Pablo Artal

Lo que está ocurriendo en estas semanas en España a raíz del COVID-19, una nueva enfermedad infecciosa causada por el coronavirus SARS-CoV-2, es el resultado de un gran fracaso colectivo. Los datos que importan son los relativos al número de personas fallecidas por la enfermedad. Cuando les escribo esto, en la mañana del miércoles santo, la cifra oficial asciende a 13798. La real es seguramente bastante más alta, pues está aceptado que muchas personas que fallecen no han sido diagnosticadas. Aunque hoy, en número total de muertos por COVID-19 solo nos supera Italia, es posible que otros países nos alcancen en esta macabra liga en los siguientes días. Lo que será más difícil es que dejemos el triste puesto de campeones del mundo en fallecidos por número de habitantes. Es decir, los datos muestran con claridad que nuestro país no ha sabido proteger a su población frente al virus y hemos sufrido el mayor número de bajas relativas de todo el mundo.

Es posible poner paños calientes, pero esto no evitará el dolor. Es posible mirar hacia otro lado y buscar excusas, pero no restará un solo muerto. Es posible escurrir el bulto y eludir responsabilidades, pero eso no acallará la pena que todos sentimos, nos haya tocado de cerca o no, la desgracia. En mi modesta opinión, lo que estamos viviendo estas semanas es el gran fracaso de todos. Nos perseguirá probablemente el resto de nuestras vidas. Ojalá sirva para reforzarnos como sociedad. Aunque mas bien noto signos en la dirección opuesta, profundizándose en las divisiones partidistas e ideológicas, sin centrarnos en la eficiencia y la organización.

¿Por qué hemos fracasado de manera tan estrepitosa? Falta de previsión, desidia, infraestructuras deficientes, escasez de personal formado… pueden completar la lista como quieran, pues seguro que se les ocurren muchas otras cosas. Nuestra forma de ser, dicen. Vivimos al día y nos damos muchos abrazos y besos. Efusividad mortal, podríamos llamarlo. Pero también grandes contradicciones que nos minan como sociedad. Venimos diciendo que cuidamos de las personas mayores como nadie, pero el virus ha mostrado el horror de muchas residencias en condiciones lamentables donde muchos ancianos estaban peor que estabulados. Se supone que teníamos una sanidad que era la envidia del resto del mundo, pero que no ha resistido al virus.

La responsabilidad de todos se construye como la suma de muchas. Y este virus ha mostrado también crudamente el gran fracaso de la ciencia española. Llevamos muchos años con quejas continuas sobre la falta de financiación y apoyo a nuestro sistema de ciencia. Esto es claramente cierto y todos los indicadores lo reflejan. Pero, en realidad, llevamos aún mucho mas tiempo con una falta completa de planificación y estrategia que nos ha conducido en la practica a un desmantelamiento del sistema.

Son varios los problemas que están emergiendo en esta pandemia. La falta de liderazgo e influencia social de los científicos españoles es abrumadora. Al tener un tejido científico muy débil, la influencia social y política es muy baja. Esto ha contribuido a que no se hayan oído voces durante los meses anteriores con suficiente fuerza para ser escuchadas antes por los políticos y la sociedad. Somos uno de los pocos países desarrollados que no cuenta con asesores científicos con importantes responsabilidades. Cuando se ha querido echar mano de los científicos, ha sido como excusa y demasiado tarde. Pero esto solo es la muestra de que nuestra sociedad no considera que la ciencia nacional tenga una importancia real, ni que fuera a servir de mucho. En otros países con mucho mejores resultados frente al virus las estrellas de la pandemia son científicos a los que la gente cree y respeta.

La ciencia española no tiene una estructura sólida de ayuda al tejido productivo del país. En las últimas décadas, se ha promovido la actividad científica por resultados en publicaciones, primándose casi exclusamente la cantidad. Los científicos, para sobrevivir, nos hemos adaptado a esas directrices. Esto ha sido en parte beneficioso. Se han creado grupos de excelencia y competitivos en el entorno europeo. Pero se han destruido casi por completo las actividades de investigación menos glamurosas que ofrecían pocas opciones de generar publicaciones de relumbrón, pero que pueden resultar de importancia vital para una sociedad, en especial en tiempos de crisis. No tenemos una estructura científico-técnica que trabaje por objetivos estratégicos, como los laboratorios nacionales en otros países. Prácticamente, todo nuestro sistema se guía por una actividad independiente por parte de los científicos. Podríamos decir que es una ciencia puramente académica. Por ello tenemos buenos resultados en número de publicaciones, pero no existe un entramado que pueda responder en casos de dificultad, ni que ayude de manera eficiente al sector productivo. No tienen mas que ver nuestra actividad en patentes. No es por flagelarles mentalmente, pero conviene que sepan que una sola compañía tecnológica produjo el año pasado tres veces más patentes que toda España.

Muchos científicos, yo el primero, hemos contribuido a esta carrera por la numerología en los resultados de la investigación. Y a la «paperitis», una enfermedad que en su fase aguda consiste en dirigir todos los esfuerzos en publicar muchos artículos en las revistas de mayor impacto posible. En esa carrera, la ciencia reposada y la centrada en temas prácticos queda necesariamente abandonada. La escasa financiación disponible se ha concentrado en aquellos que han seguido ese camino de adoración del índice de impacto y el número h. Como clara consecuencia, la reacción de manera conjunta ante este desafío no se ha producido de manera organizada, ni efectiva.

La ciencia en las universidades va siendo cada vez mas irrelevante. En esta crisis se han articulado respuestas, mejores o peores, para continuar con la docencia, pero en la mayoría de los casos la investigación ha quedado cerrada a cal y canto, sin posibilidad de acceder a los laboratorios. La ciencia no era, ni es, una actividad esencial. Ya anticipé hace años aquí mismo que la universidad actual en España era un repelente para la investigación. En el mundo postvirus asoma una universidad en España centrada en la docencia semipresencial que me temo abandonará aún mas las actividades de investigación.

Si algo ha demostrado esta pandemia es que un país que no tiene una estructura solida de ciencia y tecnología no puede afrontar los desafíos que se le presentan. Queda a merced de terceros y sin capacidad de respuesta. No creo que sea simplemente una casualidad que Corea del Sur o Alemania estén obteniendo en esta crisis los mejores resultados y que a la vez sean líderes en ciencia. Mi deseo personal, en medio de esta gran pena, es que cuando salgamos de esta, haya alguien con sentido de Estado que acometa la reconstrucción de la ciencia española. No solo con mas fondos, sino con una estrategia que contemple el establecimiento con condiciones dignas de una masa critica de científicos que disponga de conocimiento y técnicas para enfrenarse y anticiparse a cualquiera de los futuros problemas de manera eficiente y organizada.

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