Carlos J. García

Tras hacer una reflexión sobre la actual pandemia del Covid-19 he de decir que el papel que está teniendo en los terrenos sociológico y político, y en otros muchos ámbitos personales, no se puede juzgar como algo puramente negativo.

Venimos de padecer una etapa aberrante muy dura de perversión ideológica, política y mediática que ha estado generando mentalidades extremadamente alejadas de la realidad.

Trataban de hacernos sentir sentimientos artificialmente producidos mediante la formación de creencias irreales y anti-reales, y pensar continuamente en objetos puros inventados para alienar a la población. Estaban enfrentando entre sí a muchos subgrupos poblacionales definidos artificialmente como si fueran naturalmente opuestos. Estaban rompiendo la unidad existencial que toda sociedad debe cumplir por su propia esencia. Estaban llenando la mayoría de las tertulias de gilipolleces, mantras, majaderías, sectarismos y produciendo enfrentamientos teatrales hasta el punto que ver casi cualquier cadena de televisión se había convertido en un acto de masoquismo y morbosa curiosidad.

Nuestra sociedad se estaba pudriendo a marchas forzadas a causa de intereses repugnantes de élites y poderes tiránicos.

Gracias a esta epidemia ya casi no se escucha el empleo del mal llamado lenguaje inclusivo que estaba destrozando nuestra lengua común que es el español. Ahora, solo hay infectados. Las infectadas parecen haberse esfumado, al menos, para personas incautas.

Las barbaridades que dicen los racistas separatistas ya no se toman como algo normal, sino como expresiones de gentes que tendrían que estar en manicomios de los antiguos.

La ideología infame de la modernidad va perdiendo mucho fuelle. De pronto ya no hay “cambio climático”, ni de momento más “manifestaciones feminazis”, ni revoluciones neocomunistas bolivarianas, ni sesgos ideológicos tan marcados como antes en los comunicadores mediáticos, aunque los medios en poder del gobierno sigan haciendo lo posible y lo imposible para defenderlo, incluso de sus extraños portavoces de la sanidad oficial.

Otra cosa que no es mala, es que la Unión Europea ha dado la cara como un club elitista absolutamente prescindible y que, posiblemente, se haya colocado en el umbral del inicio de su desaparición tal como es y ha sido hasta la actualidad.

El mundialismo también está de capa caída. Desde el momento en que la Organización Mundial de la Salud, solo ha servido para apelar a que las naciones — sí, las naciones soberanas—, adopten las medidas necesarias para frenar los contagios.

La solidaridad supuesta entre naciones que debería promover una organización mundial, ante lo que ella misma ha declarado como una pandemia global, ha brillado por su ausencia. La ONU está demostrando que lejos de ser una ayuda para el mundo, tiene como principal objetivo la promoción de la ideología única que tanto daño estaba haciendo. La ONU pide a gritos que desaparezca tal como es en la actualidad y, posiblemente que se empiece a repensar su refundación con fundamentos muy diferentes a los que ha tenido hasta ahora.

El mundialismo, el europeísmo, el sociocomunismo, el humanismo moderno, el capitalismo mundial, etc., están dando la cara como lo que son, ideologías cuyo mejor destino sería empezar a desaparecer del mapa.

Tal vez habría que empezar a promover una sociedad internacional de naciones soberanas, cuya soberanía fuera indiscutible, y que estuviera limpia de toda ideología.

En estado de pandemia por el coronavirus da la impresión de que muchos políticos que estaban a lo anterior, se han puesto en un contexto de realidad que parece algo más saludable incluso para sus propios estados mentales.

Por otro lado, la mayor parte de la población general que conforma la sociedad, está reaccionando al virus como cabría esperar de una sociedad normal. Abunda la buena intención, las ganas de colaborar, la solidaridad, el deseo de ser útil, la cooperación e, incluso, como es lógico en estos casos, el heroísmo anónimo de personas que están dando el cayo y corriendo más riesgos que los demás. En ese terreno todo es como debe ser.

Por su parte el gobierno español parece haber cometido casi todos los errores posibles en aspectos como la desinformación, imprevisión y negligencia en la adopción de medidas para combatir el problema.

