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Uno de los más prestigiosos historiadores catalanes de la primera mitad del siglo XX, fue Jaume Vicens Vives. Las crónicas lo sitúan hoy, poco menos que como un regionalista moderado bien visto por el franquismo y con excelentes conexiones con el Opus Dei. Es posible que así fuera, pero tambien se olvida que, en la época, los mejores geógrafos y geopolíticos eran alemanes e italianos... por tanto, fascistas y nacional-socialistas. Vicens Vives colaboró de buen grado en sus publicaciones, un elemento que siempre se pasa por alto en las biografías y hagiografías que se le dedican. Como muestra de esta colaboración con los geopolíticos italianos, reproducimos este artículo aparecido en la revista italiana Geopolítica 1941, páginas 5-10. El artículo aparece en lengua española y con la traducción italiana a continuación. Lo hemos rescatado de aquella publicación para nuestros amigos. Hay que decir que Vicens Vives fue el introductor de la geopolítica en España y hasta no hace mucho, su manual sobre la materia ha constituido la única fuente de que disponían los estudiosos de esta disciplina como obra de referencia publicada en España.

Algunos caracteres geopolíticos de la expansión mediterránea de España

Jaime Vicens Vives

La adecuada comprensión de cualquier movimiento expansivo de los dos estados de la Península Hispánica (y no, simplemente, Ibérica), ha de basarse en el atento estudio de su estructura geopolítica interna y de su situación geofísica general. En nuestras primeras tentativas para fijar los rasgos esenciales de la Geopolítica española, hemos podido entresacar de la Historia y la Geografía la noción esquemática de la existencia de dos campos de fuerza geopolíticos que se cruzan, normalmente, en la Península Hispánica. Uno de ellos, el continental, orientado en la misma dirección que los meridianos, enlaza el Occidente europeo con el África Menor a través de España. El segundo brazo de la cruz, éste marítimo, vincula el Atlántico con el Mediterráneo, y proporciona a los pueblos peninsulares las dos salidas típicas de su expansión por las rutas del mar, las cuales han seguido fielmente en el curso de su existencia histórica. Y así, mientras las vías del Océano señalan los rumbos imperiales de la España de la Edad Moderna, las rutas del Mediterráneo guardan el sabor de la expansión geopolítica hispánica durante el Medioevo.

La política mediterránea de España desde el siglo XII, época en que los pueblos del Nordeste peninsular (los de la antigua Marca Hispánica transformada en Principado de Cataluña) emprendieron claramente una actividad marítima, ofrece rasgos peculiares de oscilación, tanto en la intensidad de los esfuerzos puestos a contribución para el logro de los fines geopolíticos básicos de la expansión transmediterránea, como en la misma selección de los objetivas a cubrir. En el curso de los muchos siglos de la Historia de España en el Mediterráneo es dable reconocer, por tanto, ciertas vacilaciones o indecisiones que en algunos momentos cruciales comprometieron las energías infinitas gastadas en el levantamiento tenaz y paulatino de la hegemonía hispánica con el Mediterráneo occidental. Ya en el mismo punto de partida de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, vemos a Jaime I segregar de sus posesiones peninsulares a las Baleares, recientemente conquistadas a iniciativa y con la cooperación militar entusiasta de los marinos del litoral catalán, a pesar de constituir aquel archipiélago un eficiente glacis de seguridad y el punto de apoyo para futuras empresas mediterráneas (1262). Algo más tarde, y ante una situación internacional confusa, Jaime II parece abandonar a su destino las recientes adquisiciones de la Corona de Aragón en Sicilia (1295). Luego es la política indecisa de los dos primeros Austrias españoles (siglo XVI) respecto al establecimiento del poder berberisco en África Menor, que mina la robustez de la estructura geopolítica del imperio hispánico en el Mediterráneo. En fin, la ciega sumisión a los tratados de Utrecht y Restado, que no logra remediar una última y desesperada tentativa del cardenal Alberoni sobre Cerdeña y Sicilia (1758), acarrea el hundimiento, quizás prematuro, de la hegemonía de España en las aguas del mar latino.

