El próximo ejercicio militar de la OTAN en el norte de Noruega podría provocar la Tercera Guerra Mundial en el Ártico entre Rusia y EE.UU al usar sus triadas nucleares.

A principios de marzo, unas 7500 tropas de combate estadounidenses viajarán a Noruega para sumarse a miles de soldados de otros países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en una gran batalla simulada con fuerzas “invasoras e imaginarias de Rusia”.

En este enfrentamiento, simulado y de corte futurista, que se conoce con el nombre de “Exercise Cold Response 2020 (Ejercicio Respuesta Fría)”, y se viene repitiendo año tras año, las fuerzas aliadas realizarán ejercicios conjuntos multinacionales con un escenario de combate de alta intensidad en condiciones invernales exigentes, según sostienen fuentes del Ejército noruego.

A primera vista, esta maniobra puede parecerse a cualquier otro ejercicio de entrenamiento que haya realizado la OTAN, pero si uno se para a mirar con detalle se da cuenta de que “Cold Response 2020” no tiene nada de ordinario. Para empezar, se está organizando por encima del Círculo Polar Ártico, lejos de cualquier campo de batalla tradicional de la Alianza Atlántica, y eleva a un nuevo nivel la posibilidad de que se produzca un conflicto a gran escala entre las dos principales superpotencias nucleares a nivel mundial, es decir, entre EE.UU. y Rusia, que dirija al mundo a ser testigo de la temida Tercera Guerra Mundial, conforme sugiere un artículo de reciente publicación en The Nation.

Para los efectivos que participan en el mencionado ejercicio, las dimensiones potencialmente termonucleares de “Cold Response 2020” pueden no ser obvias. Al principio, los marines de los Estados Unidos y el Reino Unido estarán desembarcando grandes cantidades de anfibios y otras armas a lo largo de la costa de Noruega, al igual que lo hacen en maniobras similares en otras partes del mundo, para luego desplegarse hacia la región del extremo norte de Finnmark del país para unirse a las fuerzas noruegas e iniciar las maniobras que supuestamente giran en torno a evitar que las fuerzas imaginarias rusas crucen la frontera e “invadan” al país europeo.

A partir de entonces, las dos partes se involucrarán, para usar la terminología actual del Departamento de Defensa de EE.UU. (el Pentágono), en operaciones de combate de alta intensidad en condiciones árticas, siendo un tipo de contienda bélica que no se ve a tal escala desde la Segunda Guerra Mundial.

Y eso es solo el comienzo, puesto que la región de Finnmark de Noruega y el territorio ruso adyacente se han convertido en uno de los campos de batalla más probables para el primer uso de armas nucleares en cualquier futuro conflicto entre la OTAN y Rusia.

Dado que Moscú ha concentrado una parte significativa de su capacidad de represalia nuclear en la península de Kola, un tramo remoto del territorio ruso limítrofe con el norte de Noruega, cualquier provocación proveniente de las fuerzas de la OTAN en el marco del “Cold Response 2020”, por mínima que sea, podría interpretarse por Rusia como un peligro inminente para una parte significativa de su arsenal nuclear, y podría desencadenar, de este modo, en el uso temprano de tales armas.

Este escenario de las maniobras de “Cold Response 2020”, indudablemente, pondrá al límite a los controladores nucleares de Rusia, prosigue el artículo para luego señalar que para apreciar cuán arriesgado sería cualquier enfrentamiento entre la OTAN y Rusia en el extremo norte de Noruega, hay que considerar la geografía de la región y los factores estratégicos que han llevado a Moscú a concentrar tanto poder militar allí.

Esta política del Kremlin se desarrolla en el contexto de otro peligro existencial: el cambio climático. El derretimiento de la capa de hielo del Ártico y la explotación acelerada de los recursos de esta zona están otorgando a esta área una importancia estratégica cada vez mayor, no solo para Rusia, sino también para otros países regionales y otros no tantos.