Era de esperar de un gobierno con exclusivo fundamento ideológico (y, por lo tanto belicista) que, al tener que adoptar medidas benignas de índole general, no tenga ni capacidad ni competencia, para dar un nivel suficiente de eficacia en lo que la situación le demanda. Pero confiemos en que aprenda algo de todo esto y sobre todo a no generar más caos del que ya ha producido.

El caos se define como la imposibilidad de prever: oscuridad acerca del futuro, que se experimenta en el estricto presente; generando inseguridad y escepticismo en todas las aplicaciones de la cognición y estrechando el campo perceptivo a una temporalidad que se evapora al instante.

Ya llevábamos bastantes años en un permanente no saber qué iba a pasar en cortísimos espacios de tiempo, en asuntos como el trabajo, la economía, la educación, el orden social, la satisfacción de necesidades básicas, la desprotección de derechos naturales, el clima terrestre, la promulgación de leyes arbitrarias, quiénes y cómo nos gobernarán, las sentencias judiciales, las nuevas formas de violencia que aparecen en el entorno próximo, etc., pero, desde el pasado mes de enero, con la llegada del coronavirus a nuestras vidas, la incertidumbre generalizada se ha intensificado hasta niveles preocupantes.

Los sistemas caóticos son aquellos en los que prevalece una imprevisión estructural que, en sistemas tan complejos como los sociales —que están implicados en todos esos ámbitos que afectan a nuestras vidas—, pueden dar lugar a modos de actividad ineficientes y disfuncionales

Uno de los resultados inmediatos es que, no sabiendo a qué atenerse ni cómo anticiparse, en un horizonte temporal mínimo, solo cabe el bloqueo  funcional o, en el mejor de los casos, un funcionamiento en términos de «estímulo— respuesta», como les ocurre a los organismos más simples, incluyendo al propio virus.

La situación actual es caótica, con la mayor parte de la población confinada en sus casas y exclusivamente pendiente de las noticias relacionadas con el virus que le llegan por medios de comunicación poco fiables.

Para que las personas funcionemos bien en el conjunto de nuestras actividades es imprescindible que éstas tengan sentido, el cual adquieren por su relación con estados de cosas futuros dentro de plazos realistas.

No saber qué va a pasar a corto o medio plazo, no permite concretar las acciones que hay que efectuar en el presente, vinculadas a previsiones fundadas y razonables.

La cosa se complica desde el momento en que el objeto de la imprevisión no se refiere a un campo de posibilidades buenas o relativamente neutras, sino que se encuentra saturado de posibilidades cuya valoración puede oscilar desde ser neutras hasta extremadamente negativas.

Además, las preocupaciones no se suelen restringir a la propia persona, sino que pueden abarcar a familiares, amigos, mascotas, etc., en un sinfín de áreas esenciales de la vida, incluyendo la supervivencia de las mismas que está puesta en cuestión.

En este estado de cosas emergen una gran cantidad de manifestaciones cognitivas, emocionales o afectivas, en muchos integrantes de la población general que, habitualmente, solo se encuentran en personas con problemas psicológicos específicos.

La enorme dificultad para hacer previsiones tiende a producir una reacción de búsqueda masiva de la información que, por un lado, permita hacerlas y, por otro, a la búsqueda incesante de soluciones teniendo a la vista lo que se llegue a saber al respecto. De ahí que una persona pueda concentrarse tan intensamente en una sola cosa, como es la pandemia, que le cueste mucho trabajo salirse del tema o distraerse.

Además, absorbida por el tema, una persona puede llegar a tener una cierta desorientación acerca del momento y situación en los que vive, o tener sentimientos de que el tiempo transcurre muy lentamente debido a su deseo de que todo pase cuanto antes, o tener sensaciones de irrealidad o desrealización al respecto de lo que está ocurriendo.

El pensamiento se puede tornar prolijo o circunstancial, costando sintetizarlo al no distinguir con claridad lo esencial de lo accesorio, por parecerle todo igual de importante.

Habrá personas que crean firmemente que padecen la enfermedad y que no es posible diagnosticarla o que, directamente, padezcan estados de tristeza, ansiedad, irritabilidad, agresividad, culpabilidad o sentimientos de que no vale la pena vivir como están viviendo, bajo un intenso pesimismo que dará lugar a oscilaciones más o menos intensas de su estado de ánimo.

