Patricia Lee Wynne

"Hago un llamado a todos los gobiernos para que se sumen a los esfuerzos para confrontar a Irán", expresó Benjamin Netanyahu en el Foro Mundial del Holocausto frente a los mandatarios e invitados en Jerusalén, utilizando la conmemoración de la liberación del campo de concentración de Auschwitz por el Ejército Rojo, para atacar al país persa.

La declaración del primer ministro israelí va a tono con el asesinato del general Qasem Soleimani por parte de EEUU. Ningún país digno del mundo puede mantenerse indiferente ante semejante ataque a su soberanía, uno más en la lista de 40 años de crímenes, guerras, atrocidades y rotundos fracasos de EEUU en Oriente Medio.

El objetivo es Irán porque es un país independiente. La revolución de 1979 que derribó al sha provocó la mayor derrota al dominio de EEUU en esa zona del mundo. Desde entonces, Washington no logra recuperarse y cada agresión le aliena aún más las simpatías del pueblo musulmán. Es parte de su decadencia global, a pesar de que la prepotencia de Donald Trump pueda indicar lo contrario.

Las razones internas

Sin lugar a dudas, existió un mezquino cálculo electoral en el asesinato de Soleimani. Para Trump, se trata de mantener cautivo a su público conservador, en especial de las Iglesias evangélicas, que observan con beneplácito el asesinato de un enemigo musulmán y que aplauden una nueva manifestación de "hacer a América grande otra vez".

El ataque es, obviamente, una respuesta de Trump al impeachment que adelanta la oposición demócrata en el Congreso en un año en que se juega su reelección.

Sin embargo, el ataque conlleva un riesgo político: Trump ganó las elecciones en 2017 prometiendo retirar a EEUU de las guerras inútiles, del gasto desmesurado y de las vidas de jóvenes norteamericanos perdidas en los desiertos árabes.

Su consigna América primero implicaba resguardarse y protegerse. Era una clara diferenciación de la retórica belicista de sus antecesores, incluyendo Barack Obama, quien, a pesar de haber ganado el Nobel de la Paz, alimentó durante sus ocho años de gestión la intervención en Irak, Afganistán, Siria y Libia.

De fracaso en fracaso

Pero la razón de fondo que llevó a Trump a cometer este crimen contra la nación iraní es internacional: tratar de recuperar el control perdido hace 41 años. Aunque el nuevo intento violento de Trump puede dar la impresión de fortaleza, está destinado a tener los mismos efectos desastrosos de todas las aventuras guerreristas de sus antecesores.

Desde febrero de 1979, cuando la revolución derribó al sha, Irán dejó de ser la base de apoyo de EEUU en la región. No solo eso, sino que la revolución, aunque bajo el sello religioso y clerical, expandió su influencia y radicalismo por todo Oriente Medio.

Uno tras otro, todos los presidentes de Estados Unidos, desde James Cárter en adelante, fracasaron estrepitosamente en su objetivo de contener a Irán y de recuperar el control de la región. El primer fracaso fue el de Carter, al intentar rescatar militarmente a los 52 rehenes en la Embajada de EEUU en Teherán ese mismo año.

En 1980, se inició la invasión de Irak a Irán, en un largo conflicto que duró ocho años y en el que EEUU apoyó al presidente iraquí Sadam Husein, a quien años después derribaría. Pero los iraníes rápidamente recuperaron la iniciativa y la revolución sobrevivió.

La operación de apoyarse en el Gobierno sunita de Husein le salió mal: en 1989, Irak invadió Kuwait, y George Bush padre desató la Tormenta del Desierto. Era la primera incursión militar directa de EEUU después de la espectacular derrota en Vietnam en 1975. Pero a pesar de su brutalidad, Sadam Husein se mantuvo en pie y EEUU no logró destruirlo.

En 2003, George W. Bush hijo lo volvió a intentar. Esta vez tuvo éxito: después de los ataques terroristas del 11S, invadió Irak y derribó a Husein. Pero así como se había apoyado en los árabes sunitas iraquíes contra Irán, ahora hizo lo contrario: depuso al Gobierno minoritario sunita y disolvió el Ejército de Husein y le entregó el poder a la mayoría chiita de Irak.