La explotación de recursos naturales en la península de Kola, región compartida entre Noruega y Rusia y limítrofe con el mar de Barents, que confluye en el océano Ártico, se ha convertido, en los últimos años, en un vórtice de actividad económica y militar de estos dos países.

Esta región remota, situada en el extremo norte de Europa, es apreciada como una fuente de minerales vitales, especialmente níquel, mineral de hierro y fosfatos, así como una extensa fuente de extracción de petróleo y gas natural. Con el aumento de las temperaturas en el Ártico dos veces más rápido que en cualquier otro lugar del planeta y el hielo marino que se retira cada vez más al norte cada año, la exploración de combustibles fósiles en alta mar se ha vuelto cada vez más viable. Como resultado, se han descubierto grandes reservas de crudo y gas natural, los mismos combustibles cuya combustión es responsable de esas elevadas temperaturas, debajo del mar de Barents y ambos países están tratando de explotar esos depósitos.

Noruega ha tomado la delantera, estableciendo en Hammerfest en Finnmark la primera planta del mundo sobre el Círculo Polar Ártico para exportar gas natural licuado. Para Rusia, las perspectivas aún más significativas de la explotación de petróleo y gas se encuentran más al este de la península de Kola, en concreto, en los mares Kara y Pechora y en la península de Yamal, una delgada extensión de Siberia. De hecho, sus compañías energéticas ya comenzaron a extraer crudo y gas licuado de estos campos que son muy prometedores para Moscú. Pero hay un gran problema: la única forma práctica de transportar esa producción energética al mercado internacional pasa por el uso de buques rompehielos especialmente diseñados y enviados a través del mar de Barents.

Así pues, la supervisión de la estratégica vía fluvial que conecta las aguas de los mares Kara y Pechora por medio del mar de Barents al océano Atlántico se ha convertido en una prioridad económica para Rusia, ya que le permite desarrollar la explotación de los recursos de petróleo y gas del Ártico y su traslado a los mercados de Europa y Asia a medida que sus reservas de hidrocarburos por debajo del Círculo Polar Ártico comienzan a agotarse.

De allí que, la Armada de la Federación Rusa para garantizar la navegación de sus buques comerciales sin que sean interceptados por las fuerzas adversarias mientras se dirigen hacia aguas del océano Atlántico ha establecido en el puerto de Murmansk, en la península de Kola, la sede de la Flota del Norte de Rusia con su consiguiente numerosas bases aéreas, de infantería, misiles y radares, junto con astilleros navales y reactores nucleares.

En pocas palabras, el presidente ruso, Vladímir Putin, ha estado reconstruyendo sustancialmente la citada Flota, que quedó en mal estado después del colapso de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), equipándola con algunos de los buques de combate más avanzados del país. De hecho, según una publicación de The Military Balance de 2018, la Flota del Norte cuenta con la mayor cantidad de destructores modernos (10) de cualquier flota rusa, junto con 22 submarinos de ataque y numerosos buques de apoyo.

Los medios rusos, citando a fuentes militares, sostienen que en el área de Murmansk hay desplegadas decenas de aviones de combate MiG avanzados y una amplia variedad de sistemas de defensa antiaérea como S-400 y S-500. Además, aseguran las mismas fuentes que Moscú a finales de 2019 desplegó en esta zona la plataforma del lanzamiento del misil balístico hipersónico Kinzhal.

Teniendo en cuenta que Rusia ha estado fortaleciendo sus fuerzas nucleares en la región, al igual que Estados Unidos, por tener una triada de sistemas de lanzamiento nuclear, incluidos misiles balísticos intercontinentales (ICBM, por sus siglas en inglés), bombarderos estratégicos de largo alcance y misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM, por sus siglas en inglés), no es de extrañar que una parte de este arsenal esté instalada en las cercanías del puerto de Murmansk.