Frente a estas vacilaciones momentáneas, destacamos la perseverancia y continuidad en la acción de otros momentos más afortunados; notables en las directrices políticas de un Pedro el Grande, el héroe de 1285; de un Pedro IV, el reagrupador, en el siglo XIV, de las posesiones catalanas en el Mediterráneo; de un Alfonso el Magnánimo, el expugnados de Nápoles, que dio la tónica imperial a la expansión marítima de la Corona de Aragón; de un Fernando el Católico, el definitivo estructurador de este imperio. Nombres de monarcas que simbolizan los tenaces esfuerzos de los mercaderes y navegantes de Cataluña, Baleares y Valencia, en busca de nuevos campos para su actividad comercial y política.

Toda política de expansión marítima en los tiempos modernos ha de contar con la aquiescencia irreductible del cuerpo entero de la nación. Se trata siempre de una obra de largo alcance, en que han de preverse reveses circunstanciales y han de superarse desfallecimientos eventuales, determinados por la dureza de la lucha en los mares y en las expediciones transmarítimas. Ya no se concibe cualquier forma de irradiación geopolítica en el Océano, motivada por el puro mecanismo de los intereses de las poblaciones de la costa. Es cierto que el litoral será siempre la antena sensible de las inquietudes marítimas de una potencia, pero su papel esencial estriba en transmitir tales inquietudes hacia el interior, conmover los órganos todos del Estado y, luego, servir de ariete a las necesidades vitales de la nación que ha logrado avivar y poner en marcha. Cualquier empresa marítima ha de reunir, en haz indestructible, marinos de la costa y campesinos de tierras adentro, ya que en ella se concentran, como en un dardo acerado, la potencia y la vitalidad biológica de un Estado.

Es posible encontrar la causa íntima de los vaivenes que antes hemos señalado en la política mediterránea de España, en la no conjugación perfecta entre el rumbo preconizado por las poblaciones de la fachada oriental de la Península y la orientación seguida muchas veces por los núcleos del interior. Gran parte de la inestabilidad de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón se debe al hecho de que fue llevada a cabo casi exclusivamente por los navegantes del litoral catalán, sin contar con la cooperación entusiasta, armónica y eficiente del hinterland aragonés. Los éxitos mejores, los correspondientes a la época de los Reyes Católicos, pueden ser atribuidos a la sagaz combinación que realizaron esos monarcas, reuniendo a los esfuerzos tradicionales de la Corona de Aragón las energías y posibilidades de la Castilla dinámica y pletórica de vida de fines del siglo XV. Luego, la atracción de América y la primera “fiebre del oro” hicieron variar la ruta de los esfuerzos castellanos, y la política del Estado se canalizó hacia otras direcciones, juzgando suficientemente consolidada la posición mediterránea de España. Los síntomas de este error, revelados en el siglo XVII con los éxitos de las armadas holandesa, francesa e inglesa en el Mediterráneo occidental, y con los primeros indicios de la descomposición del Imperio en las revueltas de Nápoles y Sicilia, no fueron debidamente apreciados, ni tampoco contrarrestados por una potencia estatal ya en decadencia. Y ello dio paso a un siglo XVIII, en que no sólo perdiéronse Nápoles y Sicilia, sino, lo que es más grave, túvose, que ceder a naciones extrañas dos de las posiciones básicas de la política mediterránea de España: Gibraltar y Menorca.