De esta manera, le dio a Irán el control que nunca tuvo sobre su vecino y rival. 17 años después, el supuesto éxito de haber derribado a Husein ha demostrado su rotundo fracaso: Washington no logra controlar Irak y los exsoldados sunitas del Ejército desbandado fueron la base del Estado Islámico que luego EEUU declararía su enemigo.

El modelo se repitió en Libia, donde en 2011 la OTAN asesinó a Muamar Gadafi. Desde entonces, Libia es una tierra de nadie, por donde cientos de miles de africanos se cuelan a Europa en medio de una guerra civil.

Luego, EEUU impulsó la lucha armada contra Bashar Asad en Siria fomentando a los terroristas. Pero el Estado Islámico fue derrotado por la acción del Gobierno de Asad y de Rusia. EEUU, que apoyó en un principio a los terroristas, se conformó con un papel secundario, y el resultado fue el fortalecimiento del Gobierno de Asad.

Como un elefante en el bazar, que solo deja caos y destrucción a su paso, EEUU tropezó de fracaso en fracaso logrando el efecto opuesto: mientras el rol de la potencia global disminuye, la influencia de Irán en la región crece, desde Persia hasta Arabia Saudí y el Mediterráneo.

​En Líbano con Hizbulá, en Irak, con el Gobierno chiita, y hasta en Yemen, donde Irán respalda a los rebeldes hutíes contra la monarquía saudí.

El acuerdo de 2015 logrado durante el Gobierno de Barack Obama para frenar el programa nuclear de Irán fue algo así como una tregua: una concesión de EEUU y una concesión de Irán, que se veía cada vez más asfixiado por las sanciones económicas occidentales.

Un intento desastroso para recuperar el control

Donald Trump quiso cambiar este statu quo que en los hechos implicaba un reconocimiento a Irán como la potencia regional. Por eso uno de los primeros actos de su Gobierno, en 2018, fue retirarse del pacto nuclear y profundizar las sanciones contra Teherán.

El acoso causado por las sanciones económicas a Irán venía dando resultado, como lo demostraron las manifestaciones masivas de descontento contra el Gobierno de Rohaní en 2019 y las que sucedieron después de que las autoridades reconocieran haber derribado accidentalmente el avión de pasajeros ucraniano con 176 personas a bordo al día siguiente del asesinato de Suleimani.

Según el FMI, la economía se reducirá 9,5% este año y las exportaciones de petróleo han caído a la mitad del millón de barriles diarios que debería vender para sostenerse. Pero a pesar del descontento, el multitudinario entierro de Suleimani demostró que la nación persa se levantó unida ante lo que consideró un ataque a su soberanía, por más diferencias políticas y sociales.

La otra respuesta negativa la obtuvo EEUU de sus aliados de la OTAN que salieron a diferenciarse del ataque. Jens Stoltenberg, el secretario general de la organización, informó que la OTAN no había participado de la decisión, y el primer ministro británico, Ben Johnson, criticó la amenaza de Trump de bombardear los centros culturales históricos persas.

La consecuencia más importante de la última aventura punitiva de Trump se produjo, sin embargo, en Irak con la decisión del Parlamento iraquí de ordenar la retirada de las tropas de EEUU del país para terminar 17 años de ocupación. Si bien esta decisión depende ahora del Gobierno, se trata del hecho político central que se deriva de esta crisis.

De esta manera, con el asesinato de Suleimani, EEUU se puede enorgullecer de debilitar cada vez más su presencia en Irak y de fortalecer la influencia iraní. La respuesta de Teherán al asesinato, ordenando un ataque de misiles a bases de EEUU en Irak donde no murió nadie, es apenas simbólica. La verdadera respuesta, la más profunda y de consecuencias estratégicas, es la que dio el presidente Hasán Rohaní al advertir que la "respuesta final" de Irán consistirá en "expulsar a las fuerzas de Estados Unidos" de Oriente Medio.

Desde hace 41 años, EEUU intenta retomar el control de la región, pero a cada paso que da, se entierra cada vez más en los desiertos árabes, dejando a Israel, su aliado indeclinable, cada vez más solo y expuesto.

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