Según los términos del acuerdo Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, más conocido como Nuevo START, firmado por ambos países en 2010 y que expirará en febrero de 2021, los rusos no pueden desplegar más de 700 sistemas de lanzamiento capaces de portar más de 1550 ojivas nucleares, 66 bombarderos estratégicos, 286 misiles balísticos intercontinentales y 16 submarinos SLBM.

Ante este semejante despliegue de arsenales en Murmansk, aunque sea meramente hipotético, a muchos les puede inquietar la posibilidad de que un pequeño desliz por parte de las fuerzas de la OTAN durante las maniobras de “Cold Response 2020” pueda tener consecuencias impredecibles, y más cuando Estados Unidos ha estado acumulando tropas y armas en las bases militares cercanas a las fronteras occidentales y nórdicas de Rusia en los últimos años.

Durante la era de la Guerra Fría, Washington vio el Ártico como una arena estratégica importante y construyó una serie de bases militares en toda la región. Su objetivo principal: interceptar bombarderos soviéticos y misiles que cruzan el Polo Norte en su camino hacia objetivos en América del Norte. Después de que la Unión Soviética se desmoronó en 1991, Washington abandonó muchas de esas bases.

Ahora bien, con el Pentágono identificando una vez más a Rusia y China como las “grandes amenazas” para los intereses geoestratégicos de EE.UU., en esta zona como otras más, muchas de esas bases están volviendo a recuperar sus actividades militares de antaño y otras tantas que se han establecido en la zona ártica para albergar, aún más si cabe, un mayor arsenal armamentístico para contrarrestar a sus rivales.

Una vez más, el Ártico está siendo visto por los estadounidenses como un posible sitio de conflicto con Rusia y, como resultado, las fuerzas de EE.UU. están siendo preparadas para un posible combate allí.

Desde la perspectiva rusa, aún más amenazante es la construcción de una estación de radar estadounidense en la isla noruega de Vardø, a unos 65 kilómetros de la península de Kola. Para ser operado en conjunto con el servicio de inteligencia noruego, el objetivo de la instalación será evidentemente espiar a esos submarinos rusos que llevan misiles, supuestamente para apuntarlos y eliminarlos en las primeras etapas de cualquier conflicto.

Ante este escenario, Moscú realizó un simulacro de ataque preventivo a las instalaciones de Vardø en 2018, enviando para tal ocasión, a 11 bombarderos supersónicos Su-24 y usando una batería de misiles de superficie a superficie con lanzamiento de proyectiles a una isla cercana a Vardø.

Por su parte, la Marina de EE.UU., en agosto de 2018, decidió reactivar su Segunda Flota previamente desmantelada en el Atlántico Norte para aumentar su efectividad estratégica ante un eventual ataque a las instalaciones rusas en la región del mar de Barents.

En resumen, lo que de otro modo podría parecer un ejercicio de entrenamiento de rutina en una parte distante del mundo es en realidad parte de una estrategia emergente de Estados Unidos para dominar a Rusia en una zona defensiva crítica, un enfoque que fácilmente podría desencadenar una guerra nuclear.

Los rusos son, por supuesto, muy conscientes de esto y, sin duda, ven el “Cold Response 2020” con genuina inquietud. Sus temores son comprensibles, pero todos los actores deberían estar preocupados por una estrategia que aparentemente represente un riesgo tan alto de una escalada futura.

Desde que los soviéticos adquirieron sus propias armas nucleares en 1949, los estrategas se han preguntado cómo y dónde estallaría una guerra nuclear total, la Tercera Guerra Mundial. Hubo un tiempo en que se creía que ese escenario incendiario implicaba un enfrentamiento sobre la ciudad dividida de Berlín o a lo largo de la frontera este-oeste en Alemania.

Después de la Guerra Fría, sin embargo, los temores de un encuentro tan letal se disiparon. Sin embargo, a día de hoy, la perspectiva de una catastrófica Tercera Guerra Mundial está volviendo a ser imaginable y esta vez, al parecer, un incidente en el Ártico podría encender la chispa de la temida Armagedón nuclear.

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