Sería una conclusión prematura atribuir al núcleo castellano, a cuyo alrededor ha cristalizado el Estado español moderno, cierta incapacidad para orientar la política mediterránea de España. Desde que aparece a la vida histórica, Castilla propugna una política de expansión que la lleva de la meseta hispánica a las fachadas marítimas peninsulares. En esta directriz hay en parte, evidentemente, tendencias unificadoras del suelo de la Península, pero también se descubre en ella la ambición de lograr salidas a los mares circundantes, lo que corresponde al deseo de practicar una política marítima determinada. Respecto al Mediterráneo, Castilla busca desde el siglo XI una salida siguiendo el curso del Ebro; y ante el fracaso de su empeño en esta dirección —a causa de la formación de un núcleo estatal hegemónico en la depresión ibérica: la Corona de Aragón— se fragua una nueva salida al mar, mucho más al Sur, por la lampa fisiográfica que une la submeseta meridional con la fachada mediterránea de Alicante y Murcia: la Mancha y la depresión del valle del Segura (siglo XIII). Atribuyó el Estado castellano medieval tanta importancia a la posesión de este anden costero, que no transigió con las pretensiones y reclamaciones de la Corona de Aragón, cuya política se orientaba, después de la conquista de Valencia, a proseguir su expansión a lo largo del corredor litoral mediterráneo. Murcia quedó para Castilla, y desde el litoral murciano la España de la Edad Moderna desarrolló su política sobre África e Italia. Aun hoy día la importancia militar y naval de Cartagena es un testimonio vivo de la existencia de una política castellana propia en el Mediterráneo occidental.

Las mismas dificultades de Castilla para abrirse paso al Mediterráneo, explican las oscilaciones geopolíticas a que antes nos hemos referido, e indican la existencia de causas íntimas que, en ciertas ocasiones, han inutilizado los esfuerzos de España para desarrollar una política mediterránea eficaz y activa, conforme a su secular tradición en el Mare Nostrum. En primer lugar, hemos de destacar la peculiar estructura geográfica del reborde oriental del macizo hispánico. Como es sabido, la meseta hispánica forma un conjunto de peniplanicies elevadas, que se inclinan hacia el Oeste y el Atlántico. En su borde frontal levantino, la meseta cae hacia el mar por una serie de aterrazamientos, dispuestos en forma de peldaños montañosos, que se soldaron al macizo hispánico durante el Terciario, formando un conjunto orográfico denominado Sistema Ibérico. De contextura caliza, este reborde montañoso constituye un país de relieve abigarrado, donde los cursos de agua se abren difícil paso por profundas y abismadas hoces y gargantas. Por tanto, existen muy contadas vías naturales de comunicación entre la meseta y el Mediterráneo. Entre Madrid y Valencia, por ejemplo, ha sido muy difícil el establecimiento de rutas, a pesar de que, por su situación respecto a la meseta, la ciudad levantina parecería ser la desembocadura natural del interior de España a su fachada mediterránea.

En cambio, la Geografía ha impuesto otras rutas, mucho más dilatadas. Una de ellas, busca la depresión del Ebro siguiendo el valle del río Jalón, que afluye en el Ebro cerca de Zaragoza, y, habiéndolo alcanzado, la aprovecha para proseguir hacia el litoral catalán (Barcelona o Tarragona), no sin antes haber tenido que superar los cordales montañosos de las cadenas costeras de Cataluña. A esta ruta, que podríamos llamar Centro-Nordeste, forma complemento la que se abre hacia el Sudeste, y que como hemos indicado constituye la vía natural de acceso de la meseta al Mediterráneo; por la Mancha y el valle del Segura, salvando las alineaciones montañosas del Sistema Bético, conduce a los puertos meridionales de la fachada levantina mediterránea: Alicante y Cartagena. No hacemos referencia a los enlaces de la meseta con la costa meridional (Almería, Málaga, Algeciras), porque en este caso habríamos de profundizar en un tema que cae fuera del objeto del presente estudio: el problema del Estrecho.

