, Sudán y Egipto incluidos, hundiéndose por completo. La propuesta del tirano egipcio, ratificada por el bufete de estudios alemán, de comprar agua a Etiopía, además de conllevar un proceso de desalinización del agua de mar son dos empresas imposibles para El Cairo. Por un lado, son muy costosas y por otro, un país con una enorme deuda exterior (120,4 mil millones de dólares), que ha aumentado más del 140% -según expertos- desde el golpe militar de 2013- no se encuentra en condiciones de emprender proyectos de esta envergadura.

Lo normal en estas circunstancias, es que los países de la cuenca del Nilo trazasen proyectos conjuntos, basados en el lema “beneficio para todos”. El agua, que hoy es tema de conflicto, se debería convertir en un elemento de cooperación, de hermandad, sin causar perjuicio a ninguno de los países involucrados porque, al fin y al cabo, sin una estrategia conjunta saldrán todos perdiendo a medio plazo. África -que el filósofo Franz Hinkelammert cree que será la solución y no el problema- o esta región en particular, seguirá siendo, lamentablemente, un patio trasero y el laboratorio perfecto para todo tipo de experimentos de otras potencias, mientras sus pueblos continuarán sirviendo de cebos para los peces del Mediterráneo.

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