En esos estados de debilidad, las reacciones a dichos estados pueden incluir un incremento de necesidad de atención, de mayor necesidad de afecto, de emergencia de miedos: a ser rechazadas, a la soledad, a ser engañadas, a la muerte, a la enfermedad, a la incapacidad, a la vejez, a contaminar y a contaminarse, a hacer daño a otros, a ahogarse… Además, se facilita la producción de problemas de sueño, fatigabilidad, cansancio, alteraciones psicosomáticas, etc.

Ahora bien, podemos comportarnos como si fuéramos meros objetos de un virus al que atribuimos la capacidad de determinar nuestra muerte y nuestra vida o, por el contrario, esforzarnos, frente a toda esa avalancha de reacciones posibles, en recuperar la sustantividad frente al virus.

Dada la carencia de seguridades que vengan dadas desde la propia sociedad o de sus dirigentes, si también perdemos la confianza en nosotros mismos, el problema se tornará insoportable.

Es obvio que un problema de salud pública debe contar con la cooperación de todos los integrantes de la sociedad para dificultar su transmisión y su consiguiente expansión, si bien, para que dicha cooperación sea efectiva, hay que empezar por el principio que es la propia persona.

En este sentido, caer en el miedo o, lo que aún es peor, en el pánico, es el mayor error que se puede cometer.

Pero es que ese miedo coincide con el miedo a la propia despersonalización que, como acertadamente expuso Ronald Laing[i] «Se trata de un miedo a ser puro objeto desprovisto de sustantividad, mera cosa ante el otro. “… el temor a la posibilidad de convertirse, o de ser convertido, de persona viva en una cosa muerta, en piedra, en robot, en autómata, sin autonomía personal de acción, en un ello (it) sin subjetividad.» (p. 42)

Se trata de no tener miedo al virus como sujeto que nos despersonaliza, pues el virus no tiene la capacidad para despersonalizarnos, sino que de lo que se trata es de cuidarnos de no perder un ápice de fortaleza y de confianza personal al hacerle frente.

Al fin y al cabo, los virus son cosas incapaces de moverse por sí mismas y solo pueden ser movidas por fuerzas exteriores que determinen el lugar en el que se encuentran en cada momento.

En cuanto a las medidas de confinamiento puestas por el gobierno, se trata de levantar barreras infranqueables entre personas contagiadas y personas no contagiadas. Pero ese muro no tendría que ser necesariamente de ladrillo ya que hay otros medios para hacerlo.

Por alguna razón que ignoro pero sospecho, los medios de comunicación vienen diciendo que las mascarillas solo sirven para que los contagiados no infecten a los no contagiados. Dado que la mascarilla llevada por alguien no contagiado es una barrera para que el virus no entre en su aparato respiratorio, la extraña afirmación divulgada no parece tener mucho sentido.

Teniendo en cuenta que sabemos que 2 de cada 3 personas que contagian la enfermedad a otras, ignoran que la tienen por ausencia de síntomas, ¿cómo se puede sostener que quienes no tengan síntomas no deben llevar mascarillas?

¿Cómo sabe una persona sin síntomas, que no tiene la enfermedad si, de hecho, el número de análisis que se efectúan es tan escaso como se dice?

De lo poco que ha dicho la OMS es que lo más importante para frenar el contagio es hacer esos test, y cuantos más se hagan, mejor.

Por otro lado, los chinos que han detenido la propagación de la epidemia, han tenido prohibido salir a la calle sin mascarillas. Hacen falta test y mascarillas para toda o la mayor parte de la población y, si es más difícil la medida de los test, al menos que se pongan a disposición de toda la población las mascarillas que hagan falta. El dinero que se invirtiera en ellas redundaría en que la crisis económica debida al coronavirus fuera mucho menor de la que cabe esperar sin ellas.

El colmo es que todavía hay muchas personas que están en primera fila de combate contra la enfermedad que trabajan sin disponer de mascarillas o de otros medios que las protejan del contagio.

Ese es el tipo de problema que debería resolver de inmediato un gobierno responsable, o, en su caso, que cada persona se cubra la boca, la nariz y los ojos de manera eficaz.

[i] LAING, R. D.; El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad; versión española de Francisco González Aramburo del original de 1960; FONDO DE CULTURA ECONÓMICA; México, 1978

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