A la dificultad de rápidas comunicaciones entre los núcleos sensibles del litoral mediterráneo con los centros rectores del interior de España, cabe añadir otra, de no menor significación: la distribución desigual de las franjas de humanidad desde la costa a la meseta. No hacemos hincapié en la diferencia de géneros de vida (en la costa: industria o agricultura intensiva de cereales), porque a juicio nuestro esta actividad distinta sirve para el adecuado complemento económico de la vida peninsular. Pero sí queremos hacer notar la existencia de una zona de débil densidad humana que se orienta de Norte a Sur, desde Huesca a Albacete, paralelamente al litoral y correspondiente en muchos casos con la zona fisiográfica del Sistema Ibérico. Barrera geopolítica formidable, tanto por su impermeabilidad al tránsito como por su vacío humano. Son comprensibles las dificultades con que lucha la costa para transmitir sus impulsos geopolíticos a los núcleos de la meseta a través del hinterland citado.

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En los siglos de preponderancia hispánica en el Mediterráneo, iniciada con la expansión de los catalanes hacia Levante, se llegó a una estabilización geopolítica determinada, que nosotros hemos calificado de “vertebración hispánica del Mediterráneo occidental”. En la cuenca de este mar sólo son posibles dos estructuras geopolíticas permanentes. Una, cuyo eje básico está tendido de Norte a Sur, vincula Francia al África Menor; tal fue la construcción política imperial francesa en el siglo XIX: Marsella-Argel. Otra, la tradicional y mucho más estable, la creada por Roma, de Este a Oeste, en el siglo III antes de nuestra Era, y la utilizada por España, de Oeste a Este, desde el siglo XIII, que es transversal y se apoya en los reductos isleños del Mediterráneo: Sicilia-Cerdeña-Baleares. No hablamos de otra estructuración geopolítica actual, la inglesa, apoyándose en Gibraltar y Malta, ya que no se trata de verdadera vertebración mediterránea, sino de un mero dispositivo estratégico para defender y salvaguardar una determinada ruta marítima.

La consideración histórica del establecimiento de la hegemonía hispánica en el Mediterráneo occidental permite poner de relieve los rasgos íntimos de la vertebración geopolítica del sistema imperial hispánico. A principios del siglo XIII la Península no poseía ningún punto firme en el Mediterráneo, a excepción del litoral de Cataluña. A fines de la misma centuria, la Corona de Aragón ha logrado poner pie en dos bases esenciales: las Baleares, que cubren la fachada peninsular, y Sicilia, que domina la comunicación entre las dos cuencas del Mediterráneo. La conquista de Cerdeña en el transcurso del siglo XIV y primeros decenios del XV, robustece la línea directriz de la expansión de España: queda constituido el eje Baleares-Cerdeña-Sicilia. Al mismo tiempo, la definitiva conquista de Gibraltar pone en manos de Castilla la llave del Estrecho. Al producirse la unión de las Corona de Aragón y Castilla, el Estado español moderno asegura formalmente la estructura hispánica del Mediterráneo occidental y garantiza los flancos de su línea vertebral: al Norte, queda protegida por la conquista de Nápoles y la alianza con Génova; al Sur, por la conquista de las fortalezas piráticas del África Menor. Teóricamente, por tanto, las líneas geopolíticas que representarían la verdadera contextura del predominio hispánico en el Mediterráneo, serían tres, todas orientadas, en términos generales, de Noroeste a Sudeste: Córcega-Nápoles; Cataluña-Raleares-Cerdeña-Sicilia; y Cartagena-Orán. La posesión total de las plazas del Estrecho (Gibraltar, Ceuta y Tánger), al producirse la unión de Portugal con España, estructura sólidamente la coherencia del conjunto mediterráneo frente a cualquier tentativa atlántica.

En la actualidad sería empeño quimérico pensar en una restauración integral de este conjunto geopolítico, que se hizo posible por una eventual decadencia de Italia. Sin embargo, en un momento de revalorización mediterránea, España no puede olvidar su rango tradicional en las aguas del mar que antaño señorearon sus naves catalanas y levantinas. Un nuevo impulso vital ha de permitir la superación de las vacilaciones que arruinaron una obra de siglos. Con su aportación espiritual y humana, España puede contribuir al resurgimiento pleno de las posibilidades mediterráneas en el marco de los pueblos estrictamente mediterráneos.

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